Hoy
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Autor: diegoalgabamansilla_1424851234
REFLEXIÓN DE DOMINGO,REFLEXIONES DE LO EVIDENTE
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Diego Algaba | 11-06-2017 | 10:22| 0

A quién más cansa ser joven es a ellos mismos. Pasan su tiempo siendo otros. y en esos otros buscan su personalidad. Se buscan en las modas,en los gestos, en 18387166_1519975788027114_763775167_nlas palabras, con su argot particular, un código de signos y movimientos. Tantas vuelta dan por caminos diferentes que no acaban de encontrar el suyo perdidos en un laberinto de dudas y huidas. Sin embargo,con el transcurrir de los años, cuando el calendario deja de ser una amenaza y lo abandonan en la pared colgado sin cambiar de hoja, llega un día en que esa búsqueda desaparece. Es entonces, en ese abandono, cuando se comienza a vivir sin miedos, sin complejos, sin pensar en una felicidad dictada por otros, cuando encuentran el camino que en la mayoría de las ocasiones está en lo sencillo, en un paseo, en un paisaje, en una mirada, en cocinar para otros, en un hola, en un perfume. La juventud busca cosas nuevas cuando todavía no saben que en la rutina de lo cotidiano está el abrigo que el interior necesita para estar protegido de la intemperie. Hay otros, que ya han cumplido algunos años, que continúan esa búsqueda de felicidad de películas de fin de semana por la tarde. Los hay que se quedaron colgados de los cristalitos de la bola multicolor de las discotecas, de los campos de fútbol, de la guitarra eléctrica, de los pelos largos y pantalones ajustados, de los porros de maría. Luego, después de muerto, quizás no haya eternidad para seguir buscando, o quizás si. Hay cosas importantes que llegan, sin provocarlas, sin buscarlas.

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EL VIEJO
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Diego Algaba | 27-05-2017 | 11:05| 0

dsc01407-3En algunas ocasiones pienso más en las cosas que no me han ocurrido que en las vividas. Esas otras vidas que las circunstancias o las casualidades me negaron. Hoy veo como ha pasado el tiempo sin detenerse en amores idílicos, pasionales, viajes a los lugares más desconocidos y profundos de los sentimientos. Mi corazón se entristece pensando en ello, ¿quien lo entristece?, ¿alguien ajeno a mi?, ¿o fui yo solo caminando por las veredas del riesgo al buscar la meta sin disfrutar del recorrido? Descubrí caminos desconocidos cada día como si naciera cada mañana de nuevo, sin dejar raíces, sin dejar poso, siempre descubriendo nuevos paisajes sin reparar en el pasado, correr siempre hacia adelante sin detenerme a mirar el paisaje. Despreciaba las veces que el sol me inundó con su plácida calidez para acurrucarme entre sus brazos. Tenía unas expectativas que me alejaron de la realidad dejándome ciego de avaricia. Ahora, quizás, lo más importante es lo que dejé, pero lo no vivido ya no importa, no sé caminar marcha atrás, es un retorno imposible, ya no se puede retomar el camino de inicio, me da vergüenza, no tengo años y estoy viejo. El principio queda lejos para unas piernas cansadas, unas piernas con varices en los sentimientos y ampollas en la alma. Estoy mayor y el dolor físico de piernas y brazos sustituyen a los dolores del corazón.

La puerta que da al balcón de la vida se ha cerrado. Fuera hace frío. El viento helador me da miedo. Es demasiado fuerte para unos huesos desvanecidos que ya no pueden soportar sin quebrarse el peso del fracaso.

Sin darme cuenta transcurrieron los años, atravesando caminos en los que no me detuve a escuchar el silencio. Siempre vivía agitado por el ruido de la música que sonaba en el siguiente prado.

