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Fecha: octubre, 2017
PARCELEROS
Diego Algaba 23-10-2017 | 9:15 | 0

dsc03324-2Entre el pueblo y el río se extendían las parcelas. Las últimas llegaban hasta los eucaliptos. Cinco hectárea de aquella tierra de secano convertida en regadío para cada agricultor. La mayoría sembraba tomates dándole al marrón de la tierra una capa de color rojo vivo solo interrumpida por el claro de las besanas. En aquellos tiempos todavía no se habían inventado los aspersores, ni el riego por goteo. El grifo que regulaba el mayor o menor flujo de agua eran los montones de tierra que se hacían con la azada para guiar el líquido por unos surcos u otros.

dsc03170-2Los niños se entretenían poniendo nombre a los animales. Las golondrinas formaban como disciplinados soldados encima de los cables de la luz, vigilando la llegada de cazadores con escopetas de balines o muchachos con tiradores hechos con las gomas de las cámaras viejas de las bicicletas. Los parceleros se cargaban con la energía del sol y el agua de lluvia que eran su gasolina, la sangre que fluía en el interior de rudos cuerpos curtidos a la dsc03028-2intemperie protegidos por un sombrero de paja.

Hombres de campo fuertes y trabajadores que tenían como reloj el sol. Al caer la noche, sentados en sillas de enea, se charlaba de la siega y la siembra en el porche donde cuatro o cinco hijos jugaban en la puerta con otros cuatro o cinco niños del vecino de parcela con pelotas de trapo y cajas de cartón. Los domingos se vestían de domingo y después de misa se tomaban un vino en la taberna para seguir hablando de campo. Se comía del huerto, de las gallinas, de la vaca… En época de recolección cogían lápiz y libreta para hacer unas cuentas que nunca salían. Muchos de estos parceleros acabaron sus días en la ciudad, en casa de esos hijos que jugaban en el porche, esos a los que se empeñaron en dar estudios para que no pasaran frío en invierno, ni calor en dsc03049-2verano.

Me he acordado de los parceleros después de ver a uno de ellos cogiendo las aceitunas de un Olivo que hay al final de la Avenida María Auxiliadora. Porque para los que han vivido en la libertad del campo les resulta difícil adaptarse a las cuatro paredes de un piso al que hay que subir en ascensor.

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EL LEGIONARIO
Diego Algaba 14-10-2017 | 10:31 | 0

dsc04488-2Nunca subió a un avión aunque le hubiera gustado conocer otros mundos, otras tierras, sobre todo Sudamérica. Le gustaba la nobleza de los bolivianos que conoció cuando trabajó de albañil en Gerona. Aunque nunca lo dijo, era un tipo inexpresivo para el amor, se ponía inquieto cada vez que se cruzaba con Rosario, la boliviana que cuidaba a la señora María, la madre del maestro. Nunca se le conoció novia, ni tuvo casa propia, ni coche. Aunque después de la biopsia se compró el Ibiza de segunda mano.

De la legión conservaba un acompasado braceo al andar, unas letras ilegibles tatuadas en el pecho y una cicatriz en la cara, junto a la boca. Algunos decían que se la habían hecho en una pelea callejera, aunque lo cierto es que fue provocado por una caída encima de una botella una noche que iba borracho. Nunca nadie se atrevió a dudar sobre el navajazo en la cara, que a fuerza de repetirlo se convirtió en real.

Una poblada barba, la cicatriz, su 1,90 y la anchura de hombros infundía temor. Aunque tenía barriga todavía conservaba el cuerpo fuerte y robusto que le había dado la genética y el trabajo duro de los andamios. No se le conocía familia, nadie sabia quienes eran sus padres o si tenía hermanos. Un día llegó al pueblo y se quedó para siempre.

Todos los días aparcaba en el mismo sitio y a la misma hora. Dejó de entrar en el bar del Pecas, desde que le hicieran las pruebas en el Hospital, tampoco volvió a probar ni una gota, solo bebía agua. Cada tarde salía al campo. Al anochecer se metía en casa, algunos decían que le había dado por leer libros de política. Siempre fue comunista y a pesar de las decepciones lo seguía siendo.

Desde hace una semana nadie lo ha visto. El coche está en el mismo sitio y parece que no ha abierto ni cerrado la puerta. En el bar del Pecas todos lo piensan aunque no quieren decirlo. Nadie quiere entrar para enfrentarse al terrible olor de la muerte.

Su muerte esconde tantas incógnitas como su vida.

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NO QUIERO ESCRIBIR SOBRE PUIGDEMONT
Diego Algaba 09-10-2017 | 10:03 | 0

dsc00104Se me pasó septiembre sin escribir ninguna artículo titulado “Septiembre”, así que retomo algunas imágenes que no llegaron a tocar el papel y que circularon por mi la cabeza sin conocer el perfume adictivo de la tinta del periódico.

En septiembre estuve de vacaciones y eso me permitía disfrutar de la ciudad como lo hacía cuando era un nini sin porvenir que solo paseaba y miraba, mucho antes de pertenecer al mundo de las obligaciones laborales, aquellos tiempos en los que no estaba acostumbrado a tener un euro en el bolsillo para entrar en un bar a tomar una caña, ni dos para un cupón, ni siquiera usaba cartera y del bolsillo de atrás del pantalón sobresalía un pañuelo rojo como el de Miguel Bosé en el que tenía puestas muchas esperanzas de seducción que no dieron el resultado esperado. Quizás porque la melena rubia del cantante se asemejaba en mí a la acaracolado del negro de Bony M y dentro de mi cabeza los sueños ganaban a la realidad.

dsc00105-2Cuando uno lleva un tiempo de vacaciones se siente como si fuera otro; como si estuviera fuera del sistema; como si una persona nueva hubiese tomado tu cuerpo, hubiese vaciado la mente de la preocupación diaria, del estrés laboral, de esa lidia con los compañeros de trabajo, probablemente las personas con las que más tiempo pasamos en nuestra vida sin haberlos elegidos.

Todos los septiembre regreso para ser aquel joven que desconocía los despertadores, las duchas matinales, las camisas de rayas, las batas blancas y terminar de vestirme frente al espejo del ascensor. Aquellos tiempos en los que se podía admirar la belleza femenina por la calle sin ser calificado de machista. Ahora no se me ocurre mirar a una mujer guapa y mucho menos volver la cabeza como entonces. Ahora paso delante de ellas con la misma indiferencia que ellas han mostrado siempre ante  mi, así que cuando voy paseando por la calle solo veo a perros cagones, calles llenas de chicles pegados al suelo, papeleras vacías, todo al ritmo del tableteo de las baldosas de las aceras.

dsc01045Termino el texto haciéndome daño en los dientes de apretarlos para no escribir de Cataluña y poner el tono triste e irracional.

Ojalá que todas esas banderas de España que veo en los balcones sean también banderas blancas de paz.

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