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Viaje a Marte

2013 mayo 21

 

 

 

EL FIN DE UNA EXPEDICIÓN SIDERAL

(VIAJE A MARTE)

 Benigno Bejarano

Mérida, Editora Regional de Extremadura, Col. Rescate, 2013, 247 págs.

Edición y estudio de Enrique García Fuentes

 

   Nacido en Badajoz en 1963, Enrique García Fuentes es doctor en Filología Española por la Universidad de Extremadura, profesor de enseñanza media y codirector del aula literaria Díez-Canedo. Como investigador, su interés se ha dirigido hacia la poesía y la narrativa, nacional y regional, del siglo XX y, de modo más específico, hacia la novela y el relato de humor cultivados en España durante los años veinte y treinta. A sus ensayos sobre Gerardo Diego, Jardiel Poncela, Juan José Domenchina (una de cuyas novelas, La túnica de Neso, editó), se suman otras siete ediciones realizadas para la colección “Grandes Novelas Humorísticas” de la editorial Biblioteca Nueva. Nadie, por tanto, más adecuado que él para preparar la edición de esta novela descatalogada de Benigno Bejarano Cordero (Alburquerque, 1900), El fin de una expedición sideral (Viaje a Marte), un encargo, como recuerda, del anterior director de la Editora Regional, Luis Sáez Delgado, que ahora publica la Editora Regional de Extremadura.

A pesar de la penumbra a la que se vieron condenados los intelectuales españoles de izquierda tras la guerra civil, García Fuentes logra reunir los datos suficientes como para reconstruir una vida signada por un final trágico. Exiliado en París durante la dictadura de Primo de Rivera, Benigno Bejarano regresa a Madrid en 1931 para proseguir su labor como escritor (artículos y ensayos en Solidaridad Obrera y Cultura libertaria, novelas), participa activamente en la guerra civil desde una posición anarcosindicalista y se exilia en 1939 a Francia. Detenido y encarcelado por la Gestapo, el escritor fue asignado a grupos de trabajos forzados. Tras percatarse de su precaria salud, los nazis acabaron con su vida (“Murió gaseado por los nazis en un camión fantasma en el verano de 1944”).

Como autor de ficción, su primera novela fue precisamente la que ahora se recupera. Bajo el título Diario de un loco, la narración se publicó en la revista Lecturas entre febrero y octubre de 1929 con ilustraciones de Serra Massana (colaborador de cómics como TBO, Chicos o Flechas y Pelayos). Con numerosas modificaciones y bajo el título definitivo la obra aparece en Barcelona en 1932.

La trama de la novela arranca en el momento en que el narrador y protagonista, Ruperto Ortiz, un español residente en París, recibe la visita de un extravagante científico que le explica con todo pormenor la posibilidad de viajar a Marte. Por circunstancias azarosas, otros dos científicos (y el mayordomo del protagonista) se embarcarán en esta enloquecida aventura que les llevará a un planeta habitado no muy distinto a la tierra. Hasta aquí, la novela desarrolla un argumento de ciencia ficción heredero de novelas como De la tierra a la luna de Julio Verne o El hombre en la luna, una novela muy anterior (apareció en 1638), compuesta por el clérigo inglés Francis Godwin, cuyo protagonista, como en la de Bejarano, es español (los marcianos recuerdan su visita). Pero el desarrollo posterior de la trama, como señala acertadamente el editor, desperdicia las posibilidades que la idea inicial llevaba inseminadas y a pesar de que toda la novela puede entenderse como una parodia de la literatura de folletín (con alguna observación inteligente: “-¿Dónde estoy? –preguntó maquinalmente. No le hice caso, es claro. Esa pregunta ya se sabe que forma parte del síncope”), lo cierto es que recae en sus mismas soluciones para mostrar la burda conclusión de que en todas partes cuecen las mismas habas: la infidelidad de la reina del planeta, una corrida de toros en homenaje a los visitantes (con otra observación lúcida: “en la Tierra es más fácil indultar a un toro que a un reo”), una historia de amor no correspondido que enloquece al científico…

A pesar de lo dicho, no es en modo alguno un proyecto baldío. La novela, con todas sus recaídas argumentales, se sostiene en un estilo cuidado, con un marcado sentido del humor, y su cuidadosísima edición contribuye al conocimiento de figuras postergadas de ese brillante periodo literario conocido como la “edad de plata”.

 

La gran Marivián

2013 mayo 13

LA GRAN MARIVIÁN

Fernando Aramburu

Barcelona, Tusquets, 2013, 280 págs.

 

Nacido en San Sebastián en 1959, Fernando Aramburu reside en la ciudad alemana de Hannóver, dedicado por entero desde 2009 a acrecentar una notable trayectoria literaria que se ha diversificado en novela, cuento, poesía, teatro y ensayo. Como narrador, Fernando Aramburu ha publicado títulos como Fuegos con limón (1996), Los ojos vacíos (2000) El trompetista del Utopía (2003), Los ojos sin sombra (2005), Viaje con Clara por Alemania (2010) o El vigilante del fiordo (2011). Entre otros reconocimientos, logró en 2007 los premios “Mario Vargas Llosa NH”, el premio de la Real Academia Española y el “Dulce Chacón” de narrativa por Los peces de la amargura, editada el año anterior, o el VII premio Tusquets  por Años lentos (2012).

