Hoy

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RECUERDOS
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Diego Algaba | 18-03-2017 | 22:24| 0

He vuelto al pueblo.

Me fui un día como aprendiz de la vida y regresé siendo un experto en fracasos.

Volví un sábado por la tarde. Encendí la chimenea. La llama se alzaba como una mano salvadora del frío en el mundo. Me senté en la vieja silla de enea donde se sentaba el abuelo, por unos instantes fui él: callado, solitario, envolviendo un cigarro, más por entretener las manos que por fumar, me pasé el pañuelo por los ojos para limpiar el lagrimal como hacía él. Ahora no sé si por la vejez o por la tristeza.

Me senté en su vieja silla. cerré los ojos y volvía a verlos a todos: a la niña chica cogida en brazos, a la abuela siempre vestida de negro con el moño redondo en la cabeza. Sentí a padre, a madre, a los hermanos, a canelo tumbado en el patio y al caballo comiendo alfalfa en la cuadra.

Ayer volví al pueblo. Volví a la casa del abuelo para quedarme pero solo resistí una tarde. Por la gatera ya no entraban los gato. Al anochecer empezaron a hablar las ausencias en el rechinar de las ventanas de madera, solo escuchaba murmullos y veía sombras.

Regresé a un mundo que ya no existía. Venía a construir lo destruido pero todo estaba ya muy deteriorado. Llegué buscando respuestas y encontré silencios. Un presente que ya no tenía un suelo donde pisar, ni un techo sólido para proteger el alma de la intemperie de la calle. La casa estaba sola y ese vacío hacía que ya no fuera la misma. Pensé que podría habitarla ahora que ya no quedaba nadie, pero el recuerdo es tan fuerte que arrasa el presente y no tiene futuro.

Volví para quedarme para siempre y me fui ese misma noche para no volver jamás.

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YA NO ME MIRO EN LOS ESPEJOS
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Diego Algaba | 11-03-2017 | 20:38| 0

Hace unos días me preguntaron que si lo que escribo es verdad o ficción.

La idea se transforma en verdadera cuándo pasa al papel. La historia es lo de menos cuando existe sentimiento. Los sentimiento son siempre reales.

Hablando de sentimientos verdaderos, puros y limpios.

Cada vez esta más alta la raya pintada a lápiz en un rincón de la pared de su habitación que como una escalera ascendente da testimonio del estirón. A la vez que la raya se aleja del suelo, también ella se aleja. Ya no esta todo el día pegada a mi. Tiene amigas y juegas con ellas. Tiene ese afán por crecer, nada puede parar su desarrollo. Aprende letras, números, sabe de memoria los cuentos que recita una y otra vez, canta las canciones de los dibujos animados y las de Shakira con mejor pronunciación que Shakira. Ella todavía no conoce el fraude que supone crecer. La vida es el tiempo que pasa, unas veces deprisa y otras lenta, pero que nadie es capaz de detener. El mundo de los mayores que tanto anhela es muy diferente al suyo de hadas y princesas. Las princesas adultas se dedican a cosas muy diferentes de las que cuentan los cuentos.

Cuando su pequeña mano agarra la mía buscando protección, soy yo el que estoy protegido, protegido de todos los males, inmunizado ante un mundo hostil donde la bondad está mal vista y la ternura es de ñoños.

Cuando siento sus manos todo se transforma, vuelvo a los colores vivos dejando los grises y las cosas adquieren formas redondeadas exentas de hirientes puntas. El mundo muestra su sonrisa y se hace amable. Me siento como un dios protector y protegido.

Ya no me miro en los espejos, ya no soy yo el importante.

 

 

 

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ENCICLOPEDIAS Y DICCIONARIOS
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Diego Algaba | 06-03-2017 | 21:32| 0

A las 11 sonaba el timbre en  el Instituto Zurbarán y salíamos al patio en desbandada. Algunas veces, en lugar de jugar al fútbol o hacer un repaso de última hora, nos escapábamos  a la calle por una reja rota que había en la parte trasera. Tendríamos 15 años. Íbamos hasta los almacenes de la Paloma donde cada día ponían un chiste distinto. Desde entonces tengo la costumbre de leer la viñeta del periódico. Primero al fallecido Larrey, aquel trabajador de correos serio y discreto que conocí un día en un bar de Usagre, ahora sigo  a Sansón y al Roto.

Camino del chiste encontrábamos dos o tres obstáculos. El principal estaba al final de la calle del Obispo cuando pasábamos por  el otro instituto,el de las niñas. Por aquellos entonces los centros no  eran mixtos. Ellas esperaban nuestro paso asomada a las ventanas armadas de tizas y una lengua ágil y afilada que nos hacía enrojecer ante nuestra pavería masculina de granos y timidez. Algunas veces contestábamos a sus provocaciones aunque siempre resultábamos mal parados en esa guerra dialéctica donde la retórica femenina era más sutil y pícara que la nuestra.

