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DESDE LA PERPLEJIDAD

 


(A modo de presentación)

PERPLEJIDAD (“perplexĭtas”, vocablo latino, compuesto del prefijo “per-” /intensidad, totalidad/, y del verbo “plectere”, sinónimo de /enredar, trenzar, incluso plegar/.

Es este un término que se refiere al desconcierto, o a la indecisión, que una persona tiene respecto de algo. Ante un hecho que causa conmoción, se genera una sorpresa o impacto que impide al individuo reaccionar de forma rápida o fluida. Por tanto, se aplica preferentemente a personas que manifiestan ese estado de confusión, asombro: no sabe lo que debe hacer, pensar o decir.

Y en este sentido, la perplejidad cae en el territorio del entendimiento, no tanto en el de la voluntad, al mantenerse en una especie de equilibrio entre razones (visiones) opuestas.

Lo hasta ahora dicho no es más que una introducción a lo que quiere ser, o pretende, esta sección: investigar (cual aventurero) esas situaciones de perplejidad que se dan en la vida cotidiana; no es sino empezar un camino hacia cualquier ámbito, lleno de ánimo, para ver si entre otras opciones, se puede ( o se debe, o se desea, o se aspira ) “salir” de esa confusión.

por  Carlos J. Lozano

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ESCEPTICISMO

El escepticismo ha sido siempre un modo de ser, de pensar y de estar en el mundo caracterizado por poner en tela de juicio la posibilidad de un conocimiento seguro y permanente sobre la realidad y los valores, oponiéndose así a las tesis absolutistas y a las defensoras de la seguridad, la validez y la permanencia del conocimiento y de los principios morales.

Tanto el escepticismo, como el relativismo, supusieron una terapia saludable para combatir a los fanáticos de todo tipo y condición, una cura para los que pensaban que todo estaba dicho, descubierto o reglado de modo definitivo y para siempre.

El escepticismo negativo rechaza la posibilidad del conocimiento y, por tanto, suspende la búsqueda del mismo, proponiendo una epojé, una suspensión del juicio, lo que lleva a la misma negación de la razón, del conocimiento y de la ciencia.

Hay, sin embargo, otra manera de concebir el escepticismo, de modo positivo, y es aquella que hace de la duda, de la sospecha, del análisis, del mirar alrededor y del comparar lo que hay, el método básico de investigación para asegurarnos de que lo que encontremos en nuestra investigación tendrá ciertas garantías de permanencia y verosimilitud, siempre provisionales, y que, de paso, tales hallazgos sirvan de incentivos para seguir indagando y explorando la realidad. Este modo de proceder nos muestra que la razón puede seguir descubriendo certezas o verdades verosímiles, pero que nunca estará segura de un modo irrefutable y definitivo de haber alcanzado ni la verdad absoluta ni el conocimiento definitivo, lo que la conduce a seguir sospechando y, por tanto, construyendo modelos explicativos sobre lo que hay e inspeccionando en los misterios que nos rodean, tratando de dar sentido las preguntas que nos asaltan.

La duda cartesiana fue un ejemplo de lo que puede conseguirse tomando a ésta como método, como principio de conocimiento, y no admitiendo nada que pueda ser dudado, hasta encontrar un principio o una proposición irrefutable, inmune a la duda, que Descartes encontró en el Cogito, ergo sum, aunque no pudo o no supo salir de él, del ámbito del pensamiento, para enfrentarse, con la misma seguridad y certidumbre a la realidad del mundo.

Fueron los sofistas, en la antigua Grecia, los primeros que, al parecer, sospecharon de las verdades absolutas y del conocimiento seguro e inmutable y fue Gorgias de Leontini, de la primera generación de sofistas, junto con Protágoras, el que mejor definió esta actitud mental que concluye que nada existe, a través de sus tres célebres tesis: 1. Nada existe. 2. Si algo existiera, no podría ser conocido. 3. Si algo existente pudiese ser conocido, no podría expresarse a través del lenguaje.

En el caso de Gorgias, se niega la existencia de nada permanente en lo que concierne a lo real y al conocimiento, al declarar falsas todas las opiniones.

El término escepticismo, como tantos otros, procede el griego “sképsis”, que puede traducirse por investigación, examen, análisis, duda, y como corriente filosófica de la antigüedad, parece que se inició con Pirrón de Elis y Timón de Fliunte, y su característica principal es que rechaza la posibilidad de que se pueda encontrar un significado absoluto a lo real.

