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Las reputaciones

2014 febrero 1

 

LAS REPUTACIONES

Juan Gabriel Vásquez

Madrid, Alfaguara, 2013, 139 págs.

 

Nacido en Bogotá en 1973, Juan Gabriel Vásquez es autor de libros de relatos (Las amantes de Todos los Santos), ensayos literarios (El arte de la distorsión), traducciones de autores ingleses y franceses (John dos Passos, Víctor Hugo…) y, hasta el momento, cuatro novelas, todas ellas con diversos reconocimientos nacionales e internacionales: Los informantes, Historia secreta de Costaguana y El ruido de las cosas al caer, la que le ha dado un mayor reconocimiento internacional (Premio Alfaguara 2011, English Pen Award 2012 y premio Gregor von Rezzori-Città de Firenze 2013) hasta convertirlo en palabras de Mario Vargas Llosa en “una de las voces más originales de la nueva literatura latinoamericana”. En septiembre pasado la editorial Alfaguara publicó su cuarta novela, Las reputaciones, elegida por los críticos de Babelia, el suplemento cultural de El país, como una de las cinco mejores novelas de 2013.

Las reputaciones sitúa su trama en los medios periodísticos y políticos de la ciudad de Bogotá (el escritor es columnista del periódico colombiano El Espectador) en vísperas de la celebración del bicentenario de la independencia de la nación y su protagonista es Javier Mallarino, un caricaturista político que tras cuarenta años de trabajo en el periódico más influyente de Bogotá va a recibir, a sus sesenta y cinco años, uno homenaje de los sectores políticos y culturales de la capital. Mallarino es, naturalmente, un triunfador que ha logrado concitar un reconocimiento unánime de todos, cimentado en la admiración tanto como en el temor, ha logrado que la misma clase política a la que tanto había atacado y despreciado haya decidido “poner la gigantesca maquinaria colombiana de la lambonería al servicio de un homenaje que por primera vez en la historia, y quizá por última, tenía a un caricaturista como destinatario”.

Antes de dirigirse al local en que tendrá lugar el acto de homenaje el protagonista sufre la ilusión de haber visto a Ricardo Rendón, un caricaturista colombiano considerado como el más importante del país que se suicida en octubre de 1931 (79 años antes) y a quien Mallarino tiene como maestro y referente, pero cuando pregunta al limpiabotas él contesta: “No me suena, jefe. Si quiere después preguntamos a los compañeros”. Este es, piensa el protagonista, el destino de todos, se devorado por “el hambre sin fondo del olvido”. Cuando, intrigado, pregunta por sí mismo, el limpiabotas dice: “el que hace los monos en el periódico, sí. Pero ese tipo ya no bien por acá”.

Mallarino, pues, ha llegado donde llegó Rendón, ha logrado ser “una autoridad moral para la mitad del país, el enemigo público número uno para la otra mitad”, y para todos “un hombre capaz de causar la revocación de una ley, trastornar el fallo de un magistrado, tumbar a un alcalde o amenazar gravemente la estabilidad de un ministerio”. Todo ello desde el momento en que siendo aún joven y rebelde decidió dejar el periódico conservador en que trabajaba cuando le censuraron la segunda frase de una viñeta (“En Colombia no importa si eres liberal o conservador. Lo que importa es que seas de buena familia”).

En el acto, en que la ministra de cultura anuncia la edición especial de un sello de correos con su efigie, Mallarino se reencuentra con Magdalena, su amor de juventud y madre de su hija, y más tarde con una joven, Samanta Leal, que le pide ayuda. Quiere saber qué pasó veintiocho años atrás esa misma casa durante una pequeña fiesta privada, lo que enfrenta al caricaturista con un turbio asunto del pasado, que lo involucra a él, a un diputado que ha sido objeto de sus críticas y a una chica preadolescente ebria, todo lo cual lo sume en una encrucijada que le obliga a reconsiderar su pasado.

Frente a la novela anterior, centrada en la memoria colectiva de un país convulso, Las reputaciones se sitúa en un terreno fronterizo entre lo público y lo privado. Es cierto que los problemas que aborda son sustancialmente íntimos, que nos movemos en los espacios privados de unas vidas humanas dignas o abyectas, pero su condición social (periodistas de  radio y prensa escrita, políticos) las proyecta hacia el exterior. Como el viejo concepto de “honra” medieval, la reputación es la imagen que una persona irradia hacia los demás y con frecuencia la creación o el deterioro de esa imagen está en manos ajenas, por ejemplo, en las de un caricaturista. Nos encontramos, en fin, ante una lograda novela de corte realista, alejada del “realismo mágico” (con el que comparte la denuncia social y política), atenta al reflejo del presente, marcada por la verosimilitud, con personajes y episodios que parecen tomados del natural en ambientes urbanos (pues incluso la tentación de huir de la ciudad es una pulsión urbana).

 

 

 

 

 

El río del Edén

2014 enero 30
por -MANUEL SIMÓN VIOLA MORATO

 

EL RÍO DEL EDÉN

José María Merino

Madrid, Alfaguara, 2013, 300 págs.