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EL COLUMNISTA INFLUYENTE
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Diego Algaba | 24-05-2017 | 10:10| 0

dsc04662-2Alonso de la Torre es capaz de escribir una columna diaria. Además tiene una gran facilidad para conectar con la gente y para descubrir rincones escondidos. Ha escrito sobre algunos restaurantes portugueses que frecuento. Sitios que considero míos; como un terreno protegido y secreto para mí y mis allegados; un mirlo blanco que cuando lo descubrimos es como si hubiéramos descubierto el Amazonas; lugares que mantenemos en silencio como si guardáramos un secreto de dscn1266-1estado para que no se conozcan y seguir siendo los únicos clientes españoles en un restaurante de portugueses; bares donde nos movemos con absoluta libertad; nos levantamos y abrimos el frigorífico para coger una cerveza; eso sitios en los que te sientes diferente y único. Hasta que un día, Alonso de la Torre, va por allí,echa un vistazo, lo saca en el periódico. Entonces deja de ser ese un lugar vacío para convertirse en multitudinario.

Suelo ir a un pequeño restaurante portugués que está cerca de Badajoz. Alonso de la Torre lo sacó un sábado, mostrando además del texto una foto de su magnífico codillo al horno. Aquel rincón solitario, que nunca se llenaba, después de su artículo tenía una cola como si fuera el Cristo de Elvas.

dscn1396-2También he ido en el barco que sale de Cedillo por el río Tajo. Un viaje silencioso donde íbamos 7 u 8 personas. Podías moverte a tu antojo, si querías subir a la cubierta subías para hacer allí el recorrido completo oyendo en silencio a las aves. Hice ésta ruta después del artículo que le dedicó Alonso de la Torre y aquello estaba lleno, a la cubierta había que subir por turnos cada 15 minutos.

Lo que toca Alonso de la Torre con su pluma lo llena, ya sean restaurantes, barcos, hasta se acabó en las tiendas el jabón Lagarto cuando dio una fórmula para hacer suavizantes con éste producto. Pero no todos los columnistas somos iguales, yo escribí sobre el bar de mi barrio y su clientela siguió siendo la misma.

dscn3802-2 Así que cuando alguien me dice por la calle que escriba sobre los perros sueltos o la desidia en el mantenimiento de los columpios infantiles que los propios padres tienen que arreglar, que sepan que yo puedo escribir sobre eso, pero no tengo influencia, que si quieren que les hagan caso en los Ayuntamientos díganselo a Alonso de la Torre.

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ARSENIO CAMPOS, EL ESCRITOR BORRACHO (3ª ENTREGA)
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Diego Algaba | 21-05-2017 | 6:08| 0

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Era un bar en el que no había entrado nunca.

Olía a tabaco a pesar de que una ley no permitía fumar desde hacía años. Me gustaba ese olorcillo de lo prohibido. El bar tenía una barra en forma de L y la esquina estaba ocupada. En la televisión ponían una película de boxeo con la voz apagada. Por los altavoces se oía a todo volumen música de salsa. Muchas botellas, casi todas vacías, estaban colocadas en repisas de madera. Se notaba que era un lugar donde se bebía, y eso me gustaba. No quería que me miraran raro, ni como un tipo sospechoso igual que pasaba en los bares pijos del centro cuando llenará la copa una y otra vez… Detrás de la barra había una camarera con un vestido negro de gran escote, era brasileña. Junto a mi, un hombre alto, con cara triangular, grandes orejas, ojos pequeñitos y mirada huidiza, tomaba un combinado de color naranja. Como sería el interior de un tipo grandón que bebía una bebida anaranjada, de qué podría hablar conmigo. Solo con la composición tan desigual entre alguien alto agarrando con la mano un vaso de tubo de color naranja echaba para atrás, decía muy poco de él. Poca y vacía conversación se le podría sacar, ni siquiera en la lucidez de la borrachera. Parecía fuerte y débil, seguro y timorato,alguien vulgar que se creería interesante como todos los vulgares. Yo, esa noche, quería hablar y no importaba con quién, incluso alguien así podría valer, aunque no pudiera llegar a algo más lejos que el próximo partido de fútbol, daba igual, para comerme el tarro ya tenía bastante con mi propia cabeza. El tipo bebía con la boca muy abierta, a grandes tragos, era serio, pero me miró con una sonrisa de dientes diminutos, como si se los hubiese limados, me señaló con el vaso el escote de la camarera, era mi oportunidad. “Está buena” dije, arrimando mi banqueta a la suya. Mientras daba un trago a mi whiski. “Has visto hoy el Madrid” la cara se le iluminó, había dado en la diana, ya podíamos ser amigos de una noche, de unas horas. El escote de la camarera y el Madrid nos había unido para siempre en aquella noche negra y solitaria. Allí nos quedamos durante horas bebiendo. No recuerdo bien de que habló. Sé que se había peleado con su pareja y por eso estaba allí, Decía que no acostumbraba a salir, que estaba enamorado de su mujer. En definitiva. un “pringao” que le dio llorona, así que le dije que fuéramos a otro bar. Una discoteca que no cerraban en toda la noche y donde había mujeres.

