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cerveza

EL COLUMNISTA INFLUYENTE
Diego Algaba 24-05-2017 | 10:10 | 0

dsc04662-2Alonso de la Torre es capaz de escribir una columna diaria. Además tiene una gran facilidad para conectar con la gente y para descubrir rincones escondidos. Ha escrito sobre algunos restaurantes portugueses que frecuento. Sitios que considero míos; como un terreno protegido y secreto para mí y mis allegados; un mirlo blanco que cuando lo descubrimos es como si hubiéramos descubierto el Amazonas; lugares que mantenemos en silencio como si guardáramos un secreto de dscn1266-1estado para que no se conozcan y seguir siendo los únicos clientes españoles en un restaurante de portugueses; bares donde nos movemos con absoluta libertad; nos levantamos y abrimos el frigorífico para coger una cerveza; eso sitios en los que te sientes diferente y único. Hasta que un día, Alonso de la Torre, va por allí,echa un vistazo, lo saca en el periódico. Entonces deja de ser ese un lugar vacío para convertirse en multitudinario.

Suelo ir a un pequeño restaurante portugués que está cerca de Badajoz. Alonso de la Torre lo sacó un sábado, mostrando además del texto una foto de su magnífico codillo al horno. Aquel rincón solitario, que nunca se llenaba, después de su artículo tenía una cola como si fuera el Cristo de Elvas.

dscn1396-2También he ido en el barco que sale de Cedillo por el río Tajo. Un viaje silencioso donde íbamos 7 u 8 personas. Podías moverte a tu antojo, si querías subir a la cubierta subías para hacer allí el recorrido completo oyendo en silencio a las aves. Hice ésta ruta después del artículo que le dedicó Alonso de la Torre y aquello estaba lleno, a la cubierta había que subir por turnos cada 15 minutos.

Lo que toca Alonso de la Torre con su pluma lo llena, ya sean restaurantes, barcos, hasta se acabó en las tiendas el jabón Lagarto cuando dio una fórmula para hacer suavizantes con éste producto. Pero no todos los columnistas somos iguales, yo escribí sobre el bar de mi barrio y su clientela siguió siendo la misma.

dscn3802-2 Así que cuando alguien me dice por la calle que escriba sobre los perros sueltos o la desidia en el mantenimiento de los columpios infantiles que los propios padres tienen que arreglar, que sepan que yo puedo escribir sobre eso, pero no tengo influencia, que si quieren que les hagan caso en los Ayuntamientos díganselo a Alonso de la Torre.

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BARES
Diego Algaba 02-02-2016 | 7:24 | 0

“Bares que lugares tan grato para conversar” cantaba Gabinete Caligari mientras bebíamos cerveza acodados en la barra. Eran otros tiempos. Hace unos días nos juntamos. Ya no somos los mismos: Uno da un trago para pasar la pastilla de la tensión, otro bebe sin alcohol, todos tenemos un sobre de Almax y endulzamos con sacarina.

Me gustan los bares de barrio donde los clientes participan de tertulias comunes, porque no siempre las tertulias son en el café Gijón.

Un buen cliente nunca se emborracha. Al bar no se entra para beber sin control si no para relacionarse.

Un día de diario es difícil encontrar en un bar a personas que no superen los 40. Los jóvenes prefieren beber a la intemperie todo en una noche.

Se está perdiendo la costumbre, entre compañeros, de entrar en el bar después del trabajo, donde en el ambiente relajado de la barra se habla sin la tensión de la faena pudiendo limarse las susceptibilidades que hayan surgido. Los grupos de “wuasa”, sin verse las caras y protegidos con la pantalla del móvil desde el sillón de casa, no son lo mismo.

Bares nocturnos donde la música y el gin-tonic hace ver la sonrisa donde no hay sonrisa y la belleza donde no hay belleza. La belleza se esconde debajo de la piel. Embellece más a una persona la palabra,que ninguna cirugía estética.

Me gustan los bares con olor a bar,a pestorejo, vino, conversación y máquinas tragaperras.

Bares familiares con olor a puchero y ambiente hogareño donde los clientes se sienten como en su casa, algunos hasta mejor.

El secreto de los bares esta en el aperitivo. No entro en los que ponen patatas fritas congeladas.

Aunque no fumo ni he fumado algunas veces echo de menos ceniceros llenos y botellas vacías; tardes de humo y charlas sin horas; de cuatrola y dominó; de risas y lágrimas. Porque La poesía no solo se descubre sentado en el sillón de casa leyendo a la luz de un flexo.

Como dice Gabinete “No hay nada como el calor del amor en un bar”

 

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EL BAR DE LUIS
Diego Algaba Mansilla 01-03-2013 | 9:10 | 0

Me encontré con él en el supermercado a esa hora de la tarde de un sábado en la que sales de casa pensando que no vas a encontrarte con nadie conocido. Los dos íbamos en chandal, con prisas, robando minutos al tiempo para comprar un producto de última hora: un condimento, queso fresco o leche desnatada para la dieta. Cuando la necesidad aprieta uno olvida la coquetería y la prisa se convierte en el enemigo que maneja nuestros actos  llegando  hasta  la ordinariez de vestuario.
Recordamos que cuando eramos jóvenes pasábamos las tardes  en el campo de fútbol  de la federación, antes de que fuera el Jose Pache de Cachola, corriendo, saltando y sudando a las ordenes de Manolo el gordo: Nunca encontré a nadie que dedicase tantas horas y pasión a una afición de forma altruista sin recibir dinero ni sobres como aquel orondo y entrañable pintor de brocha gorda que vivía para enseñar todo lo que sabía de fútbol a adolescentes barbilampiños y soñadores.
Luis me dijo que tenía un bar y que fuera  a probar sus migas. Hablaba de ellas con la misma seguridad con la que conducía el balón por la banda derecha  y se presentaba en la portería contraria a una velocidad de negro jamaicano sin que nadie pudiera frenarlo. El lunes fui a su bar. Migas ya no quedaban, se habían acabado. Me dio igual porque estuve disfrutando  con  fotografías que tenía guardadas y plastificadas con el color apagado de la nostalgia. Aquellos muchachos vestidos de futbolista eramos nosotros.  Dos alopécicos que miraban un pasado olvidado de  musculosas piernas y  barriga para dentro.
El bar esta frente al Perpetuo Socorro entre tiendas de ópticas y ortopedias. Sirve desayunos a  trabajadores del Hospital  y a los que van y vienen del médico.
Luis insiste en que tengo que volver otro día, más temprano, para probar sus migas, pero a mi se me van los ojos al pestorejo que sale humeante de la cocina para el aperitivo  a esa hora intermedia de las doce que mezclan a  cafeteros con cerveceros.
Llega un cliente habitual, ¿que te pongo? ¿ Café o cerveza?. Da igual, lo que más a mano tengas,le contesta. Luis le pone un tubo con un plato de pestorejo.
-Anda, dame a mi otro que las migas ya las probaremos otro día. Me tomo la cerveza y  me voy paseando con lentitud por las traseras del bar, por  ese barrio de casitas blanca de cuento   de la colonia militar, pensando en el placer de lo sencillo y en todos aquellos que no nos interesa conocer  bancos suizos ni siquiera los nuestros para ser feliz.

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