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LLERENA
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Diego Algaba | 17-08-2017 | 17:23

Foto subida de internet

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Leo en el HOY un reportaje sobre los cortos de Llerena. Cada año se presentan más películas, este 870. Los mejores cortos que se hacen en España pasan por este concurso que tiene un origen curioso.

dsc00382-3Cuando empezó todo yo vivía en Llerena. Paco Freire se fue a estudiar audiovisuales a Sevilla. Eran pocos los que hacían esa carrera. Una vacaciones que Paco estaba en al pueblo, por la Virgen, se fueron a los alrededores del castillo de Reina con una cámara e improvisaron su primer corto que trataba sobre la pesca en secano. Con un caña y subidos a un olivo empezaron a improvisar ocurrencias y quedó una grabación graciosa y surrealista a esa hora de la mañana en la que empezaba a salir el sol y los bares nocturnos echaban el cierre para inundarse el pueblo con el olor a café y churros de la Coronela. De aquella anécdota viene esto. Las películas de un grupo de amigos que se pusieron el nombre de Morrimer y cuya obra mas conocida ha sido La columna de los ocho mil. Las películas se proyectan en las paredes blancas de un pueblo de cine que no tiene cine. Este años ha ganado en el apartado de la Campiña Sur y Tentudía el corto “La Venganza” de Rogelio Sánchez. Conocí a Rogelio cuando era un niño delgaducho y tímido que hablaba poco y observaba mucho. La película la protagoniza Tere Montero, que participa en algunas ocasiones en la sección de cartas al director de esté periódico y que es

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autora de 9 libros o libretos, como le gusta decir a ella.

Veo por televisión a Alvaro Martín Uriol Batuecas. Cuando vivía en Llerena, yo corría medias maratones. Salía a entrenar por el camino que va al pantano. Al contrario que ahora, que sales a a correr y tienes que ir sorteando corredores, cuando lo hacía en Llerena íbamos Lola Labrador y yo solo por caminos vírgenes de pisadas deportivas y llenos de huellas de herraduras. De pronto empezamos a cruzarnos con dos jovencitos que venían en sentido contrario, y si ya era raro encontrar a alguien corriendo más raro era verlos haciendo marcha. Lola, que era maestra y conocía a los muchachos del pueblo, me dijo que eran el hijo de Basilio el abogado, y Alvaro, de Macarena, la veterinaria. Ahora, años después, sentado frente a la televisión veo emocionado a aquel muchacho pecoso como queda noveno del mundo.

Para conseguir los sueños se necesita fe y constancia. Llerena sabe mucho de eso.