La gran Marivián forma con dos títulos anteriores (Los ojos vacíos y Bambi sin sombra) la trilogía de Antíbula, un país ficticio sometido a la convulsa sucesión de regímenes autoritarios y ataques de naciones vecinas. Derrocado el último monarca por un golpe de Estado que implanta una dictadura militar, la nación sufre una revolución en el año 28 que impone un régimen colectivista auspiciado, y vigilado, por Moscú, una alianza que explica los bombardeos alemanes del año 42 y la invasión de los bladitas, que deportarán a miles de mujeres a campos de concentración. En este entorno se sitúa la trayectoria de la cantante y actriz de cine Acfia Fenelina Benjamel, conocida por todos como la gran Marivián, pero la trama arranca en octubre de 1957 justo con el fallecimiento de la mujer en un accidente de tráfico y con el aparatoso sepelio organizado por las autoridades del régimen. ¿Quién fue esta mujer singular? ¿Una “camarada modélica” como la define el periódico oficial, la “Voz Roja”, o una “sentina de perversiones” como afirma “Dios Mediante”, el órgano clandestino de la oposición católica?

La trama de la novela arranca con el episodio que comentamos, pero al mismo tiempo, con la expulsión, disfrazada de dimisión, de un periodista del órgano oficial del partido (ha publicado en “Dios Mediante” un artículo anónimo crítico con la actriz y alguien ha enviado el texto mecanografiado a la policía política que ha identificado su máquina de escribir). Liberado de la servidumbre de su profesión, el protagonista decide reconstruir la vida de la actriz desde su nacimiento hasta su muerte prematura.

La novela contiene, pues, el resultado de un trabajo de investigación periodística reproduciendo en orden cronológico un sinfín de materiales de distinta índole: fragmentos de entrevistas de la actriz a revistas rosas, un par de monografías tendenciosas, crónicas periodísticas, un libro de fotografías (Instantes de una vida), unas Memorias de su profesora de interpretación, entrevistas con personas ancianas que llegaron a conocerla, cartas de la joven, declaraciones de una sirvienta o de un director de cine que la contrató… para completar con todo ello una obra, considera el protagonista, inaceptable tanto para las editoras oficiales como para las clandestinas.

Nacida el mismo día en que a las afueras de París fue fusilada Mata Hari, Acfia vive una niñez turbulenta, víctima de agresiones de distinta naturaleza: es violada por unos jóvenes desharrapados cuando trata de recobrar un lince domesticado y enfermo, pierde a su padre, asesinado durante los episodios de la revolución, la vivienda familiar es arrasada, la madre huye con su hija y ha de prostituirse para alimentarla… La niña, huérfana, crece en instituciones oficiales padeciendo trabajos extenuantes y humillaciones abyectas, pero descubriendo, también, el fuerte atractivo que, sin proponérselo, ejerce entre mujeres y hombres. Tras ser captada por la directora de una Escuela Popular de Artes Escénicas (en regímenes totalitarios, todas las palabras con mayúsculas), Marivián inicia una meteórica carrera profesional de pasos previsibles: primeros éxitos en teatro, papeles en películas aleccionadoras, apariciones en prensa con los jerarcas del régimen, matrimonio de conveniencia con el actor de moda, ingreso en el partido, joyas y lujo… un camino ascensional que corre parejo con su degradación moral (promiscuidad, alcohol, drogas …), pero cuyo mayor error fue apuntalar su carrera en la proximidad de un poder arbitrario que fomentará su ascenso y precipitará su caída.

Resulta tentador distinguir en la trayectoria de Aramburu entre un grupo de narraciones realistas y testimoniales (Los peces de la amargura, El vigilante del fiordo, Años lentos…) y una literatura fabuladora y evasiva (las novelas de Antíbula), pero solo la primera parte de esta consideración es cierta. Es verdad que el escritor introduce en estas novelas numerosos ingredientes de “extrañamiento” (topónimos y nombres excéntricos, linces domesticados, perros suculentos, chebosteroles…), pero deja en todas estas narraciones las suficientes referencias como para reconocer en esa Antíbula, vagamente balcánica, cualquier nación europea habitada por seres indefensos ante el ventarrón de la historia y los designios de poderes tiránicos, construyendo así un valioso testimonio expresado de otro modo.

 

El sueño del otro

2013 mayo 6

EL SUEÑO DEL OTRO

Juan Jacinto Muñoz Rengel

Barcelona, Plaza & Janés, 2013, 298 págs.

 Nacido en Málaga en 1974, Juan Jacinto Muñoz Rengel es autor de numerosos relatos que han conseguido los más reconocidos galardones de este género en España y ha sido incluido en dos antologías, Resistencias 5 (Páginas de Espuma, 2010) y Siglo XXI (Menoscuarto, 2010). En 2006 apareció su primer libro de cuentos, 88 Mil Lane (Alhulia, 2006) al que siguió De mecánica y alquimia (Salto de Página, 2009). Profesor en la escuela de escritura Fuentetaja de Madrid, ha coordinado y prologado, además, varias antologías de narrativa breve: Ficción Sur (Traspiés, 2008), Perturbaciones (Salto de Página, 2009) y La realidad quebradiza (Páginas de Espuma, 2012). Su primera novela, El asesino hipocondríaco (Plaza & Janés, 2012) fue muy bien acogida por la crítica y ha sido traducida a varios idiomas.

El sueño del otro reconstruye la vida cotidiana de dos personajes que viven en ciudades lejanas sin relación alguna entre ellos. Xavier se halla, cuando arranca la trama, en un momento de crisis. Marcado por una ruptura matrimonial y por el alejamiento, tal vez definitivo, de su hijo, contempla impotente cómo su padre se enfrenta a una enfermedad terminal. Todos estos problemas personales lo empujan a una situación de bloqueo que le impide seguir dando clases en un centro privado, una circunstancia subrayada por la escena inicial: ha de llamar a sus amigos para posponer una cita pues ha perdido la llave de casa y no puede abrirles.

