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MACARRA DE CEÑIDO PANTALÓN
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Diego Algaba | 04-02-2017 | 20:43

Algunas veces volvería a mi 127 marrón; a los sábados por la tarde; a los cubatas de Larios con Cocacola; a embadurnarme con colonia Brummel; a las discotecas de Almendralejo,  Montijo, Olivenza,Valverde, esas que se llamaban Maikel, Yonisur, Mas Power. Algunas veces volvería a las bolas de colores girando en el techo; a mi vertiginosa cabeza; a preguntar una y otra vez, en ese momento que el disc jockey cambiaba a las lentas, ¿bailas? Aunque cuando estuviéramos bailando frente a frente todo un mar de hielo nos separase. Bailar lento era la única manera de estar cerca de ese misterio tan desconocido que era la mujer, y que ahora lo sigue siendo para mi. Aquellos tiempos en los que Charlot solo era una discoteca y no un tipo entrañable con bigote y bastón.

Algunas noches volvería a ser aquel aprendiz de macarra de ceñido pantalón y rizada melena. Volvería a aquellos años en los que solo existía el presente y la vida rebosaba vida y andaba por el mundo con la seguridad de no tener pasado, de no tener dudas, ni miedos. Cuando todavía me miraba en el espejo y utilizaba el secador y la brillantina y llevaba un peine en el bolsillo del ajustado vaquero; cuando todavía no me habían herido nunca con la amarga espada del desamor y el amor solo era un sueño. Cuando quería aprender a fumar como Bogart en Casablanca aunque el humo me produjera tos y arcadas. Pero incluso en aquellos tiempos, muchas veces, estaba deseando regresar a casa y cambiar la música bulliciosa sin letra de Boney M, de Michael Jackson por la de Víctor Jara, Paco Ibañez, Silvio Rodríguez, Amancio Prada, Jarcha y leer a a Miguel Hernández, a Machado, a Neruda, a León Felipe. Cuando era un joven aprendiz de macarra ya era tan viejo como lo soy hoy. Pero todavía, algunas veces, sueño con montar a cuatro amigos en el 127, poner Extremoduro a toda pastilla y buscar una discoteca con bola en el techo y futbolines y billar a cuatro bandas y volver a preguntar ¿bailas?