Hoy

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ARSENIO CAMPOS EL ESCRITOR BORRACHO
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Diego Algaba | 06-05-2017 | 19:52| 0

 

 

 

Salí de casa con las manos en los bolsillos y los bolsillos vacíos. Metía el dedo en el agujero que tenía el forro del pantalón. Se hacía cada vez mas grande, como un pozo sin fondo que iba ensanchando, parecía un juego pero era la metáfora de mi vida, meterme siempre en agujeros cadavez más obscuros.

Entre en el primer bar que encontré. Estaba en una esquina. Tantas veces lo habían abierto y cerrado dueños diferentes, con nombres distintos que desde el tercer propietario lo empece a llamar Marín, como se había llamado siempre, antes de que llegara la costumbre, achacada a la crisis, y a las subvenciones, de abrir unos meses para cerrar al poco tiempo. Entré, pedí vino tinto. No iba buscando entretenimiento. Entré, como siempre que bebía, para encontrar respuestas con la ayuda sabia, que era la más torpe, del alcohol. Entré para huir. Estaba cansado de mi, de estar en casa soñando con escribir y dejar mi vulgar trabajo. ¿Acaso, si fuera escritor, sería feliz?, ¿y qué es ser feliz? Ser escritor era lo que había deseado siempre, conocía a gente que soñaban con que le tocase la lotería, no dejaban de comprar aunque solo se llevaban de vez en cuando el reintegro. Yo dejaba los ojos en el ordenador sin ningún premio,ninguna recompensa, solo contaba con el “san benito” de tipo raro que me daba licencia para tomar el alcohol que quisiera sin la mirada inquisidora de vecinos, compañeros y amigos cuando llegaba a casa tambaleándome -déjalo, es el escritor-. Ser escritor, aunque no lo fuera, me autorizaba a emborracharme sin crítica.

No lo sabía, pero mi premio por escribir era poner en orden mi laberíntica cabeza con la única ayuda de un teclado y la pantalla del ordenador evitando el diván, junto a un tipo raro, en una habitación cerrada de paredes blancas teniendo como único testigo una orla colgada de la pared que le acredita, junto con otros muchos como él, en experto de la mente humana. Psiquiatras con los que nunca voy a empatizar para que me atiborren de pastillas y convencerme que lo mejor para mi es centrarme en mi vulgar trabajo de 9 a 17. qué sabrán ellos de la vida, ni de la literatura. Me gusta beber porque cuando bebo sueño que las cosas que nunca se van a cumplir se pueden cumplir. Me veía escribiendo en cualquier ciudad del mundo sin estar atado a absurdos horarios de oficina que me robaban la parte mas importante de mi vida: tiempo y  alma.

CONTINUARÁ

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EL MURO
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Diego Algaba | 29-04-2017 | 21:15| 0
Fotografía de Carlos Rivero

Fotografía de Carlos Rivero

La primavera me saca de casa a empujones y me lleva al campo. Flores a los lados del camino, olores que penetran la piel buscando en el fondo de otros años, de otros abriles,ese tiempo pasado que siempre fue mejor en el recuerdo que en lo vivido. Mariposas que brincan y cantan en un coro multicolor de ardor en celo. Un camino hecho por los pasos de otros que vinieron antes que yo. Voy andando metido en mí como un pastor en un prado verde de lustrosas vacas. De pronto, en mitad de la nada, lo encuentro sin buscarlo. Un muro. Solo queda en pie un trozo de pared de la casa que alguien habría habitado, un muro que en otro tiempo fue refugio del frío en noches en invierno y del calor en verano. Allí, alguien ,quizás una familia, se sentó en una mesa a comer, no sé si casa rica o pobre, de campesino o terrateniente, pero ahí estaba valiente y silencioso ese muro recortado por la erosión del tiempo, abandonado, expuesto a la intemperie del viento, de la lluvia, también a las miradas descaradas de caminantes, Un muro que ya nadie blanquea con brocha gorda y cal, pero al que unos grafiteros le dieron vida pintando dos caras como dos inquietantes fantasmas que vigilan el terreno con sus ojos abiertos. La metamorfosis de una pared blanca como una pantalla de cine de verano en un lienzo pintado. Un muro que se resiste a ser escombro como si el tiempo se hubiera olvidado de hacer el deterioro que hace lentamente en todo.