André es un presentador de informativos de una cadena privada de televisión. Expeditivo y terminante, se dirige directamente al estudio sin pasar por casa (ha perdido la llave) para ponerse al frente de su equipo. Como se ve, tanto los personajes, tomados del natural, como los entornos son estrictamente realistas, pero el episodio de las llaves ya anuncia la deriva posterior de la trama. Y es que “la realidad es una invención humana, plagada de anomalías”. Tras procovar un escándalo en una entrevista en la que desenmascara a un depredador que se oculta tras la presidencia de una ONG, André sufre un accidente con su motocicleta. Xavier es testigo de otro accidente de tráfico y siente un intenso dolor en las piernas. Mientras tanto, de modo progresivo, ambos personajes comprobarán desconcertados cómo la vida del otro penetra en sus sueños.

La trama avanza construyendo estas dos vidas paralelas en capítulos alternos sugiriendo que una de ellas (pero cuál) no es más que la suma de los sueños del otro personaje. Tanto por su contenido como por su estructura la novela debe mucho a uno de los relatos más conocidos de Julio Cortázar (“La noche boca arriba”) y son numerosos los episodios que cruzan la frontera y se repiten, como un eco, en la vida del otro personaje (o en el sueño del mismo personaje).

Y es que Muñoz Rengel ha tratado de ensamblar dos géneros literarios antagónicos. Como novela testimonial y crítica de nuestro presente, cada personaje trae hasta la superficie del relato algunas de los problemas de una sociedad actual desnortada. Xavier aporta motivos como las rupturas matrimoniales y las siempre delicadas relaciones posteriores, los impagos de pensiones alimenticias, la falta de autoridad del profesor y la violencia en las aulas; André, por su profesión, permite introducir de soslayo temas como la manipulación de la información (“Nosotros mismos decidimos lo que es visible y lo que no”), la dictadura de las audiencias, la promoción de enfermedades fantasma que enriquecen a las empresas farmacéuticas, pero también denuncias más genéricas como las ayudas públicas a las entidades bancarias, la reducción de derechos de los trajadores, los abusos sexuales a menores, la violencia juvenil en las calles… hasta abrirse a noticias de reciente actualidad como el volcán de Islandia que perturba el tráfico aéreo en Europa, la violencia en Bagdad o la crisis en los países del sur de Europa.

Lo cierto es que en este entorno de la más pura actualidad resultan intolerables esos otros episodios propios de un relato fantástico incluso en el caso de que pertenezcan al territorio del sueño (pájaros que se suicidan, una madre que arroja a un bebé por una alcantarilla…). La razón reside en que ambos modelos narrativos se entorpecen mutuamente y cada uno de ellos mina la verosimilitud o la eficacia del otro. Y es que todo relato fantástico tiene algo de bola de cristal en que cualquier irrupción es posible, pero la novela testimonial deber ser un espejo. No se trata, en fin, de una buena idea malograda. Sencillamente, no era una buena idea.

Las lágrimas de San Lorenzo

2013 abril 30

LAS LÁGRIMAS DE SAN LORENZO

Julio Llamazares

Madrid, Alfaguara, 2013, 193 págs.

   Nacido en Vegamián (León) en 1955, Julio Llamazares se dio a conocer con un libro de poemas, La lentitud de los bueyes (1979) al que siguió Memoria de la nieve (1982).  A partir de entonces su trayectoria se abre a los más variados géneros literarios, la novela (Luna de lobos, 1985; La lluvia amarilla, 1988…), el libro de viajes (El río del olvido, 1990; Cuaderno del Duero, 1999…), los artículos periodísticos, la crónica o el relato corto (En mitad de ninguna parte, 1995; Tanta pasión para nada, 2011).

Ahora, la editorial madrileña Alfaguara publica Las lágrimas de San Lorenzo, una novela de corte intimista y melancólica ambientada en Ibiza en las horas de la noche de un diez de agosto, día de San Lorenzo. El protagonista, un profesor de universidad de cincuenta y dos años, sale con su hijo del hotel para contemplar las Perseidas o “lágrimas de San Lorenzo”. La sencilla trama de la novela avanza alternando diálogos triviales entre padre e hijo (pero también preguntas incómodas: “¿Por qué nos abandonaste?”) con recuerdos del profesor que van construyendo la historia de una derrota personal que merecería como balance final las palabras que dieron título al libro anterior (Tanta pasión para nada). A medida que van amortiguándose los sonidos de la noche (coches que pasan y perros que ladran) y se acentúan los aromas de pino y romero, de mar y jazmín, el protagonista va enhebrando los recuerdos del pasado comenzando por la noche en que su padre lo llevó, en una pequeña aldea de León, a contemplar esta misma lluvia de estrellas entre los aromas del tomillo y del lúpulo (“Lo recuerdo como si fuera hoy. Alrededor, el mundo se había parado y la noche parecía una gran pantalla negra”). Tal vez, piensa, su hijo haga lo mismo cuando él haya muerto, lo que le lleva a recordar el verso de Homero “Como la generación de las hojas, así la de los hombres…”, pues las vidas humanas son, al fin, efímeras como estrellas fugaces (y amargas como lágrimas), que corren raudas dejando una breve estela a su paso antes de desaparecer por completo. Esta es la intuición nuclear, más poética que narrativa, que está en el origen de la narración, expresada de tal modo que en muchos lugares permitiría su reproducción en verso (“La noche tiembla como las estrellas; la caracola inmensa del mar es ya una caja de resonancia contra la que choca el mundo. Suena una sirena lejos. No es de esta tierra, sino de otra: la tierra de los desaparecidos”).