Otro obstáculo era los futbolines donde si entrabas podías perder la siguiente clase. Enfrente de los futbolines había un quiosco, un pequeño bar como los que han derribado recientemente en la Plaza de Mérida. Por los alrededores del quiosco te podías encontrar con  el Jerezano, un gitano con  sombrero de pistolero que una día vendía lotería descalzo y otros se exhibía como un Buffalo Bill con abrigo de pieles y gruesos cordones y anillos de oro. Eran aquellos maravillosos años que soñábamos con terminar los estudios e integrarnos en la vida laboral para hacernos adultos sin saber que ser adultos era esto.

Hoy volvería a los jersey hecho a mano, a llevar chapas del Che Guevera ,a ser  comunista, a jugar al fútbol con zapatos, a las clases de literatura de Enrique Segura, a peinar mi cabeza de pelos rizados con las manos, a escuchar a Victor Jara, a ver películas de dos rombos, a creer en la gente, en la justicia,en la honestidad. Aquellos años en los que google estaba en  papel, en enciclopedias y diccionarios.

 

Diego Algaba Mansilla

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LA VIE EN ROSE
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Diego Algaba | 04-03-2017 | 18:57| 0

Inicié mi vida laboral en Almendralejo, sin tener en cuenta, nunca lo pongo en el curriculum, los veranos que trabajé en el campo cogiendo peras, tomates, manzanas, segando hierba, vendimiando. Aquellos veranos que desmonté pistas en coches chocantes. Ferias donde todavía no existía Camela y nos motivaban con los Chichos y los Chunguitos, música a todo volumen que golpeaban como un látigo en mi tierna espalda. También nos ponían a María Jimenez que era como cuando Marylin Monroe visitaba a los soldados americanos en Vietnam.

Al final del día, después de haber cargado con las calientes y pesadas planchas de hierro, nos daban 1000 pts (6 euros) que solo nos llegaba para hidratarnos en los Valencianos con granizadas de limón. Después, yo, cansado hasta la extenuación, y dando un rodeo para que no me vieran los conocidos con la camisa y pantalones rotos y sucios llegaba a casa para intentar sacar la grasa del cuerpo y de las uñas, pero lo peor no era el cansancio. lo peor era el olor, ese olor que se metía en el interior de la piel para recordarme como me habían robado un poco de mi dignidad en aquellas tardes de un achicharrante verano.

Llegué a Almendralejo con pocos años, con la cabeza llena de pájaros, expectante, rebelde, indisciplinado. Luego el tiempo me fue modelando hasta convertirme a la docilidad de las vidas dictadas, al simplón que soy, que fui y que seré y que por aquellos entonces se notaba más por mi lánguido cuerpo de larguirucho sin gracia que se ponía colorado si me miraba algún jefe o alguna de aquellas chicas con rímel en las pestañas y labios encarnados.

En Almendralejo tuve mi primera experiencia laboral de verdad, esa que necesitaba tener una cuenta bancaria para cobrar. Ya no me pagaba el encargado subido al remolque del tractor con un sobre donde ponía mi nombre con bolígrafo y faltas de ortografía.

En Almedralejo descubrí “La via en rose” un pub que tenía un toque intelectual que tanto me gustaba sin yo saberlo. A mi corta e ingenua vida le faltaba algo aunque no sabía qué.

La vie Rose tenía un aíre afrancesado y esa calma que hacía reposar el alma tan distinta del desasosiego de luces y música que había en las discotecas que frecuentaba. En la Via en rose respiraba esa otra vida que solo había sentido a través de libros y películas. ese mundo que profundizaba en el interior y que sin conocerlo, conocía. Cuando viví el ambiente de la Via en Rose sabía que aquello era lo que quería. Un lugar de conversación sosegada que me hacía descansar mi efervescente cabeza y descargarla de banalidades adolescentes que se habían encallado en mi personalidad como los cristalitos de la bola de las discoteca. La vía en Rose me ayudaba a desarrollar mis sentidos escondidos: la belleza,el espíritu,la imaginación. Un mundo nuevo de libros, películas y música que no existía en mi pobre ser dedicado a mi apariencia exterior de peinados modernos y pantalones ajustados. Me gustaba más la sensibilidad de aquel lugar que otros donde íbamos los machos ibéricos en busca de esa sexualidad fácil del aquí te pillo aquí te mato. Menos mal que mi capacidad de seducción dejaba mucho que desear, hubiera sido un desastre acostumbrado como estaba al onanismo solitario.

