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Enrique Segura

ENCICLOPEDIAS Y DICCIONARIOS
Diego Algaba 06-03-2017 | 10:32 | 0

A las 11 sonaba el timbre en  el Instituto Zurbarán y salíamos al patio en desbandada. Algunas veces, en lugar de jugar al fútbol o hacer un repaso de última hora, nos escapábamos  a la calle por una reja rota que había en la parte trasera. Tendríamos 15 años. Íbamos hasta los almacenes de la Paloma donde cada día ponían un chiste distinto. Desde entonces tengo la costumbre de leer la viñeta del periódico. Primero al fallecido Larrey, aquel trabajador de correos serio y discreto que conocí un día en un bar de Usagre, ahora sigo  a Sansón y al Roto.

Camino del chiste encontrábamos dos o tres obstáculos. El principal estaba al final de la calle del Obispo cuando pasábamos por  el otro instituto,el de las niñas. Por aquellos entonces los centros no  eran mixtos. Ellas esperaban nuestro paso asomada a las ventanas armadas de tizas y una lengua ágil y afilada que nos hacía enrojecer ante nuestra pavería masculina de granos y timidez. Algunas veces contestábamos a sus provocaciones aunque siempre resultábamos mal parados en esa guerra dialéctica donde la retórica femenina era más sutil y pícara que la nuestra.

Otro obstáculo era los futbolines donde si entrabas podías perder la siguiente clase. Enfrente de los futbolines había un quiosco, un pequeño bar como los que han derribado recientemente en la Plaza de Mérida. Por los alrededores del quiosco te podías encontrar con  el Jerezano, un gitano con  sombrero de pistolero que una día vendía lotería descalzo y otros se exhibía como un Buffalo Bill con abrigo de pieles y gruesos cordones y anillos de oro. Eran aquellos maravillosos años que soñábamos con terminar los estudios e integrarnos en la vida laboral para hacernos adultos sin saber que ser adultos era esto.

Hoy volvería a los jersey hecho a mano, a llevar chapas del Che Guevera ,a ser  comunista, a jugar al fútbol con zapatos, a las clases de literatura de Enrique Segura, a peinar mi cabeza de pelos rizados con las manos, a escuchar a Victor Jara, a ver películas de dos rombos, a creer en la gente, en la justicia,en la honestidad. Aquellos años en los que google estaba en  papel, en enciclopedias y diccionarios.

 

Diego Algaba Mansilla

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LA MARINA
Diego Algaba 08-08-2015 | 7:05 | 1

Tenía ganas de escribir sobre la Marina ya que ha sido uno de los lugares más emblemáticos de Badajoz, aunque su apogeo me cogió en plena adolescencia y para mi era un templo prohibido donde iban personas importante a las que no tenía acceso. Un día entré con otros de mi edad, se nos quedó grabada la imagen del camarero uniformado sirviendo con gestos elegantes que provocó en nosotros el silencio. Estábamos asistiendo, sin ser consciente de ello, a un momento iniciático de nuestras futura vida social. La Marina era una escuela de camareros donde estaban los mejores dirigidos por Francisco Hinchado. Aquello era como una gran familia: Sebas,Reyes, Andrés, Manolo, Ani la cocinera, Canini el limpiabotas y muchos más que pasaron por el magisterio de Don Francisco.

Yo pasaba a diario por la cafetería. Veía sentado a mi profesor de literatura, Enrique Segura con Ricardo Puente,minutos después de que el

foto de internet

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anfiteatro del Instituto Zurbarán fuese invadido por la magia con la lectura y escenificación, por parte del profesor, con capítulos del Lazarillo o la Celestina. Ya por aquellos entonces, donde yo era futbolista del Flecha Negra, me atraía más ese otro mundo complejo y mágico de las letras que el de los Ronaldo y Mesi de la época.

