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Autor: diegoalgabamansilla_1424851234
ARSENIO CAMPOS EL ESCRITOR BORRACHO ( SEGUNDA PARTE)
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Diego Algaba | 13-05-2017 | 10:18| 0

 

Me gusta beber porque es cuando sueño que las cosas que nunca se van a cumplir se pueden cumplir. Me veía escribiendo en cualquier ciudad del mundo sin estar atado a absurdos horarios de oficina que me robaban la parte mas importante de mi vida, el tiempo, el alma.

Todo lo que había conseguido hasta ahora era algún premio menor de narraciones cortas de pueblos pequeños, donde me costó más el transporte en autobús que lo que me dieron en metálico, la vanidad no tiene precio. Me tomé otro vino, y luego otro. Me puso aperitivo pero tenía más sed que hambre. Se lo dije al camarero, lo conocía de otras veces. No tenía confianza como para decirle algo más que: “llena otra vez”. Él, cuando me veía entrar, tampoco me hablaba. Hacía bailar la copa por encima de su cabeza como un tintineo sin sonido. Yo decía “si” con un gesto, nos comunicábamos sin palabras, en silencio. Agradecía su sequedad. Nunca me gustó charlar con camareros simpáticos y sabelotodos, no soportaba que nadie me largara su rollo. La gente no se cansa de hablar para contar siempre lo mismo. Noticias o reflexiones que han oído a otros y repiten como suyas una y otra vez hasta memorizarlas como un loro. Habitualmente se habla de fútbol, en campaña electora también meten algo de política, y en las tascas de hombres algunas veces se habla de mujeres. Oyendo a la gente averiguas si han escuchado la Ser la COPE han leído EL MUNDO, EL PAÍS. LA RAZÓN o EL HOY. Repiten lo que la noche anterior ha dicho o escrito el analista o el columnista en cada una de las cadenas o periódicos. Aprenden de memoria textos, gestos y variaciones de la voz; discursos que exponen como reflexión propia en cualquier escenario aunque se vienen arriba en la barra del bar.

Al contrario que siempre, aquel sábado noche que entré en el Marín tenía la necesidad de sentir a otro ser humano cerca. Necesitaba estar conectado con otro que fuera de mi especie aunque no fuese como yo. Daba igual, hasta el camarero podía servir, aunque prefería a un desconocido para que el camarero del Marín no creyese que a partir de aquel momento todo iba a ser simpatía y charla por mi parte. No quería intimar con él para no romper el silencio que existía entre los dos. Yo bebía, el me daba de beber y punto. Esa era nuestra relación una relación perfecta que yo quería que siguiera siendo igual.

Me daba lo mismo quien fuera, el único requisito es que fuese un desconocido. No me importaba el más vulgar de la ciudad o el más listo. Él me daba igual, era yo quien me importaba, esa noche quería largar el rollo a cualquiera. Quería estar cerca de otro ser humano prestando atención a lo que me dijese como si me importase, como si lo importante de la vida fuesen esas pequeñas cosas, cuando todo estaba en la literatura, en los libros y no en efímeros sentimientos humanos. Aquella noche quería interaccionar con alguien, le prestaría atención como si me importara algo su vida o sus pensamientos ya fueran de cosas propio o como siempre reflexiones prestadas así que me fui a otro bar. Un bar al que no había ido nunca.

CONTINUARÁ

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EL COMENTARISTA ANÓNIMO
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Diego Algaba | 08-05-2017 | 9:47| 0

He sacado un libro de la biblioteca. Es una colección de poemas de Pessoa. Otro lector habrá sacado el libro antes que yo porque hay palabras subrayadas y unas anotaciones escritas a lápiz en los márgenes.