 

Miembro de la Real Academia Española de la Lengua, José María Merino nació en A Coruña en 1941. Su trayectoria como narrador arranca en 1976 con Novela de Andrés Choz, con la que obtuvo el premio Novelas y Cuentos. A partir de entonces ha alternado el cultivo de narraciones breves (en 2010 aparece Historias de otro lugar, que recoge sus libros de relatos) y extensas, con las que ha conseguido numerosos reconocimientos (Premio de la Crítica, Miguel Delibes de narrativa, Gonzalo Torrente Ballester, Salambó…). El más reciente de todos es el premio Nacional de Narrativa de 2013, concedido por el ministerio de Cultura, que ha venido a reconocer la que por ahora es su última novela, El río del Edén, que forma junto con El lugar sin culpa (2007) y La sima (2009) una trilogía de narraciones cuyas tramas se desarrollan en lugares cuidadosamente seleccionados: una isla en el Mediterráneo en el primer título, una montaña leonesa en el segundo y las riberas del Alto Tajo en la provincia de Guadalajara en la novela que comentamos, un paisaje agreste de hoces y riscos en que se localiza la laguna en donde, según cuenta una leyenda, el Conde don Julián ocultó sus tesoros.

Hacia esa laguna se dirigen los protagonistas del relato, Daniel y su hijo Silvio, un muchacho con síndrome de Down que carga con la urna en que se guardan las cenizas de su madre, quien en varias ocasiones había pedido a Daniel que, en caso de morir, la incineraran y echaran las cenizas en ese lugar. Este es sustancialmente el contenido de una de las líneas narrativas de la novela, el relato de una caminata hasta la laguna jalonado por la conversación de padre e hijo, marcados ambos por la pérdida de Teresa. Entre la mañana de un viernes y la de un sábado, acompañaremos a estos dos personajes hermanados en la desdicha hasta el río, el encuentro con Carla, hermana de Teresa y amante ocasional de Daniel, y la desaparición del niño. La otra línea narrativa, basada en un tiempo extenso, se asienta en los recuerdos del protagonista desde los inicios de su noviazgo con Teresa hasta la ruptura de su matrimonio y la muerte de la joven tras un accidente de tráfico que la ha dejado postrada en una cama sin movilidad alguna.

Daniel y Teresa, recuerda al protagonista, hicieron un primer viaje al  mismo lugar por el que transitan ahora padre e hijo: un escenario agreste, apenas pisado por el hombre, que visitaron en los comienzos de su relación amorosa, un edén en el que vivieron intensamente una pasión inocente comparada expresamente con la leyenda bíblica del Génesis, abocada como ella, sin embargo, a la expulsión del paraíso. Este momento llegará cuando Teresa anuncie a Daniel que se marcha a Estados Unidos con el fin de completar su formación académica (el joven ve por la ventana de la cafetería en que se encuentran a un mimo disfrazado de arcángel con una espada en la mano escenificando ese instante bíblico). Los malentendidos y los celos de Daniel lo llevarán a traicionar a Teresa y a romper de ese modo la relación, y es que la desobediencia (como  la función narrativa de la “transgresión” en los relatos populares) forma parte del mismo mito y, tal vez, de cualquier relación amorosa. Del mismo modo que el paisaje del alto Tajo se vio degradado con la presencia humana, la pasión amorosa de Daniel y Teresa sucumbió al encontronazo con la realidad, deteriorada por la separación, la desconfianza, las aventuras eróticas más o menos esporádicas, el niño enfermo (durante muchos años para Daniel fue el “bobo” o el “discapacitado”), el azar trágico, la muerte.

La crítica ha señalado de modo unánime que nos hallamos ante la más realista de las novelas de José María Merino y, en efecto, la novela cuenta una historia verosímil propia de nuestro presente con unos personajes creíbles que parecen haber sido tomados del natural, pero las predilecciones temáticas del escritor también afloran en esta narración, en que los personajes podrían confirmar con sus trayectorias la aseveración de Leopardi (“Son los mitos nuestras metamorfosis”). El caso más perceptible es el del niño a quien la enfermedad ha mantenido en esa fase “precientífica” de explicaciones míticas de la realidad (procedentes del cine y de cómic: extraterrestres, abducciones, experimentos…), pero también Daniel y Teresa viven unas vidas adosadas a las viejas y terribles leyendas que desarrollan los motivos de la felicidad y la caída, la fidelidad y la traición, la culpa y la redención.

Mi vida feliz

2014 enero 19

 

MI VIDA QUERIDA

 Alice Munro

Barcelona, Lumen, 2013

    Alice Ann Munro (Wingham, Ontario, 1931) es la narradora canadiense que, como se sabe, ha logrado el premio Nobel de 2013, justo medio año después de que declarara a la prensa que abandonaba su carrera literaria. Su niñez transcurrió en condiciones precarias en una granja durante los años de depresión económica, un entorno que pasaría de modo recurrente a sus relatos. Su primer libro se remonta a 1968 (Dance of the Happy Shades), al que siguió una novela (La vida de las mujeres, 1971). A partir de entonces se sucedieron varias colecciones de relatos, como Las lunas de Júpiter (1986), Amistad de juventud (1994), Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio (2001) o Demasiada felicidad (2009), con unos textos, más conocidos en Canadá que en Europa, que reflejan las relaciones humanas en la vida cotidiana de un modo que la ha llevado a ser conocida como la “Chejov canadiense”.

