La atracción del vacío

 FASCINACIÓN

 Don DeLillo

Barcelona, Seix  Barral, 2012, 366 págs.

Trad. de Gian Castelli Gair

 Nacido en Nueva  York en 1936, Don DeLillo se dio a conocer con una novela titulada Americana (1971), aunque el  reconocimiento le llegaría en 1985 con White  Noise (Ruido blanco, publicada en
España, como los demás títulos por Seix Barral, bajo el título Ruido de fondo), que recibió el National
Book Award, a la que siguieron otras obras como Libra (1988, premio International Fiction), Mao II
(1991, premio Faulkner Award) y Submundo (1997, premio Jerusalem y la  Medalla Howells), que está considerada su mejor obra.

Ahora la editorial Seix Barral publica Fascinación aparecida originalmente en  1978 con el título Running Dog. En un escenario de viejas naves industriales, muelles abandonados  y vagabundos que encienden hogueras en oxidados bidones de aceite, la policía  en una inspección rutinaria encuentra el cuerpo de un hombre, vestido de mujer, que acaba de ser asesinado, uno más de los episodios violentos de una ciudad de  Nueva York hundida por los años setenta en el caos y en el crimen. Arranca así  una trama tributaria del “thriller” policial que, sin embargo, se mueve lejos  del propósito de entretenimiento de la indagación detectivesca. Será un  galerista, intermediario entre coleccionistas de arte pornográfico y ladrones  de todo el planeta, quien ponga en circulación el rumor que atraerá a todos los  personajes de la novela: en algún lugar se conserva la única copia de una película rodada en el bunker del Fhürer en abril de 1945, tal vez el testimonio filmado de una orgía. La singularidad y el valor de este objeto despertarán la ambición de un variado número de personas que cruzarán sus destinos en un territorio sin ley (como ya anuncia el asesinato inicial) en donde solo valen los logros.

Entre  ellos cobra protagonismo Moll, la periodista de una revista crítica con el sistema, Running Dog (“perro acosado”, título original de la novela y epíteto con que se insultó a los soldados que huían de Wietnam), especializada en reportajes sensacionalistas. En su búsqueda de una exclusiva conocerá a Selvy, un agente especial de la CIA, al senador Percival, coleccionista de arte pornográfico, al militar
reconvertido tras la guerra de Wietnam en directivo de una empresa de seguridad, al joven empresario emprendedor y sin escrúpulos…

La trama salta de unos personajes a otros y su desarrollo se ajusta al modelo de “thriller”, pero su propósito, como decimos, no es el entretenimiento sino la denuncia. El crimen, según DeLillo es, en la lógica de todos los personajes, la prolongación natural de los negocios. Hay una total coincidencia en los métodos tanto de quienes están fuera de la ley (las mafias) como de quienes supuestamente encarnan su defensa (servicios de seguridad, servicios secretos, senadores). Amparadas por las legalidad y bajo la cobertura del aparato de inteligencia de Estados Unidos surgen agencias de nombre aséptico como Matriz Radial que utilizan los mismos métodos que en combate y cuyo escrutinio público sería inaceptable. El poder nace de la extensión y pluralidad de los contactos. La conexión con el crimen organizado hace más poderosos  a los que habitan en el sistema, y al fin el sexo y el dinero los impulsan a todos ellos asemejándolos en la misma condición de predadores sin normas.

Si el vértigo no nace del miedo a caer sino de la atracción que genera el vacío, los personajes
de la novela se mueven fascinados (palabra relacionada etimológicamente con fascismo y con falo que ha pasado al título de la edición castellana) por el mal, simbolizado en esa película (cuyo contenido tal vez ni les interese, que tal vez se conserve en mal estado), rodada en el lugar donde se decidía la muerte de millones de seres inocentes y son estas abyectas circunstancias las que la convierten en un ansiado objeto de coleccionista. En diálogos alusivos y elusivos, plagados de claves y sobrentendidos que no pasan al lector, los personajes se relacionan en un entramado de intereses inconfesables ejerciendo un poder turbio e implacable no sometido a ningún control.

 

Lo que no perdura

LIBRO DE FAMILIA

(2001-2011)

 Hilario Barrero

Cáceres, Diputación Provincial, Col. AbeZetario, 2011, 91 págs.

Prólogo de José Muñoz Millanes

 Nacido en Toledo en 1948, Hilario Barrero vive en Nueva York desde 1978, en cuya universidad se doctoró con una tesis sobre Félix Urabayen y en donde en la actualidad da clases de literatura. Autor de un libro de poemas, In tempori belli (premio de poesía “Gastón Baquero” de1999), ha publicado hasta ahora, además de numerosas traducciones de poetas americanos (De otra manera de Jane Kenyon, Delicias y sombras de Ted Kooser, El amante de Italia de Henry James…), un libro de relatos, Un cierto olor a azufre (2009), y los diarios Las estaciones del día (2003), De amores y temores (2005), Días de Brooklyn (2007) Dirección Brooklyn (2009), todos ellos en la editorial asturiana Llibros del pexe, y Brooklyn en blanco y negro (ed. Univversos).

Ahora la Diputación Provincial de Cáceres en su colección AbeZetario publica Libro de familia, un poemario dividido en tres bloques: “Predadores” y “Silla para la muerte”, con siete composiciones cada uno, y “Libro de familia” dividido a su vez en dos bloques de siete poemas, una estructura equilibrada para un libro que tiene mucho de “balance vital” realizado por alguien que en el transcurso de una década ha sido testigo de muchas pérdidas, de modo que un hecho cotidiano como un cambio de domicilio (“Mudanza”) saca a la luz numerosos recuerdos del pasado, nimios unos (unas piedras de una playa), otros dolorosos (fotografías de amantes, “cuerpos fogosos de admirables columnas”), mientras es consciente de su invisibilidad (“pues eres viejo”), camino de una vivienda que tal vez sea la última.