Las interpretaciones que se hacen de un poema depende de cada uno de los lectores. Cada libro se transforma en único dependiendo de quién lo lea, del estado de ánimo que se tenga, del momento de su vida en el que esté. Un libro es algo íntimo, privado. Yo también hago anotaciones en mis libros. Cuando ha pasado un tiempo y regreso a ellos hubiera hecho comentarios diferentes, hubiera subrayado otras cosas. Un libro es un tesoro si es tuyo, cuando es público sobran las anotaciones. Sin embargo siento este libro con vida. Siento curiosidad por su recorrido como si se hubiera impregnado del alma del comentarista anónimo en esa letra que parece de adulto por el trazo firme y la transformación de la redondez infantil en letra picuda y afilada. Puede ser que el libro haya estado en el atril de una mesa de caoba con pluma y tintero; o en una mesa camilla de formica con brasero y tarima; o haya sido testigo mudo en una mesa de café de charla y alcohol. También ha podido estar en manos de algún experto filólogo; quizás entre las manos de esos que firman algunas tribunas de periódicos como escritor. La palabra escritor que tanto respeto me causa se emplea algunas veces con mucha alegría. No es filósofo el que ha estudiado filosofía, ni se es artista por haber hecho Bellas Artes.

Quizás este libro de pastas de cartón con el tejuelo de la biblioteca en el lomo haya estado encima del sofá de un indolente estudiante; o en la mesilla de noche de una mujer que ha pasado sus manos entre las mismas páginas que ahora toco yo; o haya llenado el hueco de alguna tarde dura de invierno; o quizás en manos de un inquieto jubilado; o en noches tormentosas de un insomne; o ha servido como medicina de un alma desgajada. A lo mejor alguien lo ha interpretado haciendo aspavientos con voz engolada delante de un espejo; o leído en voz alta ante un auditorio donde alguien ha dicho: “eso es lo que me pasa a mi aunque no sepa decirlo”

 

 

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ARSENIO CAMPOS EL ESCRITOR BORRACHO
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Diego Algaba | 06-05-2017 | 8:52| 0

 

 

 

Salí de casa con las manos en los bolsillos y los bolsillos vacíos. Metía el dedo en el agujero que tenía el forro del pantalón. Se hacía cada vez mas grande, como un pozo sin fondo que iba ensanchando, parecía un juego pero era la metáfora de mi vida, meterme siempre en agujeros cadavez más obscuros.

Entre en el primer bar que encontré. Estaba en una esquina. Tantas veces lo habían abierto y cerrado dueños diferentes, con nombres distintos que desde el tercer propietario lo empece a llamar Marín, como se había llamado siempre, antes de que llegara la costumbre, achacada a la crisis, y a las subvenciones, de abrir unos meses para cerrar al poco tiempo. Entré, pedí vino tinto. No iba buscando entretenimiento. Entré, como siempre que bebía, para encontrar respuestas con la ayuda sabia, que era la más torpe, del alcohol. Entré para huir. Estaba cansado de mi, de estar en casa soñando con escribir y dejar mi vulgar trabajo. ¿Acaso, si fuera escritor, sería feliz?, ¿y qué es ser feliz? Ser escritor era lo que había deseado siempre, conocía a gente que soñaban con que le tocase la lotería, no dejaban de comprar aunque solo se llevaban de vez en cuando el reintegro. Yo dejaba los ojos en el ordenador sin ningún premio,ninguna recompensa, solo contaba con el “san benito” de tipo raro que me daba licencia para tomar el alcohol que quisiera sin la mirada inquisidora de vecinos, compañeros y amigos cuando llegaba a casa tambaleándome -déjalo, es el escritor-. Ser escritor, aunque no lo fuera, me autorizaba a emborracharme sin crítica.

