Hoy

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Autor: diegoalgabamansilla_1424851234
SAN ISIDRO
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Diego Algaba | 08-04-2016 | 10:31| 0

 No recuerdo cuantos años hace que lo inauguraron. Yo iba por la novelería de conocer algo diferente en aquellos tiempos en los que me gustaba más descubrir que profundizar en lo conocido.

Diseñaron una pista aprovechado la orografía de la dehesa. Un circuito de cinco Km donde Cada 800 o 900 metros instalaron aparatos para realizar ejercicios. Hace tanto tiempo de aquello que solo recuerdo una cuerda para escalar. Duró poco. Lo que no está vigilado lo rompen o se lo llevan.

Sigo yendo a San Isidro, me gusta correr entre encinas. Nunca había reparado que había un parque para niños hasta que tuve una hija. Hace poco la llevé. Había columpios normales de maderas, no como los de otros parques que parecen diseñados para futuras estrellas del circo del sol.

Cerca de los columpios sonaba bachatas y música de perreo que salían de los altavoces de varios coches, mientras unos colombianos bailaban, asaban panceta y bebían botellas de cocacola de dos litros. Para eso también está el parque, para que los que no tienen parcelina de los domingos.

A los dos o tres semanas volví; las escaleras del tobogán estaban rotas, de los dos columpios solo quedaba uno.

Cerca había dos familias de adultos con adolescentes, de pronto, un joven saca una escopeta de balines apuntando en todas las direcciones ante las risas de los mayores.

Otro adolescente cogió el BMW y empezó a derrapar a toda velocidad mientras los adultos jaleaban su habilidad, realmente era diestro con el volante, esquivó con soltura a dos niños que estuvo a punto de atropellar. Todo terminó bien, sin heridos y con una gran ovación de su familia. San Isidro, un parque público que tiene propietario cada domingo de sol. Impera la ley del más fuerte, del más macarra. La dehesa tiene dueño.

Lo que asusta de las cosas es la cercanía. Impresiona más una escopeta de balines en San Isidro que un kalashnikov en París. Duele más un atentado en Bruselas que otro en Pakistán

 

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BOTELLÓN
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Diego Algaba | 21-03-2016 | 10:17| 0

Antes de llegar al recinto amurallado donde hacían botellón vi a un muchacho de unos 16 años desmadejado en el suelo. Unos metros más adelante dos voluntarios de Cruz Roja llevaban a una niña de 15 años con los pies arrastrando y la mirada perdida. Apoyados en la pared, a la vista de todos,una pareja de adolescentes, que difícilmente se mantenían en pie, se morreaban con pasión. Ella tenía la falda en la cabeza mientras él intentaba desabrocharse los pantalones. Aquel sábado conocí los bajos fondos de la noche adolescente;El submundo de las cloacas juveniles para el que no iba preparado; un universo tan desconocido para muchos padres como para mi. Seguí andando por el interior de ese muladar sórdido, acompañaba a una madre que buscaba a su hija. Nos pararon cuatro mocosas “Cuidado que aquí hay botellón”. Las niñas hacían un círculo protegiendo botellas de whisky, ron, ginebra y vodka. salían a botella por cabeza. Seguimos sorteando cristales y adolescentes borrachos. Mientras más avanzamos más intenso era el hedor, una mezcla de vómitos, alcohol y hachís; la cocaína y las pastillas no huelen. Nunca, y no soy ningún ñoño, había visto un panorama tan desolador: adolescentes borrachos vomitando y tirados por el suelo. Seguramente esos cientos de niños como cubas no tengan padres porque a todos los que he preguntado han respondido que sus hijos van al botellón pero no beben.

Muchos de estos adolescentes se harán alcohólicos viviendo con el hándicap de no poder beber cuando sean adultos por tomar sin conocimiento los fines de semana. En el futuro tendrán que privarse del placer de una charla animada por una copa de vino.

Nos vamos. La madre no ha encontrado a la hija. Le pregunto porque deja que vaya, me responde lo mismo que los demás padres “ todas las amigas y compañeras de clase van. ¿Que hago? No sé que responder, solo estoy seguro de que hay que buscar respuestas.

 

 

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CUENTO INFANTIL
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Diego Algaba | 08-03-2016 | 9:16| 0

Cuando era niño me preguntaba como sería el mañana, como sería ese Badajoz de tierra y barro donde jugaba a ser mayor. Me hubiese gustado mirar por un agujerito y ver el futuro.

Cuando era joven deseaba llegar a esa madurez sobrevalorada por los adultos. La madurez consistia en integrarse en un sistema de rígidas normas sin espacio para la fantasía.

El primer paso de madurez era tener hipoteca: un atentado a la libertad que esclaviza durante treinta años a las personas que pagan casi la mitad del sueldo al banco para poder tener una casa donde vivir.

El modelo de adultos respetados eran aquellos de trajes caros, con el tiempo supimos que eran regalados, y que dedicaban el dinero público a enriquecerse.

La madurez consiste en trabajar durante todo el día, ganar más, tener más, aunque esto impida tener tiempo para jugar con tus hijos.

Para muchos adultos la madurez consiste en repetir con solemnidad las palabras de Ronaldo como propias, y que nos parezca natural los sueldos de los futbolistas mientras hay personas que pasan hambre. La madurez consiste en llamar genio a Messi que sale entre entre aplausos  del juzgado mientras tienen dificultades económicas para desarrollar su trabajo científicos anónimos que luchan para descubrir los secretos del cáncer.

