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Categoría: Reflexión y Crítica
LA CRISIS COMO PRETEXTO


Quienes tienen acceso a la supuesta idea de hacerse rico sin condiciones, ponen en práctica sus ‘artilugios’ económicos, los cuales animan a construir castillos en el aire, donde se refugian incluso quienes apenas tienen dinero, a partir de una fascinante historia que casi asegura ganar el 300% sin hacer nada, solo esperando el paso del tiempo, y sabiendo que el tiempo pasa.

Después llega una ‘tormenta’ y se lleva todo ese ‘artificio’, dejando arruinados a miles de ciudadanos ilusos, y sembrando la desconfianza en casi todas las instituciones que entraron a formar parte de la orquesta que daba la impresión de interpretar maravillosamente aquella sinfonía de ensueño: ganar fácilmente el dinero suficiente para poder disfrutar de todo aquello que supuestamente genera felicidad.

El artilugio se vino abajo. Pero las instituciones garantistas son necesarias para la vida ordinaria de toda la gente. Entonces la sociedad entera, quiera o no, sale al rescate de las mismas.

Se acaban los sueños de los ilusos (buscadores ‘normales’ de dinero fácil), pero sus consecuencias cambian la vida incluso de quienes ni se les había pasado por la cabeza jugar a esas cosas. Se pierden empleos bruscamente, bajan los sueldos, se relajan los servicios públicos (menos médicos -listas de espera-, menos profesores, menos jueces…), aumentan las mafias criminales, se perfeccionan los trucos para no pagar impuestos, crece la desconfianza, se ‘comprende’ la corrupción general, y la decepción se expande.

Los especialistas en montar situaciones de esta clase, conservan suficiente imaginación como para seguir disfrutando de la misma forma de vida (si no mejor), conchabándose con los principales políticos y con los ideólogos de opinión, para que las sociedades acepten la situación como si de una catástrofe natural se tratara, apelando a una expresión mágica: ¡Estamos en crisis! (mundial).

Hay al menos dos clases de personas que saben sacar buenos réditos de las crisis, los ‘crisójetas’, los que se aprovechan, sin miramientos (por el rostro), de las necesidades que la crisis genera en los demás; y los ‘crisigetas‘, los intérpretes, justificadores o apologetas de la situación, es decir, los ‘ideólogos del negocio‘, que saben explicar a la sociedad por qué la situación es inevitable, y cómo los sacrificios son necesarios para impedir que las cosas vayan a peor. Pero también saben explicar, paradójicamente, por qué, antes o después, la crisis pasará. Y llamarán agoreros a quienes intenten informar de la verdad, o sea, de que la crisis se queda, que para la mayoría ya es irreversible, etc., si no se cambia de método para modificar la organización de la convivencia social en el mundo.

La actual teoría política de la crisis es solo un pretexto para que el reducido porcentaje de personas que saben explotar al resto de la humanidad, lo sigan haciendo casi impunemente, dado que, dentro de esa especie de mafia, son pocos los que llegan a convertirse en ‘cabezas de turco’, ya que son muy ‘listos’, y, por otra parte, casi nadie discute que hacen falta los bancos, las empresas, los viajes, el turismo, las organizaciones internacionales, las competiciones deportivas, las manifestaciones religiosas, etc. Por eso, no se habla en serio sobre su existencia, ni sobre las posibles maneras de su transformación.

Todo esto en un momento de la historia de la Humanidad en que la tecnología está a punto de poder liberarla de los trabajos ‘penosos’, y la Eticología ya sabe proponer normas que garanticen la igualdad general en el acceso razonable al disfrute de los valores humanos fundamentales (vida, salud, libertad, justicia, información, creatividad y ocio). Pero la Ética y su difusión dependen de la buena educación. Cosa que sigue sin ser tomada en serio, a pesar de su necesidad ineludible. Por tanto, es ésta la tarea que urge poner en práctica, sin más dilación, en el mundo entero. ¡Se puede! Si los políticos del mundo ponen en ello un poco más de interés. Mientras tanto las crisis serán constantes y álgidamente recurrentes.