No lo sabía, pero mi premio por escribir era poner en orden mi laberíntica cabeza con la única ayuda de un teclado y la pantalla del ordenador evitando el diván, junto a un tipo raro, en una habitación cerrada de paredes blancas teniendo como único testigo una orla colgada de la pared que le acredita, junto con otros muchos como él, en experto de la mente humana. Psiquiatras con los que nunca voy a empatizar para que me atiborren de pastillas y convencerme que lo mejor para mi es centrarme en mi vulgar trabajo de 9 a 17. qué sabrán ellos de la vida, ni de la literatura. Me gusta beber porque cuando bebo sueño que las cosas que nunca se van a cumplir se pueden cumplir. Me veía escribiendo en cualquier ciudad del mundo sin estar atado a absurdos horarios de oficina que me robaban la parte mas importante de mi vida: tiempo y  alma.

CONTINUARÁ

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EL MURO
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Diego Algaba | 29-04-2017 | 10:15| 0

Fotografía de Carlos Rivero

Fotografía de Carlos Rivero

La primavera me saca de casa a empujones y me lleva al campo. Flores a los lados del camino, olores que penetran la piel buscando en el fondo de otros años, de otros abriles,ese tiempo pasado que siempre fue mejor en el recuerdo que en lo vivido. Mariposas que brincan y cantan en un coro multicolor de ardor en celo. Un camino hecho por los pasos de otros que vinieron antes que yo. Voy andando metido en mí como un pastor en un prado verde de lustrosas vacas. De pronto, en mitad de la nada, lo encuentro sin buscarlo. Un muro. Solo queda en pie un trozo de pared de la casa que alguien habría habitado, un muro que en otro tiempo fue refugio del frío en noches en invierno y del calor en verano. Allí, alguien ,quizás una familia, se sentó en una mesa a comer, no sé si casa rica o pobre, de campesino o terrateniente, pero ahí estaba valiente y silencioso ese muro recortado por la erosión del tiempo, abandonado, expuesto a la intemperie del viento, de la lluvia, también a las miradas descaradas de caminantes, Un muro que ya nadie blanquea con brocha gorda y cal, pero al que unos grafiteros le dieron vida pintando dos caras como dos inquietantes fantasmas que vigilan el terreno con sus ojos abiertos. La metamorfosis de una pared blanca como una pantalla de cine de verano en un lienzo pintado. Un muro que se resiste a ser escombro como si el tiempo se hubiera olvidado de hacer el deterioro que hace lentamente en todo.

Me siento en una piedra delante de la pared. De pronto, en la sordina de la tarde, se levanta un viento que parece que habla. Aunque el campo este despejado siento a alguien cerca. Disminuye la luz solar, empieza a hacer frío, parece que la pared me mira con una amenazante luz. Con miedo, me levanto, me alejo con paso ligero.

En casa miro la fotografía del muro en la pantalla del móvil, tiene algo inquietante, parece una pared viva. Es de noche, llueve, salgo de nuevo al campo, La pared me esta llamando,quiere hablarme…

 

 

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CARDO BORRIQUERO
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Diego Algaba | 22-04-2017 | 8:10| 0

Hasta el cardo borriquero que amenaza con su pinchos como armas hirientes, como escudos protectores de su vulnerabilidad, de su miedo al daño externo, muestra en su apariencia hosca e impenetrable su belleza en forma de flor suave, tímida, coqueta e insegura. Flor que aunque se esconde entre la fortaleza y la dureza de sus pinchos defensivo,s no puede dejar de ser una flor coqueta,olorosa, bonita, y deseada.

Temerosa del mundo exterior, esconde su atractivo entre muros cerrados. Protegidos por guardianes de afiladas defensas, aisla su encanto del goce del campo. Evitando vivir sin riesgo deja de vivir.

Se deja oler, pero no tocar. Solo podrás disfrutarla en la distancia. No te acerques que  pincha. Nunca la podrás acariciar, ni querer. Su naturaleza es esa. Es un cardo borriquero, nada se puede hacer. Ni palabras, ni gestos pueden ablandar un corazón blindado. Mira. y se deja mirar pero nunca se arriesgará a perderse agarrada de la mano por los bellos y arriesgados caminos de la primavera. No sabe que lo importante de la vida es vivir.

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