Como hizo Guillén en “Fe de vida”, uno de los bloques de Cántico, Hilario ha recurrido para titular su libro a otro término administrativo, Libro de familia, con lo que “el texto adquiere el carácter de uno de esos viejos libros de familia en cuyas páginas dicontinuas se registraban, entre el nacimiento y la muerte, los hechos más salientes de unas vidas estrechamente relacionadas” [prólogo ]

Hay en los poemas, de un lado, una “verdadera obsesión con la decadencia y la decrepitud”, y, de otro, un marcado propósito de recordar a personas admiradas o queridas que ya partieron. Son seres que también aparecen en los diarios compuestos por las mismas fechas (madres y hermanos, Estelle, la revolucionaria obstinada…), pero si estos persiguen captar unas realidades antes de que se pierdan, los poemas acogen a seres ya desaparecidos en textos de tono elegíaco que mediante este ejercicio del recuerdo los salvan así de una desaparición definitiva.

El tercer bloque, que presta título al libro, acoge en un primer apartado a personas (García Lorca, Rosa Dust, Mrs. Mclaughlin, la brigadista neoyorkina…) en un momento singular de su trayectoria biográfica o mediante sucintas biografías que condensan su vida al modo de las Vidas
imaginarias
de Marcel Schwob o de los “epitafios” de Spoon River cuando son contempladas desde la otra orilla  (“Un puñado de polvo, /guardado en una arqueta de metal /olvidada en un sótano oscuro”). El segundo se centra de modo específico en el ámbito de la familia, desde la casa familiar abandonada (una “casa tomada” por la soledad), al duro recuerdo del padre que tira del poeta “a los infiernos donde ahora descansa”, o al fallecimiento de la madre, una “buena muerte” según consideraban los clásicos (rodeada de sus hijos) que no atenúa el terrible y doloroso momento del tránsito. A este repertorio de pérdidas se suma asimismo la niñez en un colegio religioso (otro mundo perdido: la confesión y el rosario, los primeros lápices de colores, la noción de pureza  introducida en las mentes infantiles y traicionada después…).
Señala el prologuista que muchos de los poemas son “implícitamente fotográficos” y, en efecto, la fotografía (junto con el dibujo, otra de las vocaciones del escritor) marca el propósito y el perfil de muchos de los poemas (como lo hace en su literatura diarística), tanto aquellos que tienen como  objetivo un personaje (un desconocido espera en una esquina con un ramo de flores, unos ancianos conversan en un casino…) como los que captan un rincón paisajístico (un museo toledano, una silla herrumbrosa junto a una tumba…), todos marcados, en fin, por la desolada convicción de que como los ríos manriqueños o el Pocantico River del cementerio neoyorquino sleepy Hollow, llamado así en memoria de Washington Irving, fluyen hacia la muerte, de que “nada perdurará y tú lo sabes”.

 

Paloma mensajera

 

EL CHICO DE LAS PALOMAS

Meir Shalev

Barcelona, Ático delos Libros, 2012, 384 págs.

Trad. de María
Dolores Ávalos, Zulema Couso y Raúl Martínez Hersch

 

Nacido en Nahalal (Israel) en 1948, el mismo año en que Gavid Ben-Gurión proclamó la independencia del estado judío, Meir Shalev es uno de los más brillantes narradores de su generación y uno de los más populares de su país. Aunque es poco conocido entre nosotros (en España han aparecido Por amor a Judit, en Salamandra, y Lola, en Entre libros) sus novelas han sido traducidas a más de veinte idiomas convirtiéndose algunas de ellas en bestsellers en Israel, Italia, Francia o Alemania. El chico de las palomas, que publicó en mayo de 2011 la editorial barcelonesa Ático de los Libros, recibió en 2006 el premio Brenner, el más prestigioso galardón de Israel.

En el arranque de su trama, Yair, un guía turístico de viajeros del norte de Europa, recorre Israel visitando lugares apropiados para avistar el paso de las aves migratorias (estos es, de aves con dos lugares de residencia: grullas que envían por delante del bando exploradores y pueden volar de noche, cigüeñas, ibis…) En el curso de una de esas expediciones, Yair escucha a un anciano americano, excombatiente de la guerra de la Independencia, contar un recuerdo personal. Un destacamento de soldados israelíes toma un monasterio católico en las proximidades de Jerusalén pero pronto son cercados por tropas árabes mejor pertrechadas (jordanos, egipcios, iraquíes). El encargado de las palomas mensajeras, utilizadas por entonces para asegurar la comunicación entre los mandos, es herido gravemente. Antes de morir, logra enviar a la mujer que ama una de las palomas con un mensaje que solo ella podrá descifrar.

Por encima del infierno de las columnas de humo y de polvo, de los gritos y lamentos, del estallido de las granadas y el silbido de la metralla, los combatientes pueden  ver cómo una paloma alza al vuelo y emprende rumbo su casa, en Tel Aviv, al tiempo que, en medio de un breve y extraño silencio en el fragor del combate, todos sienten que el ave hace “lo que todos querían hacer: volver a casa”.

Reiterada en la narración a modo de estribillo, esta idea (las palomas mensajeras solo saben hacer una cosa: volver a casa) marcará el comportamiento de los personajes de la novela y se convertirá en símbolo de la propia sociedad israelita: la búsqueda de un lugar que puedan considerar propio, la defensa de ese derecho esencial. De hecho, la guerra, que es solo el telón de fondo de la trama, responde a este impulso básico, la lucha por un espacio en que uno se siente arraigado o en el que quiere arraigarse. Pero la novela no pretende reflejar documentalmente un entorno histórico ni contar la guerra (de hecho la secuencia del soldado herido es la única escena bélica), sino que esta actúa de decorado de una pura fabulación entre la verosimilitud y la magia sobre una de las pasiones humanas más difíciles de embridar, el amor, y la huella que esta pasión incontrolable deja en dos generaciones de hombres y mujeres.