Me siento en una piedra delante de la pared. De pronto, en la sordina de la tarde, se levanta un viento que parece que habla. Aunque el campo este despejado siento a alguien cerca. Disminuye la luz solar, empieza a hacer frío, parece que la pared me mira con una amenazante luz. Con miedo, me levanto, me alejo con paso ligero.

En casa miro la fotografía del muro en la pantalla del móvil, tiene algo inquietante, parece una pared viva. Es de noche, llueve, salgo de nuevo al campo, La pared me esta llamando,quiere hablarme…

 

 

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CARDO BORRIQUERO
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Diego Algaba | 22-04-2017 | 19:10| 0

Hasta el cardo borriquero que amenaza con su pinchos como armas hirientes, como escudos protectores de su vulnerabilidad, de su miedo al daño externo, muestra en su apariencia hosca e impenetrable su belleza en forma de flor suave, tímida, coqueta e insegura. Flor que aunque se esconde entre la fortaleza y la dureza de sus pinchos defensivo,s no puede dejar de ser una flor coqueta,olorosa, bonita, y deseada.

Temerosa del mundo exterior, esconde su atractivo entre muros cerrados. Protegidos por guardianes de afiladas defensas, aisla su encanto del goce del campo. Evitando vivir sin riesgo deja de vivir.

Se deja oler, pero no tocar. Solo podrás disfrutarla en la distancia. No te acerques que  pincha. Nunca la podrás acariciar, ni querer. Su naturaleza es esa. Es un cardo borriquero, nada se puede hacer. Ni palabras, ni gestos pueden ablandar un corazón blindado. Mira. y se deja mirar pero nunca se arriesgará a perderse agarrada de la mano por los bellos y arriesgados caminos de la primavera. No sabe que lo importante de la vida es vivir.

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PRIMAVERA DE DISEÑO
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Diego Algaba | 08-04-2017 | 20:42| 0

Entramos en el mes de los Aries. Abril penetra con todos sus fuerza en este tiempo de múltiples colores, de cumpleaños cargados de años, de ciclotimias, de cambios de humor, de alergias y catarros, de obesos corriendo, de mangas cortas y camisas de cuadro, de veladores llenos,de casas vacías, de campos sembrados de senderistas, de mañanas de dulce dormir, de fotógrafos de flores, de almas desguazadas, de corazones tiernos e ilusionados, de niños en la calle, de muchachas con faldas cortas y piernas largas,de exhibición de bíceps agrandados en gimnasio y laboratorios, de canciones de Sabina. A mi no me han robado el mes de abril, lo cambié por noviembre, por días de lluvia y frío. Sin buscarlo me encontré con el reverso del tiempo, y me gustó. Aquí, en casa, sigue lloviendo aunque en la calle salga el sol.

Es primavera No quiero poesías de flores. Yo, que ni siquiera en días como estos la tuve entre mis brazos. No quiero golondrinas que vuelvan. El abril de la luz devuelve con más intensidad las sombras nocturnas a las habitaciones del insomne solitario, esos que ya no creemos en el brillo de temporada.

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LA MUJER DEL CANDELABRO
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Diego Algaba | 01-04-2017 | 20:33| 0

Aquel domingo me había quedado en la cama remoloneando. La habitación estaba en penumbra. Encendí la vela. La llama blanca iluminó tenuamente las sombras dándole un aspecto íntimo a las paredes recién pintadas. El fuego de la vela bailaba al ritmo de la leve brisa que entraba por los huecos de la persiana: sinuosa,coqueta, sensual como una mujer recién levantada vestida solo con la camisa a cuadros de su pareja.

Ella dejó encima de la mesilla aquel candelabro que quedó allí para siempre como símbolo de su ausencia, de su adiós definitivo.