Mi vida querida, aparecida en Canadá en 2012 y publicada en España por Lumen en 2013, es su última colección de relatos y, según sus propias declaraciones, el último libro de su trayectoria literaria. En él reúne diez narraciones breves seguidas de cuatro textos, agrupados bajo el significativo epígrafe “Finale”, de base autobiográfica, porque no son “exactamente cuentos. Creo que es lo primero y lo último –y lo más íntimo- de cuanto tengo que decir sobre mi propia vida”.

Como en compilaciones anteriores, los textos, de corte realista, sin efectismos ni sorpresas finales, se mueven en el territorio de las relaciones personales en toda su compleja diversidad, con el amor y las emociones concéntricas a él (celos, rupturas y segundas oportunidades, nostalgia, desolación…) como motivo nuclear, todo ello contemplado desde una perspectiva femenina en que no falta la denuncia de cómo incluso sociedades modernas como la canadiense condenan a la  mujer a representar papeles subalternos, en órbitas que giran siempre en torno a un hombre (ese es el sentido de la metáfora de uno de sus  libros, las “lunas de Júpiter”).

Nos encontramos en un entorno físico de una enorme dureza, similar al que padeció la escritora en su niñez y juventud, el Canadá rural de granjas y pequeñas aldeas, en donde las mujeres realizan tareas agotadoras o acceden a trabajos precarios de supervivencia, en años de escasez, frío y racionamiento, sin apenas hombres (que se encuentran en Europa combatiendo a las tropas alemanas). Son tiempos difíciles para las relaciones estables, pero las numerosas mujeres que pueblan estos relatos parecen impulsadas por el afán de supervivencia y la necesidad de sobreponerse a las pequeñas derrotas cotidianas: así conoceremos a la joven que logra empleo en un hospital y cede a los requerimientos de su director, para comprobar cómo, tras seducirla, es rechazada y echada del trabajo (¿Con cuántas chicas habrá hecho lo mismo?, se pregunta anonadada), la niña que contempla cómo su hermana se ahoga en el lago sin atreverse a pedir auxilio a su madre (que hace el amor con su amante dentro de casa), la mujer acomodada (pero coja, lo cual la ha incapacitado para cualquier relación sentimental) que inicia una relación con un hombre casado: una antigua sirvienta los chantajea, algo a lo que ella accede (está dispuesta a pagar a cambio de conservar a su amante), pero los acontecimientos posteriores le confirmarán que el chantajista está más cerca de ella de lo que supone.

En otras ocasiones, los personajes ceden voluntariamente a pasiones que intuimos que reprimirían, como sucede con esa mujer que, acompañada de su hija pequeña, accede a una aventura erótica en un viaje en tren para descubrir aterrorizada que la puerta del compartimento ha estado abierta y su hija ha desaparecido, o la pareja de ancianos que vive plácidamente los rescoldos de una pasión amorosa (pero la llegada casual de una antigua amante revivirá en la mujer la herida lacerante de los celos).

Son mujeres que viven en su madurez el amor como un sucedáneo de una pasión verdadera o que viven el sexo como un juego intrascendente, mujeres envejecidas que se rebelan ante la decadencia de modo patético, que se hunden en la soledad o recurren a la coquetería (un comportamiento que lanza el mensaje de que una aproximación erótica es posible pero no segura) o rumian la relación amorosa rota y las pasiones que esta deja a su paso: “el deseo, la añoranza y la desesperanza, un trío de miserables gatos monteses enjaulados que se habían instalado en mí sin permiso”.

El abuelo que saltó por la ventana y se largó

2014 enero 12

EL ABUELO QUE SALTÓ POR LA VENTANA Y SE LARGÓ

Jonas Jonasson

Barcelona, Salamandra, 2012

    Nacido en Växjö, una pequeña ciudad al sur de Suecia, en 1962, Jonas Jonasson es un periodista que ha trabajado también como consultor de medios y productor de televisión. El abuelo que saltó por la ventana y se largó es su primera novela que logró en su país los galardones “Libro del Año” y “premio de los Libreros” y estuvo entre los libros más vendidos en Italia, Francia y Alemania.

