No debe de pasar de los 25. Tiene el pelo rubio con ese corte tan francés que le deja la melena rozándole los hombros. Desde que he llegado no ha parado de sonreír. A voz en grito lee el discurso que está dando François Hollande según aparece transcrito en los subtítulos de la pantalla. A él en directo no se le ve y tampoco se le oye. Debe de haber varias decenas de miles de personas esta noche en la Plaza de la Bastilla. Pero de todas ellas yo me sigo fijando en esta chica, que mantiene el pulso y la mirada, retransmitiéndonos el discurso del ganador de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de hoy.
No es lo que esta chica dice, que no son sus palabras, sino la ilusión que lanza en cada frase, la esperanza de cambio de una Francia que estaba siendo arrastrada hacia el odio al extranjero, a lo diferente. Es una ilusión por un cambio en una forma de entender tu país. Va más allá de la crisis. Francia ha sido siempre ese país donde se ensayan las promesas que trataremos de hacer verdad el resto de sociedades.
En España no queda ni un ápice de ilusión en ningún partido político. Sabemos que todos roban, que se forran a nuestra costa y que luego hacen lo que les da la gana. Aquí puede que sea parecido, pero por unos instantes, mientras esta desconocida daba su particular discurso y sobre todo después, mientras todas esas voces en grito cantaban la Marselleise, yo, un inmigrante más, he recuperado la esperanza en la política.
Miguel Blanco Otano
París. 6 de mayo de 2012.
Torre Eiffel. 31 de diciembre. Las masas nos agolpamos por las calles y metros de París como ovejas sin dueño. Apenas se puede caminar. Los franceses inventaron el perfume pero el desodorante no. En mitad de todo ese barullo vemos más de uno y más de dos que se arriman a las chicas por detrás buscando el roce lascivo, la violencia del contacto no consentido. Fuera de lugar. Muy desagradable. Cruce de palabras e insultos en francés. Se van. Lo intentan con otra. Son momentos muy feos de hombres desatados en el anonimato de la multitud.


Suena la música al tiempo que la película termina, y sobre las magníficas notas de Yann Tiersen se ven las imágenes de Amélie Poulain y Nino Quincampoix en la motocicleta de este último por la sinuosas calles de Montmartre. Son momentos de libertad, en los que la sonrisa te inunda la boca.
No he olvidado esa sonrisa tras más de una década desde que viera la película por primera vez, ni mucho menos, pero estos días vuelvo a revivirla. Esa sonrisa, cuando salgo de mi casa cerca del barrio de Montmartre, me monto en la bici y, a través de los magníficos carriles-bici que la ciudad nos tiene preparados me lanzo hacia mi trabajo en el centro de la ciudad, envuelto en una maraña de ciclistas junto a los que, cada mañana, inundamos “la cité des lumières”.
No sé qué edad, ni qué aspecto tienen, porque duermen envueltos en sacos de dormir viejos sobre los bancos del metro. Son tres. La gente pasa por su lado sin apenas darse cuenta.
A la salida por las escaleras mecánicas, apenas rozas la calle, me ciega el olor a pan recién hecho por la panadería de la esquina, y se me nubla el pensamiento cuando me asomo al mostrador donde tantos y tan deliciosos panes, bollos, pasteles y demás son expuestos con mimo y cariño.
Más adelante, al tratar de cruzar la cera camino de la universidad, casi soy atropellado en un paso de cebra que nadie respeta. Cuando voy acercándome al edificio de mi facultad, me cruzo con algún compañero que, aun por lo pronto que es, me dedica su mejor sonrisa y su más tierno “bon journée”.
Cómo soy español hay quien pone pegas para alquilarme un piso pero en cuanto saben que soy estudiante de doctorado todo son alabanzas y respeto.
Esta ciudad no es una ciudad. París son muchas ciudades. ¿Cuál es la mía? Eso voy a descubrir.
Hola amigos,
tras un tiempo asentado en Madrid, gran ciudad suma de todas las partes de España, me mudo a este amasijo de sueños, luces, grandezas y miserias que es París.