Los seguidores de Pirrón destacarán, sobre todo, por los análisis críticos de los argumentos de los dogmáticos, recogidos en los diez “tropos” de Enesidemo de Cnosos, que han llegado hasta la actualidad gracias a la actividad recopiladora de Sexto Empírico.

La irrupción del cristianismo, con su creencia y su defensa de verdades absolutas, y su dogmatismo, que anteponía la fe a la razón en la prioridad del conocimiento, llevaron a estas corrientes de pensamiento escéptico y relativista, incómodas y perturbadoras del nuevo orden político-religioso establecido y hegemónico, a ocultarse o casi desaparecer.

Resurgirán de nuevo con el Renacimiento, con la recuperación de la antigüedad clásica y la razón como elemento clave en la construcción de un saber riguroso, y con la irrupción de pensadores como Montaigne, Charron y Francisco Sánchez, que impulsaron la renovación del pensamiento filosófico que dará paso a la Modernidad, donde fue David Hume el representante de un escepticismo que, por coherencia con sus propias afirmaciones, defendía un conocimiento de lo real que no podía ir más allá del aquí y ahora de las impresiones sensoriales.

 Por Joaquín Paredes Solís

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RISA

 

‘Etimología’ significa el ‘verdadero’ contenido de la palabra, a partir de su origen y evolución. Es lo que permite rastrear la historia y los secretos del lenguaje. Veamos, por ejemplo, las palabras ‘disfrute’, ‘diversión’ y ‘risa’. Pues bien. El disfrute deriva de la acción de comer (fruta), la diversión proviene del hecho de remover, variar, ‘diversificar’ y la risa suele resultar del contraste o enfrentamiento entre dos cosas, ideas o pensamientos, relacionados de una forma inesperada o sorpresiva (al miedo le pasa lo mismo, pero al revés). Todo esto nos lleva a pensar que el disfrute exige una cierta pausa y tranquilidad (la comida y su digestión), la diversión pide movimiento y se expresa mejor con la danza, y la risa fomenta el intercambio de ocurrencias contradictorias y sorprendentes. Estas apreciaciones surgen casi espontáneamente de una rápida visión somera de la ‘historia’ de estas palabras.

Se supone que la risa es un deseo natural humano, pero parece que todavía es pronto para reírse de ciertas ‘cosas’. El hombre ha conseguido antes llegar a reírse de lo evidentemente más tétrico como es la muerte, que de los dioses, de la suerte o del destino.

Sólo unos pocos humanos han ideado iconos y símbolos que se han ido generalizando entre los convecinos. Algunos, con sus variantes inevitables, han llegado a difundirse por todo el mundo. También un reducido número de individuos ha sabido utilizarlos como instrumentos de sumisión de la mayoría. Todo lo cual guarda cierta lógica, ya que son los menos quienes han sabido fingir dioses, formular principios, fabricar técnicas y definir valores. Los demás, desorientados, han ido yendo siempre detrás o a empujones.

Es verdad que las ‘cosas’ van ‘mejorando’, incluso lo hacen algunos dioses (‘aggiornamento’ católico). El dios judeocristiano, por ejemplo, ya no pide sacrificios humanos (Abraham), ni envía a su hijo a ser colgado en la cruz (Cristo), y ya casi no amenaza con el fuego eterno (infierno). Ahora se puede poner a Dios Padre dialogando con el Espíritu Santo sobre lo mal que le ha salido la Creación (como en una viñeta de El Roto de EL PAÍS de 8-2-06), y hasta le producía al cardenal Rouco una comprensiva sonrisa.

Reírse siempre ha sido muy malo. Quien lo hacía o era tonto o se burlaba. Porque el mundo no tenía sitio para el placer y el humor. No he sido capaz de encontrar ningún libro titulado ‘Historia de la Risa’. Y es que la risa no tiene historia. Siempre se ha tenido que desarrollar a escondidas. Cuando alguien que tuviera ‘autoridad’ sobre cierta gente observaba a algún súbdito riéndose hasta podía ser condenado a muerte, si el ofendido era el rey o el santísimo. Porque, como decía mi libro de Moral Católica del bachillerato ‘la ofensa se mide por el ofendido’. De ahí que el último necio era capaz de producir una ofensa ‘majestuosa’ o ‘infinita’ (ofensa a ‘su majestad’ o a ‘dios’), lo que justificaba su ejecución o una condena eterna (infinita al menos en el tiempo).