La trama de esta novela singular arranca cuando Allan Karlsson, a punto de cumplir cien años, decide escapar de la residencia de ancianos antes de que empiece la celebración de su centésimo cumpleaños (a la que asistirá el alcalde) y darse a la fuga dejando tras de sí una auténtica conmoción (la noticia ha atraído a la prensa local).  En la estación de autobuses, el anciano accede a guardar la maleta de un joven en tanto este entra al baño, pero el autobús anuncia su salida antes del regreso del joven y Karlsson, sin pensárselo dos veces, sube con la maleta pidiendo al conductor que le lleve adonde alcance un billete de cincuenta coronas. Así llega a  Byringe, una estación de ferrocarril abandonada en donde conoce a Julius Jonsson, un buscavidas aventurero, con el congenia de inmediato. Descubren entonces que la maleta contiene cincuenta millones de coronas y que el sicario que la perdió ha seguido el rastro del anciano y ha llegado a la estación. Tras deshacerse de él, los dos hombres se dirigen montados en una vagoneta a Akers Styckebruck en donde contactan con Benny un vendedor de salchichas que posee un mercedes metalizado.

Perseguidos por el comisario Aronsson y sus hombres  y por los sicarios de Per-Gunnar Gerdin, “el jefe”, a quien pertenece el dinero, los tres hombres llegan por azar a casa de Helga, la cuarentona pelirroja, divorciada y dueña de un elefante. Esta es una de las líneas narrativas de la novela, localizada en el presente, que contiene la historia de la persecución de un grupo de personas peculiarísimas tras el cual van, pisándoles los talones, periodistas, policías y peligrosos delincuentes, dando lugar a escenas disparatadas y divertidas.

La otra línea narrativa reconstruye la historia del anciano centenario desde su niñez, una aventura repleta de episodios y encuentros “imposibles” por numerosos países que no se doblega a los resúmenes. Y así, Karlson conoce al “Generalísimo” en plena guerra civil española, quien le agradece que le avisara de la voladura inminente de un puente (que él mismo había dinamitado), colabora con Oppenheimer en la creación de la bomba atómica, cena con Truman, vicepresidente por entonces, a quien consigue emborrachar y que parodie a Roosevelt levantándose penosamente de su silla de ruedas, conoce personalmente a Stalin obsesionado también él con conseguir la bomba atómica (para lo cual ha ordenado raptar a Einstein, pero los miembros del servicio secreto se llevan a Rusia a Herbert Einstein, hermanastro de Albert, que no distingue entre su mano izquierda y derecha).

Un episodio especialmente delirante lo constituye la guerra de Corea presentado con una lógica “ingenua” que lo convierte en monumento a la estupidez humana: las mismas superpotencias que decidieron dividir una nación por el paralelo 38 se involucran en una guerra en que instan a cada una de las Coreas a hacerse con el territorio de la otra. En Bali, con la subida al poder de Suharto, “mucha gente de origen chino fue expulsada por comunista, y al llegar a China fue acusada de capitalista”.

No menos disparatados resultan personajes como Kim Il Sung aleccionado a su hijo preadolescente para que le suceda, o ese pastor anglicano que marcha a la Persia del Sah con el propósito de convertir a sunitas, chiitas, cristianos y judíos al anglicanismo. Tras diez años de proselitismo ha conseguido ocho conversiones (de otros tantos miembros de la policía política que ha recibido la orden de espiarlo)

El resultado es un recorrido por los numerosos conflictos bélicos e ideológicos del siglo XX y por los países protagonistas de la convulsa historia de esta centuria enloquecida, en que las disputas ideológicas ocasionaron millones de víctimas y un dolor inconmensurable, todo ello al servicio del humor, pero de un humor ácido y lúcido, que desmitifica a los líderes idealizados por la historia presentándolos como tipos risibles, próximos al perfil de los héroes que Valle-Inclán obligó a reflejarse en el Callejón del Gato y mostrando, en fin, cómo las ideologías (y las religiones) son dos componentes nucleares de la estulticia humana.

 

Oh, América

2013 diciembre 22

OH, AMÉRICA

 Marcella Olschki

Cáceres, Ed. Periférica, 2013, 186 págs.

Trad. de Francisco Julio Carrobles

 Nacida en Florencia en 1921, Marcella Olschki fue una narradora italiana de padre judío que, además diseñadora de moda y periodista, compuso dos novelas de marcado carácter biográfico muy bien acogidas por lectores y crítica. En Una postal de 1939 (premio “Bagutta” a la mejor ópera prima de 1954), la escritora se remontaba a los años de su juventud en Florencia en vísperas de la segunda guerra mundial. En 1939, cuando tiene dieciocho años, en el liceo Gimnasio Dante, Marcella envía una postal a un profesor, una travesura casi adolescente que ocasiona una serie de consecuencias desmesuradas que acaban definiendo a unas personas pero también una época abyecta.

Tras esta novela, que Periférica rescató en 2012, la autora compuso una segunda narración adosada, como la anterior, a su propia trayectoria biográfica, que parte de dos circunstancias cruciales pero no relatadas: la devastación de la guerra en las tierras de Italia y su matrimonio con un comandante del ejército americano. Escrita cuarenta años después de los hechos, la trama expresa de la narración abarca poco más de un año, desde abril de 1946 a septiembre de 1947, una aventura enmarcada por dos viajes trasatlánticos: el de ida a Nueva York para reunirse con su esposo y el de regreso a Nápoles para reencontrarse con su familia.