En la vie Rosa la vi por primera vez con su melena morena y rizada y una timidez casi tan acentuada como la mía y que la hacía mirar al suelo cada vez que nos cruzabamos. Llevaba falda larga y una mirada lánguida y limpia donde se intuía la mujer que fue después. Ella nunca tuvo interés en mi, ahora tampoco.

Han pasado los años y me he vuelto a encontrar con ella. Sigue igual físicamente aunque con mucho más desparpajo verbal.

Recuerdo que siempre se sentaba en un rincón con la su falda marrón de cuadros que cubría las rodillas de piernas suaves, juntas y cruzadas a la altura de los zapatos marrones con ligero tacón. Me gustaba escuchar su voz tierna que llenaba toda la sala abuhardillada. Yo, en cambio, hacía el burro jugando al billar o al futbolín. Hacía ruido para que mirara, pero la voz que sobresalía era la de su enigmático silencio. Yo no quería mostrar mi sensibilidad, me parecía ramplona y afeminada. Me había criado en el barrio, en ese mundo de machos duros que pasábamos el día dando patadas a un balón o peleándonos con los de otros barrios a pedradas.

La miraba igual que la miro hoy: tan accesible y tan inaccesible, tan alejada de mis manos, más de mis besos, tan guapa,tan tierna, tan cerca y tan lejos.

En noches como esta me gustaría abrazarla y bailar pegados aquella canciones de entonces “Ne me quitte pas” de Jacques Brel o “Hotel California” de los Eagles. Si ella no estuviera a tanta distancia ni yo tan próximo…

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AMORES PROHIBIDOS
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Diego Algaba | 18-02-2017 | 20:26| 0

En un banco en San Francisco se sienta un viejo solo. Apoya el bastón. Se quita la gorra con mano temblorosa y la pone en la piedra. Se pasa un pañuelo por la cara arrugada y luego lo mira como si hubiera quitado de su rostro algo, quizás esas arrugas como surcos, esos años vividos. Observa a los niños jugando y piensa en lo rápido que ha pasado todo y lo poco que ha disfrutado, quizás por esa cobardía a la hora de tomar decisiones. Esboza una sonrisa ante los juegos infantiles, luego  vuelve a su rostro el rictus serio de la vejez, de la soledad. Coge el bastón y se va despacio, encorvado, cojeando. Se marcha mirando su pasado, viéndose así mismo cuando era más joven al observar como se sienta en el mismo banco un hombre alto y delgado. Al poco tiempo llega y se sienta en el otro extremo una muchacha morena, perfumada, arreglada, impaciente. No se dicen nada, están nerviosos. Poco a poco van aproximando las manos, apenas rozan sus dedos, se miran, sonríen durante un momento, un instante en el que están solos en mitad del mundo, ese instante en el que la música suena en su interior y los colores empiezan a ser más intensos. No se tocan, y aunque no se besen se están besando con el fuego tórrido de la mirada en un largo y profundo beso. Están así un instante o un mundo entero hasta que ella retira las manos que quedan libres como testigos mudos, como dos ventanas cerradas con un postigo para asomarse,respirar y vivir. Se levanta y se va sin irse, sus pensamientos están donde su corazón, en el banco. Se va hacia otro lado, hacía otra vida, a su vida, a su rutina de años. No mira atrás porque sabe que si mira se vuelve para siempre y en casa la están esperando. Él se queda sentado mirando hasta que deja de verla, luego se levanta y empieza a caminar en sentido contrario. Se para, se mira la mano, la coge con la otra y sigue andando, despacio, lentamente, casi sin tocar el suelo, como levitando.

El banco se queda solo pero todavía caliente por el fuego de las manos entrelazadas. Se posan unas palomas blancas como palomas de la paz, como un poema de Alberti, como un dibujo de Picasso. Empieza a oscurecer. Hace frío. Se hace de noche.

 

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DIBUJANDO NUBES
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Diego Algaba | 11-02-2017 | 20:05| 0

Cuando puse en Facebook la foto que encabeza este post me dijeron: ¿eres capaz de inventar historias con los cambios que se van produciendo en las nubes? Dije que no, que no tengo imaginación, que solo sé escribir  lo que veo. No soy capaz de descubrir entre esos algodones blancos y gigantes  a un perro con un osito dándose la mano solo con el poder de la imaginación.