¿Qué contiene este balance nocturno de una vida? Ante todo, un repertorio de pérdidas: los abuelos, los padres, el hermano mayor… Todos ellos han iluminado por un instante el firmamento dejando una estela fugaz (mientras vivieron en el recuerdo de quienes los amaron) antes de ocultarse por completo; pero también siente que han desaparecido los amigos y las amantes de los años hedonistas de Ibiza, cuando creyó haber accedido de un modo definitivo a la felicidad, o las mujeres con las que fue conviviendo más tarde (Marie, Tanja, Herta…) en su paso como lector de español por numerosas universidades europeas Bari, Aix-en-Provence, Constanza, Uppsale, Utrech, Coimbra…). De todo ello solo quedaron un hijo al que apenas ve y un puñado de recuerdos dolorosos. Contemplado desde el presente, la propia vida queda reducida a una sucesión de episodios inconexos, el itinerario ciego de un hombre desarraigado que cambia de lugar constantemente, de un “extranjero” que ha aceptado que la vida humana (un sueño, según Calderón; el destello de un relámpago, según Bécquer; “apenas una luz en las tinieblas de un universo infinito” para el protagonista) está abocada, de modo ineludible, a la soledad y a la melancolía.

 

 

 

El cementerio vacío

2013 abril 21

 

EL CEMENTARIO VACÍO

Ramiro Pinilla

Barcelona, Tusquets, 2013, 277 págs.

    Ramiro Pinilla(Bilbao, 1923) se dio a conocer como novelista con Las ciegas hormigas (1961), obra con la que logró el premio Nadal y el de la Crítica. A pesar de este brillante arranque de trayectoria, el escritor permanecería durante treinta años seminolvidado en el panorama literario español publicando su obra en pequeñas editoriales hasta la aparición en 2004 de su trilogía Verdes valles, colinas rojas, premio Euskadi, Nacional de la Crítica y Nacional de Narrativa, al que seguirían otros títulos publicados todos por la editorial Tusquets. En 2009, Pinilla inicia una serie policíaca con Solo un muerto más, protagonizada por el librero Sancho Bordaberri y su dependienta Koldobike, trasmutados para la investigación en el detective Samuel Esparta y en una fiel secretaria, esbelta y temperamental, quien da inicio bruscamente a la trama al anunciar a su jefe: “Anoche ahogaron detrás de la iglesia a Anari, la más joven de Belarriena”.

Tras algunas dudas, Bordaberri, que ya había desvelado el crimen de los gemelos Altube, toma dos decisiones, involucrarse en la investigación y componer una novela negra más, que deberá recoger el desarrollo de sus pesquisas en tiempo real siempre en la estela de sus héroes de ficción, Sam Spade (de donde procede su nombre de guerra, Samuel Esparta) y Philip Marlowe. Vestido como ellos, el librero inicia su tarea recabando las primeras informaciones: la joven Anari fue asesinada detrás de la iglesia de San Baskardo, en el centro de Getxo, el mismo día en que los habitantes de este barrio céntrico de la ciudad celebran la romería del patrón. Junto a ella, gritando de dolor o de rabia (o, tal vez, de arrepentimiento), es sorprendido un joven “maketo”, un inmigrante procedente del otro lado de la ría sobre el que recaen de inmediato todas las sospechas de una multitud exaltada y endogámica que está apunto de linchar al presunto culpable (“No se puede equivocar todo Getxo pidiendo la cabeza del maketo”).

A partir de este momento, la trama avanza siguiendo las estrictas reglas del género (entrevistas a sospechosos, visitas al lugar del crimen, hipótesis sucesivas…) y su tono es humorístico, pues el autor es consciente de que en parte se mueve entre los contornos de una literatura lúdica “libre de función y de utilidad”, pero, como decimos, solo en parte. Y es que nos encontramos en 1947, a ocho años del fin de la guerra civil, con las cárceles vascas todavía llenas de prisioneros sometidos a juicios sumarísimos y sacas indiscriminadas. Precisamente, justo un día después del asesinato de la joven Anari, es ejecutado su hermano Toribio Belarritabena, encarcelado durante la contienda, con lo que la desdichada familia tiene que celebrar el velatorio de los dos hermanos, muertos ambos, según parece, a manos de “extranjeros”. Una sorda irritación embarga a todos los habitantes de Getxo mientras miran con recelo las idas y venidas de falangistas, parejas de la guardia civil e incluso un comisario de la policía político-social que trata de elucidar el misterio de una de las dos muertes (en la otra no hay nada que esclarecer: es sólo un asesinato más de los vencedores).

La circunstancia de que Arani, según todos los indicios, había decidido escaparse con el joven atenúa las sospechas sobre su culpabilidad (¿por qué iba a matarla cuando se encontraba dispuesta a fugarse con él?) y abre la trama a una amplia gama de posibles asesinos: los hermanos de la joven, reaccionarios y violentos, el  pretendiente oficial, jóvenes rechazados, un coadjutor libidinoso, varias muchachas celosas… Cualquiera de ellos contaba con buenas razones para desear la desaparición de Arani.