Yair vive marcado por el recuerdo de su madre, quien sorprendentemente abandonó a su esposo y a sus dos hijos para irse a vivir sola a otra casa. Yair repetirá este destino vital cuando abandone a su rica esposa estadounidense para construirse una modesta casa  (más humilde, pero propia) en las afueras de una pequeña aldea en la que comenzar una nueva vida.

Son muy numerosas las páginas destinadas a describir la construcción de la vivienda. A los personajes parece guiarles un impulso fundacional: erigir un edificio habitable, con un jardín, unos árboles frutales, una fuente. Y un propósito similar es el que lleva al protagonista a recomponer, guiado por un oscuro instinto, la vida del joven caído en combate (un episodio de resonancias biográficas: Shalev recibió cuatro impactos de bala en uno de los enfrentamientos de la Guerra de los Seis Días). Sabremos por él, que el joven fue abandonado de niño por su madre (exiliada a Europa y muerta en el Holocausto), que su padre lo entregó a unos tíos y creció en un kibutz en el valle del Jordán, y que allí se formó como cuidador de palomas mensajeras, lo que le permitió conocer a la chica con la que vivirá una intensa historia de amor. Más adelante ambas tramas, la historia de Yair y la de Bebé, encajarán un único argumento que teje una trama que arranca en 1948 (el mismo año del nacimiento del escritor) y se prolonga
durante varias décadas más para mostrar las transformaciones de un país sometido a los impulsos contradictorios de la tradición (las prohibiciones y hábitos religiosos, el respeto a los mayores) y la modernidad (la independencia de la mujer, la voladura de la institución familiar…) y las similitudes generacionales de unas conductas humanas que persisten en la búsqueda de la supervivencia y de la felicidad en medio de las convulsiones de la historia.

 

El dolor del deportado

LA ESTEPA INFINITA

Esther Hautizig
Barcelona, Salamandra, 2012, 253 págs.

Nacida en 1930 en la ciudad polaca de Vilna (perteneciente en la actualidad a Lituania), Esther Hautzing es una autora de narraciones infantiles y de una novela (Riches, 1994), pero su nombre está asociado especialmente a La estepa infinita, un relato autobiográfico aparecido en 1969 y publicado ahora por primera vez en español que recibió numerosos premios (el Lewis Carroll Shelf Award, el Jane Adams Children’s Bool Award, el Prix du Livre de 1987). Como consecuencia de los acuerdos secretos del pacto de no agresión germano-soviético, Polonia quedará partida en 1939 en dos mitades separadas por el río Bug. Simultáneamente a la invasión alemana del país en septiembre de 1939, que dio inicio a la segunda guerra mundial, tropas soviéticas penetraron por el este consolidando la desmembración de la nación polaca. Pronto comienzan las deportaciones de los judíos, tildados de “capitalistas” y considerados “elementos no fiables”, hacia el interior de Rusia y especialmente hacia diversas localidades de Siberia.
Narrada en primera persona, la trama de la novela da comienzo en junio de 1941 cuando tropas soviéticas detienen a la familia de Esther y la obligan a subir a un tren de ganado que la llevará en un penoso viaje a través de Bielorrusia, Ucrania, Rusia Central y los Urales, hasta Rubtsovsk, en el Territorio Altai de la República Socialista Soviética Federada de Rusia (en la Siberia occidental). Allí permanecerán hasta marzo de 1946 en que son liberados, pues el gobierno polaco exiliado en Londres y el de Gran Bretaña habían solicitado a Rusia, ahora aliada, la amnistía para todos los deportados. Si el sufrimiento judío en la guerra se asocia con las masacres nazis en las ciudades ocupadas y el exterminio masivo de los campos de concentración, esta novela, con un claro propósito testimonial, recuerda las penalidades de los judíos en la Unión Soviética, en que un poder no menos despiadado, como recuerda Vasili Grossman, desplazó y esclavizó a grandes contingentes de población únicamente por la sospecha de que pudieran ofrecer resistencia al sistema.
Contemplado a través de unos ojos infantiles que aceptan con naturalidad un destino que los adultos, resignados a su suerte, no cuestionan, la narradora va componiendo un retablo de la vida cotidiana de la familia, también desmembrada (esto es, la realidad que los libros de historia no aportan): el trabajo infrahumano en la mina de yeso, la terribles condiciones de vida (de alimentación, vestido, vivienda…), el trabajo infantil en los campos de patatas, la convivencia con los siberkayi (prisioneros políticos y siervos huidos del zarismo, aventureros, cosacos en busca de fortuna, kulaks…), pero también las durísimas condiciones climáticas de la estepa (las tormentas, las nevadas, el intensísimo frío, el inmenso lodazal en que se convierte la tierra tras el deshielo…). Como otras narraciones de este mismo periodo, la novela nos presenta a seres inocentes sometidos a las violentas convulsiones históricas provocadas por los totalitarismos de los años treinta, conscientes de su incapacidad de articular cualquier forma de resistencia: solo es posible acatar las órdenes, realizar trabajos extenuantes, permanecer unidos e intentar sobrevivir.
Para la protagonista, estos problemas se suman a otros personales propios de los años que vive, entre la niñez y la adolescencia: la dificultad del idioma, el vestido y el calzado, el temor al rechazo en la nueva escuela, la falta de libros, la actitud indiferente del joven que la atrae…, en una línea argumental de “formación” que convive con otra documental: la miseria de las gentes, la economía de trueque, los mercados populares, los campesinos analfabetos tocando las hojas de un libro para comprobar si pueden utilizar las páginas como papel de fumar las columnas de prisioneros alemanes condenados a trabajos forzados…
Algo bueno hubo, sin embargo, en este terrible periplo: la deportación los alejó del centro del conflicto a un área periférica, por lo que, a diferencia de los judíos de Varsovia, de Praga o de Kiev, exterminados en las cámaras de gas, finalmente podrán regresar a Polonia en el mismo tren de ganado que les llevó a Siberia para comprobar que el mundo que les obligaron a abandonar ha desparecido por completo.