 

Por Juan Verde Asorey.

 

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SOMOS

 

Quizás no sabemos cómo somos ni por qué. Pero la falta de seguridad absoluta en nuestros saberes no nos condiciona a la hora de reflexionar, discurrir y teorizar.

Cuando reflexionamos estamos manifestando nuestra inclinación a entender y comprender algo que nos interesa, porque lo necesitamos o porque nos llama la atención. Reflexionar es darle vueltas al pensamiento, analizar, relacionar. Discurrir es pensar que se avanza. Teorizar es dar respuestas razonables, convincentes y satisfactorias a todas las cuestiones básicas relacionadas con lo reflexionado y discurrido.

Todo se hace a nuestra medida. Por eso no podemos estar totalmente seguros de que nuestro modo de ver y entender es verdadero y definitivo. Schopenhauer, en su obra El mundo como voluntad y representación, explica que todo quiere cambiar, como si nada estuviera conforme con ser como es, y que todo es como el ser humano es capaz de representarlo, según su capacidad mental. Por otra parte, la Historia nos demuestra que nuestra interpretación del mundo ha venido necesitando de variaciones, a veces muy significativas. De tal modo que ya estamos seguros de que nada es definitivo. Ni el Ser, ni nuestra manera de entenderlo y de hablar de él. Hemos llegado a descubrir que todo cuanto existe, en la forma que existe, ha tenido principio y tendrá término, desde la Naturaleza a la que pertenecemos, hasta la misma Tierra que habitamos o el Sol que cogenera la vida.

Pero el ser humano es un ser maravillosamente especial. Nunca se resigna ni se conforma con no saber. Por eso imagina, sueña y teoriza. A lo largo de la historia reciente (¿10.000 años?) se han creado, al menos, dos clases de teorías con cierto éxito entre la mayoría de las personas. Se trata de las teorías fantásticas y de las teorías científicas. Las teorías fantásticas generan conversaciones de esta clase:

  • O sea que tú estás de acuerdo en que venimos del mono.
  • Claro que sí. Es lo más razonable.
  • Pues yo, puestos a elegir, prefiero haber sido hecho directamente por Dios.
  • ¡Como si fuera cuestión de gustos!

Diálogos de esta clase se siguen dando todavía hoy en muchas partes del mundo. Incluso en la culta España y en la Ilustrada Europa.

Menos mal que, a veces, aparece un tercero que ‘tercia’ diciendo que no venimos del mono, ya que los monos no son nuestros padres sino nuestros primos. Y, por tanto, ellos y nosotros provenimos de troncos comunes anteriores. Pero, lo que es científicamente indudable (o sea, lo más indudable que es posible) es que somos resultado de un proceso evolutivo, como los demás seres del Universo. También sabemos (dentro del mejor saber posible) que somos resultado cambiante, que puede modificarse, y esto nos permite ser de voluntad optimista, aunque la razón nos amenace con el persistente silogismo pesimista.

Somos como somos porque, de momento, no hemos sido capaces de pensar de otra manera. Aun sabiendo que, para ello, podría bastar con que lo pensara uno solo. Los demás lo podríamos estudiar y aprender.

 

 

Por  Juan Verde Asorey

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TECNOLOGÍA Y ÉTICA

Tecnología y Ética

Supongamos una piedra, un cuchillo, un teléfono móvil y una bomba atómica.

Un señor del paleolítico ve que se acerca un oso hacia su mujer. Él coge la primera piedra que encuentra, se la tira al animal, pero le da con ella a su mujer. Ella queda gravemente herida y el animal huye. Erró la dirección. ¿Quién es el culpable del fallo, el ‘tecnólogo’ que inventó la piedra o el ceporro que la utilizó?