La vida del investigador científico no es fácil en España ni en ningún sitio, por eso ando dando vueltas. Aunque puestos a emigrar, ha sido una suerte poder acabar aquí.
De momento sólo quería decir que vuelvo a la carga, a retomar este blog, a contar esta ciudad desde mis gafas de cristales de colores, dónde espero poder acercaros las calles de París, y dónde espero poder sentir Extremadura un poco más cerca.
Un saludo,
Miguel
Nalu Bar. Viernes 14 de mayo. 21 horas.
Uriarte 1838 entre Nicaragua y Costa Rica. Palermo.
BUENOS AIRES
Biguá Bar. Sábado 15 de mayo. 21 horas.
Calle 54 e/ 5 y 6.
LA PLATA.
Ya estoy deseando subirme a cantar. Deseadme suerte.
Un saludo,
Miguel, el de Alberto y Miguel
http://www.albertoymiguel.com
- Estos chicos se las saben todas. Míralos como se conocen a todo el barrio, qué pillos. Saben sacarle unas monedas o una sonrisa a cualquiera.
Esos chicos llevaban un rato hablando con nosotros. Deben tener 8 y 12 años, puede que sean hermanos o simplemente amigos, en todo caso: son vecinos.
En el barrio de Palermo, corazón de la ciudad de Buenos Aires, hay demasiados bares y demasiadas tiendas fuera del alcance de sus habitantes. Estos chicos parece que son parte del paisaje y uno se pregunta cómo serán sus vidas, sus casas, si comerán bien, si serán queridos por sus padres.
Al verlos hablar con los adultos y al sentir el especial cariño que nuestro amigo el gallego siente por ellos, uno se reconcilia con el barrio, sabe que hay algo que hacer, que el barrio no puede estar perdido si flota en el aire ese sentimiento de vecindad, de hermandad, de saber que aun hay gente que lucha por las calles, por las plazas como lugar de encuentro, y no como mero acceso a taxis para comprar en las boutiques más exquisitas del nuevo Palermo Hollywood.
A medida que la tarde cae y los comercios cierran, la plaza se va despoblando de esas gentes que la hacen plaza, que hacen barrio de este conjunto de casas y calles, y muchas preguntas acerca de los chicos, de sus casas y sus familias, quedan resueltas a verlos dormir apaciblemente, uno acurrucado al lado del otro, bajo un par de cartones y mantas roídas, a un lado de la plaza, frente las boutiques más exquisitas del Barrio Palermo.
hacía tiempo que no pasaba por aquí, y pido disculpas por la ausencia. Las calles y la vida de la ciudad de La Plata, Argentina, hacen que sienta de nuevo ganas de compartir con todos ustedes lo que es vivir en Argentina, un país de gente.
Desde que llego intento cumplir mi papel de turista, ese que tan mal se me da y que tan pocas veces consigo asumir, pero es que en Argentina se emocionan enseñándote edificios antiguos, tan antiguos como cualquier parroquia española, y una vez que parece que he cumplido mi papel paso a lo que este país realmente aporta al turista: Sus gentes.
En Argentina la mejor manera de pasar una tarde es en una reunión cualquiera de amigos con mates de por medio, en la que salen a la luz charlas sobre Evita Perón, el corralito, Charly García y los Sui Generis, Fito y sus estudios de grabación graffiteados, el Proceso, las innombrables Malvinas, Maradona, Los Redondos, los porteños y su ego, digo, su acento e innumerables conversaciones de las que se salta de una a otra con la misma facilidad que se ceba un mate y se pasa al compañero.
En Argentina, además, las ciudades están llenas de vida. Buenos Aires es esa ciudad que no sólo nunca duerme, sino que siempre está de joda (fiesta). Entre locura de autos y peleas por conseguir moneda suelta para el colectivo aparecen historias urbanas de emigrantes gallegos, de desapariciones, de “mi primo se fue a España y se volvió”, de tango, de asados, chacareras y de “si ya sabemos que todos los políticos son corruptos, pero al menos que hagan cosas”.