Marcella ha vivido el horror y la violencia de la guerra, ha visto el país asolado por la contienda y ha sentido, como todos, el alivio de su desenlace. Le hubiera gustado participar en la reconstrucción de Italia, pero es una esposa de guerra y tiene que viajar a Nueva York en el Vulcania que lleva a cientos de jóvenes italianas, muchas de ellas encintas, que se han casado con soldados y oficiales estadounidenses. Entre la expectación y el temor, Marcella se reencuentra con su marido para descubrir en él a un extraño herido por los recuerdos que prácticamente la expulsa de casa.

La joven se ve así abandonada y sola en una ciudad inabarcable y desmesurada en la que no sabe cómo desenvolverse, mientras encuentros casuales y nuevas amistades van abriendo su mirada a una nueva mentalidad, a la del americano urbano que se enfrenta con una actitud positiva a los grandes golpes que la vida ciegamente nos inflige. Esta es la lección que recibe de la joven acomodada con quien comparte vivienda en Park Avenue (una de las calles con más glamour de la ciudad, pues en Nueva York “lo que cuenta es la dirección; aquí no valen nombres ni nacionalidades”). De modo progresivo, la mujer ha de ir consolidando una nueva personalidad, superando sus prejuicios europeos, convertida en testigo de un mundo que contempla con admiración y entusiasmo (la emoción que ha pasado al título de la novela): Greta Garbo paseando por las calles de la ciudad vestida siempre con ropa de un mismo color, Marlon Brando acompañando a  la primer actriz de una compañía judía, las actuaciones de Maxine Sullivan o Billie Holiday en los tugurios de la calle 52 (el jazz estuvo prohibido en Italia durante el fascismo), la Navidad neoyorquina inmersa en un … de música, luces y consumo compulsivo.

De sus primeros empleos como vendedora ambulante, Marcelle pasará a trabajar como articulista para La Nazione o El  progreso italoamericano, como periodista para la NBC, como vendedora en una tienda de alta costura y, más tarde, como diseñadora de moda, mientras tramita en Reno, la ciudad de Nevada, su divorcio y recobra su libertad.

Tras la marcha de Nueva York, la narración se aproxima al perfil del libro de viajes, con sus estampas de Nevada, el estado del Dólar de Plata, y su pasión por el juego, de Berkeley en donde se reúne con parte de su familia, de San Franciso, la ciudad apacible y cordial (tan distinta a la frenética Nueva York) o las islas de Hawái, ya invadidas por los turistas y los soldados americanos. Finalmente, podrá regresar, transformada por las experiencias, a Nápoles en cuya bahía las islas de Ischia, Capri y Procida parecen navegar como “joviales animales marinos” y en que todo era de una belleza inédita, tras dejar atrás una América acogedora y vitalista que “no olía a guerra, a pólvora y a sangre”.

 

 

 

 

Especulación

2013 diciembre 18
por -MANUEL SIMÓN VIOLA MORATO

 

ESPECULACIÓN

Thomas Wolfe

Cáceres, Ed. Periférica, 2013, 91 págs.

Trad. de Juan Sebastián Cárdenas

    Nacido en Asheville (Carolina del Norte) en 1900, Thomas Wolfe es considerado uno de los más notables narradores estadounidenses del primer tercio del siglo pasado a pesar de su corta vida (muere en Baltimore en 1938). Su irrupción en el panorama literario americano se produjo con El ángel que nos mira (1929), a la que siguieron otras novelas publicadas en vida o póstumas, pero sobresalen en su trayectoria ciertas novelas cortas como Una puerta que nunca encontré (1933) o El niño perdido (1937), ambas publicadas por la editorial cacereña Periférica en 2012 y 2011 respectivamente. Ahora la misma editorial rescata Especulación, una pequeña narración que había sido publicada el mismo año de la muerte del escritor con el título Boom Town (algo así como “crecimiento urbano”) y que, como otros títulos suyos, mantiene en su trama ciertas conexiones biográficas.

   A finales de junio de 1929, John, un profesor universitario sin renombre alguno, regresa en tren a su ciudad natal, en el estado de Virginia, un pequeño pueblo rodeado de colinas según lo ve en su recuerdo, tras haberlo abandonado veinticinco años atrás, sin saber muy bien por qué deja su profesión ni por qué regresa: “lo único que sabía es que los años corren como el agua y que un buen día los hombres vuelven a casa”.

A medida que se acerca va contemplando un paisaje prístino de montañas escarpadas, bosques, barrancos, gargantas y abismos, pero todo cambia cuando llega a la ciudad y es recibido por su madre y su hermano Lee. Pronto podrá descubrir que todos, también su madre, están inmersos en una alocada carrera especulativa de ventas y compras que ha transformado por completo la pequeña población. Sus habitantes parecen haber coincidido en acceder a una vivienda mejor hipotecándose por décadas, y “en todos aquellos rostros, ya fueran lugareños o extraños, ardía el mismo fulgor ebrio, el mismo jolgorio demencial”, decididos a comprar a cualquier precio convencidos de que este no hará más que subir incesantemente.