El mapa y el territorio

 EL MAPA Y EL TERRITORIO

Michel Houellebecq

Barcelona, Anagrama, 2011, 377 págs.

  Nacido en la isla Reunión en 1958, Michel Houllebecq se convirtió en uno de los escritores (poeta, ensayista, novelista) más mediáticos del panorama literario francés desde la publicación de su primera novela (Ampliación del campo de batalla, 1994), pero fue Las partículas elementales (1998) la que lo convirtió en un narrador celebrado y polémico en toda Europa. Acusado en determinados círculos de izquierda y derecha de pornógrafo, racista y misógino, Houellebecq ha seguido entregando novelas (Plataforma, acusada islamófoba, La posibilidad de una isla) traducidas a numerosas lenguas.

El mapa y el territorio, premiada con el Gongourt y traducida a treinta y seis lenguas, sitúa su trama de modo dominante en París en donde reside Jed Martin, un artista plástico que cultiva la fotografía y la pintura. Hijo de un padre distante y de una madre que no llegó a conocer (se suicidó cuando él era un niño), Martin lleva una vida anodina que alterna periodos de creación con amplios intervalos de inactividad, vive una intensa historia de amor (con Olga, que ocupa un alto cargo directivo de las guías Michelin) pero sorprendentemente no hace nada por conservarla. Cuando se decide a preparar una exposición de su obra (“Oficios”), pintor y galerista convienen en pedir un texto para el católogo a Michel Houellebecq, quien asedidado por la popularidad y las polémicas se ha refugiado en Irlanda (un dato real de la biografía del escritor; en la actualidad reside en Almería). Esta circunstancia obliga a Martin a mantener con él varias entrevistas pues además del proyecto citado ha decidido retratarlo.

La exposición logra un éxito rotundo y lanza a Martin a la élite de los pintores más cotizados situándose a la altura del éxito del propio Houellebecq (premios, número de ediciones). Ambos se entregan a una obra “necesaria” que parece imponérsele, se comportan con una honestidad esencial (Houellebecq no se arredra ante las críticas, Martin no cede a las ofertas millonarias del mercado cuando considera cerrado un ciclo de su trayectoria) y en ese empeño arriesgan y, al fin, pierden su vida personal y familiar. Como los demás personajes con los que entran en relación (el padre de Martin, Olga, la jefa de prensa) nos encontramos ante hombres y mujeres cultos y cosmopolitas que han alcanzado un nivel de vida y de desarrollo creativo o gestor envidiables, pero que viven con la sensación de derrota (Houellebecq: “Mi vida se acaba y estoy decepcionado. No ha sucedido nada de lo que esperaba en mi juventud [...] Solo quisiera que todo termine sin sufrimientos excesivos”). Su excelencia los aísla, les lleva a romper los lazos afectivos que los unen a los demás (“cayó en la cuenta [...] de que sus relaciones humanas, ya poco numerosas, iban a secarse una tras otra y a extinguirse”) y sus trayectorias los convierten en seres solitarios e infelices (“Putos artistas” le espeta a Jed un personaje cuando observa su indiferencia ante una relación amorosa). Todos ellos, en fin, tienden a aislarse en el último tramo de sus vidas huyendo de la ciudad, rompiendo sus contactos con los entornos culturales en un itinerario que los lleva de la notoriedad a la anonimia.

Pero la novela también incorpora un análisis de la sociedad  contemporánea (el territorio) y de las diversas artes que de un modo intencionado o no, han pretendido reflejarla artísticamente (el mapa): la literatura (Houellebecq), la fotografía y la pintura (Jed Martin), la arquitectura (padre de Jed)… Con un tono ensayístico y numerosas referencias culturales, la novela incorpora un altísimo número de motivos que apenas tienen relación con la trama: las distintas artes y las condiciones en que se desarrollan, la arquitectura sometida a la presión de los promotores (es decir, a las exigencias del consumo), la literatura como vocación llevada hasta el fin a un precio altísimo (rupturas afectivas, abandono, alcoholismo), las artes plásticas en manos de galeristas y publicistas, las enormes cantidades de dinero desembolsado por la obra de los triunfadores (en definitiva, el arte sometido a las reglas del mercado), la palabrería incomprensible de la crítica de arte, pero también los vuelos de low cost (que unido al trato carcelario en los aeropuertos ha hundido el prestigio de la aviación), el automóvil como último reducto de autonomía, la legislación antitabaco, la prohibición de animales en cualquier lugar (aviones, hoteles), la amenaza islámica de inmigrantes no asimilidados (la”banlieu” degradada, los barrios vacíos de locales comerciales), internet y su repercusión en la vida cotidiana, los dos modelos de desarrollo informático (ambos demócratas) el de Bil Gates y el de Steve Jobs, un relato de serie negra…

El resultado es una narración atomizada y dispersa que no se doblega a los resúmenes y que ha sido definida por algún crítico como “novela magazine” (Ignacio Echevarría) por el gran numero de ingredientes diversos con que está construida (entrevistas, reportajes sobre temas candentes, un relato policial, columnas sobre turismo, grastronomía, motor, vida sexual, nuevas tecnologías…), pero su  estructura desordenada y a ratos anáquica tal vez sea intencionada si el propósito es construir un mapa fiel de un territorio marcado por las transformaciones y las crisis permanentes.

