Hoy

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Autor: diegoalgabamansilla_1424851234
FOTOGRAFÍAS
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Diego Algaba | 08-12-2017 | 10:17| 0

dsc04099-2Voy andando por senderos de tierra. No ha llovido y las botas mueven el polvo a cada paso. Hay piedras y jaramagos que crecen sin orden en el camino. El cielo azulea como en un mañana de agosto, como un cuadro de Sorolla. El sol acecha escondido como un cazador detrás de su camuflaje de pasto y plástico. Donde tenía que haber sombra hay sol y donde charcos tierra seca y estriada. De repente, como un espejismo, fiel a noviembre, aparecen los colores del otoño a los lados del camino y el paseo se convierte en varios paseos: aquí los ocres de las hojas en el suelo, allí el amarillo que todavía resiste en el árbol . Me quedo quieto para ver esas pinceladas de la naturaleza. Miro y mirando acoto el campo. La vista se me va a ese espacio finito del encuadre que no tiene límites en belleza y me acuerdo de Finicio. “La obra artística solo representa un modelo reducido del universo”. Saco la cámara y disparo. Disparo para retener el instante, como si los momentos no fueran irrepetibles. Algún día dejaré de fotografiar para disfrutar sin interrupción, no se puede atrapar la naturaleza que es lo mismo que retener el tiempo para que luego, en casa, sentado frente al ordenador, una foto sea incapaz de provocar lo que siento en el bosque, en el barbecho. Hay que pisar la tierra, oír caer las hojas, acariciar el pétalo de una flor. Mi niña corre sonriente hacia mí con las manos llenas de hojas secas y esa emoción no la puedo captar con la cámara, la apago y sigo paseando de su mano.

dsc04097-3Por el camino me cruzo con un corredor vestido de rojo, un pescador tira la caña protegido con unas botas de agua hasta la rodilla, una bandada de pájaros blancos vuelan en formación, un cardo borriquero parece que me dsc04023-2mira,como si quisiera gritar ¡quiero agua!, un ciclista pasa sigilosa a mi lado.

Es domingo. La ciudad duerme. El campo está salpicado con colores de Decathlon que vuelan libre como una bandera sin patria. Caen unas gotas, se levanta el aire, el frío nos acurruca, llega el invierno, se va noviembre, llega diciembre, el tiempo pasa tan rápido que nada se puede retener ni siquiera en una foto. La niña sigue creciendo. Papá, ¿cuánto queda para mi cumple?

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LA ESQUINA DEL BAR
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Diego Algaba | 20-11-2017 | 9:59| 0

20171120_203658-2La esquina del bar es como un útero materno, como un líquido amniótico de cerveza fría y café caliente que nos protege en esos días en los que la soledad aprieta. La esquina del bar nos abraza cuando no tenemos a nadie a quien abrazar. La esquina del bar es el refugio de solitarios, observadores, tertulianos… Una esquina dotada con el don de parar relojes y esquivar navidades.

En el bar el Paso, detrás de los Maristas, todas las mañanas nos disputamos la esquina tres clientes en esa primera hora del café de salida, de la primera vuelta al periódico antes de entrar a trabajar.

20171120_203638-2El bar Leñador está en la Banasta, junto al ventanal que da a la calle hay un rincón por el que entra una luz generosa para leer el periódico acompañado con un vino de Esparragosa y aperitivos de cuchara.

El bar la Parada tiene una esquina junto a la ventana donde puedes leer el periódico de espalda al salón sin la distracción del resto de clientes. se puede poner a tñu lado algún conductor de autobús o Andrés, un señor mayor de agradable conversación.

En los pasajes de Zafer está el Emigrante ahora conocido como bar de Nino, este bar tiene una solicitada esquina los días de Fútbol donde casi siempre está Monchi. Este era el bar del llorado Angel de Universitas. El corcho del tablón de anuncio lo preside una foto suya con un poema. Todo lo que pueda escribir de Angelito ya lo ha hecho antes mejor que yo Alvarez Buiza.

