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PASEO POR EL CENTRO DE BADAJOZ
Diego Algaba 01-10-2015 | 10:45 | 1

Para curarme de tanto deporte, de tanta Granadilla, de horas de lecturas, de vacaciones en septiembre, de Artur Mas, del Facebook. Para curarme de mi mismo, o con el pretexto de escribir esta Plaza Alta voy al centro de Badajoz, al meollo del bollo, donde se cuecen las cosas, donde va la gente guapa. Voy sin prisa, a mirar, a recrearme para luego escribir.

En San Francisco hay poca gente. Un kiosco esta vacío,el otro también. Voy a la calle Menacho. Tiendas, mucha tiendas: ropa, zapatos,muebles, perfumes,agencias de viajes,telefonía, hasta una cafetería y la farmacia de Ramirez del Molino. Muchas chicas monas, todas van solas y en zapatillas para no quedarse atrapadas con los tacones en los huecos de las baldosas. Zara ya no hace esquina pero sigue haciendo caja donde estaba el cine Menacho. En la puerta, un joven de poco más de 20 años, toca la guitarra con la funda en el suelo: vacía, sin euros, malos tiempo para el ronck and roll. La calle Menacho huele a perfume de hombre a la caza de una ganga, a colonia de baño femenino, a la ropa de Intimissimi; sabe a dulces con café,a músicos callejeros, a gente pidiendo tabaco. Las cajas de muchas tiendas las oscurece la alargada sombra del Faro. Frente a las descalza hay un bar donde la caña vale a 0,40. En la calle del Obispo veo a gente que sube la cuesta vestida para una boda, pasan de largo por la Catedral donde entran turistas en pantalón corto y cámara de fotos. Las bodas se celebran en el Ayuntamiento. 

Quizás, así sea luego más fácil pedir la vez en las concurridas colas de los martes en el juzgado, ese mercadillo del desamor del que viven muchos abogados. Encontré, cuando estaba viendo los libros que venden a un euro en la churrería de la calle Moreno Zancudo, a Carlos Rivero que hace fotos para colgarlas en facebook. Vi a Germán López Iglesias y a Paloma Morcillo, concejala de cultura. Los dos muy trajeados. Todas las cosas importantes de la ciudad se cuecen en el centro con porte elegante, aunque para ello tengan que pedir autorización cada cuatro años a través del voto manchado de barro en el Cerro de Reyes, San Fernando, el Gurugu..

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RUIDOS
Diego Algaba Mansilla 14-11-2014 | 9:36 | 1

Enciendo el ordenador después de leer a Landero, después de comprobar, en la contraportada del HOY, que Alonso de la Torres y Manuel Alcántara escriben a diario. Me arranco con ganas pensando que escribir es fácil pero escribir no es fácil. Pongo los dedos en el teclado y se me va el pensamiento a ideas sin formas ni color. Tengo como aliado el silencio de la mañana pero el silencio dura poco. De pronto empieza a sonar el ruido penetrante del taladrador del vecino, ¿ira a colgar otro cuadro? No se si tiene una casa o un museo. Para anunciarse,el bombonero, choca una bombona contra otra. Ha empezado el trajín de ruidos diarios: coches que van y vienen, motos de potentes rugidos, una sinfonía desafinada interrumpida por la voz firme del altavoz de la furgoneta del tapicero “se tapiza silla, sillones, tresillos y descalzadora en su propio domicilio” llegamos a las 12, suenan las campanas de la torre tolón tolón tolón tolón. Coches van y vienen, ambulancias y sirenas de policías agitan sus luces y voces con urgencia. Desde una ventana sale música a su máximo volumen para que todos sepamos que el adolescente rapero del tercero tiene un equipo mas potente que el flamenco del quinto. Llega la siesta, y los “wuasa” de grupos, no se a cuantos pertenezco: familia, trabajo, amigos… siempre hay alguien que a esa hora feliz de la cabezada tiene alguna foto que enseñarnos, algún vídeo que subir o alguna frase que como no compartas con 20 amigos te caerán mil años de mala suerte. Cuando la noche esta avanzada, sobre las tres, cuando uno esta deleitándose con los placeres del sueño, el camión de la basura fuerza todos sus sonoros tentáculos para vaciar los contenedores sin silenciador, algunas madrugadas me despiertan coches con las ventanillas bajadas desde donde sale ese tunda tunda que ellos llaman música. a las siete de mañana suena el ruido odiado del despertador, un pitido que siempre es penetrante y desagradable aunque este enmascarado en el lago de los cisnes. Ruido caseros, ruidos de tacones, de sillas arrastradas, de Juanito esta quieto con la pelota, ruido chillones de tele cinco, de políticos en pre-campaña electoral,de voceadores vendiendo humo,gritando promesas de igualdad desde sus privilegios, ruido de miedo,ruido de latas atadas al rabo de un perro flaco, todo el mundo grita al pobre a veces hasta con un susurro. Ruido mucho ruido y nueces, pocas nueces.