 

 

Un compromiso moral

 SOLO EN BERLÍN

Hans Fallada

Madrid, Maeva Ediciones, 2011, 575 págs.

Trad. de Pilar Blanco

 

Conocido con el seudónimo de Hans Fallada, Rudolf Ditzen (1893-1947) fue un  notable novelista alemán que se dio a conocer en 1920 (El joven Goedescha), pero su reconocimento en Europa llegaría en 1932 con Pequeño hombre, ¿y ahora qué?.  Considerado como una figura indeseable para el poder político durante los años  del nazismo, Fallada, forzado por las penurias enconómicas, compuso en unos  meses Solo en Berlín el mismo año de su muerte por una sobredosis de morfina.

Por la ubicación de su trama y su tendencia a dar protagonismo a las gentes corrientes, la novela puede relacionarse con Adiós a Berlín (1939) de Christopher Isherwood, novela con varias versiones teatrales y una versión cinematográfica exitosa (Cabaret, 1972). Si esta narración describe la irrupción fulgurante del nazismo en el Berlín de los años treinta, Solo en Berlín (título de la edición francesa que han mantenido las posteriores, el original era Cada cual muere por sí mismo) se sitúa en plena guerra mudial, entre los años 1940 y 1942 (esto es, desde la capitulación de Francia hasta los bombardeos sobre Berlín de la aviación aliada, en uno de los cuales morirá Anna, la protagonista, cuando los guardianes de las prisiones corran a los refugios dejando a los presos en sus celdas).

Como se indica en una “nota del autor” final, la novela, que se publica por primera vez sin las supresiones de la primera edición (1947), se basa en el expediente procesal de un matrimonio alemán, Elise y Otto Hampel, acusados de propaganda clandestina antihitleriana urante los años 1940 a 1942, pero, afirma el autor “sólo a grandes rasgos: la ovela obedece a leyes propias y no puede atenerse en todo a la realidad”. En a ficción, la trama arranca el mismo día en que la prensa alemana informa de a caída de Francia (22 de junio de 1940). El Völkisher Beobachter publica la conocida fotografía en que aparecen Hitler, que se palmea los muslos de satisfación, y el mariscal Göring riendo con el pie “Recibiendo la noticia de la capitulación de Francia”. Ese mismo día los Quangel reciben la oticia oficial de la muerte de su único hijo en el frente.

Hasta ese momento, los Quangel habían sido gentes tranquilas, preocupadas por la subsistencia de su familia, íntegras en su comportamiento (“La conciencia limpia es la mejor almohada”), que no vibran ante el entusiasmo oficial por las victorias (Austria, Checoslovakia, Polonia) y lamentan la violencia contra los judíos. Es cierto que ni él ni su esposa militan en el partido pero de algún modo simpatizan con él (le deben su empleo y pertenecen a organizaciones pronazis). Y es entonces, tras la muerte del hijo, cuando este jefe de taller de carpintería, en las fronteras de la vejez, idea una forma mínima de resistencia individual contra la maquinaria nazi: de un modo artesanal va redactando breves textos con proclamas antinazis (“¿Qué nos han hecho los rusos? Los soldados rusos jugaban a las cartas cuando las bandas de asesinos de Hitler los asaltaron”) en postales que reparte por lugares concurridos apoyado en todo momento por su esposa. A ninguno de los dos les guía un compromiso político, sino moral, lo que vendría a demostrar que al margen de una oposición política al Reich, cada vez más debilitada por la represión y el terror, también hubo una resistencia civil movida por un simple impulso ético.

Contemplado desde hoy, lo que más llama la atención es la falta de sentido común de la empresa: la sociedad alemana estaba o entusiasmada por la deriva de los acontecimientos o insensibilizada y amedrentada por la violencia. Ni siquiera la idea, por ello, era buena: la mayoría de las postales y proclamas acabaron o destruidas rápidamente (quemadas, lanzadas a los retretes) o en manos de la Gestapo (que llegó a reunir unas 220) y nunca llegaron a pasar de mano en mano como Otto suponía.

Lo que sí lograron es que la policía y los cargos medios del partido se pusieran nerviosos (“el elefante se siente amenazado por el ratón”) y emprendieran una búsqueda por los bajos fondos (momento en que la novela se aproxima al territorio de la novela negra: sospechosos, rufianes, prostitutas, delatores…) hasta apresar a estos dos individuos insignificantes del norte de Berlín, que arrastarán consigo, tras bárbaros interrogatorios, a conocidos inocentes a una auténtica trituradora de carne (la policía política, el sistema judicial y carcelario nazis).

Con metodos tradicionales y un enfoque realista y documental, el autor logra describir con eficacia una ciudad militarizada en que todo el esfuerzo humano va destinado al sostenimiento de la contienda, atenazada por el terror, habitada por individuos que en cualquier momento pueden ser víctimas de una delación (o convertir en delatores: un buen modo de ponerse a salvo) en un amplio espectro de vidas sometidas al ventarrón de la historia, a un poder totalitario que no tolera ni la neutralidad, ni la indiferencia, ni la falta de colaboración.

 

 

 

 

Un parpadeo, un cuento

 EL HUECO EN EL PECHO

 Javier Chain

Cáceres, A. C. Norbanova, 2011, 76 págs.

Ilustraciones de María Adela Cornejo Martínez.

Nacido en  Sevilla en 1979, Javier Chain es un profesor de secundaria que ha trabajado en  diferentes centros educativos de Extremadura. Colaborador de revistas como  Alfares o El telar, Chain ha publicado sus relatos en compilaciones como A contrarreloj (2007), Refrescos (2008) y en tres entregas de la revista Matarratos. El hueco en el pecho, que ahora publica la Asociación Cultural Norbanova, reúne cuarenta y dos micorrelatos repletos de agudeza y sorpresas finales que abordan asuntos muy diversos.