Miro otra vez la foto y me encuentro con la palabra melancolía. Una melancolía que es como un dolor placentero. Igual que cuando aprietas con el dedo una muela dolorida. Un placer que dirige mis pensamientos hasta los fados de Dulce Pontes, mejor a las habaneras con voz nasal de Carlos Cano, o ese dolor desgarrado de una seguiriya cantada en el silencio de una peña.

Atraviesa este paisaje mi sueño de hombre casero: de mesa camilla, de brasero de picón con badila,y el resplandor rojo del carbón ardiendo.

El día que hice la foto iba con mi cámara atada al cuello. Hacía frío. Pisé la hierba mojada con mis botas de montaña y sentí el helado aire endureciendo mi piel. Ahora, en casa, sentado en el brasero, vuelvo a mirar el frío de aquel día y veo también, el silencio, mi silencio. Pienso en todos los atardeceres nublados que fueron configurando mi alma hasta hacerla así de imperfecta, encallada por los pasos mal dados, modelada por los distintos vientos.

Miro y veo las ramas y pienso que mi trono está en el bosque, en el campo. Me siento como un león que ha nacido dentro de una jaula, para ser exhibido manso en un circo donde el mayor protagonista es un payaso.

No tengo imaginación. No puedo inventar historias ni buscar en las nubes delfines, unicornios, animales mitológicos, gigantes con cara de bueno, solo puedo contar lo que hay,solo puedo contar lo que veo.

 

 

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MARÍA VICTORIA GIL ÁLVAREZ
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Diego Algaba | 06-02-2017 | 20:54| 0

Cuando participo en alguna de las carreras populares que se celebran en Badajoz suelo verla cerca de mi, llevamos un ritmo parecido. En la carrera,con pantalones cortos y zapatillas de deportes todos somos iguales, solo nos diferencia el número del dorsal. Luego, en la calle, unos son ingenieros, otros conducen un taxi, me encuentro con corredores trajeados, desaliñados, pijos, perroflautas,hay periodista, médicos, barrenderos. A ella la reconozco por su abundante melena rizada y su belleza enigmática y tímida . Me resulta agradable su presencia, es de esas personas que te dan buen rollo. Cuando nos vemos nos saludamos con un “hola” o un “adiós”. No la conozco,nunca hemos hablado, no la asociaba con nada al margen de las carreras solidarias, pero de un tiempo a está parte la he empezado a ver en los medios de comunicación. Me he enterado que es profesora de Química en la UEx y que también dedica parte de su tiempo a otras actividades de forma altruista. En la última entrevista que he escuchado la presentaban como la mujer de las siglas, pertenece a: AEXAAL ADiCiTEx, CICYTEX UEx.

Fundó AEXAAL( Asociación Extremeña de Alérgicos a Alimentos) para dar respuesta a las dudas que puedan surgir en los colegios con alumnos alérgicos,un protocolo destinado a la prevención, aunque también informa como actuar si se da alguna urgencia y así poder salvar la vida de un niño. Si, he escrito. “ salvar la vida a un niño”. Las alergias, aunque suene a ronchas y tos, pueden producir la muerte de los más pequeños, también de adultos. Cada vez es mayor el número de niños con algún tipo de alergia.

Personas como Victoria están logrando con su esfuerzo que las cosas sean más fáciles y los padres de niños alérgicos estén más tranquilos..

Ella, ahora, esta saliendo en los medios, esperemos que no sea algo pasajero y sigamos interesándonos más por su trabajo que por el al último gol de Ronaldo. Que esta investigadora, luchadora y entusiasta de su profesión siga contando con el apoyo necesario y no tenga, si quiere seguir progresando en sus múltiples actividades,  pedir traslado a otra comunidad, o a otro país.

Aunque haya agotado el espacio de esta columna me gustaría terminar con algo de lo que me acabo de enterar: a Victoria le han concedido el premio a la excelencia docente. Enhorabuena y gracias por hacer que la vida sea más sencilla.

 

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MACARRA DE CEÑIDO PANTALÓN
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Diego Algaba | 04-02-2017 | 20:43| 0

Algunas veces volvería a mi 127 marrón; a los sábados por la tarde; a los cubatas de Larios con Cocacola; a embadurnarme con colonia Brummel; a las discotecas de Almendralejo,  Montijo, Olivenza,Valverde, esas que se llamaban Maikel, Yonisur, Mas Power. Algunas veces volvería a las bolas de colores girando en el techo; a mi vertiginosa cabeza; a preguntar una y otra vez, en ese momento que el disc jockey cambiaba a las lentas, ¿bailas? Aunque cuando estuviéramos bailando frente a frente todo un mar de hielo nos separase. Bailar lento era la única manera de estar cerca de ese misterio tan desconocido que era la mujer, y que ahora lo sigue siendo para mi. Aquellos tiempos en los que Charlot solo era una discoteca y no un tipo entrañable con bigote y bastón.

