Hoy

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GERMÁN LÓPEZ IGLESIAS
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Diego Algaba | 03-12-2016 | 23:02| 0

Vengo impregnado del olor dulzón de Ansorena, de observar mi antiguo instituto,el Zurbarán, con el mismo respeto y solemnidad como lo miraba entonces, de oír el acordeón del hombre que se pone en la esquina, de ver la gerencia del SES y las ventanas de los despachos donde se gestiona la sanidad pacense, de sentir el frío entre la calidez de las luces navideñas.

Llego a casa y enciendo el ordenador, igual que aquel día, cuando todavía no había empezado la navidad. Aquella noche, lo primero que leí fue una noticia compartida en facebook por el director de este periódico, Ángel Ortíz, decía : Germán López Iglesias va ser nombrado Director de la Policía Nacional. Respondí sin tomar el tiempo de reflexión necesario. Critiqué que el elegido fuese alguien ajeno al cuerpo sin formación policial. Me contestaron “quizás sea un buen gestor”. Me precipite, la cosa hay que mirarla con calma, observar todas sus aristas. Creo que beneficia a la ciudad que alguien de aquí tenga un puesto importante en Madrid que es donde se cuecen las cosas, donde esta el meollo del bollo. Aunque no es de esto de lo que quiero escribir, si no de la anécdota que me pasó con él.

Cuando me casé, en la Soledad, estaban arreglando la plaza. No se podía pasar en coche hasta la puerta de la iglesia, a mi me daba igual,lo peor era la novia con su traje blanco arrastrado por el barro y los tacones de aguja clavándose en la arena. Así que fui al Ayuntamiento para poder solucionarlo. Ese mismo día, por la tarde, López Iglesias, al que no conocía de nada, ( todavía no escribía esta columna), me llamó por teléfono para decirme que no me preocupara, que iba hablar con los albañiles para que pudiera pasar el coche hasta la puerta, y así fue. Escribí, en carta al director de este periódico, mi agradecimiento.

Una mañana, estaba en Figueras visitando la casa de Dalí, recibí una llamada de Germán para darme las gracias y felicitarme por la boda.

Sé que es una tontería, un gesto que no le hace mejor ni peor director general de la Policía Nacional pero muestra una cosa importante, su preocupación por ciudadanos anónimos y la voluntad de resolver problemas.

 

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VIVIR
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Diego Algaba | 27-11-2016 | 17:25| 0

Quizás  sea un problema tener mucho donde elegir,pero  uno necesita tener opciones, cuando voy por la calle siento eso,un montón de posibilidades, cosas que veo de las que no sé nada pero que están ahí, esperándome, como una oportunidad. Coger de aquí y de allí. La vida esta hecha de retales que componen la pieza.

Las cosas importantes dependen de instantes intrascendentes, una mirada, un gesto, estar en un sitio concreto a una determinada hora, un día exacto.

La voz melodiosa de una mujer oída por primera vez y que puede terminar haciéndose familiar, ¿ como sería mi vida con ella?, diferente a la que tendría con la de los ojos caramelos,esa que pasa a mi lado casi rozando mi hombro.

Unos ojos ocultos detrás de unas gafas negras que se cruzan con los míos, un hola, un adiós, decir la palabra exacta en el momento en el que hay que decirla y tu vida cambia, en un zas, en un instante y dejas de ser el que podías haber sido para ser otro, varían tus ocios, los bares donde vas, lo que comes, los viajes que hagas, las personas con las que te relacionas, los libros que leas, hasta tus hijos serán diferentes.

Un buen profesor de instituto influye en que eliges letras o números.

¿que es la vida? Algo imperfecto que te deteriora con los años para terminar en la nada.

¿Somos dueños de nuestra vida? Para ser propietarios de nosotros tendríamos que estar solos, La verdad solo se puede encontrar en soledad pero… ¿Es importante la verdad estando solo? Un precio demasiado alto para un final que no tiene respuesta ni remedio. Sales al mundo llorando y termina buscando en los manuales del consuelo:( biblias, catecismos), la eternidad, la inmortalidad.

 

 

 

 

 

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TRUMPASSO
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Diego Algaba | 18-11-2016 | 22:10| 0

Cuando desperté aquel miércoles con la noticia de que Trump había ganado las elecciones sentí el impulso de escribir. Pasado ese primer momento,y después de leer centenares de columnas, noticias, escuchar los comentarios en mi trabajo y en la calle, no sé que decir de un desconocido que me parece tan hortera como Jesús Gil. Veo a Trump mostrando su avión con la misma prepotencia con la que el alcalde de Marbella enseñaba su caballo Imperioso.

Me repele que hable con ese desprecio de mujeres y emigrantes.