Los mecanismos de la narración giran, en fin, hasta resolverse en un desenlace sorprendente pero verosímil (otra de las reglas del género). Ahora bien, si por un lado la novela exhibe una marcada docilidad a sus modelos, tiene, por otro, mucho de parodia de esos mismos referentes al forzar la trama hacia las lindes de su propia caricatura, con un tono desaforado y gamberro, y una marcada propensión al esperpentismo: es lo que sucede en el contraste entre el dolor de los familiares ante el cadáver de la muchacha y el humor brutal de los hombres ebrios recordando su belleza, en la disputa nocturna en el cementerio por ocupar una tumba junto a la de ella o en la idea del antropólogo de atar los cadáveres con una cuerda para comprobar la veracidad de la leyenda según la cual los cementerios costeros se vacían por el fondo, de modo que los cuerpos acaban penetrando en el mar, la madre de todos los vascos, una leyenda disparatada y delirante, que ha pasado al título de la novela y tendrá un peso sustancial en el desenlace.

La librería encantada

2013 abril 15
por -MANUEL SIMÓN VIOLA MORATO

LA LIBRERÍA ENCANTADA

 Christopher Morley

Cáceres, Ed. Periférica, 2013, 312 págs.

Trad. de Juan Sebastián Cárdenas

    Nacido en Haverford (Pensilvania) en 1890, Christopher Morley cursó sus primeros estudios en su ciudad natal, para, más tarde, matricularse en la universidad inglesa de Oxford en la que estudiaría durante tres años historia moderna. En 1913 regresa a Estados Unidos, en donde su trabajo como columnista y reportero lo convertiría en uno de los periodistas más prestigiosos de su tiempo.

En 1913, Morley publica su primera novela, La librería ambulante (Parnassus on Wheels), editada en España por Periférica en 2012. Ahora, en la misma editorial, ve la luz su continuación, La librería encantada (publicada en Estados Unidos en 1919), en que reaparece la pareja de protagonistas de aquella, Roger y Helen Miffil, dueños de una librería de libros de segunda mano situada en pleno corazón de Broklyn, en que “uno casi puede imaginar que se encuentra en algún pequeño boulevard frecuentado por petits bourgeois”.

De los espacios abiertos y los ambientes rurales de la primera novela (Roger recorría los campos y aldeas de América con su librería ambulante) pasamos a un entorno urbano y al espacio cerrado de una librería singular repleta de viejos volúmenes cuidadosamente seleccionados por un librero que solo compra libros que tienen una razón honesta para existir (“Un médico nunca comerciaría con remedios de curanderos. Yo no comercio con libros de charlatanes”). En cierta ocasión, Roger recibe la visita de Aubrey Gilbert, un joven publicista que viene a proponerle que dé a conocer su negocio en la prensa. Roger rechaza firmemente su proposición (“los que se encargan de mi publicidad son Stevenson, Browning, Conrad y cia”), pero invita al joven a cenar y entabla con él una relación cordial.

La trama va complicándose con episodios azarosos. El acaudalado señor Chapman, asistente a las tertulias que se celebran en la librería y jefe de Gilbert, pide a Roger que dé un empleo de dependienta en la librería a su hija Tatiana, educada hasta ahora de un modo demasiado complaciente. Roger y Hellen acogen a la joven con el mayor de los afectos: es una muchacha hermosa y encantadora, que muestra el mayor interés por las elucubraciones librescas del señor Miffil y, además, comparte su nombre con el de la reina de las hadas del Sueño de una noche de verano. Una nueva visita de Gilbert ocasiona que ambos jóvenes sean presentados y que entre ellos nazca una atracción mutua. Todo parece, pues, progresar felizmente: estamos en el Nueva York de 1919, la guerra ha terminado, el presidente Harold Wilson está a punto de embarcar en el George Washington para asistir en Europa a una conferencia de paz una vez que los alemanes han sido derrotados, el señor Roger atiende a sus pocos pero valiosos clientes acompañado por su perro Bock (un homenaje a Bocaccio)…, pero entonces ocurre algo insólito: según todos los indicios, alguien ha robado de los estantes el Oliver Cromwell de Carlyle (uno de los libros preferidos por el presidente).

En más de una ocasión, Christopher Morley (como también su personaje, enamorado de la literatura y del cine o del comic) declaró su atracción por la literatura más elitista y por sus manifestaciones populares (Shaskepeare y Conan Doyle, por ejemplo). Como en una de las narraciones de Sherlock Holmes (que muy bien podría haberse titulado “El caso del libro itinerante”), Gilbert se involucrará en la trama para investigar las sorprendentes desapariciones sucesivas del mismo volumen hasta penetrar en un territorio turbio en el que tendrá que enfrentarse a peligrosos enemigos de Estados Unidos que actúan sin un átomo de piedad.

La librería encantada es una novela impregnada de literatura (de literatura inglesa y, en menor medida, americana), heredera de los narradores humoristas británicos, repleta de guiños cómplices que se devalúan a veces en anécdotas como la del comprador que confunde “Underwoods” (un poemario de Stenvenson) con Underwood (la conocida máquina de escribir), empedradas de esas irritantes fórmulas de selecta educación británica (“No pienso permitir que me prive del placer de darle las gracias”), en donde todo (el narrador omnisciente que asoma su nariz con frecuencia por la narración, el comportamiento previsible de los personajes, los protocolos de cortesía… ) es deliciosamente anticuado ya en los años de publicación de la novela (un año antes una revista estadounidense comenzó a publicar los primeros capítulos del Ulises de Joyce), pero su lectura resultará agradable para todo lector culto, especialmente si, además, es un bibliófilo o un enamorado de la literatura británica.

 

Átomos y galaxias

2013 abril 7

ÁTOMOS Y GALAXIAS

 Miguel d’Ors

Sevilla, Renacimiento, 2013, 138  págs.

