Hoy

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Autor: diegoalgabamansilla_1424851234
PRIMAVERA DE DISEÑO
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Diego Algaba | 08-04-2017 | 9:42| 0

Entramos en el mes de los Aries. Abril penetra con todos sus fuerza en este tiempo de múltiples colores, de cumpleaños cargados de años, de ciclotimias, de cambios de humor, de alergias y catarros, de obesos corriendo, de mangas cortas y camisas de cuadro, de veladores llenos,de casas vacías, de campos sembrados de senderistas, de mañanas de dulce dormir, de fotógrafos de flores, de almas desguazadas, de corazones tiernos e ilusionados, de niños en la calle, de muchachas con faldas cortas y piernas largas,de exhibición de bíceps agrandados en gimnasio y laboratorios, de canciones de Sabina. A mi no me han robado el mes de abril, lo cambié por noviembre, por días de lluvia y frío. Sin buscarlo me encontré con el reverso del tiempo, y me gustó. Aquí, en casa, sigue lloviendo aunque en la calle salga el sol.

Es primavera No quiero poesías de flores. Yo, que ni siquiera en días como estos la tuve entre mis brazos. No quiero golondrinas que vuelvan. El abril de la luz devuelve con más intensidad las sombras nocturnas a las habitaciones del insomne solitario, esos que ya no creemos en el brillo de temporada.

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LA MUJER DEL CANDELABRO
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Diego Algaba | 01-04-2017 | 9:33| 0

Aquel domingo me había quedado en la cama remoloneando. La habitación estaba en penumbra. Encendí la vela. La llama blanca iluminó tenuamente las sombras dándole un aspecto íntimo a las paredes recién pintadas. El fuego de la vela bailaba al ritmo de la leve brisa que entraba por los huecos de la persiana: sinuosa,coqueta, sensual como una mujer recién levantada vestida solo con la camisa a cuadros de su pareja.

Ella dejó encima de la mesilla aquel candelabro que quedó allí para siempre como símbolo de su ausencia, de su adiós definitivo.

Compré el candelabro que envolví en papel de regalo pensando que le gustaría. Sin embargo, cuando lo vio, casi me lo tiró a la cabeza. Pensó que era una broma, decía que como me había atrevido a comprar semejante mamarachada en el día de su cumpleaños. La decepción fue tan grande que yo creo que ese también fue uno de los motivos para que cuando cerró la puerta de un portazo nunca más volviera a abrirla.

Ahora no sé donde está, ni que habrá sido de ella. Probablemente no se acuerde de mi y menos imaginar que cada mañana, cuando veo el candelabro que nunca quiso llevarse, me acuerde de su pelo negro y rizado; de su sonrisa enigmática; de su cuerpo femenino y fibroso moldeado por las pedaladas en el gimnasio.

Algunas de aquellas mañanas de sábado y domingo en los que no madrugaba, ese momento mágico de encender la vela donde mi cuarto volvía a llenarse de vida con la luz suave de la llama, en ese instante, algunas veces, aparecía su imagen flotando en el lugar oscuro del olvido más íntimo. Ese hueco delicado del interior donde duelen más sacar las cosas. Cuando la llama adquiría su máximo volumen iluminaba mi habitación con el más sabroso de los recuerdos y volvía a tenerla entre mis brazos igual que lo hacía en aquellos locos días de vinos, rosas y sábanas revueltas.

Quizás ya no fuese como la imaginaba aunque su figura emergía como un iceberg entre las aguas heladas de mi habitación llenándola de su cálido espíritu , impregnando mi ánimo con su presencia. En aquellos días que me atacaba la melancolía de un pasado cada vez más remoto percibía su olor, la suavidad de su piel, su mirada enigmática, la calidez de su voz como un susurro hablándome al oído. Todo eso estaba dentro de aquel candelabro de plata que un día estuvo a punto de incrustarme en mi cabeza.

Miraba el candelabro como si fuera un presagio, era mi destino. Aunque no lo sabía, yo había nacido para estar solo.

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AMAPOLA
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Diego Algaba | 25-03-2017 | 9:38| 0

Voy andando por caminos solitarios hacia el amanecer para regenerar mi alma malherida. Voy buscando la belleza que esconde el campo cuando la luz del sol va descubriendo los misterios de la oscuridad. Se hace la luz lentamente, como si se estuviesen abriendo las cortinas de un gigantesco escenario, como si se estuviese cociendo a fuego lento en un chup chup de aromas verdes. Ando despacio. Quiero sentir la brisa en la cara. Quiero sentir como me envuelve el frescor del viento y me abraza en mitad de la mañana. Busco belleza entre la belleza. Busco color entre los colores. Me mezclo con la naturaleza que me protege de la intemperie de la ciudad como si fuese un cálido refugio. oigo la música suave de paz en el cantar de pájaros satisfechos de pan y agua. La mañana acaricia la hierba húmeda con manos balsámicas de un protector natural. Una tierra parda cubierta de verde donde lo que se ve es lo que es. Aquí no existen mentiras, ni palabras que modifiquen el color ni el sabor haciendo vivir en la irrealidad de la duda. Aquí las cosas son como son, naturales y simples. Aquí no hay cuentistas que arrimen su discurso a sus intereses. Aquí nadie inventa palabras manipuladoras, ni gestos para mentir y solo se oye el silencio de la tierra y la hierba crecer. Solo en el silencio está la verdad. Camino vestido con ropa de campo aunque me sienta desnudo ante la mirada de la luna y el sol que me guían hasta encontrarme con ella.