Los adultos observamos sin inmutarnos a políticos que se insultan. Hasta el comedido Vara dijo: “Se piensan que somos gilipollas” y es que si Vara quiere ser un Presidente moderno y respetado tendría que familiarizarse con el lenguaje soez y estudiar videos de Belen Esteban y Kiko Matamoros para que ese “gilipollas” suene con la rotundidad de un político actual.

Algunas veces pienso que todavía soy aquel niño que mira por un agujerito el porvenir y que en cualquier momento volveré a la realidad de mis pantalones cortos, mi balón de curtis y mis libros de Julio Verne, y que Rita Barbera, Putin, Donald Trump,Artur Mas, Otegui,Rato,Urdangarin,Pujol… solo sean personajes sacados de un cuento de ficción y Valencia vuelva a ser la tierra de las flores de la luz y del amor.

 

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LIBROS
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Diego Algaba | 18-02-2016 | 10:12| 0

ÁNGEL GATA fotografiado por Manuel Durán Viondi

ÁNGEL GATA fotografiado por Manuel Durán Viondi, Angel Gata, trabajador de la libreria Universitas murio la noche antes de la publicación de este artículo, sirva como mi pequeño homenaje

Empiezo a pensar este artículo cuando cruzo la puerta de una librería con suelo de mármol y estanterías llenas. Huele a invierno, a chimenea, a libro nuevo, a historias diferentes, a formas de vida, eso es la literatura: vida. Me topo de frente con la sección de libros de autoayuda, como si no fueran todos de autoayuda. Avanzo. Me da el alto Don Quijote con adarga en mano, Marcel Proust busca el tiempo perdido, García Márquez escucha a Florentino Ariza, el Jinete Polaco en Mágina, Umbral en el Gijón, la poesía de Juan Ramón y Fray Luis. Enredado en un laberinto de sombras Kakfa. Al fondo, a oscuras y con telerañas Allan Poe. Vuelvo a la luz de la poesía de los Angeles: Ángel Valente Ángel González y Ángel Espada. Cavafis va a Ítaca. En lo alto veo a Monterroso, hombre de pocas palabras.

Como un hada mágica, casi sin tocar el suelo, se desplaza por la tienda, morena y delgada,no sé su nombre, siempre me atiende Ángel Gata que me dice el precio de “Un árbol solo”, como si tuviera precio Valhondo.

Entre naranjos camino por la Avenida Santa Marina. Encuentro una cueva. Bajo las escaleras. Descubro el tesoro de cientos de libros: VargasLlosa sin novia, a quien le importa su novia, Thomas Mann, Alicie Munro, Dostoyevski…

Entro en el Corte Inglés, paso delante de los libros electrónicos. No me gustan aunque tenga grabados más del doble de títulos que en mi estantería, detesto esa línea en la parte inferior que avanza indicando el tanto por ciento leído, como si participase en una carrera, cuando uno lo que busca en la literatura es parar el tiempo y no velocidad.

No hay nada como acariciar la hoja, oler, subrayar,y charlar de nuevo con Aureliano, Sancho, Ignatius, Platón, Zaratustra… gozar el privilegio de escuchar a los vivos y sobre todos a los muertos.

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BARES
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Diego Algaba | 02-02-2016 | 7:24| 0

“Bares que lugares tan grato para conversar” cantaba Gabinete Caligari mientras bebíamos cerveza acodados en la barra. Eran otros tiempos. Hace unos días nos juntamos. Ya no somos los mismos: Uno da un trago para pasar la pastilla de la tensión, otro bebe sin alcohol, todos tenemos un sobre de Almax y endulzamos con sacarina.

Me gustan los bares de barrio donde los clientes participan de tertulias comunes, porque no siempre las tertulias son en el café Gijón.

Un buen cliente nunca se emborracha. Al bar no se entra para beber sin control si no para relacionarse.

Un día de diario es difícil encontrar en un bar a personas que no superen los 40. Los jóvenes prefieren beber a la intemperie todo en una noche.

Se está perdiendo la costumbre, entre compañeros, de entrar en el bar después del trabajo, donde en el ambiente relajado de la barra se habla sin la tensión de la faena pudiendo limarse las susceptibilidades que hayan surgido. Los grupos de “wuasa”, sin verse las caras y protegidos con la pantalla del móvil desde el sillón de casa, no son lo mismo.

Bares nocturnos donde la música y el gin-tonic hace ver la sonrisa donde no hay sonrisa y la belleza donde no hay belleza. La belleza se esconde debajo de la piel. Embellece más a una persona la palabra,que ninguna cirugía estética.

Me gustan los bares con olor a bar,a pestorejo, vino, conversación y máquinas tragaperras.

Bares familiares con olor a puchero y ambiente hogareño donde los clientes se sienten como en su casa, algunos hasta mejor.

El secreto de los bares esta en el aperitivo. No entro en los que ponen patatas fritas congeladas.

Aunque no fumo ni he fumado algunas veces echo de menos ceniceros llenos y botellas vacías; tardes de humo y charlas sin horas; de cuatrola y dominó; de risas y lágrimas. Porque La poesía no solo se descubre sentado en el sillón de casa leyendo a la luz de un flexo.

Como dice Gabinete “No hay nada como el calor del amor en un bar”

 

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