Pone Umberto Eco (El nombre de la rosa. BBA Editores S.A. 1992. Pág. 93 y ss) en boca de Jorge:

– “Juan Crisóstomo ha dicho que Cristo nunca rió.

  • Nada en su naturaleza humana lo impedía –observó Guillermo-, porque la risa, como enseñan los teólogos, es propia del hombre”. Si fuera sólo Dios, no podría, porque sería incapaz de sorpresa.
  • Por eso, Cristo, “forte potuit sed non legitur eo usus fuisse (‘quizás pudo reírse, pero no consta que hubiera hecho uso de ello’), dijo escuetamente Jorge, citando a Pedro Cantor”.

Relata, sin embargo, después Guillermo cómo San Lorenzo invitó a sus verdugos a que lo comieran diciendo: “Manduca, iam coctum est” (come; ya está cocido), poniendo este golpe de humor supremo cuando estaba siendo chamuscado en la parrilla.

  • “Lo que demuestra que la risa está bastante cerca de la muerte y de la corrupción del cuerpo, -replicó con un gruñido Jorge-”.

En otro pasaje del mismo capítulo, y ante una observación irónica de Guillermo, Adso le recriminó: “No te rías. Ya has visto que en este recinto la risa no goza de buena reputación”.

A propósito de esto, escribió, hace poco (10-01-15), Manuel Rivas en EL PAÍS: Dios del Miedo. “Parece increíble, pero todavía se mantiene inconcluso el gran debate medieval sobre “la licitud de la risa”. Todavía hay que luchar por el más humano de los derechos, el derecho a reír. Todavía poderosos cabezotas predican contra el pecado de la risa, como aquel enfurecido Jorge de Burgos, en El nombre de la rosa, que advierte del cataclismo que supondría la propagación de la comedia. La risa como “acto de sabiduría” acabaría con el miedo. El miedo al diablo. El temor de Dios. Pero equivocaba la sospecha, como hacen los obtusos de hoy. Si Dios se sostiene en el miedo, el verdadero dios sería el miedo. La primera vez que tuve la sensación de estar ante un pueblo humillado fue cuando de niño oí a los adultos implorar a Dios en procesión: “¡No estés eternamente enojado!”. Entre las cosas que Dios no puede hacer, Tomás de Aquino destacaba que no podía “encolerizarse ni entristecerse”. Y podía haber añadido: ‘Ni reír’.

Pero, según El nombre de la rosa, no sólo estaba mal vista la risa. También el habla. Dice en la lectura previa del refectorio, citando al profeta: “Lo he decidido, vigilaré por dónde voy, para no pecar con mi lengua he puesto una mordaza en mi boca, me he humillado enmudeciendo, me he abstenido de hablar hasta de las cosas honestas”.

Todo esto, guste o no, es Teología ‘pura’. Sólo los teólogos saben todo sobre lo que nadie sabe. Son los únicos que pueden hablar de lo que decía Wittgenstein que no se puede. Saben que hay ocho clases de ángeles o que Dios ama a los hombres de un modo muy distinto a como ama a los animales. Esto es ‘ciencia’. Lo demás son tonterías. Todavía hoy algunas universidades británicas y americanas tienen doctorados en ‘Divinity’. Directamente.

No sé el tiempo que tendremos que esperar para que el hombre sea capaz de reírse incluso de todo cuanto le sale mal (sea suyo o de otros), en vez de sumirse en una eterna depresión, o de reaccionar violentamente porque el culpable es ‘otro’. Ya sabemos desde Epicuro que los dioses (como otras fantasmagorías) sólo pueden crear problemas, nunca solucionarlos. Sin embargo, 2300 años después, ciertos dioses siguen justificando el asesinato y el martirio. No niego que sea ‘cultura’, pero ya es hora de cambiar de ‘cultivo’, vistos los frutos. O, al menos, fumigar con algo más de eficacia.

Ya en el Derecho Romano se habla de ‘animus iocandi’ (o ‘jocandi causa‘) para indicar que se puede actuar con animo de bromear. De este modo se evita el compromiso formal. Es como si en una clase el profesor dice: “El día que escuchen lo que les explico, les pago 20 euros a cada uno”. En el ámbito penal, las injurias y calumnias necesitan ser realizadas en forma dolosa, por tanto, el ‘animus jocandi‘ eximiría de responsabilidad penal, al no existir delito, por haberse realizado con intención humorística. Pero el Derecho Romano es demasiado moderno para alguna gente.