Compré el candelabro que envolví en papel de regalo pensando que le gustaría. Sin embargo, cuando lo vio, casi me lo tiró a la cabeza. Pensó que era una broma, decía que como me había atrevido a comprar semejante mamarachada en el día de su cumpleaños. La decepción fue tan grande que yo creo que ese también fue uno de los motivos para que cuando cerró la puerta de un portazo nunca más volviera a abrirla.

Ahora no sé donde está, ni que habrá sido de ella. Probablemente no se acuerde de mi y menos imaginar que cada mañana, cuando veo el candelabro que nunca quiso llevarse, me acuerde de su pelo negro y rizado; de su sonrisa enigmática; de su cuerpo femenino y fibroso moldeado por las pedaladas en el gimnasio.

Algunas de aquellas mañanas de sábado y domingo en los que no madrugaba, ese momento mágico de encender la vela donde mi cuarto volvía a llenarse de vida con la luz suave de la llama, en ese instante, algunas veces, aparecía su imagen flotando en el lugar oscuro del olvido más íntimo. Ese hueco delicado del interior donde duelen más sacar las cosas. Cuando la llama adquiría su máximo volumen iluminaba mi habitación con el más sabroso de los recuerdos y volvía a tenerla entre mis brazos igual que lo hacía en aquellos locos días de vinos, rosas y sábanas revueltas.

Quizás ya no fuese como la imaginaba aunque su figura emergía como un iceberg entre las aguas heladas de mi habitación llenándola de su cálido espíritu , impregnando mi ánimo con su presencia. En aquellos días que me atacaba la melancolía de un pasado cada vez más remoto percibía su olor, la suavidad de su piel, su mirada enigmática, la calidez de su voz como un susurro hablándome al oído. Todo eso estaba dentro de aquel candelabro de plata que un día estuvo a punto de incrustarme en mi cabeza.

Miraba el candelabro como si fuera un presagio, era mi destino. Aunque no lo sabía, yo había nacido para estar solo.

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AMAPOLA
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Diego Algaba | 25-03-2017 | 20:38| 0

Voy andando por caminos solitarios hacia el amanecer para regenerar mi alma malherida. Voy buscando la belleza que esconde el campo cuando la luz del sol va descubriendo los misterios de la oscuridad. Se hace la luz lentamente, como si se estuviesen abriendo las cortinas de un gigantesco escenario, como si se estuviese cociendo a fuego lento en un chup chup de aromas verdes. Ando despacio. Quiero sentir la brisa en la cara. Quiero sentir como me envuelve el frescor del viento y me abraza en mitad de la mañana. Busco belleza entre la belleza. Busco color entre los colores. Me mezclo con la naturaleza que me protege de la intemperie de la ciudad como si fuese un cálido refugio. oigo la música suave de paz en el cantar de pájaros satisfechos de pan y agua. La mañana acaricia la hierba húmeda con manos balsámicas de un protector natural. Una tierra parda cubierta de verde donde lo que se ve es lo que es. Aquí no existen mentiras, ni palabras que modifiquen el color ni el sabor haciendo vivir en la irrealidad de la duda. Aquí las cosas son como son, naturales y simples. Aquí no hay cuentistas que arrimen su discurso a sus intereses. Aquí nadie inventa palabras manipuladoras, ni gestos para mentir y solo se oye el silencio de la tierra y la hierba crecer. Solo en el silencio está la verdad. Camino vestido con ropa de campo aunque me sienta desnudo ante la mirada de la luna y el sol que me guían hasta encontrarme con ella.

Ahí está: alta, elevada, inhiesta, desprotegida, a merced del viento. Se bambolea coqueta e indiferente ante mi presencia, pero permanece firme y anclada al suelo.

Despliega sus pétalos como unas manos extendidas para que su interior respire profundo todo el azul del cielo y así transformarlo en cuatro rojos intensos,en cuatro láminas que son cuatro lenguas sin voz, no le hace falta voz, es una explosión, un estallido de color que provoca un bienestar que solo puede desencadenar en la química del cuerpo la belleza de una flor. Es ella, la amapola, la lindísima amapola esa que tiene música aunque no tenga canción.