En la Marina también se podía ver a un joven con aires bohemio que escribía en cuadernos de hojas blancas,vestía pantalones bombachos y fumaba en pipa, una imagen que llamaba mi atención y que era solo fachada como comprobé cuando cayó en mis manos una antología de jóvenes escritores pacenses en la que firmaba dos poemas ininteligibles.

No sé a quien escuche que Don Hipolito, director del psiquiátrico de Mérida, una noche de agosto en la que estaba sentado en los veladores de la Marina con todas las mesas llenas, ya que Badajoz veraneaba en el rio Guadiana y todavía no había descubierto la Antilla, vio como un paciente escaló hasta lo más alto de la estatua de Moreno Nieto, la que esta frente al López de Ayala, y con grandes voces y desproporcionados gestos agradecía, al prestigioso psiquiatra, su curación.

Así transcurría la vida de aquella cafetería pacense entre anécdotas y cotidianidades dirigida por Francisco Hinchado uno de los mejores profesionales que ha dado la hostelería badajocense y donde se hacían tratos de ganado, reuniones políticas y se escribían los páginas

Marina Actual

Marina Actual

más importantes de la historia de la ciudad.

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RIO GUADIANA
Diego Algaba Mansilla 13-08-2013 | 7:35 | 0

el embarcaderoCuando el verano se llamaba verano y no ola de calor y los mapas del tiempo de Mariano Medina no nos asustaban clasificando la solanera con colores chillones, en Badajoz luchábamos contra el fuego del sol en el rio Guadiana. Cada uno tenía su lugar favorito, el mio era el embarcadero donde el señor José, el bicicleta, formaba parte del paisaje igual que los gigantescos pinos que daban sombra a una orilla irregular de tierra plantas y pájaros antes de que se convirtiera en anodino asfalto.

Mariano Medina

Mariano Medina hombre del tiempo

El barquero formaba parte de nuestras vidas como ese tío lejano y gruñón al que veíamos poco y que nos infundida respeto y un poco de miedo por su olor a tabaco y vino y su cara endurecida por el sol, el trabajo y la pobreza. El barquero, también nos ofrecía la seguridad de un guardián del río ,un Neptuno sin barba ni tridente que podría salvarnos de cualquier traición del agua. Otro Barquero, conocido como el Sr. Vera cruzaba a familias a la otra orilla o al pico para recogerlos al atardecer.

Hoy recuerdo ese mundo del pasado ya mudo, sin color, después de ver una fotografía antigua en el río. Me miro al espejo y soy un desconocido, otra persona que ya no salta ni corre y que sigue teniendo algunas de las aficiones de aquellos años a pesar de los hachazos que va dando a las ilusiones el paso del tiempo.
El Guadiana era mi río y el embarcadero mi sitio. El río tenia un agua clara y tibia, el cielo estaba demasiado alto pero lo teníamos a nuestro alcance cada vez que nos juntábamos cuatro amigos para correr detrás de un balón.
Entonces eramos unos muchacho adolescentes que nos sentábamos en la orilla dejándonos mecer por gigantescos pinos que servían por la mañana para dar sombra y por la noche para ocultar a ardientes parejas de molestas miradas. ¡Ah el amor! o lo que “llamábamos amor cuando queríamos decir sexo”.
Sentados en la tierra vivíamos esos atardeceres malditos para deprimidos y paraísos para enamorados. Veíamos pasear en barca a parejas desde nuestra envidiosa melancolía remando lentamente mientras sus cuerpos se estrechaban en la madera fundiendo el deseo y sellando un tedioso matrimonio para toda la vida. Luego comprobamos que soñar con el amor fue mejor que el amor. Igual que al comienzo del verano, nosotros permanecíamos sentados en la orilla a los pocos días de empezar un nuevo y aburrido curso, donde la literatura de Enrique Segura era el único aliciente para barbilanpiños en celo en un institutos de un solo sexo y donde en lo que más se pensaba era en sexo.

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