El  protagonista puede comprobar cómo los mejores lugares de la ciudad han sido ya mutilados con un coste de millones de dólares para extender el pavimento de hormigón por todas partes. Asimismo, han derribado los antiguos edificios públicos, han aplanado las colinas y perforado las montañas, han construido calles y puentes inútiles… Esto es, “habían derrochado las ganancias de toda una vida para hipotecar las de toda una generación venidera; se habían arruinado a sí mismos, a sus hijos, a su ciudad y nada podría detenerlos”.

Sin normas ni supervisores, todos se han lanzado a una alocada espiral de ventas a crédito en que los vendedores “obtienen los primeros quinientos dólares… Los quinientos mil restantes se pagan a plazos, con el tiempo…”. Solamente la colina de los muertos contiene el mundo de antaño con sus aromas y sus rumores: el olor resinoso de los pinos, del trébol dulce y cálido, el canto de un pájaro o una cigarra, el grito de un niño, el tañido de una campana. En el resto del pueblo todo aquello había desaparecido para siempre, lamenta el personaje, al que le invade, una vez más, el impulso de la huida.

Narrada con una notable economía de medios, Wolfe sitúa intencionadamente la sencilla trama de la novela a escasos meses del “jueves negro” (24 de octubre de 1929) que hundiría la bolsa de Nueva York y daría inicio a la Gran Depresión, una deriva que sorprende por el alto grado de coincidencias con la situación vivida en España durante los años del boom inmobiliario (mismos impulsos, similares procedimientos financieros, parecida forma de esclavizarse), pues, al fin, nos encontramos ante dos sociedades empujadas en un momento determinado por las ciegas pasiones de la ambición y del vértigo (que no es el miedo a caer, sino el miedo a la atracción que genera el vacío).

 

 

 

Contra (post) modernos

2013 diciembre 10

CONTRA (POST) MODERNOS

Fernando R. de la Flor

Cáceres, Ed. Periférica, 2013, 273 págs.

 

Fernando R. de la Flor es catedrático de Literatura Española en la Universidad de Salamanca y Académico correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Es, asimismo, autor de una veintena de libros de los que destacan los numerosos ensayos sobre el Barroco español.

Con el subtítulo “Tres lecturas intempestivas: Disidencia, Provincia, Carencia”, Contra (Post) Modernos reúne tres ensayos sobre otros tantos escritores contemporáneos, Miguel Espinosa (1926-1982), Claudio Rodríguez (1934-1999) y Antonio Gamoneda (1931, ganador del premio Cervantes de 2006), autores que se han convertido en figuras centrales de la literatura y el pensamiento contemporáneo, a pesar de haber partido en su momento de lugares periféricos del territorio de la literatura y de haber vivido en un periodo (Franquismo, Transición, gobiernos democráticos) dominado por una  idea de progreso entendido como aceleración del ritmo de destrucción y olvido del pasado.

Por distintos caminos (la disidencia de Espinosa, el encierro en la provincia de Claudio Rodríguez, la idea de carencia de Gamoneda) su obra los convierte en hombres del pasado, “pero también se nos presentan como auténticos ‘insurrectos’ en el tiempo de las sucesiones”, todo ello “en el seno del momento de máxima volatilidad y reino indiscutible de lo que es efímero”.

La aportación más valiosa de Espinosa se sitúa en la década de los setenta y primeros ochenta del siglo pasado (su obra más conocida es Escuela de mandarines, de 1974, premio Ciudad de Barcelona); esto es, entre los últimos coletazos del franquismo y los años del desengaño de la Transición, que fueron conocidos como el “desencanto”. Su análisis de la realidad lo hermana con otros escritores, que nunca formaron un grupo homogéneo, como Rafael Sánchez Ferlosio, Fernando Arrabal, Juan Goytisolo o Agustín García Calvo, que denunciaron cómo la transición no trajo más un cambio epidérmico a la sociedad española que no afectó a los aparatos ideológicos del Estado, ni a la estructura del gran capital ni a la configuración feudal de la vida académica, a la que se refiere de modo especial la novela-ensayo citada. El poder se perpetua sin modificación, heredándose a sí mismo, se adapta a las nuevas circunstancias, no sufre cortes ni le afectan en lo más mínimo las transiciones, por lo que la actitud del escritor se resume en la consigna “Yo no te obedezco” y en la determinación de dar la voz a los de abajo (el resultado, rechazado por unos y otros, fue un clamor en el desierto).

Claudio Rodríguez cimentó su creación literaria en la noción de “provincia”, un entorno periférico a salvo de todo progreso y, por ello, de su labor de demolición del pasado. Su determinación ética y estética lo sitúa frente a la hegemonía actual de las grandes urbes (“geometría y angustia”, según Lorca), en que desaparece el sentido de pertenencia, y de la globalización virtual. Su mirada se dirige hacia  lo rural (“¿Qué más sencillo que ese cabeceo / de  los sembrados?”) y hacia lo provinciano, donde es posible  la “serenidad” (que Heidegger vinculó con el sedimento de la vida campesina), un territorio que acabará siendo, por los años en que compone su obra, el de los ancianos y el de los derrotados.