Algunas noches volvería a ser aquel aprendiz de macarra de ceñido pantalón y rizada melena. Volvería a aquellos años en los que solo existía el presente y la vida rebosaba vida y andaba por el mundo con la seguridad de no tener pasado, de no tener dudas, ni miedos. Cuando todavía me miraba en el espejo y utilizaba el secador y la brillantina y llevaba un peine en el bolsillo del ajustado vaquero; cuando todavía no me habían herido nunca con la amarga espada del desamor y el amor solo era un sueño. Cuando quería aprender a fumar como Bogart en Casablanca aunque el humo me produjera tos y arcadas. Pero incluso en aquellos tiempos, muchas veces, estaba deseando regresar a casa y cambiar la música bulliciosa sin letra de Boney M, de Michael Jackson por la de Víctor Jara, Paco Ibañez, Silvio Rodríguez, Amancio Prada, Jarcha y leer a a Miguel Hernández, a Machado, a Neruda, a León Felipe. Cuando era un joven aprendiz de macarra ya era tan viejo como lo soy hoy. Pero todavía, algunas veces, sueño con montar a cuatro amigos en el 127, poner Extremoduro a toda pastilla y buscar una discoteca con bola en el techo y futbolines y billar a cuatro bandas y volver a preguntar ¿bailas?

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ME ASOMO AL BALCÓN
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Diego Algaba | 28-01-2017 | 21:52| 0

 

El sol aparece por el horizonte tiñendo de naranja la mañana, y la mañana viste al día con los colores de la vida mientras se lava la cara con las manos limpias del amanecer.

Una mañana de domingo donde el silencio de la calle se oye desde los balcones más madrugadores. Las macetas se asoman por la barandilla buscando su desayuno de luz. Los enfermos ingresados recobran la esperanza después de una noche de incertidumbre. Un domingo silencioso sin coches, sin bocinas, sin reggaeton. Por la carretera solo se ve pasar los colores chillones de ciclistas, los que sacan a los perros, y los que caminan tambaleantes después de buscar toda la noche la felicidad dentro de un vaso de cristal.

Un instante, un momento, un clip de máquina fotográfica, un parpadeo, lo que tarda el ojo en distinguir el color, un cuadro de Antonio López, un tic sin tac del reloj, un sístoles sin diástoles, un paisaje sin pasado ni futuro, un fotograma de Víctor Erice en una mañana naranja sin frío ni calor, un minuto sin tiempo que no se volverá a repetir. Ni políticos, ni religiones, ni siquiera Trump puede impedir este instante. Un segundo al que no se le puede poner muros ni barrotes que dura la inhalación de una bocanada de aire fresco y que es un golpe de vida, un impulso para empezar un domingo igual a otro domingo pero diferente a todos los demás.

 

 

 

 

 

 

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VECINOS
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Diego Algaba | 21-01-2017 | 23:23| 0

Estás cerca. A mi lado. Casi puedo tocarte si estiro los brazos. Sin embargo, estás lejos. Eres tan igual y tan distinta a mi que me provocas dudas y ganas de seguir conociéndote. Quizás por eso también te quiero. Cada vez que me acerco te siento como un olor a guiso que se cuece en la lumbre a fuego lento. Hueles a madera en invierno, a la paz que da un libro viejo cien veces leído, mil veces descubierto como si fuera nuevo. No existen veranos ostentosos  todo es normal y  asequible en ti. Nunca tienes prisa y cuando te veo siempre te encuentro esperando aunque sé que nunca me esperas. Muchas veces te ignoro y otras te amo y siempre me recibes bien a pesar de mis injustificadas ausencias. Te conocí mucho antes de conocerte y te soñaba tal y como eras. Con esa serenidad, con esa naturalidad que da la sencillez, con esa falta de prisas, da igual que llegue la noche y luego de nuevo el día acompañado de tu conversación musical.

Antes no te veía porque los muros eran altos y yo bajo. Las puertas eran de difícil acceso. Me intimidaban los guardias que había entre tú y yo. Me vigilaban cada vez que entraba en ti. Sentía sus miradas de sospecha en mis ojos. ¿Que pensaban? ¿Qué tú y yo no eramos la misma cosa? El tiempo ha pasado y ya no me basta con mirar desde lejos, ahora quiero verte, tocarte, sentirte cerca y dentro de mi, conocer tus debilidades, tus sentimientos. Hueles a café solo, a cilantro, a fachadas pintadas de azul, a domingo en sábado.

Dicen que una raya imaginaria nos separa como si alguien pudiera separarnos.

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