En San Roque está el bar Calle Trece que tiene unas vistas excepcionales a la Plaza de la Iglesia de la Concepción desde donde sale la procesión de la borriquita y del silencio. Una esquina donde puedes disfrutar con los colores de los árboles en otoño y la fachada de la Iglesia mientras tomas una cerveza con un generoso aperitivo.

En la esquina del bar el Cortijo del Corazón de Jesús puedes encontrar los domingos, desayunando migas, cachuela o zurrapa a hombres del campo, cazadores,funcionarios de prisiones, columnistas del HOY, mujeres de presos de ETA hablando en eusquera,ese lenguaje de difícil fonética un lenguaje duro, de piedra.

dsc03748-2Mi esquina es la del bar que hay debajo de mi piso, una esquina que es la prolongación de mi salón donde voy con la misma naturalidad que a mi cocina. Entro después de tirar la basura con ropa de estar en casa. Esa esquina es mi esquina. mi útero materno donde la banqueta de madera es el más cómodo de los sillones, siento ese rincón tan mío como lo siente Romy,su propietaria.

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SENDERISMO
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Diego Algaba | 10-11-2017 | 10:35| 0

20171029_115719-a-2Desde Badajoz sale los domingos un autobús de hombres y mujeres vestidos con gorras, pantalones de bolsillos laterales, mochilas y ganas de escapar de los malos humos de la ciudad para hacer ejercicio y respirar naturaleza a esa hora donde la mayoría de las personas están remoloneando en la cama. Me apunté a una ruta con la intención de escribir este artículo. El día elegido tocaba Monfragüe. Había visto el recorrido en el blog del HOY “Senderos de Extremadura”.

20171029_115621-2Estuve a las 8 de la mañana en la parada de autobús, frente de la parroquia de San José uniformado: estrené un pantalón de muchos bolsillos, unas botas y un palo de andar. Llegué “sobrao”con la misma seguridad que iba a las rutas cuando corría maratones. Uno no es consciente del paso del tiempo. Hace dos años que no corro, además he ganado algunos kilos.

20171029_133841-2Después de tres horas de viaje llegamos a Serradilla donde vimos el famoso Cristo de la Victoria. Empezamos la caminata. Un kilómetro y medio de cuesta me devolvió a la realidad de mi peso y de mi inactividad, pero ya era tarde para volver atrás. Había que continuar. Tocaba sufrir. Una subida, una bajada… y así, subiendo y bajando caminos de tierra y piedra completé los 14 km. del recorrido soportando el fuego del calor de primeros de noviembre, que es el mismo calor que hacía años atrás a últimos de agosto. El campo estaba seco, el río Tajo en los huesos y yo exhausto. Este año el otoño es una palabra sin color. Cuando terminé la ruta y llegué a mi destino, Villareal de San Carlos, pedí la botella de agua y la jarra de cerveza más grande del bar. Me senté. Una vez sentado ya no podía levantarme pero tuve que hacer un último esfuerzo para volver al autobús que estaba aparcado en el punto más alto del pueblo. Tres horas de carretera con los pies palpitando dentro de las botas con la misma fuerza como me palpitó el corazón mientras subía la Sierra de Santa Catalina.

20171029_135324-2Prometo volver más entrenado y más ligero para disfrutar en lugar de sufrir y contarlo en un nuevo artículo.

Cuando llegué a casa me había quedado la radio puesta. Seguían hablando de Puigdemont pero en ese momento me importaba más mi inconsciente locura que la suya y me puse a escribir este artículo.

