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LA VIE EN ROSE
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Diego Algaba | 04-03-2017 | 18:57

Inicié mi vida laboral en Almendralejo, sin tener en cuenta, nunca lo pongo en el curriculum, los veranos que trabajé en el campo cogiendo peras, tomates, manzanas, segando hierba, vendimiando. Aquellos veranos que desmonté pistas en coches chocantes. Ferias donde todavía no existía Camela y nos motivaban con los Chichos y los Chunguitos, música a todo volumen que golpeaban como un látigo en mi tierna espalda. También nos ponían a María Jimenez que era como cuando Marylin Monroe visitaba a los soldados americanos en Vietnam.

Al final del día, después de haber cargado con las calientes y pesadas planchas de hierro, nos daban 1000 pts (6 euros) que solo nos llegaba para hidratarnos en los Valencianos con granizadas de limón. Después, yo, cansado hasta la extenuación, y dando un rodeo para que no me vieran los conocidos con la camisa y pantalones rotos y sucios llegaba a casa para intentar sacar la grasa del cuerpo y de las uñas, pero lo peor no era el cansancio. lo peor era el olor, ese olor que se metía en el interior de la piel para recordarme como me habían robado un poco de mi dignidad en aquellas tardes de un achicharrante verano.

Llegué a Almendralejo con pocos años, con la cabeza llena de pájaros, expectante, rebelde, indisciplinado. Luego el tiempo me fue modelando hasta convertirme a la docilidad de las vidas dictadas, al simplón que soy, que fui y que seré y que por aquellos entonces se notaba más por mi lánguido cuerpo de larguirucho sin gracia que se ponía colorado si me miraba algún jefe o alguna de aquellas chicas con rímel en las pestañas y labios encarnados.

En Almendralejo tuve mi primera experiencia laboral de verdad, esa que necesitaba tener una cuenta bancaria para cobrar. Ya no me pagaba el encargado subido al remolque del tractor con un sobre donde ponía mi nombre con bolígrafo y faltas de ortografía.

En Almedralejo descubrí “La via en rose” un pub que tenía un toque intelectual que tanto me gustaba sin yo saberlo. A mi corta e ingenua vida le faltaba algo aunque no sabía qué.

La vie Rose tenía un aíre afrancesado y esa calma que hacía reposar el alma tan distinta del desasosiego de luces y música que había en las discotecas que frecuentaba. En la Via en rose respiraba esa otra vida que solo había sentido a través de libros y películas. ese mundo que profundizaba en el interior y que sin conocerlo, conocía. Cuando viví el ambiente de la Via en Rose sabía que aquello era lo que quería. Un lugar de conversación sosegada que me hacía descansar mi efervescente cabeza y descargarla de banalidades adolescentes que se habían encallado en mi personalidad como los cristalitos de la bola de las discoteca. La vía en Rose me ayudaba a desarrollar mis sentidos escondidos: la belleza,el espíritu,la imaginación. Un mundo nuevo de libros, películas y música que no existía en mi pobre ser dedicado a mi apariencia exterior de peinados modernos y pantalones ajustados. Me gustaba más la sensibilidad de aquel lugar que otros donde íbamos los machos ibéricos en busca de esa sexualidad fácil del aquí te pillo aquí te mato. Menos mal que mi capacidad de seducción dejaba mucho que desear, hubiera sido un desastre acostumbrado como estaba al onanismo solitario.

En la vie Rosa la vi por primera vez con su melena morena y rizada y una timidez casi tan acentuada como la mía y que la hacía mirar al suelo cada vez que nos cruzabamos. Llevaba falda larga y una mirada lánguida y limpia donde se intuía la mujer que fue después. Ella nunca tuvo interés en mi, ahora tampoco.

Han pasado los años y me he vuelto a encontrar con ella. Sigue igual físicamente aunque con mucho más desparpajo verbal.

Recuerdo que siempre se sentaba en un rincón con la su falda marrón de cuadros que cubría las rodillas de piernas suaves, juntas y cruzadas a la altura de los zapatos marrones con ligero tacón. Me gustaba escuchar su voz tierna que llenaba toda la sala abuhardillada. Yo, en cambio, hacía el burro jugando al billar o al futbolín. Hacía ruido para que mirara, pero la voz que sobresalía era la de su enigmático silencio. Yo no quería mostrar mi sensibilidad, me parecía ramplona y afeminada. Me había criado en el barrio, en ese mundo de machos duros que pasábamos el día dando patadas a un balón o peleándonos con los de otros barrios a pedradas.

La miraba igual que la miro hoy: tan accesible y tan inaccesible, tan alejada de mis manos, más de mis besos, tan guapa,tan tierna, tan cerca y tan lejos.

En noches como esta me gustaría abrazarla y bailar pegados aquella canciones de entonces “Ne me quitte pas” de Jacques Brel o “Hotel California” de los Eagles. Si ella no estuviera a tanta distancia ni yo tan próximo…