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GENTE
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Diego Algaba | 21-03-2017 | 22:05| 0

Es miércoles. Hacía tiempo que no salía un día de diario por Badajoz. Me he cruzado con algunos conocidos pero sobre todo con muchos desconocido, será que salgo poco y ya no conozco a la gente.

He visto a los que fuman andando sin importarles los que están detrás, los que tocan la bocina del coche sin importarles los que están delante, los que llevan tanta sobredosis de perfume que huelen mal, los que llevan la bolsa de la compra, los que llevan la compra en la mano, los que no tienen ni para comprar. He visto a hombres con zapatos de senderismo, a mujeres con tacones, no sé si esto es micromachismo. He visto a obesos que siempre van en chándal, a trajeados que tiran la basura por la mañana con mucha dignidad, a los que ríen, a los tristes, a uno que se parece a Trump con una mujer fea y desaliñada de la mano, al que pide en la Av Santa Marina debajo de un naranjo de naranjas amarga, a Manolo López que va a comprar el pan. He visto a un enfermero con el maletín en la mano buscando una dirección, a un municipal multando el coche del enfermero. He visto a ciegos que venden cupones mirando los números, a un borracho alegre que ríe, a los que miran al borracho con tristeza, a un torero sin toro caminando como si estuviera haciendo el paseillo, a uno del norte en pantalones cortos. Hay cola en las oficinas de lotería tan largas como las del paro, veo personas de hombros caídos y cabeza agachada. He visto a los que entran en los bares, a los que pasan por la puerta y se asoman sin entrar, a los que compran en los chinos, a los que no compran ni en los chinos, a los que venden esparragos, a los que siempre van hablando por el móvil y evitan tener que saludar. Adiós. adiós. Veo a uno casi tan joven como Ricardo Cabezas haciendo música en el calle Menacho con un sombrero en el suelo como una urna donde pone MC, veo a Remigio Cordero cerca del Hospital Provincial, y a los que sacan a los perros con las bolsitas en la mano,  a muchos que no llevan bolsitas, y a perros que alzan la pata en farolas, ruedas de coches, puertas de tiendas…

Muchas gente un día de diario por Badajoz, también muchos perros.

 

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RECUERDOS
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Diego Algaba | 18-03-2017 | 22:24| 0

He vuelto al pueblo.

Me fui un día como aprendiz de la vida y regresé siendo un experto en fracasos.

Volví un sábado por la tarde. Encendí la chimenea. La llama se alzaba como una mano salvadora del frío en el mundo. Me senté en la vieja silla de enea donde se sentaba el abuelo, por unos instantes fui él: callado, solitario, envolviendo un cigarro, más por entretener las manos que por fumar, me pasé el pañuelo por los ojos para limpiar el lagrimal como hacía él. Ahora no sé si por la vejez o por la tristeza.

Me senté en su vieja silla. cerré los ojos y volvía a verlos a todos: a la niña chica cogida en brazos, a la abuela siempre vestida de negro con el moño redondo en la cabeza. Sentí a padre, a madre, a los hermanos, a canelo tumbado en el patio y al caballo comiendo alfalfa en la cuadra.

Ayer volví al pueblo. Volví a la casa del abuelo para quedarme pero solo resistí una tarde. Por la gatera ya no entraban los gato. Al anochecer empezaron a hablar las ausencias en el rechinar de las ventanas de madera, solo escuchaba murmullos y veía sombras.

Regresé a un mundo que ya no existía. Venía a construir lo destruido pero todo estaba ya muy deteriorado. Llegué buscando respuestas y encontré silencios. Un presente que ya no tenía un suelo donde pisar, ni un techo sólido para proteger el alma de la intemperie de la calle. La casa estaba sola y ese vacío hacía que ya no fuera la misma. Pensé que podría habitarla ahora que ya no quedaba nadie, pero el recuerdo es tan fuerte que arrasa el presente y no tiene futuro.

Volví para quedarme para siempre y me fui ese misma noche para no volver jamás.

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YA NO ME MIRO EN LOS ESPEJOS
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Diego Algaba | 11-03-2017 | 20:38| 0

Hace unos días me preguntaron que si lo que escribo es verdad o ficción.