También Antonio Gamoneda se instala en el viejo dominio del campo y lo rural, marcado por la desolación de la posguerra y la herida constante de la pobreza, por la memoria candente de un pasado de carencias frente a un presente de desarrollo y bienestar, de hedonismo y espectáculo (sobre el que comenta: “Este no es mi lugar,  pero  he llegado”), convertido en el testigo que no olvida, en el “hombre que cuida de las significaciones hondas, y que, por lo mismo, no  permite que estas queden borradas en la memoria de lo radical humano”.

Por distintos caminos, estos tres escritores intempestivos acabaron por convertirse en “habitantes de una ciudad (la “nueva ciudad democrática”) que no los desea, ni los necesita para su trabajo material”, lanzada como se halla hacia una meta desconocida, hacia “un horizonte final continuamente pospuesto”.

 

La sed de sal

2013 diciembre 2

LA SED DE SAL

Gonzalo Hidalgo Bayal

Barcelona, Tusquets, 2013, 319 págs.

 

Elegido recientemente “Extremeño del año” por el periódico Hoy, Gonzalo Hidalgo Bayal (Albalat, Cáceres, 1950), es autor de una amplia y notabilísima obra literaria cuyo valor ya había sido reconocido con otro galardón cuando en mayo de 2003 un jurado presidido por Rafael Conte otorgó el premio “Extremadura a la creación” a su última novela publicada por entonces, Amad a la dama. Con un primer libro de poesía (Certidumbre de invierno) y varios ensayos (Camino Jotán: la razón narrativa de Sánchez Ferlosio, Equidistancias y El desierto de Takla Maján), Hidalgo Bayal inició su trayectoria como narrador con Mísera fue, señora, la osadía, novela a la que siguieron El cerco oblicuo (Calambur) y la ya citada Amad a la dama (Llibros del pexe).  La editorial catalana Tusquets ha recuperado algunos títulos aparecidos en editoras regionales (Campo de amapolas blancas, Editora Regional, 1997; Paradoja del interventor, Del Oeste Ediciones, 2004) y publicado las últimas obras: El espíritu áspero (2009) y Conversación (un  libro de relatos de 2011).

Ahora la misma editorial publica La sed de sal (como Amad al dama, un palíndromo) que arranca con un homenaje a Melville (“Llamadme Travel”) para contar los episodios vividos por el protagonista durante los meses de un verano en la ciudad de Murania y sus alrededores, una aventura tal vez menor comparada con la del capitán Ahab y otras “desventuradas peripecias de la historia”, pero crucial para él pues fue “el verano en que se me abrieron los ojos y adquirí la certeza de nuestra fragilidad y de la inconsistencia de nuestros sentimientos”. Como en  otras novelas de Bayal (el anciano protagonista de Paradoja del interventor, por ejemplo, pierde su tren debido a un malentendido), la trama se inicia con un episodio azaroso: el  protagonista encuentra en la cuesta  Moyano el mismo ejemplar dedicado de una obra leída por él durante los meses de servicio militar, Travel of Murania, que un escritor americano, Walter Alway, compuso tras un viaje en compañía de unos amigos realizado en los años treinta. En ese momento, el joven decide visitar la comarca siguiendo los pasos del escritor. Fue así como llegó a Murania (“ciudad que Dios confunda”, la misma de muchas de sus novelas) y se hospedó durante unos días en el Torreón del Norte (el mismo en que se hospeda Lucas Cálamo, el protagonista de Mísera fue, señora, la osadía). El recorrido por la comarca, la tierra de murgaños, le llevará a los paisajes descritos en El espíritu áspero (la novela “troncal” de su obra narrativa): Los Huranes y el Garabero, los ríos Myrtes y Jayón, la romería de San Hervacio, las aldeas de Múrida y Casas del juglar, en donde asiste a las pandorgas y venerandas, desenfrenadas fiestas populares repletas de violencia campesina, sexo y alcohol.

Cuando regresa a Murania, un hombre alto y fuerte lo invita subir a su furgoneta y lo lleva hasta la plaza de la ciudad. Tras realizar una llamada telefónica, dos policías lo detienen y lo encierran en un calabozo sin darle la más mínima explicación. En los próximos días, el  protagonista se enterará de que una joven ha desaparecido durante  las fiestas y de que él es el principal sospechoso (o la víctima propiciatoria que ofrecer a una multitud enfurecida). Naturalmente, esta cadena de acontecimientos aproxima la trama de la narración a las del género negro, pues lo que sigue es una investigación criminal dirigida por un policía resolutivo, unos sospechosos (el novio de la chica, un delincuente habitual, el dueño de un bar para el que trabajaba…), unos interrogatorios, y una sucesión de hipótesis sobre lo que pudo haber sucedido. Pero la novela negra es un tipo de narración lúdica que reduce los personajes a funciones sintácticas de la trama y mantiene el  interés del lector en el proceso de elucidación de un enigma.