Ahí está: alta, elevada, inhiesta, desprotegida, a merced del viento. Se bambolea coqueta e indiferente ante mi presencia, pero permanece firme y anclada al suelo.

Despliega sus pétalos como unas manos extendidas para que su interior respire profundo todo el azul del cielo y así transformarlo en cuatro rojos intensos,en cuatro láminas que son cuatro lenguas sin voz, no le hace falta voz, es una explosión, un estallido de color que provoca un bienestar que solo puede desencadenar en la química del cuerpo la belleza de una flor. Es ella, la amapola, la lindísima amapola esa que tiene música aunque no tenga canción.

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GENTE
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Diego Algaba | 21-03-2017 | 11:05| 0

Es miércoles. Hacía tiempo que no salía un día de diario por Badajoz. Me he cruzado con algunos conocidos pero sobre todo con muchos desconocido, será que salgo poco y ya no conozco a la gente.

He visto a los que fuman andando sin importarles los que están detrás, los que tocan la bocina del coche sin importarles los que están delante, los que llevan tanta sobredosis de perfume que huelen mal, los que llevan la bolsa de la compra, los que llevan la compra en la mano, los que no tienen ni para comprar. He visto a hombres con zapatos de senderismo, a mujeres con tacones, no sé si esto es micromachismo. He visto a obesos que siempre van en chándal, a trajeados que tiran la basura por la mañana con mucha dignidad, a los que ríen, a los tristes, a uno que se parece a Trump con una mujer fea y desaliñada de la mano, al que pide en la Av Santa Marina debajo de un naranjo de naranjas amarga, a Manolo López que va a comprar el pan. He visto a un enfermero con el maletín en la mano buscando una dirección, a un municipal multando el coche del enfermero. He visto a ciegos que venden cupones mirando los números, a un borracho alegre que ríe, a los que miran al borracho con tristeza, a un torero sin toro caminando como si estuviera haciendo el paseillo, a uno del norte en pantalones cortos. Hay cola en las oficinas de lotería tan largas como las del paro, veo personas de hombros caídos y cabeza agachada. He visto a los que entran en los bares, a los que pasan por la puerta y se asoman sin entrar, a los que compran en los chinos, a los que no compran ni en los chinos, a los que venden esparragos, a los que siempre van hablando por el móvil y evitan tener que saludar. Adiós. adiós. Veo a uno casi tan joven como Ricardo Cabezas haciendo música en el calle Menacho con un sombrero en el suelo como una urna donde pone MC, veo a Remigio Cordero cerca del Hospital Provincial, y a los que sacan a los perros con las bolsitas en la mano,  a muchos que no llevan bolsitas, y a perros que alzan la pata en farolas, ruedas de coches, puertas de tiendas…

Muchas gente un día de diario por Badajoz, también muchos perros.

 

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RECUERDOS
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Diego Algaba | 18-03-2017 | 11:24| 0

He vuelto al pueblo.

Me fui un día como aprendiz de la vida y regresé siendo un experto en fracasos.

Volví un sábado por la tarde. Encendí la chimenea. La llama se alzaba como una mano salvadora del frío en el mundo. Me senté en la vieja silla de enea donde se sentaba el abuelo, por unos instantes fui él: callado, solitario, envolviendo un cigarro, más por entretener las manos que por fumar, me pasé el pañuelo por los ojos para limpiar el lagrimal como hacía él. Ahora no sé si por la vejez o por la tristeza.

Me senté en su vieja silla. cerré los ojos y volvía a verlos a todos: a la niña chica cogida en brazos, a la abuela siempre vestida de negro con el moño redondo en la cabeza. Sentí a padre, a madre, a los hermanos, a canelo tumbado en el patio y al caballo comiendo alfalfa en la cuadra.

Ayer volví al pueblo. Volví a la casa del abuelo para quedarme pero solo resistí una tarde. Por la gatera ya no entraban los gato. Al anochecer empezaron a hablar las ausencias en el rechinar de las ventanas de madera, solo escuchaba murmullos y veía sombras.

Regresé a un mundo que ya no existía. Venía a construir lo destruido pero todo estaba ya muy deteriorado. Llegué buscando respuestas y encontré silencios. Un presente que ya no tenía un suelo donde pisar, ni un techo sólido para proteger el alma de la intemperie de la calle. La casa estaba sola y ese vacío hacía que ya no fuera la misma. Pensé que podría habitarla ahora que ya no quedaba nadie, pero el recuerdo es tan fuerte que arrasa el presente y no tiene futuro.

Volví para quedarme para siempre y me fui ese misma noche para no volver jamás.

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