La gente es impredecible con su voto. Se pasó de los previsto a la sorpresa, y así, sin darnos cuenta, un presidente negro le dio el relevo a un presidente racista.

Fallaron las encuestas. Ocurrió con el Brexit, ha vuelto a pasar con un Trump al que tomamos a pitorreo en sus primeras y grotescas apariciones y ahora es presidente del país más poderoso del mundo, con permiso de China.

Hay que pensar porque salen elegidos tipos como Trump. No es ,como también he leído por ahí, que existan“analfabetos políticos”, cada voto es la voz del que no tiene voz, un grito en un mundo cada vez mas hostil para los humildes. Estos resultados son producto de la decepción y falta de confianza que tiene la población con los que han gobernado anteriormente. No gana Trump, pierde Hillary.

Lo sucedido en América es aplicable a otras democracias donde hay gente pasando calamidades que se agarran a la promesa de cambio, aunque sean difíciles de cumplir, gente que con su voto desea dar un giro y terminar con lo que les hace cada vez más pobres, vulnerables e infelices y que favorecen la desigualdad.

Dicen que si el presidente de América mueve las pestañas el aire llega hasta Badajoz. Aquí estamos, esperando el ventarrón, expectantes, sorprendidos, asustados e indignados. Seguimos nuestras vidas en esta ciudad tranquila con un ojo puesto en Madrid y el otro en América.

Trump,se une a la lista de Putin, Kin Jong-Un, Maduro, y todos esos que dan miedo y que, incluso, hacen bueno a Rajoy.

 

 

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INSOMNIO
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Diego Algaba | 12-11-2016 | 22:57| 0

Escribo a deshora, cuando está a punto de salir el sol y quedan atrás las rutas de la noche: calles sórdidas, portales vacíos desde donde salen voces de fracasos. Cajeros iluminados con el brillo del dinero y el áspero cartón que arropa a vagabundos durmiendo el anestésico vino para cocinar. Ligueros negros a los que se les cayó la navaja, medias rotas, rímel corrido por el agua amarga de una lágrima.

Comienza un nuevo día y mis dedos tambaleantes, torpes, sin ninguna destreza, buscan en el teclado descubrir lo no encontrado en la confusa noche. La satisfacción de la palabra exacta, esa que algunas veces es capaz de sustituir al amor.

Busco un dardo salvador para que acierte en la diana haciendo encoger el corazón con la expresión perfecta.

La ciudad despierta mezclando los olores del primer café con el del último whisky. Los semáforos permanecen vivos. Cambian de color como yo de adjetivo, de frase, de idea.

Me pierdo entre una nebulosa de incertidumbres. Amanece y entro en las sombras del vacío deambulando en un universo de dudas. Escribo siempre lo mismo con distintos sonidos, como un laberinto infinito cuya salida es la nada.

Cargo con el peso de una inseguridad que lleva al vacío del folio en blanco.

Dame un final honorable, invisible musa, cuando todavía no es de día ni de noche y no estoy seguro si empiezo o termino, ahora que me quito el disfraz nocturno del sueño literario para ponerme el traje gris de funcionario.

 

 

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COSAS DE POCA IMPORTANCIA
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Diego Algaba | 05-11-2016 | 19:13| 0

Siempre tenía la ventana abierta.

Sentada en una mesa camilla y arropada con una manta buscaba la luz del sol para mover lentamente una aguja de ganchillo con la atención que le exigía un leve temblor de manos. Cuando pasaba andando por la acera me sonreía con esa mirada dulce de los que han vivido mucho y han perdonado todo.

Me dijeron que tenía 90 años y que vivía sola. Alguna vez quise pararme, interesarme por ella, pero yo siempre iba con prisas, cuantas cosas me estoy perdiendo por las prisas.

Ella me regalaba una sonrisa que eran los mejores buenos días de la mañana. No me conocía de nada, pero siempre me obsequiaba con un gesto amable que salía con naturalidad de su cara bondadosa y que taladraba mi alma.

Desde hace algún tiempo no la veo detrás de la ventana. Ventana que ahora esta cerrada y cubierta por el visillo de hilo que confeccionaba.

Hace unos días vi en su casa un cartel de una inmobiliaria  con el rótulo de: “se vende”.

Me lo confirmaron.

Sus dos hijos, que viven en el extranjero, pusieron en venta la casa.

Ella ya no estaba y yo había perdido para siempre su sonrisa, su voz que no conocí, su historia, sus secretos. Nunca me paré frente a su ventana, siempre pasaba a ese el ritmo frenético que las necesidades creadas marcan.

Ya no volveré a ver nunca más su pelo blanco anudado con un moño, ni su cara rugosa, ni sus pendientes negros, ni sus ojos claros y puros como chorros de agua.