Frente a ella, La sed de sal no es, en modo alguno, un divertimento intelectual, sino una construcción literaria de un notable altura estética, repleta de profundas y desoladas reflexiones y de constantes hallazgos verbales, y si adosa su trama (no, como decimos, su estilo ni sus propósitos) a este modelo es tal vez porque en él  (y en los numerosos títulos de películas recordados: Sed de  mal, La jauría humana, El tercer hombre, Con la muerte en los talones…) sea frecuente el motivo nuclear que el escritor, desde su propia experiencia  vital  y su notabilísima competencia literaria, quiere expresar: el del hombre solo y desvalido sometido a los rigores de un azar absurdo y de un poder tiránico, amenazado por un multitud enfurecida, “a solas con la tribulación, la iniquidad y la injusticia”, el hombre inocente acosado por todos (“el infierno son los demás”), acorralado, consciente de su impotencia y de su condición de víctima, apenas dueño de su propia lucidez (“Prefiero saber que soy un infeliz, un pobre hombre, que ser un pobre hombre, un infeliz, a oscuras, sin saberlo”), empujado a la tristeza (“La alegría es una impostura, una rendición”), impulsado, como todos nosotros,  por la “sed de sal”, por unos deseos de diversa naturaleza que no sacian nuestra pasión y nos condenan a la infelicidad.

 

Oficios perdidos de Extremadura

2013 noviembre 18

 

OFICIOS PERDIDOS DE EXTREMADURA

Francisco Rodríguez Criado

Mérida, Editora Regional de Extremadura, Col. Perspectivas, 2013, 171 págs.

Fotografías de José Antonio Fernández y Rosa Isabel Vázquez

Nacido en Cáceres en 1967, Francisco Rodríguez Criado es autor de numerosos relatos incluidos en algunas de las mejores antologías recientes (Relatos relámpago, Mérida, 2006; La quinta dimensión, Mérida, 2009; Velas al viento, Granada, 2010; El cuarto género narrativo, Madrid, 2012…) y de tres compilaciones propias: Un elefante en Harrods (Mérida, De la Luna Libros, 2006), Siete minutos (Palma de Mallorca, La bolsa de pipas, 2003) y Sopa de pescado (Mérida, ERE, 2001). Como novelista, ha publicado hasta el momento dos narraciones: Historias de Ciconia (Mérida, De la Luna Libros, 2008) y Mi querido Dostoievski (Madrid, Ediciones de la Discreta, 2012).

Frente el preciso perfil de estos dos últimos títulos (una novela social, una novela epistolar), Oficios perdidos de Extremadura, que ahora publica la Editora Regional, se presenta ya desde el título y el prólogo como un reportaje ilustrado con fotografías que, sin embargo, contiene en un interior una narración sobre un hombre en la cincuentena que ha cedido a la tentación de la huida y a la refundación de un destino vital. El protagonista, en efecto, es un restaurador que, tras la ruptura de su matrimonio, ha decidido alejarse de Madrid en donde deja una exesposa y dos hijos y viajar a las comarcas septentrionales de Extremadura para elaborar un reportaje sobre oficios que intuye en vías de extinción. Con la ayuda de Fina, una secretaria de la empresa que ha pasado asimismo por una ruptura sentimental, el protagonista viajará por localidades de la Sierra de Gata, Las Hurdes y los valles del Jerte y del Ambroz (Nuñomoral, Las Erías, Garganta de Nogaledas, Asegur, Mohedas de Granadilla, Villanueva de la sierra…) para entrevistar a viejos artesanos que persisten en oficios ajenos a la deriva de la modernidad.

Dados los constantes desplazamientos en automóvil de la pareja, este “reportaje novelado” se aproxima asimismo al perfil del libro de viajes por viejas aldeas, situadas en una franja natural de paisajes hermosísimos y alejadas de las grandes vías de comunicación en las que la tradición suele sobrevivir mejor a la embestida del progreso. Son hombres y mujeres afables y acogedores que se dedican a la elaboración de artículos de forja, encajes de bolillos, cerámica, candiles de hierro, bastones de madera, artículos de cestería o gaitas extremeñas, más por amor a una vocación de años que por lucro. Ante el lector, estos ancianos se nos aparecen como habitantes de una “Arcadia” parsimoniosa en que el tiempo, frente al trajín vertiginoso de la gran ciudad, transcurre con demorada lentitud, un mundo, natural y humano, que atrae por su profunda humanidad y por su belleza pero también por su caducidad (“Esa vida sencilla que por el bien de la felicidad colectiva no debería desaparecer nunca”), como lo prueba el hecho que ningún hijo persista en estas labores abocadas a la desaparición.

Por este territorio acompañaremos a un personaje inseguro, insatisfecho e indolente (“un hombre con demasiados adjetivos que empiezan por in”) acompañado como guía existencial por un volumen de Séneca cuyas sentencias (“Hay que decidir qué es o qué queremos hacer y perseverar en ello”) se muestra incapaz de acatar, como lo confirma el final abierto de la narración, enfrentado ante del dilema de continuar el viaje o regresar  a “Madrid, la gran ciudad, el restaurante, Fina, mis hijos”.