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Saide

2009 marzo 31

SAIDE

Octavio Escobar Giraldo

Cáceres, Periférica, 2008.


Profesor de literatura en la Universidad de Caldas, Octavio Escobar Giraldo (Manizales, 1962) es uno de los narradores colombianos más reconocidos dentro y fuera de su país. Su trayectoria narrativa se inició en 1995 con Saide y El último diario de Tony Flowers. En 2003 apareció El álbum de Mónica Pont (ganadora de la VIII Bienal Nacional José Eustaquio Rivera), pero el escritor caldense ha cultivado también el relato. Dos compilaciones temáticas aparecieron en 1998 (De música ligera, premio nacional del Ministerio de Cultura) y en 2002 (Hotel en Shamgri-Lá). En 2008 ha publicado, en fin, su última novela, 1851. Folletín de Cabo roto, de una extraordinaria acogida en Colombia.

Saide, su primera novela, recibió el premio “Crónica negra colombiana” en 1995. Hace unos meses la editorial cacereña Periférica la dio a conocer al lector español. Con una estructura compleja y muy cuidada, la novela arranca con la partida en una lancha del protagonista y el doctor Díaz Plata hacia las playas de Juanchaco, frente a la ciudad de Buenaventura, en el océano Pacífico. Allí, según ha prometido, el médico contará el final de la historia de Saide, pues nos encontramos, en realidad, no en el arranque de la trama sino en su desenlace, cuando la protagonista ya ha muerto acribillada por unos sicarios. Pero, ¿quién fue esta mujer? ¿De dónde procedía su poderoso atractivo? ¿Quién y por qué ordenó su muerte?

Hija de un marino libanés y una mujer colombiana, Saide ha crecido, con el consentimiento del padre, en casa del doctor que la ha cuidado desde niña en Aguasblancas y que siente hacia ella una atracción inconfesable. Muy pronto, sin embargo, la joven mostrará una extraordinaria habilidad para los negocios turbios, relacionados, al parecer, con el contrabando, para rodearse de hombres acaudalados y peligrosos (por esos años en Colombia ambos adjetivos suelen ser sinónimos) y para irradiar un fuerte atractivo personal del que no parece ser consciente.

Nos encontramos, por todo lo expuesto, en el territorio de la llamada novela negra y como ocurre en los modelos clásicos (Chandler, Hammet), podemos apreciar en la novela, de un lado, una intención lúdica (el protagonista y el lector han de elucidar un enigma) y, de otro, un propósito crítico y testimonial de una sociedad sometida a una violencia incontrastable, la Colombia de los “años de la sangre” en las postrimerías del siglo XX. De hecho, este segundo objetivo parece tener, o lo parece para este lector, un mayor peso específico. Y es que Octavio Escobar se ha acogido a un subgénero narrativo, devaluado con frecuencia en una literatura de quiosco, cuyos límites ha desbordado ampliamente tanto por la alta calidad de una prosa, sobria y antirretórica, por su originalidad estructural, como por la seriedad de su planteamiento, al hacer de ella “una manera muy adecuada de hablar de la violenta realidad colombiana, de las injusticias sociales, la corrupción y el crimen organizado sin caer en el lamento, la denuncia explícita o la desesperación”.

Dotada de un ritmo fluido, casi cinematográfico, con un tono entre humorístico y cínico, característico de sus modelos, la novela traza, casi sin proponérselo, un panorama, más sugerido que descrito, de un país dueño de una naturaleza que parece recién creada por Dios y de unas ciudades envilecidas por los hombres, de una violenta sociedad en que la corrupción ha penetrado en todos los ámbitos, pues ingentes sumas de dinero del narcotráfico pueden levantar enormes ciudades en pocos meses (como Aguasblancas, junto al río Magdalena, de donde procede Saide), corromper políticos y policías, o crear un ejército civil de sicarios dueños de comarcas enteras entre la indiferencia o el miedo de todos: “y de pronto en el semáforo abalearon a un conductor y el asesino siguió caminando como si nada, sin que nadie interviniera, menos la policía”.