Con la presencia frecuente en las obras de autores modernistas, el cultivo del micro-relato se
ha intensificado en los últimos años. En consonancia con un espíritu posmoderno  que prestigia la brevedad y el fragmentarismo, el relato breve ha ido perdiendo  su imagen tradicional de “ejercicio de taller” previo a proyectos narrativos de mayor enjundia. De un lado, Internet se ha convertido en un valioso aliado para su difusión, y, de otro, los editores han mostrado de un tiempo a esta parte un interés creciente por unos textos en los que la narrativa puede hallar un cauce de renovación.

Relacionado con otras estructuras afines (el poema en prosa, la fábula, el aforismo, la sentencia…)
los micro-relatos son textos en que todo (duración, distribución, efectos…) debe estar minuciosamente sopesado y suelen responder a una idea de sorpresa, de iluminación, que tiene mucho de instantánea, con la se busca un impacto único, peculiaridad que los aproximan, en el modo de composición, al poema (la diferencia estriba en que este canta, mientras que el relato cuenta), y las recopilaciones suelen adoptar la apariencia de poemarios que recogen la obra de un tramo temporal, abiertos, por ello, a preferencias dispares.

De la propia  tradición literaria proceden, en la compilación que comentamos, relatos como
“El corazón del mostruo” y “El bastón de fuego”, elaborados ambos sombre motivos de la literatura caballeresca. El primero de ellos podría leerse como un episodio de un cantar de gesta o una novela de caballerías (un caballero atraviesa con su espada el pecho de un ogro, “apoyó la pierna en el pecho de la bestia y sacó  la espada manchada de sangre negra”), pero estas aproximaciones al pasado suelen ser irónicas, y, en efecto, el desenlace del relato invierte los papeles de agresor y víctima y pone en cuestión los valores por los que se regía la vieja épica. En las  postrimerías del mundo caballeresco de sitúa “El bastón de fuego”. Las armas de fuego trastocan, como lamenta melancólicamente Don Quijote, todos los hábitos  de la guerra: ahora cualqueir persona puede abatir al más esforzado caballero.

Al género de la literatura de anticipación pertenece “Los inmundos”, relato que aborda el tópico asunto de una invasión alienígena, de seres “inmundos” que tras agotar todos los recursos de su planeta vagan por la galaxia buscando nuevos mundos que colonizar con un afán puramente depredador. La sorpresa final, que no desvelaremos, confirma que con frecuencia la ciencia ficción no  habla del futuro sino de las  derivas suicidas del presente.

No es  infrecuente hallar una cierta correspondencia entre géneros literarios y temas, una circunstancia que podría ejemplificarse en la preferencia del micro-relato por los objetos y temas “pequeños” (en el libro que comentamos, una vela encendida, una bala perdida). “El reflejo palpebral” ofrece un caso límite; el contenido de la composición es un parpadeo, la precisa y detallada descripción de un movimiento de párpados de la mujer amada a quien el narrador besa (y esto explica el punto de vista de completa proximidad al objeto descrito). Similar sutileza revela “Uno”, relato que describe cómo una idea aflora en una mente “a medio camino entre la creatividad y la lógica”.

Otros relatos penetran en el territorio de las relaciones interpersonales, consituyen el desarrollo narrativo de una metáfora (como el texto que da título al libro, “El hueco en el pecho”), reflexionan sobre la propia materia del lenguaje (en el que las palabras, cargadas siempre de significados secundarios, nunca son inocentes) o sobre el arte, pero en todos los casos una ley de  economía artística preside tanto la trama como la expresión para dejar en la superficie de las narraciones únicamente unos pocos elementos esenciales.

 

 

Aquellos años difíciles

 

 AÑOS LENTOS

 Fernando Aramburu

Barcelona, Tusquets, 2011, 219 págs.

 Nacido en San Sebastián en 1959, Fernando Aramburu reside en la ciudad alemana de Hannóver, dedicado por entero desde 2009 a acrecentar una notable trayectoria literaria que se ha diversificado en novela, cuento, poesía, teatro y ensayo. Como narrador, Fernando Aramburu ha publicado títulos como Fuegos con limón (1996), Los ojos vacíos (2000) El trompetista del Utopía (2003), Viaje con Clara por Alemania (2010) y El vigilante del fiordo (2011). Entre otros reconocimientos, logró en 2007 los premios “Mario Vargas Llosa NH”, el premio de la Real Academia Española y el “Dulce Chacón” de narrativa por Los peces de la amargura, editada el año anterior.

   Ahora, el narrador vasco publica Años lentos, que recibió el VII premio Tusquets Editores de novela por un jurado presidido por Juan Marsé. Con una propensión muy marcada a diferenciar, estructural y estilísticamente, unas novelas de otras (la novela anterior adoptaba la apariencia de un diario), Aramburu ha elegido como modelo de su última narración el relato picaresco y, más específicamente, la obra fundacional del género, el Lazarillo de Tormes, una herencia expresa ya en el arranque (“Yo, señor Aramburu, por las razones que usted conoce…”). En su desarrollo, la narración alterna capítulos de una “carta” que el protagonista envía al escritor para que le sirva a él como base de la novela (con numerosas referencias metanarrativas: el ruego de cambie los nombres de los protagonistas e incluso los lugares para evitar su identificación, la diferencia entre episodios vistos y deducciones o hipótesis…) y unos apuntes numerados sobre la composición de la novela (vacilaciones, secuencias dialogadas, episodios que el niño no pudo contemplar…); es decir, tanto en un caso como en otro, materiales previos a la redacción. Pero en cierto momento, el autor, en un juego de ecos cervantinos, decide entregar al editor todo este material tal cual le llega, en estado bruto, a pesar de su intención expresa de hacer lo contrario (“El jueves, tras el desayuno, los primero teclazos. Si noto que la historia fluye, que se deja contar, que desea que la cuente, le dedicaré todo el mes”).

