Hoy

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Autor: diegoalgabamansilla_1424851234
ME ASOMO AL BALCÓN
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Diego Algaba | 28-01-2017 | 10:52| 0

 

El sol aparece por el horizonte tiñendo de naranja la mañana, y la mañana viste al día con los colores de la vida mientras se lava la cara con las manos limpias del amanecer.

Una mañana de domingo donde el silencio de la calle se oye desde los balcones más madrugadores. Las macetas se asoman por la barandilla buscando su desayuno de luz. Los enfermos ingresados recobran la esperanza después de una noche de incertidumbre. Un domingo silencioso sin coches, sin bocinas, sin reggaeton. Por la carretera solo se ve pasar los colores chillones de ciclistas, los que sacan a los perros, y los que caminan tambaleantes después de buscar toda la noche la felicidad dentro de un vaso de cristal.

Un instante, un momento, un clip de máquina fotográfica, un parpadeo, lo que tarda el ojo en distinguir el color, un cuadro de Antonio López, un tic sin tac del reloj, un sístoles sin diástoles, un paisaje sin pasado ni futuro, un fotograma de Víctor Erice en una mañana naranja sin frío ni calor, un minuto sin tiempo que no se volverá a repetir. Ni políticos, ni religiones, ni siquiera Trump puede impedir este instante. Un segundo al que no se le puede poner muros ni barrotes que dura la inhalación de una bocanada de aire fresco y que es un golpe de vida, un impulso para empezar un domingo igual a otro domingo pero diferente a todos los demás.

 

 

 

 

 

 

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VECINOS
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Diego Algaba | 22-01-2017 | 12:23| 0

Estás cerca. A mi lado. Casi puedo tocarte si estiro los brazos. Sin embargo, estás lejos. Eres tan igual y tan distinta a mi que me provocas dudas y ganas de seguir conociéndote. Quizás por eso también te quiero. Cada vez que me acerco te siento como un olor a guiso que se cuece en la lumbre a fuego lento. Hueles a madera en invierno, a la paz que da un libro viejo cien veces leído, mil veces descubierto como si fuera nuevo. No existen veranos ostentosos  todo es normal y  asequible en ti. Nunca tienes prisa y cuando te veo siempre te encuentro esperando aunque sé que nunca me esperas. Muchas veces te ignoro y otras te amo y siempre me recibes bien a pesar de mis injustificadas ausencias. Te conocí mucho antes de conocerte y te soñaba tal y como eras. Con esa serenidad, con esa naturalidad que da la sencillez, con esa falta de prisas, da igual que llegue la noche y luego de nuevo el día acompañado de tu conversación musical.

Antes no te veía porque los muros eran altos y yo bajo. Las puertas eran de difícil acceso. Me intimidaban los guardias que había entre tú y yo. Me vigilaban cada vez que entraba en ti. Sentía sus miradas de sospecha en mis ojos. ¿Que pensaban? ¿Qué tú y yo no eramos la misma cosa? El tiempo ha pasado y ya no me basta con mirar desde lejos, ahora quiero verte, tocarte, sentirte cerca y dentro de mi, conocer tus debilidades, tus sentimientos. Hueles a café solo, a cilantro, a fachadas pintadas de azul, a domingo en sábado.

Dicen que una raya imaginaria nos separa como si alguien pudiera separarnos.

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DE CAJA BADAJOZ A IBERCAJA
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Diego Algaba | 20-01-2017 | 7:08| 0

Cuando empecé a trabajar y necesite tener una cuenta bancaria lo hice en Caja Badajoz.

Caja Badajoz sonaba a cercano, a lo nuestro, a las furgonetas de APROSUBA, al local de ASPACEBA,a libros con pintura de Luis de Morales y Eugenio Hermoso.

Ahora se llama Ibercaja. Badajoz desapareció de sus rótulos. Según dicen por una mala operación realizada con Caja Zaragoza. Han jubilado o trasladado a la mayoría de los trabajadores con los que tenía un trato más cercano. Ya nadie me tutea cuando entro en las oficinas; muchas sucursales han cerrando; los cajeros no funcionan los fines de semana, sobre todo el del Juan Sebastián Elcano. Algunos hemos mantenido la cuenta más por inercia que por cariño.(aunque cariño sea una palabra que rechine hablando de bancos).