 

Por Juan Verde Asorey

 

 

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RELATIVISMO

 

El relativismo es la doctrina que afirma que no existe una verdad única, absoluta e inmutable. La verdad, para los relativistas, depende del tiempo, del lugar y de la perspectiva en la que está situado el que la expresa. Con esta postura epistemológica y moral no se trata de negar la verdad, sino de situarla, más bien, en su correcto devenir y aceptar que los seres humanos, en nuestra búsqueda de explicaciones y de certezas, vamos descubriendo elementos nuevos que pueden alterar o modificar las ya existentes, cambiando, por tanto, nuestra cosmovisión y, probablemente, nuestra concepción del mundo, de la vida y de los valores y principios con los que modelamos nuestro devenir.

Si no fuera así, es posible que todavía estuviéramos admitiendo la teoría ptolemaica como la única y verdadera explicación del universo, por ejemplo. Esta verdad, que se mantuvo durante tantos siglos como una verdad inmutable, que situaba a los hombres y a su planeta en el centro del universo y les hacía protagonistas de la creación, fue sustituida por el heliocentrismo que, a su vez, fue también modificado con el tiempo por otras teorías más acordes con la observación del universo y con los cálculos que sobre éste se hacían con nuevos instrumentos, más eficaces y precisos.

También el creacionismo o fijismo pervivió como única e incuestionable verdad durante siglos hasta que la teoría evolucionista y sus defensores demostraron la falsedad de sus afirmaciones y postulados, lo que también contribuyo a turbar y transformar convicciones y creencias arraigadas sobre el hombre, sus orígenes y su naturaleza.

Todo ello contribuyó a considerar que el error formaba parte de la búsqueda de la verdad y que había que entender el conocimiento como algo dinámico, provisional y siempre condicionado a nuevos descubrimientos y observaciones.

El relativismo, como el escepticismo, son modos de entender el proceso del conocer que contribuyen a la evolución de éste, a que no se estanque en un círculo de verdades inmutables y absolutas que impidan el desarrollo y el avance del mismo. Con la sospecha y la duda permanentes alientan el inconformismo, la no aceptación sin más de lo que hay o de lo que se acepta por tradición o por comodidad y, con esta actitud,  propician, además, la indagación constante y el análisis y el rigor en la misma.

Precisamente por ello, por su carácter crítico e inconformista, estas maneras de entender el conocimiento y la verdad han estado muy desprestigiadas a lo largo de la historia de la filosofía, alejadas de las explicaciones y sistemas más o menos oficiales de pensamiento, perseguidas incluso como sospechosas de herejía o de alterar y confundir el orden de las cosas y de introducir la incertidumbre, el desasosiego y la sospecha en la mente de los seres humanos, aunque en la actualidad gozan de buena salud y contribuyen a la construcción de nuevas teorías no sólo en el ámbito de la filosofía, sino de la antropología o la sociología, siendo quizás la posición intelectual más difundida en la cultura contemporánea.

Fue Protágoras de Abdera, al parecer, el primer pensador en Occidente en considerar el relativismo como la medida de la verdad con su afirmación de que “el hombre es la medida de todas las cosas: de las que son, en cuanto que son, y de las que no son, en cuanto que no son.”.

Entre los pensadores y tendencias filosóficas de finales del siglo XIX y del XX, se han clasificado como relativistas o subjetivistas a Friedrich Nietzche, John Dewey, Ludwig Wittgenstein, o Richard Rorty, así como a diferentes corrientes de pensamiento, como el existencialismo o el estructuralismo; también a nuevas concepciones de la filosofía de la ciencia y sus representantes más característicos: Thomas S. Kuhn, Imre Lakatos o Paul Feyerabend, aunque el gran movimiento relativista del siglo XX fue el denominado postmodernismo.

 

 

Por Joaquín Paredes Solís

 

 

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Piropo

Esta palabra significa el cambio de color en unas mejillas que pasan de tener aspecto pálido a tenerlo rojizo.

El calor del fuego enrojece la piel, y especialmente la cara de quien se coloca cerca de las llamas o de brasas incandescentes, mostrando, por ello, un semblante más saludable, más bello, más dorado, ‘flamante’.

Metafóricamente, cuando no hay fuego real, se puede sustituir por palabras provocativas que insinúan deseos reprimidos, o por expresiones laudatorias de la belleza. Lo que produce un movimiento sanguíneo en la persona que se siente de repente objeto de tales atenciones. Dicho flujo sanguíneo invade sus mejillas, las ‘flamea’, las sonroja, las ruboriza.