La idea se transforma en verdadera cuándo pasa al papel. La historia es lo de menos cuando existe sentimiento. Los sentimiento son siempre reales.

Hablando de sentimientos verdaderos, puros y limpios.

Cada vez esta más alta la raya pintada a lápiz en un rincón de la pared de su habitación que como una escalera ascendente da testimonio del estirón. A la vez que la raya se aleja del suelo, también ella se aleja. Ya no esta todo el día pegada a mi. Tiene amigas y juegas con ellas. Tiene ese afán por crecer, nada puede parar su desarrollo. Aprende letras, números, sabe de memoria los cuentos que recita una y otra vez, canta las canciones de los dibujos animados y las de Shakira con mejor pronunciación que Shakira. Ella todavía no conoce el fraude que supone crecer. La vida es el tiempo que pasa, unas veces deprisa y otras lenta, pero que nadie es capaz de detener. El mundo de los mayores que tanto anhela es muy diferente al suyo de hadas y princesas. Las princesas adultas se dedican a cosas muy diferentes de las que cuentan los cuentos.

Cuando su pequeña mano agarra la mía buscando protección, soy yo el que estoy protegido, protegido de todos los males, inmunizado ante un mundo hostil donde la bondad está mal vista y la ternura es de ñoños.

Cuando siento sus manos todo se transforma, vuelvo a los colores vivos dejando los grises y las cosas adquieren formas redondeadas exentas de hirientes puntas. El mundo muestra su sonrisa y se hace amable. Me siento como un dios protector y protegido.

Ya no me miro en los espejos, ya no soy yo el importante.

 

 

 

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ENCICLOPEDIAS Y DICCIONARIOS
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Diego Algaba | 06-03-2017 | 21:32| 0

A las 11 sonaba el timbre en  el Instituto Zurbarán y salíamos al patio en desbandada. Algunas veces, en lugar de jugar al fútbol o hacer un repaso de última hora, nos escapábamos  a la calle por una reja rota que había en la parte trasera. Tendríamos 15 años. Íbamos hasta los almacenes de la Paloma donde cada día ponían un chiste distinto. Desde entonces tengo la costumbre de leer la viñeta del periódico. Primero al fallecido Larrey, aquel trabajador de correos serio y discreto que conocí un día en un bar de Usagre, ahora sigo  a Sansón y al Roto.

Camino del chiste encontrábamos dos o tres obstáculos. El principal estaba al final de la calle del Obispo cuando pasábamos por  el otro instituto,el de las niñas. Por aquellos entonces los centros no  eran mixtos. Ellas esperaban nuestro paso asomada a las ventanas armadas de tizas y una lengua ágil y afilada que nos hacía enrojecer ante nuestra pavería masculina de granos y timidez. Algunas veces contestábamos a sus provocaciones aunque siempre resultábamos mal parados en esa guerra dialéctica donde la retórica femenina era más sutil y pícara que la nuestra.

Otro obstáculo era los futbolines donde si entrabas podías perder la siguiente clase. Enfrente de los futbolines había un quiosco, un pequeño bar como los que han derribado recientemente en la Plaza de Mérida. Por los alrededores del quiosco te podías encontrar con  el Jerezano, un gitano con  sombrero de pistolero que una día vendía lotería descalzo y otros se exhibía como un Buffalo Bill con abrigo de pieles y gruesos cordones y anillos de oro. Eran aquellos maravillosos años que soñábamos con terminar los estudios e integrarnos en la vida laboral para hacernos adultos sin saber que ser adultos era esto.

Hoy volvería a los jersey hecho a mano, a llevar chapas del Che Guevera ,a ser  comunista, a jugar al fútbol con zapatos, a las clases de literatura de Enrique Segura, a peinar mi cabeza de pelos rizados con las manos, a escuchar a Victor Jara, a ver películas de dos rombos, a creer en la gente, en la justicia,en la honestidad. Aquellos años en los que google estaba en  papel, en enciclopedias y diccionarios.

 

Diego Algaba Mansilla

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