El día de Nochebuena el cajero se trago mi tarjeta. Estuve llamando incansablemente al teléfono escrito en la pared, un 902 donde me saltaba continuamente un contestador diciendo que en breve me atenderían. La brevedad duro 6 horas. A los dos días tuve que ausentarme de mi trabajo para recuperar la tarjeta. En el banco había un empleado donde antes había dos y una cola que llegaba hasta la puerta. El paso de Caja a Badajoz a Ibercaja ya está casi terminado.

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EL SECRETO DEL AGUA
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Diego Algaba | 17-01-2017 | 11:10| 0

Me encuentro con un día de vacaciones. Aprovecho para hacer unas gestiones en Aqualia. Camino despacio por calles silenciosas después del bullicio de la navidad: puertas grandes, zaguanes con macetas, casas de una planta, balcones con flores, fachada de colores, bares, tiendas. Camino contemplando la belleza del casco antiguo. Bonito para ver, difícil para vivir. Llego a Aqualia. Hay una cola importante, todos están callados mientras esperan su turno, no se oye un solo murmullo, una sola protesta. Yo vengo de otro ambiente más bullicioso. Es acogedora la silenciosa sala de espera de la oficina del agua frente al ruido de los centros sanitarios. Queda lejos aquellos años en los que las cosas médicas eran más respetadas.

Subo a la Plaza Alta. Compro un libro en la churrería de Moreno Zacudo por un euro. Regreso despacio. Hago fotos. En la calle del Obispo entro en la exposición de la sala Vaquero Poblador, no me llama la atención. Entro en la librería de la Diputación, compro un CD de la Kaita y el libro de Tomas Martín Tamayo, me lo dan en una bolsita blanca, coqueta, con asas de cuerda, meto también el comprado en la churrería: Francisco Umbral, Las ninfas, lo tengo, lo he leído, pero lo habré perdido en una de las mudanzas, es una de las desventajas que tiene vivir de alquiler.

Me gusta tener los libros leídos, tarde o temprano vuelvo a ellos. Desde hace años elijo a cuentagotas los nuevos. Me estoy perdiendo a “zafones”, catedrales y santo grial. Dedico mi tiempo a libros conocidos que me hacen sentir, pensar, reír, llorar… esos que sé que no me van a defraudar. El de Martín Tamayo, a pesar de ser nuevo, hay que leerlo. Hasta ahora solo llevo cien páginas pero me ha enganchado El secreto del agua: el maestro Antonio Godoy, su mujer Cristina, a su hijo Blas, al pueblo de Pajar de los Encinares y el cortijo de los Ojeda.

Siempre tengo dos libros encima de la mesa uno en prosa y otro en verso. Al de Tamayo, le acompaña Valente aunque El secreto del agua también es poesía. Ese pueblo de los Encinares ya siempre formará parte de mi como Macondo o Comala.

 

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20 de enero 2017
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Diego Algaba | 14-01-2017 | 11:18| 0

fotografía de Diego Algaba

Algunas veces caigo en la tentación de escribir sobre mi: de lo que me gusta o disgusta, de si estoy contento o triste, de amores correspondidos o contrariados, de tediosas tardes de domingo donde el reloj avanza lento, de analizarme en los textos como si mi vida pudieran atraer a otros más interesantes que yo, escribir como si mis experiencias fueran importantes para los demás.

Podría narrar la belleza del paisaje que encabeza el texto, pero la belleza no es igual para todos. Hay quien no tiene la tranquilidad suficiente para contemplar con ojos sublimes, esos para los que la luz del sol son negros nubarrones a punto de estallar en una tormenta de truenos. Todos esos a los que le faltan lo indispensable para vivir, los que no saben como van a conseguir el pan de mañana. Es fácil escribir sentado en el sillón de un hogar feliz sobre la infelicidad. ¿Qué beneficios obtendrán con esta inútil lectura todos a los que el mañana les crea tanta incertidumbre como al mundo los días posteriores al 20 de enero?, esa fecha fatídica en la que empezará a dirigir el planeta un rico de la construcción, un blanco lechoso llamado Donald Trump. No sabemos con que ojos volveremos a ver los próximos atardeceres.

 

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