   Nacido en Santiago de Compostela en 1946, Miguel d’Ors ha sido profesor de literatura española en las universidades de Navarra y de Granada. Autor de numerosos estudios, ediciones y ensayos sobre poesía española contemporánea, se dio a conocer como poeta con Del amor, del olvido (Rialp, 1972), al que siguieron otros once libros de poesía, uno de los cuales, Curso Superior de Ignorancia (1987) conseguiría el Premio Nacional de la Crítica. A lo largo de su trayectoria se han editado tres antologías de su obra: Punto y aparte. 1966-1990 (1992), 2001. Poesías escogidas (2001) y El misterio de la felicidad (2009).

   Átomos y galaxias, que ahora publica la editorial sevillana Renacimiento, contiene exactamente cien poemas, ordenados alfabéticamente, compuestos entre 2010 y 2013. En este tramo temporal, la atención del poeta se ha dirigido a temas diversos, aunque ya presentes en su obra anterior: el paisaje visto o recobrado (de Galicia, Navarra, Granada), la montaña (Gredos, Guadarrama, Mulhacén, Almanzor…), la familia, la religiosidad, la infancia, los homenajes y referencias literarias, los animales…, contemplados todos desde una perspectiva celebratoria, anunciada ya en la cita inicial de Gerard Manley Hopkins (“Gloria sea dada a Dios por las cosas con pintas”) y en numerosos poemas (“Despiertas y te asomas a la mañana intacta”, Regalos). Como anuncia su título, nada de lo creado, de lo más diminuto a lo más dilatado, es ajeno a su mirada, pues según nos recordó Chesterton “Hay una cosa necesaria: todo”, de ahí que abunden poemas abiertos a la contemplación de las realidades humildes, tan necesarias como las otras para completar un mundo reglado e íntegro: los gorriones “que son / la calderilla del cielo”, el cardo borriquero (sobre el que canta el jilguero), el carballo, el tojo, el sapo (semejante a un corazón), el perro exultante irradiando alegría, las abejas “machadianas” en su laboreo constante o, el conciliábulo de las urracas en la vieja acacia. Entre las influencias perceptibles en estos poemas, la mayoría intencionadas o expresas (Antonio Machado en “Abejas”, Manuel Machado en “Epitafio”…), sobresale la similitud de propósitos con el Jorge Guillén de Cántico (que también alternó el verso libre con las estrofas tradicionales). Con él podría compartir su subtítulo (“Fe de vida”) y el tono vitalista y afirmativo con que contempla el universo condensado por el poeta vallisoletano en un pentasílabo: “Mira. ¿Ves? Basta”. Tambien Miguel d’Ors se extasia ante la pura contemplación de realidades elementales como la nieve, el pan, las aves en vuelo o la luz de unas naranjas bajo la lluvia, viendo confirmada en ellas la presencia de un Creador, pues el universo no es sino “un cosquilleo / sobre la palma de una Mano eterna”.

   Si, como afirmó alguien, la tradición es la habitación natural del poeta, la poesía de Miguel d’Ors, además de ser la expresión sigular y personalísima de un mundo propio, dialoga constantemente con la tradición antigua y contemporánea. Tanto en verso libre como en estrofas clásicas (décimas, romances, serventesios, sonetos…), el escritor puede llegar hasta revitalizar un tópico como el Ubi sunt? al preguntarse humorísticamente dónde están “El twist. La Unión Soviética. Urtáin. Los cineclubs. / ‘Bonanza’. El Festival de Benidorm…” para concluir “Y tú diciendo siempre”, o puede recordar el tópico del Tempus fugit al entregar su viejo automóvil al desguace.

Nos encontramos, en fin, ante una poesía que sin desviar la mirada de las realidades espinosas (el mal desgarrador y persistente, el paso del tiempo, la decadencia, la muerte…) se mueve de modo predominante en el territorio de las fuerzas positivas del mundo (el amor, la amistad, la naturaleza, las artes) y lo hace desde la sencillez y la humildad del artesano, con un lenguaje transparente, amable con el lector, repleto hallazgos, de ingenio y humor, que el poeta reivindica resueltamente en la cita final de Eugenio Gerardo Lobo: “como si el ponerlo fácil / no fuera empeño difícil”.

Los estratos

2013 marzo 26
por -MANUEL SIMÓN VIOLA MORATO

 

LOS ESTRATOS

Juan Cárdenas

Cáceres, Ed. Periférica, 2013, 202 págs.

 

Nacido en Popayán (Colombia) en 1978, Juan Cárdenas es un joven narrador colombiano que entre 2008 y 2010 vivió en la Residencia de Estudiantes de Madrid con una beca de creación literaria. En noviembre de 2009 partició en las sesiones del X Congreso de Escritores Extremeños (“Lecturas hispanoamericanas”) junto a otros autores como Luis Sepúlveda, que abrió el Congreso, Luis Arturo Guichard, Juan Carlos Méndez Guédez o Antonio María Flórez. Como narrador, Cárdenas se dio a conocer en 2008 con un libro de relatos, Carreras delictivas, al que siguió una novela corta, Zumbido (2010), publicados ambos por 451 Editores.

Ahora la editorial cacereña Periférica publica su primera novela, Los estratos, que desarrolla una trama sencilla centrada en la peripecia vital de un personaje sin nombre que deambula por diversos espacios de una ciudad asimismo innombrada (tal vez Buenaventura, un ciudad colombiana portuaria en la costa del Pacífico), sumido en su mundo interior. Los escasos datos biográficos aportados por el propio protagonista permitirían imaginarlo como un triunfador en su entorno: ha heredado de su padre una fábrica, vive en una acomodada urbanización con su esposa… Pero nada más lejos de la realidad. En un tono nada retórico (“Sólo quiero hablar un poco”) que compara  con el tipo que afilaba con un cuchillo oxidado palitos que luego arrojaba al suelo, el protagonista va contando su rutinaria vida cotidiana hecha de paseos nocturnos para ahuyentar el insomnio, silencios interminables en presencia de su esposa, visitas a una fábrica en quiebra en peligro de embargo, sin que nada de esto le conmocione y sin que busque soluciones para este proceso de derrumbamiento personal, laboral y familiar. Como el cónsul de Bajo el volcán de Malcom Lowry, pero por distintas razones, el protagonista se limita a consignar los datos de su declive mientras intenta reconstruir un recuerdo de la niñez del que conserva unos pocos jirones (una bahía contaminada, las grúas de un puerto, una mujer que le lleva de la mano…).