   Si en el modelo un “vuestra merced” anónimo pide a Lázaro que le cuente qué hay de verdad en los rumores que sobre la infidelidad de su esposa circulan por Toledo, también aquí hay un episodio turbio que Aramburu ha pedido al protagonista que le esclarezca (el “suceso que yo le voy a contar a usted ahora en cumplimiento de la promesa que le hice”) y, como allí, el protagonista decide “no començalla del medio sino del principio”; esto es, relatar todo lo ocurrido desde que el niño, Txiki Mendioroz, llega a casa de sus parientes. Otros rasgos que proceden del modelo son los orígenes humildes del protagonista, la decisión de la madre, obligada por las circunstancias (y por el abandono del marido), de deshacerse de unos hijos a los que no puede alimentar, la salida del hogar, las bromas crueles, las experiencias vitales aleccionadoras de una vida entendida como un proceso de aprendizaje, las escenas escatológicas, el sexo degradado… y la reiteración de numerosas “marcas formales” del modelo (“y fue de esta manera”, “como perdiese, instió en jugar de nuevo”, “y fue así..”).

Si Valle-Inclán determinó reflejar con una estética de espejo cóncavo la España de su tiempo (“una deformación grotesca de la civilización europea”), Aramburu ha intuido que el mundo que se propone narrar (la vida cotidiana de una familia humilde en uno de los barrios de San Sebastián a fines de los años sesenta) debe ser contado mediante una narración adosada al modelo picaresco y que el registro más apropiado para ello es el “grosero estilo” de su referente, pues a unos personajes humildes les corresponde un estilo “bajo” tanto en los diálogos, como en la narración (y esta es la razón de que nos encontremos ante una novela mayor contada en un tono “menor”).

   Más testigo que protagonista, el narrador, desde la perspectiva de un niño que no siempre comprende lo que ve y oye, nos presentará a los componentes de una familia humilde sometida a la convulsión de los años en que en el País Vasco ETA comete sus primeros asesinatos (el guardia José Pardines y el comisario Melitón Manzanas, en junio y agosto del 68): la madre resolutiva y autoritaria, el padre bebedor y acomodaticio, la joven Marinieves, alocada y promiscua, o Julen el joven captado por el sacerdote independentista. Todos ellos viven zarandeados por fuerzas poderosas y sus peripecias, relatadas por un testigo insuficiente, obligan al lector a recomponer una historia abyecta: la responsabilidad de la iglesia vasca en el nacimiento de ETA, las torturas policiales, la dureza del exilio, la pobreza y sus miserias morales, la persecución al disidente, la complicidad de la sociedad vasca con la violencia…

Mi próstata y yo

 

 MAE WEST Y YO

 Eduardo Mendicutti

Barcelona, Tusquets, 2011, 259 págs.

 

Nacido en Sanlúcar de Barrameda en 1948, Eduardo Mendicutti es autor de libros de relatos y novelas muy bien acogidos tanto por lectores como por la crítica, reconocidos, además, con premios como el “Café Gijón” (Cenizas, 1974), el “Cáceres de novela corta” (Última conversación, 1984) o el “Sonrisa vertical” (Siete contra Georgia, 1987). El  palomo cojo (finalista del premio Nacional de Narrativa de 1992) y Los novios búlgaros (premio “Andalucía de la Crítica de 2002) han sido llevados al cine respectivamente por Jaime de Armiñán y Eloy de la Iglesia.

   Mae West y yo sitúa su trama en la ciudad natal del escritor. Felipe Bonasera, un diplomático jubilado que ha prestado sus servicios siempre en al Palacio de Santa Cruz, llega a Villa Horacia & Resort, una urbanización próxima a Sanlúcar de Barrameda en donde permanecerá tres semanas del mes de julio de 2010 en le chalé que le ha cedido un familiar. Por lo que podemos deducir de los primeros capítulos, Bonasera es un homosexual hedonista que ha llevado en Madrid una intensa vida social rodeado de una élite tan culta como frívola, entregado a las relaciones afectivas efímeras y a sus dos pasiones: la de ventrílocuo y el cine. Pero esta vida fácil y leve ha acabado por estrellarse, cuando la narración comienza, en un momento de crisis: un médico la ha diagnosticado un cáncer de próstata. El tratamiento (unas inyecciones equivalentes a una “castración química”) lo dejará impotente.

   A partir de este momento, la trama de la novela avanza sostenida en dos “voces interiores” que monologan o dialogan entre sí, la de Mae West (una broma del protagonista que ha dado ese nombre a su próstata enferma), provocadora, ingeniosa, deslenguada y procaz, marcada por su pasión por el cine (por los actores y actrices más heterodoxos en sus preferencias sexuales), y la voz del “yo”, introspectiva, melancólica, marcada por la nostalgia del mundo de la niñez y de las personas que lo poblaban.

Nada excepcional ocurre en estos días de vacaciones de un mes de julio de 2010 en que la selección española de fútbol gana su primera copa del mundo. El protagonista merodea por la urbanización, da largas caminatas por la playa, saluda a antiguos amigos y conoce a otros personajes, algunos originales y transgresores, como Leoncio y André, una pareja de homosexuales ancianos que se conocieron casualmente en París y repiten la frase, convertida en un guiño de complicidad, con la que se conocieron (y se reconocieron): “Pas d`heure, pas de feu. Mais oui” (no tengo hora ni fuego, pero sí). Su encuentro con Borja un hermoso joven que habita en la casa de enfrente (y que le pide ciento cincuenta euros por una relación) le confirma que ha llegado el tiempo de los amores mercenarios; Carmeli, una antigua criada que lo atiende,  trae a la novela la gracia y la agudeza de los giros lingüísticos populares  (“se lo tengo dicho por cante grande y por cante chico”).