Creo que se llamaba Juan, aunque para mi siempre será el triangular, con aquella cara de insecto palo y cuello largo y delgado. Se le marcaban las mejillas, parecían las quijadas de un burro. Sería albañil o cualquier oficio en el que se utilizara la fuerza, las manos las tenía encallecida, como para acariciar a alguien, no me extraña que su mujer le hubiese dado puerta. Quizás fuese la naturaleza la que le dotó de esos brazos fibrosos, parecía un ciclista después de haber terminado un tour.

Lo que pasó luego es algo que nunca podría haber imaginado.

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ARSENIO CAMPOS EL ESCRITOR BORRACHO ( SEGUNDA PARTE)
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Diego Algaba | 13-05-2017 | 10:18| 0

 

Me gusta beber porque es cuando sueño que las cosas que nunca se van a cumplir se pueden cumplir. Me veía escribiendo en cualquier ciudad del mundo sin estar atado a absurdos horarios de oficina que me robaban la parte mas importante de mi vida, el tiempo, el alma.

Todo lo que había conseguido hasta ahora era algún premio menor de narraciones cortas de pueblos pequeños, donde me costó más el transporte en autobús que lo que me dieron en metálico, la vanidad no tiene precio. Me tomé otro vino, y luego otro. Me puso aperitivo pero tenía más sed que hambre. Se lo dije al camarero, lo conocía de otras veces. No tenía confianza como para decirle algo más que: “llena otra vez”. Él, cuando me veía entrar, tampoco me hablaba. Hacía bailar la copa por encima de su cabeza como un tintineo sin sonido. Yo decía “si” con un gesto, nos comunicábamos sin palabras, en silencio. Agradecía su sequedad. Nunca me gustó charlar con camareros simpáticos y sabelotodos, no soportaba que nadie me largara su rollo. La gente no se cansa de hablar para contar siempre lo mismo. Noticias o reflexiones que han oído a otros y repiten como suyas una y otra vez hasta memorizarlas como un loro. Habitualmente se habla de fútbol, en campaña electora también meten algo de política, y en las tascas de hombres algunas veces se habla de mujeres. Oyendo a la gente averiguas si han escuchado la Ser la COPE han leído EL MUNDO, EL PAÍS. LA RAZÓN o EL HOY. Repiten lo que la noche anterior ha dicho o escrito el analista o el columnista en cada una de las cadenas o periódicos. Aprenden de memoria textos, gestos y variaciones de la voz; discursos que exponen como reflexión propia en cualquier escenario aunque se vienen arriba en la barra del bar.

Al contrario que siempre, aquel sábado noche que entré en el Marín tenía la necesidad de sentir a otro ser humano cerca. Necesitaba estar conectado con otro que fuera de mi especie aunque no fuese como yo. Daba igual, hasta el camarero podía servir, aunque prefería a un desconocido para que el camarero del Marín no creyese que a partir de aquel momento todo iba a ser simpatía y charla por mi parte. No quería intimar con él para no romper el silencio que existía entre los dos. Yo bebía, el me daba de beber y punto. Esa era nuestra relación una relación perfecta que yo quería que siguiera siendo igual.

Me daba lo mismo quien fuera, el único requisito es que fuese un desconocido. No me importaba el más vulgar de la ciudad o el más listo. Él me daba igual, era yo quien me importaba, esa noche quería largar el rollo a cualquiera. Quería estar cerca de otro ser humano prestando atención a lo que me dijese como si me importase, como si lo importante de la vida fuesen esas pequeñas cosas, cuando todo estaba en la literatura, en los libros y no en efímeros sentimientos humanos. Aquella noche quería interaccionar con alguien, le prestaría atención como si me importara algo su vida o sus pensamientos ya fueran de cosas propio o como siempre reflexiones prestadas así que me fui a otro bar. Un bar al que no había ido nunca.

CONTINUARÁ

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