Compré flores para llevarlas al cementerio, entonces me di cuenta que ni siquiera sabía su nombre, ni donde estaba.

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EL AUTOESTOPISTA
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Diego Algaba | 01-11-2016 | 06:32| 0

Venía con el coche por la carretera de Olivenza cuando a la altura del Corazón de Jesús vi a un hombre haciendo autoestop. Estuve dudando si cogerlo o no, al final pasé de largo. Probablemente sería un preso con permiso de fin de semana. Me pareció reconocer en su cara envejecida a alguien más joven. Creo que le conocía de años atrás cuando los dos jugábamos al fútbol en equipos diferentes. Me arrepentí de no cogerlo, pero es que ya no estamos acostumbrado a ver personas haciendo autoestop y no reaccione a tiempo. Antes, hace unos años, siempre había quien se desplazaba de esta forma, incluso personas mayores que venían del pueblo a arreglar papeles a la ciudad.

En la puerta de la comisaría, donde se hacía el DNI, una señora con una mesa y una silla, colocadas en la acera, por un duro, rellenaba los papeles a los que no sabían escribir. Son esos cambios en las costumbres, en el paisaje urbano, en las formas de vida y que solo apreciamos con la distancia de los años las que nos hacen sentir nostalgia de un tiempo que aunque no era mejor era nuestra tiempo. Todavía nos queda el tren como muestra del pasado. El tren sigue siendo el mismo, con el mismo horario y circulando con la misma lentitud del siglo anterior. Siempre que lo veo parado en la estación me parece que en cualquier momento van subir soldados con petate y mujeres con cestas de las que sobresale el pescuezo de un gallo.

El autoestopista entretuvo mi mente desconectándola de la radio donde hablaban de lo de siempre, de los otros delincuentes, esos que no están en la cárcel, aunque este es otro tema, un tema secundario incluso para los electores a la hora de votar.


Ahora
los desplazamientos no se realizan levantando el dedo gordo en la cuneta, existe el blablacar, excepto para ese hombre que quizás haya perdido algunos años de evolución, como el tren.El autoestopista me dejó un regustillo amargo el no haberlo cogido y quedarme con la intriga de saber cuánto habrá robado para estar preso cuando con lo que han robado otros están en la calle.

 

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ATARDECER ONÍRICO
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Diego Algaba | 29-10-2016 | 22:32| 0

Escribo sobre lo construido antes de la obra final; sobre ese proyecto de cuadro que hay debajo del cuadro definitivo, ese que un día se empezó y nunca fue capaz de adquirir forma, música, poesía. Escribo desde lo que hay debajo de los lienzos más venerados, esos que al final se convirtieron en obras de arte después de muchos borrones. Escribo sobre esas formas torpes que aguantaron los pigmentos de colores diferentes a los iniciales. Escribo sobre ese boceto al que se le dio mil vueltas y del que no salió nada: un bodegón que nunca adquirió vida, un paisaje sin sol, un rey que se quedó en muñeco sin forma, sin expresión, como una sobredosis de botox. Escribo de lo que hay detrás de las cosas importantes: trabajo, tenacidad, fe. Escribo sobre lo que hay debajo del cuadro, debajo del escrito, esos trazos desaliñados que nunca vieron la luz quedando en un garabato del pensamiento, en un rugido del alma sin voz, en un sueño mudo que quiere gritar cada vez más fuerte aunque nadie lo oiga y se transforme en pesadilla, en un sobresalto sudoroso en mitad de la noche que te despierta sin dejar que vuelvas a dormir.

Escribo sobre las cosas que quiero decir y no soy capaz de decir; sobre el fracaso de lo que un día fue un proyecto de edificio majestuoso y nunca sobrepasó los cimientos. Busco las cosas que le den oxígeno a mi alma para seguir viviendo en los sueños.

Escribo desde la angustia de una idea que no es capaz de coger forma en el papel.

Escribo desde un sueño nocturno que no recuerdo y que no se deja escribir, acariciar con palabras hasta alcanzar lo sublime. Escribo de la nada aunque la nada no exista. Escribo sin escribir, solo por la necesidad de hacerlo, aunque no sepa decir lo que quiero decir. Quizás lo único que quiero, es gritar con palabras silenciosas, esas cosas que se dicen al oído, esas cosas que ya nadie quiere oír.

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LA CASA DESHABITADA
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Diego Algaba | 22-10-2016 | 22:10| 0

Hoy he vuelto a la casa grande, la que habitabas ¿Cuánto tiempo hace de aquello? ¿Que fue de ti?

Sé que no tienes un lugar donde asentarte, ni pertenencias. Es inútil buscarte en la mil formas con las que te representas. Eres una continua huida, una evasión, y, a veces, la razón que se presentaba en ti sólida como si fuera verdadera y para siempre, al instante, se desvanecía, aunque permanezca en nuestra esperanza,en el interior de nosotros, de los que somos diferentes a ti, los de moral intachable.