El motivo psicológico que genera tal afluencia de sangre se denomina vergüenza. Y como la vergüenza puede tener diversas causas, pueden salir los colores por todo aquello por lo que se pueda sentir vergüenza.

La palabra ‘piropo’ proviene de la imagen rojiza del rubí, o, metafóricamente, de la mejilla enrojecida por el requiebro que recibe la muchacha a la que va dirigido. Pero, si se trata de un galanteo a una señora con experiencia, puede que no se produzca este fenómeno. Tal es el caso de aquella señora, poco agraciada, que oyó: ¡¡guapa!!, desde un andamio, a lo que ella respondió: ¡¡arquitecto!!

Etimológicamente, el término piropo se compone de los vocablos griegos ‘pyrós’ (de fuego) y ‘óps’ (vista). O sea, que el piropo no es lo que se dice, sino su resultado, es decir, el ‘rubor que salta a vista’ en la mejilla de la piropeada. Por eso, se podría decir con propiedad: “¡Tienes piropos en la cara!”.

Por Juan verde Asorey

Dibujo de Manuel Malillos

Dibujo de Manuel Malillos


 

 

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Sabiduría

Según la historia ‘sagrada’ del Paraíso, es claro que la mujer es la causante del saber, pero es el hombre el culpable de haber alcanzado la sabiduría, porque era el encargado de que ese hecho no llegara a producirse nunca. Al haber fracasado, se quedó sin fruta gratis por mucho tiempo, o sea, que descubrió que el saber era malo.

Parece, por tanto, que desobedecer es el principio del saber, y desobedecer a Dios es el inicio de la sabiduría ‘divina’, la cual, además del castigo primero, implica ir siendo capaz de descubrir, no sin esfuerzo, que la vida depende totalmente de cada ‘viviente’, aunque contando, en muchos casos, con la ayuda de los próximos para nacer, para vivir mejor y para morir. El momento de nacer es totalmente aleatorio para el naciente, pero el de morir, en el caso de los humanos, acepta cierta planificación.

Las cosas han cambiado mucho. Lo que en el Paraíso era malo ha pasado después a ser el bien principal.

La palabra sabiduría proviene del verbo latino ‘sapio’ (saborear, tener sabor o gusto, asimilar). ‘Saber’ significa ser capaz de reconocer por el pensamiento, ser inteligente, sensato, comprender, asimilar y calcular (predecir el futuro). Decía Cicerón: “La sabiduría del espíritu no pone objeciones a la del paladar” (‘nec enim sequitur ut cui cor sapiat, ei non sapiat palatus’). De ahí la estrecha relación entre los saberes y los sabores.

Así como la alimentación transforma nuestra fisiología, de igual modo la información modifica las ‘razones’ de nuestra conducta. La ‘buena’ alimentación favorece la salud, y la ‘buena’ formación mental favorece la salud del espíritu, es decir, la sabiduría. El ‘saber’ implica compromiso y afecto (‘saboreo’), no puede dejar indiferente. La única manera de saber que se sabe es comprobando que cada nuevo aprendizaje modifica la forma de vivir de quien lo haya adquirido. Por eso el que ‘sabe’ se comporta de un modo distinto de aquel que simplemente ‘conoce’, porque la ‘noticia’ simple puede no influir en la manera de actuar.

La sabiduría es el conocimiento hecho vida. De ahí que ser sabio significa ser capaz de utilizar los recursos naturales, culturales y humanos de tal modo que favorezcan su mejor forma posible de vivir, pero no sólo es ‘inteligente’ para utilizar lo que hay, sino que también se las arregla para modificar y crear lo que no encuentra. No bebe de la primera fuente que ve, ni come lo primero que halla, no se fía de la primera persona con la que se cruza, ni se conforma con recurrir al primer dios que ha heredado o que se le ha ocurrido concebir. Sabio es el que ha logrado entender y asimilar los valores humanos, porque se ha dado cuenta de que compartir es mejor ‘negocio’ que poseer, ya que es preferible tener cien amigos con casa, que cien casas y muchos amigos o conocidos sin ella.

Por Juan Verde Asorey

 

 

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Desde la AFEx queremos que la actividad filosófica llegue no solamente a alumnos y profesores, sino también a la sociedad en general. La Filosofía es el instrumento intelectual que sirve para analizar y valorar los hechos humanos y las conductas. La Filosofía, como expresión crítica de la conciencia de su época, tiene que ejercer, sin dejar la ironía y el humor, la función del 'tábano' socrático para espabilar, despertar y espolear a la sociedad.