Con constantes referencias al cine clásico, la novela homenajea en especial a un título mítico de Alfred Hitchcock, La ventana indiscreta. En la casa de enfrente, según puede comprobar en las largas horas de ocio y de tedio, viven una mujer joven aún y atractiva y un muchacho adolescente. Informaciones casuales le permiten enterarse de que el marido de la mujer ha desaparecido, un episodio que Paco Luna, el periodista de La Voz del Sur, va relatando en entregas sucesivas. ¿Qué ha podido suceder? Toda esta subtrama se resuelve con una explicación razonable en un tiempo de fraudes y chiringuitos financieros, aporta intriga a la trama y resulta ser un pasatiempo para el protagonista angustiado. De hecho, todo el episodio opera como un “macguffin”, un elemento de suspense que hace que los personajes avancen en la trama pero que no tiene relevancia alguna en ella.

Finalmente, el protagonista regresa a Madrid, tras haber reanudado una relación que creía rota con un amante. Y lo hace convencido de que “hasta que te mueres todo es vida” (o el más andaluz “hasta el rabo todo es toro”). La amenaza de la enfermedad es cierta pero no inminente. No ha llegado todavía la hora de la derrota.

 

 

 

Hombres en guerra

 

 NIÑOS FEROCES

LORENZO SILVA

Barcelona, Destino, 2011, 395 págs.

 

Nacido en Madrid en 1966, Lorenzo Silva es autor de un amplia trayectoria narrativa reconocida
con premios como el “Ojo Crítico” de 1998 (El  país de los estanques) o el “Nadal” de 2000 (El alquimista impaciente), dos novelas pertenecientes a la serie policíaca protagonizada por los investigadores Bevilacqua y Chamorro. Además de numerosos títulos de narrativa infantil y juvenil, el escritor ha abordado en narraciones y ensayos el asunto de la guerra (como sucede en Y al final, la guerra, 2006 sobre el conflicto de Irak), el mismo que ocupa su última novela, Niños feroces, que transita por varias contiendas (guerra civil española, segunda guerra mundial o los conflictos de Afganistán e Irak).

Como en ciertos títulos de Cercas (con los que exhibe numerosos puntos de contacto, en especial con Soldados de Salamina y La velocidad de la luz), una de las líneas narrativas desarrolla precisamente la aventura de construir una narración. Podríamos calificarla, por tanto, como
un relato marco situado en el presente en el que un joven alumno de un taller de narrativa se embarca en el proyecto de elaborar una novela extensa ayudado en todo momento por su profesor, un escritor con más experiencia. Será él quien le “regale” la historia y lo acompañe en todo el proceso de documentación (entrevistas con combatientes, bibliografía, documentales, series de
televisión, películas, monografías históricas, memorias…) que se incorpora de este modo como un material más de la narración.

El relato enmarcado (la historia que el profesor ha ofrecido al alumno) sigue básicamente la trayectoria de Jorge García Vallejo, quien es testigo de la detención de su padre por unos milicianos tras la toma del Cuartel de la Montaña en julio de 1936. Meses más tarde el joven sabrá que su padre ha sido sacado de la cárcel Modelo y fusilado en Paracuellos del Jarama.

Seducido por los textos de José Antonio e impulsado por el fervor patriótico de los círculos de Falange, el joven se alistará en la División Azul y emprenderá una aventura que le llevará por  numerosos escenarios bélicos (Rusia, Letonia, Baviera, Versalles, El Tirol, Prusia Oriental, Postdam) y participará en varias batallas cuando las tornas comienzan a cambiar para los alemanes (asedio a Leningrado, batallas del Vístula y el Oder, caída de Berlín). El escritor ha elegido, como se ve, un episodio periférico de la segunda guerra mundial, menos visitado, por ello, por historiadores y literatos: la historia de un voluntario enrolado en la División Azul que al mando del general Muñoz Grandes combatió junto a las tropas alemanas, una colaboración que venía a colmar los deseos de Falange (Serrano Suñer: “Rusia es culpable”) y los del Régimen (el pago a una ayuda alemana crucial en la guerra civil). Cuando les dan la orden de regresar, descubren a su llegada a España que nadie los recibe como héroes, pues al Régimen le interesa hacer olvidar su apoyo a Hitler y comenzar a buscar la cercanía de los próximos vencedores, lo que explica el manto de silencio que cayó sobre este episodio histórico en las décadas siguientes.

La mayor originalidad de la novela procede del punto de vista elegido (no de los episodios, todos ellos relatados en obras históricas): la mirada de un joven ajeno por edad al conflicto y al entorno
ideológico que lo provocó (básicamente el enfrentamiento entre una derecha y una izquierdas totalitarias que, como dos borrachos pendencieros, despreciaban el parlamentarismo y los mecanismos de representación democráticos). De ahí la ecuanimidad con que se traza el retrato de Jorge en el que se ve no a un fascista colaborando en la más enloquecida agresión criminal del siglo XX sino a un combatiente español que encuentra su razón de ser en la lucha, un soldado (como los que en los días del relato marco combaten en Afganistán o Irak) que acata órdenes de sus superiores. Y es que la guerra hace irrelevantes las motivaciones ideológicas de cada uno, los aúna en un único perfil de combatientes que defienden su vida, los convierte en “niños feroces” lanzados al combate por adultos manipuladores que suelen verse absueltos siempre de cualquier culpa: unos y otros, “los hombres ambiciosos y los niños feroces, son, en definitiva, dos de los más poderosos instrumentos del mal sobre la tierra”.

 

Hoy.es

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