¿Dónde estas escondido? ¿Quien eres de entre tus mil formas tan próximas y tan distantes? Quiero verte, atraparte, clasificarte… pero cuando voy a cogerte con la confianza de haberte descubierto ya eres otro, ya no estas, y desapareces como el humo de la chimenea en el aire, te escapas, te vas, dejando solo la incertidumbre de no saber si eres o no eres, si estas o no estas.

Han pasado los años, sigues viviendo en la incertidumbre de las mil formas. Eres como ese navegante que vuelves después de mucho tiempo sin reconocer lo que amaba. El día que te marchaste, sin equipaje, abandonaste la ambición de poseer; abandonaste el odio, las zancadillas,la esclavitud, el engreimiento,el orgullo,la vanidad, todos esos lastres que impiden vivir. Solo te quedaste con la sonrisa, con la bondad, intentando mostrar al mundo la diferencia entre hombre y  sueño.

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UNA HORA MENOS
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Diego Algaba | 16-10-2016 | 07:20| 0

Mañanas portuguesas con sabor a cilantro, a garbanzos con presta, a guarnición de arroz cocido y patatas con piel.

Domingos portugueses de lentitud donde una hora menos parece un siglo menos.

Portugal de fachadas azules, de ventanas cerradas. de puertas abiertas,de amabilidad permanente,de hablar sereno, de gorras con viseras y mercadillos con pescado. Un país donde la altanería desciende a ras del suelo.

Un alentejo sin raya donde los pacenses nunca se sienten forasteros,

Pueblos silenciosos donde el reloj de la Iglesia se paró para siempre en las 10,50. No sé el motivo. No indagaré en acontecimientos pasados, ni leeré su historia. No escribiré las cientos de metáforas que me vienen a la cabeza de amores contrariados, de vida detenida, de episodios luctuosos. Las cosas son más sencillas, estamos en Portugal. Probablemente un día dejó de funcionar el reloj de la iglesia y nunca nadie se ocupó en arreglarlo en un pueblo donde desconocen las prisas y la gente se guía por la luna y el sol.

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CON LO QUE UNO HA SIDO
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Diego Algaba | 12-10-2016 | 07:24| 1

Pedaleaba en una bicicleta estáticas delante de mi. Ese día no había muchos deportistas en el gimnasio y podía ver sin dificultad como brincaba, sobre su espalda morena, una trenza larga que seguía el ritmo de las pedaladas. Un cuerpo lírico, fuerte, y femenino dentro de un maillot celeste. Se movía con una elegancia natural, gestos que no se aprenden y con los que algunos afortunados nacen y otros sueñan. Manos largas de uñas largas que prolongan un cuerpo de mujer atlético y femenino. Parecía una diosa que hubiese bajado a la tierra para mostrar a los humanos los secretos de la belleza. No suelo mirar en el gimnasio porque los demás tampoco lo hacen pero a ella si la miro, me gusta verla, me hipnotiza su ritmo, su cadencia,su elegancia, su belleza.

Pedalea sin descomponer la figura. Pasé a su lado. Me hubiera gustado invitarla a cenar, pero para prolongar la ilusión y evitar la crueldad del no, solo le pregunte la edad, ni siquiera su nombre. 30 años. No fue una pregunta cualquiera. No pregunté yo. Preguntó el subconsciente. Desde hace algún tiempo me preocupa el paso del tiempo. La injusticia de los años cumplidos y esa desigualdad entre deseo y vejez. Uno cada vez es menos deseable, aunque siga deseando.

Los niños quieren ser mayores porque todavía no conocen las trampas de los años. Las trampas de un mundo imperfecto y cruel en el que no hay relación entre el deseo que permanece y el cuerpo deteriorado. Caminan a ritmos diferentes años y mente. Me entristece que todo haya pasado tan rápido, que estén tan lejos esos 30. Poco a poco voy acolchando mi mente para acostumbrarla a las derrotas. Acomodado en la felicidad de mi rutina han pasado los años, ahora me toca asomarme al balcón alejando de la barandilla ante el vértigo de una juventud que ya no me pertenece. Diosa de la belleza pedalea delante de mi como un sueño inalcanzable. Esta ya no es mi guerra.

Me pongo a escribir mientras oigo el tic tac del reloj semejante a los latidos finitos de mi corazón. Escribo desde esta casa solitaria donde cada vez huele más a viejo y menos a esa fresca fragancia de la juventud. Esta noche de sábado me estoy acordando de ella, del día que le pregunté sus años, 30 me dijo, con una inaccesible sonrisa.

 

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