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Retrato de un hombre inmaduro

2009 diciembre 5

RETRATO DE UN HOMBRE INMADURO

Luis Landero

Barcelona, Tusquets, 2009, 234 págs.

 

No es infrecuente que la primera obra de un escritor revele, cuando se tiene perspectiva lectora suficiente, la condición de obra fundacional de un territorio estético, porque en ella se expresen, o se hallen inseminados, algunos de los motivos que narraciones posteriores desarrollarán. Y así, Juegos de la edad tardía (1989) recreaba ya las torturas del afán: la insatisfacción, las vidas imaginarias, la posibilidad de crear realidades con palabras, la tragedia de ser lo que se es y la imposibilidad de ser otra cosa… Estas eran las circunstancias que impulsaban a Félix Olías y Gregorio a traspasar las lindes de una realidad coercitiva, pero también a los personajes de Caballeros de fortuna (1994), El mágico aprendiz (1999), El guitarrista (2002, Emilio, el adolescente aprendiz de esto y aquello, su primo Raimundo, Rodó, el escritor ágrafo…), o a los de Hoy Júpiter (2007).

En todas ellas Landero había mostrado su atracción por el esquema de novela de personaje, trazando recorridos extensos por la vida de uno o unos pocos protagonistas que dibujaban la trayectoria patente de un fracaso. En Retrato de un hombre inmaduro, la novela de menor extensión y la que menos tiempo le ha llevado, ha incorporado a la trama, en contra de lo que sugiere el título, numerosos fragmentos de vidas, ni excepcionales ni ejemplares, con las que el protagonista se cruza en su existir. La sustancial fidelidad cervantina de Landero hace que el resultado recuerde una estructura narrativa como la de El coloquio de los perros: en un hospital, durante el plazo de una noche Berganza cuenta a Scipión su vida y la de aquellos con los que esta se ha cruzado (un alguacil, unos pastores, un comerciante con hijos…); en la novela de Landero, un hombre anónimo tendido en la cama de un hospital cuenta a una mujer, en una noche de lluvia, su vida mezclando recuerdos personales con relatos de otras vidas que conoció. Ambas son, pues, novelas ensartadas por desfile de figuras, pero las diferencias son notables: en Landero de estas vidas anodinas es imposible desprender enseñanza alguna, no significan ni ejemplifican nada, constituyen una sucesión de promesas, de fragmentos inconexos, de episodios sin principio ni fin.

“¿Merece la pena vivir?”. “Según y cómo.”, contesta el indeciso protagonista de la novela. Y es que uno estos seres anónimos y fugaces de Lancero (de El mágico aprendiz, en este caso), un hombre solitario en la barra de un bar que “de vez en cuando cabeceaba desengañado y hablaba para sí y se cargaba de razón ante un auditorio imaginario”, podría formular la desesperanzada visión del mundo a la que ha llegado (“Vivir es un enredo. Joven o viejo, no merece la pena”), pues como concluye melancólicamente “vivir no paga los gastos” y no es casual que sea Shopenhauer el autor invocado y la anécdota del topo con su ciego itinerario vital el que sirva para definir una vida desprovista de sentido.

Otros, sin embargo, se han reconciliado con el mundo por la humildad de sus expectativas: han puesto sus sueños al alcance de la mano; y así, Gisbert, autor de biografías por encargo, es un escritor sin vanidad: “lo hace todo al gusto del cliente: primera o tercera persona, tono cómico, dramático, realista, idealizado (el idealizado y el dramático salen algo más caros), estilo sencillo o retórico (más caro el último), léxico básico o escogido, frases largas o cortas y, en fin, todo a medida […] y fíjese, jamás le he oído hablar a Gisbert de la gloria literaria”

Otros han malogrado su vida incluso en la gloria del triunfo, como Tur, el hombre apacible y sedentario al que las circunstancias han convertido en un eficiente viajante de comercio; Florentino, en cambio, que sueña con un destino aventurero, hereda la carpintería de su padre y acaba en la rutina de una vida doméstica; Chicoserio parece perseguido por un destinos inmisericorde: tuvo que abandonar su vocación de payaso porque los niños lo reconocían incluso maquillado, y acabó de ordenanza; un joven bailarín acabó, con el paso de los años, dando con sus huesos en un restaurante en donde servía a los clientes (viejo, desdentado, casi calvo) ataviado con un ridículo un traje regional…

Todos estos fragmentos de vidas humanas vienen a confirmar que las trayectorias biográficas no son novelescas, carecen de un argumento ordenado y sus acciones están sometidas más al capricho y al absurdo que a la causalidad de una trama narrativa, además de verse abocadas a un desenlace conocido, convirtiéndose, de este modo colectivo y coral, en un desasosegante retrato del hombre contemporáneo.