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PARCELEROS
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Diego Algaba | 23-10-2017 | 9:15| 0

dsc03324-2Entre el pueblo y el río se extendían las parcelas. Las últimas llegaban hasta los eucaliptos. Cinco hectárea de aquella tierra de secano convertida en regadío para cada agricultor. La mayoría sembraba tomates dándole al marrón de la tierra una capa de color rojo vivo solo interrumpida por el claro de las besanas. En aquellos tiempos todavía no se habían inventado los aspersores, ni el riego por goteo. El grifo que regulaba el mayor o menor flujo de agua eran los montones de tierra que se hacían con la azada para guiar el líquido por unos surcos u otros.

dsc03170-2Los niños se entretenían poniendo nombre a los animales. Las golondrinas formaban como disciplinados soldados encima de los cables de la luz, vigilando la llegada de cazadores con escopetas de balines o muchachos con tiradores hechos con las gomas de las cámaras viejas de las bicicletas. Los parceleros se cargaban con la energía del sol y el agua de lluvia que eran su gasolina, la sangre que fluía en el interior de rudos cuerpos curtidos a la dsc03028-2intemperie protegidos por un sombrero de paja.

Hombres de campo fuertes y trabajadores que tenían como reloj el sol. Al caer la noche, sentados en sillas de enea, se charlaba de la siega y la siembra en el porche donde cuatro o cinco hijos jugaban en la puerta con otros cuatro o cinco niños del vecino de parcela con pelotas de trapo y cajas de cartón. Los domingos se vestían de domingo y después de misa se tomaban un vino en la taberna para seguir hablando de campo. Se comía del huerto, de las gallinas, de la vaca… En época de recolección cogían lápiz y libreta para hacer unas cuentas que nunca salían. Muchos de estos parceleros acabaron sus días en la ciudad, en casa de esos hijos que jugaban en el porche, esos a los que se empeñaron en dar estudios para que no pasaran frío en invierno, ni calor en dsc03049-2verano.

Me he acordado de los parceleros después de ver a uno de ellos cogiendo las aceitunas de un Olivo que hay al final de la Avenida María Auxiliadora. Porque para los que han vivido en la libertad del campo les resulta difícil adaptarse a las cuatro paredes de un piso al que hay que subir en ascensor.

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EL LEGIONARIO
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Diego Algaba | 14-10-2017 | 10:31| 0

dsc04488-2Nunca subió a un avión aunque le hubiera gustado conocer otros mundos, otras tierras, sobre todo Sudamérica. Le gustaba la nobleza de los bolivianos que conoció cuando trabajó de albañil en Gerona. Aunque nunca lo dijo, era un tipo inexpresivo para el amor, se ponía inquieto cada vez que se cruzaba con Rosario, la boliviana que cuidaba a la señora María, la madre del maestro. Nunca se le conoció novia, ni tuvo casa propia, ni coche. Aunque después de la biopsia se compró el Ibiza de segunda mano.

De la legión conservaba un acompasado braceo al andar, unas letras ilegibles tatuadas en el pecho y una cicatriz en la cara, junto a la boca. Algunos decían que se la habían hecho en una pelea callejera, aunque lo cierto es que fue provocado por una caída encima de una botella una noche que iba borracho. Nunca nadie se atrevió a dudar sobre el navajazo en la cara, que a fuerza de repetirlo se convirtió en real.

Una poblada barba, la cicatriz, su 1,90 y la anchura de hombros infundía temor. Aunque tenía barriga todavía conservaba el cuerpo fuerte y robusto que le había dado la genética y el trabajo duro de los andamios. No se le conocía familia, nadie sabia quienes eran sus padres o si tenía hermanos. Un día llegó al pueblo y se quedó para siempre.

Todos los días aparcaba en el mismo sitio y a la misma hora. Dejó de entrar en el bar del Pecas, desde que le hicieran las pruebas en el Hospital, tampoco volvió a probar ni una gota, solo bebía agua. Cada tarde salía al campo. Al anochecer se metía en casa, algunos decían que le había dado por leer libros de política. Siempre fue comunista y a pesar de las decepciones lo seguía siendo.

Desde hace una semana nadie lo ha visto. El coche está en el mismo sitio y parece que no ha abierto ni cerrado la puerta. En el bar del Pecas todos lo piensan aunque no quieren decirlo. Nadie quiere entrar para enfrentarse al terrible olor de la muerte.

Su muerte esconde tantas incógnitas como su vida.

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