En su casa de campo, Eustaquio tiene muchas herramientas que sabe utilizar perfectamente para el cuidado de la finca, del huerto y del jardín. Hasta tiene una escopeta de caza que, en la época reglamentaria, le sirve para cazar perdices y conejos que se crían en la zona. El sábado pasado, pelando unas patatas para cocinarlas como guarnición para el guiso del conejo que había cazado, se le desvió la dirección del cuchillo a causa de un ojo de la patata, y se hizo un profundo corte en el pulgar de su mano izquierda. Tuvieron que darle tres puntos de juntura en el centro de salud. Y lo malo es que se quedó sin poder degustar su conejo. ¿Quién tiene la culpa de este accidente, el inventor del cuchillo o este cocinero ocasional?

Marcial salió de Cáceres hacia Madrid. Superado Navalmoral de la Mata, se detiene a desayunar. Al terminar, se sienta en el coche e intenta sacar el móvil de su bolso de viaje. Por más que busca, no lo encuentra. Recuerda entonces dónde lo había colocado antes de salir de casa. Quería llamar a su amigo Pepe para indicarle la hora en que esperaba llegar. Pero, además, había programado seguir hasta Barcelona, donde le esperaba Asunta, una compañera con la que estaba escribiendo un trabajo de investigación sobre las Transaminasas. Había calculado que estaría tres días en Madrid y unos seis en Barcelona. Sin móvil ya no podría llamar a nadie. Menos mal que sabía de memoria el número del teléfono de su casa de Cáceres. Se quedó pensando: ¿Sigo o vuelvo a buscarlo? Entró de nuevo en el bar. Pidió un botellín de agua. Se lo bebió lentamente, mientras hacía cábalas. Volvió al coche y regresó a su casa a por el móvil. Perdió trescientos kilómetros, lo equivalente a realizar dos veces el mismo viaje. ¿Es culpable el inventor del móvil de que esta persona ya no se arregle, razonablemente, sin él?

El 6 y 9 de agosto de 1945 fueron lanzadas sendas bombas atómicas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, con ocasión de la Segunda Guerra mundial. Quedaron carbonizadas doscientas cincuenta mil personas y erradicada la vida de todo lo viviente de la zona. ¿Se puede saber quiénes son los culpables de este pavoroso acontecimiento? A esta pregunta sí hay que responder, y sin hacer ahora referencia a la masacre de Pearl Harbor (07-12-1941). En primer lugar, son culpables los fabricantes de la bomba. Ya que, de salida, su finalidad no podía ser otra. Cosa que no le sucedía a la piedra, al cuchillo o al teléfono móvil. En segundo lugar, los gobernantes que dieron la orden de lanzarla. Y, en tercer lugar, los militares que ejecutaron ese mandato. Pero también, en cuarto lugar, el pueblo que apoyaba esa decisión. Y, en quinto lugar, todos los habitantes del mundo que lo han visto, o lo siguen viendo con ‘buenos’ ojos.

¿Qué valores entran en juego en cada caso? Esta es la cuestión eticológica.

 


                                                                                                                                                                                                                                                                           Por Juan Verde Asorey

 

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EL HORROR DE TREBLINKA

La ciencia, y en este caso la arqueología forense, desmiente empíricamente el negacionismo, esa «distorsión ilegítima del registro histórico» (v. Wikipedia).

Por si alguien daba todavía crédito a esa distorsión espuria que, mezcla de ignorancia y de abyección moral, se empecina en negar el Holocausto sobre la supuesta base de falta de evidencias físicas de cámaras de gas y fosas comunes, ahí están las últimas investigaciones sobre el campo de exterminio de Treblinka. La masacre masiva de judíos y gitanos revelada por los mapas computarizados, fotografías aéreas, sistemas de GPS y georradares empleados por un equipo de la Universidad de Staffordshire.