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24 DE JUNIO
Diego Algaba Mansilla 01-07-2014 | 7:51 | 0

24 de junio. 8 de la mañana. Festivo en Badajoz. Igual que otros festivos camino con ropa de deporte por la Avenida de Elvas. Ningún día es igual a otro, este menos. Me encuentro a muchos jóvenes con edad de haber estado en el famoso examen “¿Como convencerías a un amigo de no votar a Podemos?” De frente viene un grupo. Ellos con la camiseta quitada, ellas con los zapatos en la mano, tambaleándose, andando despacio, algunos llevan el vaso lleno. Los municipales pasan con la sirena puesta. Los del camión de la grúa llevan una moto. Un hombre de unos 60 años, con camiseta de tirantes, brazos dibujados con burdos tatuajes, viene con un pastor alemán atado con una cuerda, dice con voz pastosa “voy de recogida maestro”y me da la mano. Los taxis pasan veloces en un sentido y otro, vacíos y llenos, el autobús abarrotado, a rebosar. no cabe nadie más. Hay días que cambia el paisaje de tu rutina y abre los ojos expectante a lo nuevo. La curiosidad me hace meterme en el ferial,en las tripas de un jolgorio agonizante, paso por IFEBA, por los caballos, por el puesto de los municipales, por la Cruz Roja, todavía hay muchachos bailando;una chica aguanta con los tacones puestos;en un coche tuneado una pareja se besa vestido. Sigo caminando, cada vez más alejado del ruido, entre un fuerte olor a orina. Llego el silencio de una feria acabada; los cacharritos parados;la noria de los ponys tristes, sin ponys. Las caravanas de los feriantes se agrupan a la derecha en un desorden ordenado, caravanas grandes y elegantes junto a roulots humildes. Se oye un silencio casi fúnebre;un olor a alcohol rancio, un perro bebe de un charco, paso por la portada que imita la fachada del Ayuntamiento, cientos de bombillas apagadas, los hombres de verde se afanan en recoger todo el plástico tirado en el suelo.
La tómbola del Maño,la churrería Pernía y el circo Alaska con los toldos echados. Jóvenes sentados esperan el autobús o el equilibrio. Frente a IFEBA, con los altavoces de los coches al máximo volumen, se sigue bebiendo y bailando. A la vuelta me encuentro con más,vuelven andando como zombis cogidos por la luz. Uno saca la cabeza por la barandilla, vomita, las parejas discuten, veo caras tristes derrotadas por el alcohol y, no se porque, me entra una extraña tristeza, como desolación, me deprime ver a tanto joven borracho. Suena una sirena, aprieto el paso, quizás venga a por mi, soy el diferente.

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LA BELLEZA DEL SILENCIO
Diego Algaba Mansilla 05-10-2012 | 9:03 | 0

La primera vez las vi en la sección de frutas, luego, dos turnos delante de mi en la caja. Las dos eran morenas, tenían abundante pelo negro que movían con naturalidad, un movimiento de cuello que mostraba la sedosidad de una negra cabellera que entraban ganas de tocar como al perrito del anuncio de papel higiénico. Tenían la cintura estrecha y una larga y elegante pierna. Colocaban con delicadeza y movimiento lentos de cisnes hipnotizadores, yogures desnatados, leche desnatada, coca cola light y mermelada sin azúcar, en la cinta transportadora del supermercado. Cada uno de sus movimientos y gestos eran un sueño de sensualidad cautivadora que ni yo, ni los pocos clientes que a esas horas de la mañana estábamos en la cola podíamos dejar de admirar embobados. Dos modelos de piernas largas sin moyas ni varices, que se movían en los tacones como si hubiesen nacidos dentro de ellos. Dos bellezas de la naturaleza a las que el bisturí todavía no había restado frescura. Dos mujeres de las que no ven por el barrio. De repente sucedió. Toda la magia de aquellas mañanas donde parecía que dos ángeles había bajado a la tierra para hipnotizar a los pobres mortales se deshizo en el momento que una de ella abrió la boca. Todos los que allí estábamos pendientes de sus divinos gestos pudimos escuchar su voz terrenal. “Tía, hace un calor que te cagas, dijo la más alta.
Cuando me fui, hice un esfuerzo por recordarlas. Quise prescindir de la frase pero se me venía a la cabeza una y otra la maldita expresión. No tenían que haber hablado. Ya solo podía recordarlas como dos vulgares Belenes Esteban caminando por las numerosas pasarela de la vulgaridad.

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