De este modo acompañamos al personaje por entornos como la casa familiar, la fábrica entre vertederos de escombros “temporales”, centros comerciales y galerías de arte, moteles y aparcamientos de una ciudad deshumanizada, aprisionada entre el mar y la selva, marcada por la desigualdad social, la llegada masiva y caótica de desplazados, la prostitución y la violencia. Nos encontramos ante el territorio de la instrumentalización del ser humano, el ámbito natural de la delincuencia en que convergen “estratos” casi estamentales sometidos a las leyes implacables del capitalismo.

A medio camino entre lo existencial y lo social, seguiremos el recorrido tortuoso de alguien, en las fronteras de la cordura, cuya vida, desprovista de un proyecto, se reduce a la sucesión de acciones en las que ha desaparecido una relación de causalidad. Es un “extranjero” en su entorno (como el Mersault de Camus en el suyo) que ha dejado de elegir, de ejercer una libertad que siempre consiste en optar, convertido en uno de los zombis de sus pesadillas, impulsado por una pura inercia de continuar existiendo.

Pero si los “estratos” del título permiten una lectura social, también admiten una interpretación personal: son como capas geológicas que al quebrarse procovan “fallas” y “temblores” (los epígrafes de los tres bloques de la novela son “falla”, “sedimento” y “temblor”). Con la ayuda de una siquiatra y un singular detective indio, el personaje podrá acceder a los estratos más  profundos de su conciencia, cuando, abandone la ciudad y en un viaje comparable al lobo de La llamada de la selva de Jack London (o a los personajes de La vorágine, de José Eustasio Rivera) navegue río arriba hacía los poblados de la selva en busca de los remedios primitivos de los chamanes.

Los estratos contiene, en fin, una aventura personal en que penetran de modo lateral fenómenos históricos complejos de la reciente historia colombiana (discriminación racial y económica, violencia, desplazados…), pero cuya aportación más valiosa reside en un estilo concebido como un “mosaico de citas” (Julia Kristeva) en que la voz narrativa, sobria y cuidada, da acogida asimismo a otras voces: la prosa retórica y eufemística de la prensa de los años treinta, el lenguaje oral de los negros del norte del Cauca o el de los chamanes indios del Putumayo.

 

 

Los pájaros de Auschwitz

2013 marzo 17
por -MANUEL SIMÓN VIOLA MORATO

 

LOS PÁJAROS DE AUSCHWITZ

 Arno Surminski

Barcelona, Salamandra, 2013, 186 págs.

 Trad. de María Dolores Ábalos

     Nacido en Jäglack (Prusia Oriental) en 1934, Arno Surminski es un novelista alemán que quedó huérfano en 1945 cuando las tropas rusas deportaron a sus padres, miembros del partido nazi, a un gulag en el interior de la Unión Soviética. Tras lograr huir de Europa y residir en Canadá, Surminski regresa a Alemania para dedicarse al periodismo y a la escritura. Su última novela, Los pájaros de Auschwitz, construye una de esas pequeñas historias periféricas a la tragedia del Holocausto inspirada en un desconcertante hecho real. Günther Niethammer, Obersturmführer de las SS y por entonces ya un prestigioso ornitólogo, consiguió permiso del comandante de Auschwitz, Rudolf Höss, para realizar una investigación sobre las aves del campo y su entorno entre 1940 y 1942. El trabajo, un opúsculo de 40 páginas dedicado a Höss, vio la luz en una revista científica de Viena con el título Beobachtungen über die Vogelwelt in Auschwitz (Observaciones sobre la vida de las aves en Auschwitz).

Con el nombre de Hans Grote en la novela, este teniente de las SS se dedicará al estudio de las migraciones de aves que utilizan el campo y sus alrededores (vegas y terrenos pantanosos entre los ríos Sola y Vístula) como áreas de descanso, ayudado por un prisionero polaco, Marek Rogalski, un estudiante de la Facultad de Artes y Ciencias de la Universidad de Cracovia a quien los alemanes hacen prisionero en 1939 (tras el que se oculta asimismo un personaje real, Jan Rebrackis, cuya pista se pierde al final de la guerra). Grote y Rogalski, un excelente dibujante, trabajarán dentro y fuera del campo en este extraño trabajo científico mientras se dedican a avistar el vuelo de garzas, grullas, ánades, frailecillos, cigüeñas negras y gansos silvestres.