El descubrimiento, por sabido, no puede ser más macabro. Durante los 24 meses que funcionó (1942-1943), en este campo de exterminio polaco se asesinó a casi un millón de víctimas.


Por Guillermo da Costa Palacios

 

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TOMARSE EN SERIO LA NATURALEZA

 

Creo que la peor miseria de nuestro tiempo consiste en la negligencia de políticos y sociedad civil (después de todo, somos los ciudadanos quienes, con nuestros votos, legitimamos o desaprobamos el statu quo) en materia medioambiental. Uno atiende atónito a los discursos políticos porque, mayoritariamente, ni se menciona la crisis ecológica, galopante y de una gravedad sin precedentes. Lo que está en juego es nada menos que la pervivencia de la civilización, porque es claro que nos destruimos al destruir la naturaleza. Frente a eso, el contenido de las prédicas y arengas de nuestros dirigentes, así como su tono, a menudo jactancioso, no es más que un bluf soporífero y desinformado. ¿El calentamiento global?: una patraña. ¿La explosión demográfica?: secundaria. ¿La extinción en masa de las especies?: insignificante. ¿La insostenibilidad de nuestras actuales prácticas agrícolas?: irrelevante. ¿La contaminación por plásticos de los océanos?: baladí. Escuchar a un político —y apenas importa su querencia ideológica— es asistir a la subestimación más torpe de lo perentorio. Como dice Antonio Muñoz Molina: «Quién hablará ahora del calentamiento global, cuando tantos problemas son más urgentes, quién defenderá el menor esfuerzo por aliviar una catástrofe que quizás ya está sucediendo: en el porvenir que no imaginamos otras personas se asombrarán tal vez de nuestra ceguera, se preguntarán, igual que nosotros nos preguntamos al estudiar el siglo veinte, cómo fue posible que se hiciera tan poco por evitar lo que todavía no era irremediable».

Políticos que se tomen en serio la naturaleza, haylos; pero, o bien incurren en incoherencias de todo tipo (por ejemplo, al mismo tiempo que defienden prácticas de reducción de los medios de transporte privado en las ciudades, opinan sin acierto sobre pseudociencias o pseudomedicinas, excusándolas, o cuando defienden explicaciones poco científicas contra los alimentos transgénicos…), o bien transigen con ideologías más bien obsoletas y poco realistas (por supuesto que hay que criticar la lógica del capitalismo, así como sus falsas promesas y valores meramente materiales, pero no me parece de recibo proponer como alternativa ideologías opuestas igual de desastrosas…). No creo que en España haya un partido político ecosocialista, propiamente dicho, en el bien entendido de integrar el ecologismo con la justicia social. (Según se desprende del Informe Mundial de Ciudades 2016, el 75 % de las ciudades son más desiguales que hace 20 años).

¿Y qué pasa con todos nosotros, los ciudadanos? ¿Tenemos (suficiente) conciencia ecológica? La gente habla del cambio climático como algo «natural», con la paradoja de que el actual cambio climático es justamente lo contrario: de origen antropogénico. El concepto ha calado en el lenguaje corriente no por lecturas y curiosidad propias, sino por el simple hecho de que «nos suena» de la tele. Pero ni se entiende lo que significa, ni se sabe lo grave, irreparable e irreversible del proceso. ¿Que en octubre sigue haciendo el mismo calor que en verano? «Otros años ya pasó; El tiempo es así; Mejor, porque podemos estar en la playa; No pasa nada, y si no llueve, pues comemos de secano»… El común de la gente entiende el planeta como «zona de sacrificio». Incluso quienes se declaran laicos o ateos, incurren en la contradicción de creer —como el cristianismo— que la Tierra y los seres que la habitan nos han sido dados por Dios para uso y dispendio del hombre.

Hay una tendencia ecocida (in)consciente en nosotros, la asunción del consumo ilimitado como credo y el mito del crecimiento infinito como dogma.