El desarrollo de la sencilla trama narrativa responde a ese esquema según el cual una buena narración contiene dos historias y la más importante está oculta. Grote y Rogalski conforman una extraña pareja de colaboradores, convencido el primero de que todo se reduce a obedecer órdenes: colabora con  un sistema que persigue una utopía totalitaria sometida a una “lógica” radical  (“no matamos a quien no lo merezca”), que se presenta como deseable pues como afirma la cita inicial de Solzhenitsin “Para hacer el mal, el hombre ha de concebirlo antes como el bien”. Rogalski, en cambio, busca comprender la mente de su compañero que parece conservar la inocencia en medio del horror (“¡Con qué cariño hablaba aquel hombre de sus hijos! ¡Con qué delicadeza trataba a los pájaros!”). Su tarea les lleva a merodear por un entorno casi edénico de lagunas prístinas y bosquecillos de abedules donde silba el mirlo y canta la oropéndola, donde anidan las lavanderas y los pinzones, mientras, siempre desde la lejanía, se consigna de modo sucinto otros hechos que cualquier lector culto pueden interpretar: la llegada de miles de “viajeros” a la estación de Oswiecim (el nombre polaco de Auschwitz), el humo acre de las chimeneas, las fosas comunes, los pabellones de mujeres a los que puede accederse por dos marcos, los trescientos cincuenta barracones que se levantan en Birkenau, los camiones de la “cruz roja” que llevan a mujeres y a niños a  las cámaras de gas

Mientras, mes a mes, esta gigantesca máquina de terror incrementa su voracidad, en las cartas de Grote a su esposa y en las páginas de un cuaderno de campo va anotándose cómo un petirrojo ha anidado bajo una torre de vigilancia, cómo los mirlos silban posados en la horca o cómo los gansos comunes hacen un alto para descansar en un terraplén frente a las fosas: “¿Tal vez querían averiguar lo que sucedía en Birkenau y contárselo al mundo entero?”. Finalmente, solo las cornejas penetrarán en Birkenau consolidando la leyenda de que las aves rehúyen, todavía hoy, el escenario de la mayor barbarie del siglo XX.

 

Las voces bajas

2013 marzo 11

 

 

LAS VOCES BAJAS

 Manuel Rivas

Madrid, Alfaguara, 2012, 200 págs.

Trad. del gallego Manuel Rivas Barrós

 

Nacido en A Coruña en 1957, Manuel Rivas es autor de una amplia obra literaria, reconocida con numerosos premios, que abarca el periodismo, la poesía, el ensayo y la narración. En esta última faceta, el autor coruñés recibió el premio de la Crítica por Un millón de vacas (1990), el premio de la Critica en gallego por En salvaje compañía (1994) y el premio Nacional de Narrativa por ¿Qué me quieres amor? (1996), uno de cuyos relatos fue llevado al cine por José Luis Cuerda (La lengua de las mariposas, 1999). Más tarde, Rivas consiguió el Premio de la Crítica por El lápiz del carpintero (1998), llevada al cine por Antón Reixa (2003)  y, de nuevo, el premio Nacional de la Crítica en gallego con Los libros arden mal (2006), considerada su mejor novela. En 2010 fue finalista del Premio Hammet de novela negra con Todo es silencio.

Las voces bajas, que ahora publica la editorial Alfaguara, tiene su origen en una serie de reportajes que bajo el epígrafe “Storyboard” publicó el suplemento cultural “Luces de Galicia” de la edición gallega de El país. El resultado es un conjunto de veintidós estampas dispuestas en orden cronológico pero con numerosos saltos temporales que van componiendo unas memorias personales y familiares ilustradas con numerosas fotografías, entre un primer recuerdo infantil (el “primer miedo”: el niño abrazado a su hermana esperando a la madre en la casa solitaria) hasta la primera tragedia familiar, la prematura muerte de esa misma hermana, desde la pequeña “nación” infantil, un triángulo con tres vértices: el cementerio de San Amaro (“el más saludable del mundo”), la prisión provincial y el faro de Breogán, hasta el Madrid universitario y el territorio cosmopolita del periodismo. Organizados en torno a un episodio (la construcción de la casa familiar, el “primer entierro de Franco”), a una imagen (el niño en la escuela sentado en una maleta de madera de “emigrante”), a un personaje pintoresco (el enterrador que grita a los clientes de la taberna: “¡Hay que ir muriendo! No dais un duro a ganar”), la narración progresa mediante una sucesión de bosquejos de “stroyboard”, desde los relatos legendarios junto al fuego que los niños escuchan extasiados (los lobisomes, la Santa Compaña…) hasta los años en que desde todos los ámbitos (universitario, político, periodístico) los jóvenes luchan para derribar las estructuras ortopédicas del franquismo.

Como la aldea en vilo de Chagall, Castro de Elviña, el lugar adonde toda la familia se traslada en 1963, es un espacio fronterizo entre la realidad y la leyenda, entre los espacios de la modernidad de la ciudad (el aeropuerto, el instituto mixto, la redacción del periódico) y la Galicia rural que conserva una cultura antigua, legendaria y hermosa, pero también frágil porque está cimentada en la oralidad.

Como en otros autores (Julio Llamazares, Luis Mateo Díez, Luis Landero…) una perspectiva “intrahistórica” domina esta rememoración del pasado guiada por impulso tanto estético como ético, pues se evoca mundo que atrae por su hermosura pero también por su caducidad, en el que sobresalen esas gentes que se empecinan en realizar concienzudamente sus tarea (“había en el ciclo de los trabajos, y no solo en las fiestas, una voluntad de estilo”).

Cuando los poderosos aparecen por este territorio es para exhibir su poder (Franco escoltado por una caravana de automóviles oficiales), mostrar su arbitrariedad (detener a los componentes de una inocente comparsa de carnaval) o mostrar su estulticia, como el gobernador que envía a una reunión de vecinos a un policía de paisano, “el único con corbata en varios kilómetros a la redonda”, porque este es el universo de las “voces bajas” del título, de las que dicen lo que no debe decirse, justo las que Manuel Rivas, con la mirada lúcida y conmovedora de un poeta, recobra para salvarlas de la muerte y del olvido.