¿Qué hacer entonces? A mi juicio, además de todos esos pequeños gestos conocidos e inexcusables (ahorrar agua y energía, reciclar los desechos, usar mucho menos el coche, etc.), debemos exigir una democracia ambiental, máxime porque con nuestras maltrechas democracias será imposible lograr la sostenibilidad. Como sociedad civil, debemos entender que no habrá democracia si no es ecológica, que ya no puede haber justicia ni paz sociales sin justicia ni paz medioambientales. Y que los sacrificios que están por venir serán inexorables.

                                                                                                                                                                Por Guillermo da Costa Palacios


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PSOE

 

Recuerdo perfectamente aquella noche de 28 de octubre de 1982, cuando el PSOE alcanzó su primera mayoría absoluta, solo siete años después de la muerte del Dictador (‘orgánicamente’ democrático). En aquel momento me sentía como si me hubiera tocado la lotería.

La noche del día 1 de octubre de 2016, me entero de que 17 miembros de la Ejecutiva Federal han logrado partir el PSOE en dos. Me sentí como si hubiera caído en la completa ruina.

Y es que los buenos momentos de la Historia parecen más resultado del azar (casuales oportunidades y ocasionales buenas personas) que del esfuerzo y el cálculo de cada uno.

En aquella fecha (1982) también hubo partidos que sufrieron su correspondiente debacle. La UCD prácticamente desapareció de la vida pública, víctima de sus luchas internas. Alguien asoció entonces esta derrota con la del Partido Republicano Radical de Lerroux, en las elecciones de 1936. Pero igualmente el PCE, abatido también por crisis interna, sufrió en el 82 un gran descalabro electoral, al perder más de un millón de votos, quedando condenado a la irrelevancia indefinidamente.

Es triste que no sepan dialogar quienes se supone que participan de los mismos ideales y de la misma filosofía, como forma de entender la vida pública y la convivencia social. Es lamentable que tengan éxito en política personas con deficientes conocimientos de Política, y con carencias éticas evidentes, al aprovechar el momento en que el ‘enemigo’ está más estresado, vituperado e indefenso. La mediáticamente repetida palabra ‘bochorno’ para expresar la reunión del Comité del día uno de octubre, indica el nivel de calidad.

Al margen otras consideraciones (simpatía, liderazgo, acierto, éxito…), el Sr. D. Pedro Sánchez ya había programado los tiempos para reiniciar, mediante un Congreso Federal, la nueva marcha del Partido. Puede que hubiera sido un ‘mal’ menor haber permitido un gobierno de Rajoy, con condiciones expresas y explicadas a la sociedad, pero decidió mantener su compromiso de no acceder a ello, sabiendo, sin duda, que en la tercera oportunidad el PP aumentaría quizá el número suficiente de escaños para no necesitar del PSOE en la correspondiente investidura. Pero, al menos, nadie le podría reprochar la ayuda expresa en el asunto, después de su repetida argumentación explicativa del porqué de su negación. De este modo, hubieran sido los votantes quienes hubieran solucionado el problema, sin necesidad de que el PSOE decidiera en contra de lo que consideraba su deber.

Pero los abandonos de la Ejecutiva (presentes, sin embargo, en el Comité), se unieron a la machacona y persistente descalificación mediática general para asestar un certero golpe a la vida misma del Partido Socialista. Parece que algunos ya empiezan a pensar que se han pasado. Y es más que probable que así sea.

 

Por Juan Verde Asorey

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Desde la AFEx queremos que la actividad filosófica llegue no solamente a alumnos y profesores, sino también a la sociedad en general. La Filosofía es el instrumento intelectual que sirve para analizar y valorar los hechos humanos y las conductas. La Filosofía, como expresión crítica de la conciencia de su época, tiene que ejercer, sin dejar la ironía y el humor, la función del 'tábano' socrático para espabilar, despertar y espolear a la sociedad.