El viaje íntimo de la locura

EL VIAJE ÍNTIMO DE LA LOCURA

Roberto Iniesta

Gernika, El hombre del saco, 2009, 371 págs.

Si exceptuamos las obras que periódicamente publican nuestros mejores narradores (Cercas, Landero, Hidalgo Bayal, Eugenio Fuentes, Ramírez Lozano…), que vienen a sumarse a trayectorias personales reconocibles, la narrativa de autores regionales tiende a mostrar, como sucede a nivel nacional, una deriva perceptible hacia los géneros mayoritarios de gran acogida lectora: la novela histórica en sus más variadas manifestaciones, la narración de intriga más o menos próxima a la novela negra o la narrativa juvenil. En un panorama como este, consolidado y de una calidad notable, pero marcado, también, por un cierto grado de previsibilidad, sorprende, por la lejanía de las corrientes narrativas dominantes, por su singularidad, una novela como El viaje íntimo de la locura, de Roberto Iniesta (Plasencia, 1962). Cantante, compositor y líder del grupo de rock “Extremoduro”, con el que ha editado doce discos en los últimos veinte años, Roberto Iniesta, que gusta de definirse más como poeta que como músico, publica ahora su primera novela en la editorial vasca “El hombre del saco”.

Como ciertos arranques propios del cuento, El viaje íntimo de la locura presenta lo anómalo penetrando en la normalidad de una vida cotidiana y tediosa. Al igual que su padre y su abuelo, don Severino es un prestigioso notario de provincias que vive en la vieja casa familiar y ha decidido someter su vida a una rutina de días repetidos (trabajo en el despacho, misas de domingo, aficiones sedentarias…), sin otra relación con su entorno que la puramente profesional. De contornos iniciales realistas, la narración se demora en describir la tediosa vida de este hombre solitario que de pronto se ve obligado a afrontar pequeños contratiempos domésticos relacionados siempre con la vivienda: tuberías, línea telefónica, tendido eléctrico parecen haber convenido en dejar de funcionar una y otra vez. La existencia de este viejo hidalgo español, amante de la tradición, guarda ciertas similitudes con el perfil del buen Alonso Quijano: ambos están completamente solos, los dos viven sumidos en sus lecturas (libros de caballería, tratados de derecho), en contacto con mujeres con las no hablan (tía, sobrina / una vecina, la sirvienta)… pero entre ellos hay una diferencia sustancial: don Severino no sueña con una vida distinta, Alonso Quijano sí, de ahí que este salga en busca de aventuras; en el caso de don Severino serán las aventuras las que vengan a buscarlo. Y la aventura, y el desconcierto, comienza, para él, cuando algo ataca lo más sólido de su vida: los cimientos de su propia casa.

A partir de este hecho inexplicable que provoca una convulsión total en su vida, se inicia un relato de corte kafkiano que alcanza su culmen, y su desenlace, cuando el protagonista contemple las luces de su ciudad a través de la taza del váter, pues su casa, misteriosamente ha roto los anclajes de sus cimientos y ha subido hasta un lugar en que todo es niebla o nube. De la luz del día, con que comienza el relato, hemos pasado a la oscuridad de la noche, de la realidad tangible a un entorno incierto, de la tranquilidad de una realidad familiar en que todo se repite a un mundo desconocido en que reinan el desasosiego y los enigmas sin respuesta.

Pero, además, el personaje descubre que la casa no solo se ha levantado en el aire sino que comienza a desplazarse con un rumbo desconocido. Penetramos entonces en un relato de aventuras en que el argumento es la supervivencia, lo que lo acerca, especialmente cuando la casa recale en una isla desierta a un modelo como Robinson Crusoe: el hombre solo, con unas herramientas precarias, enfrentado a un entorno hostil (las nieves, el océano, islas desiertas…), un espacio sin seres humanos o con seres humanos vistos en la lejanía que malinterpretan su situación y, por tanto, no pueden ayudarlo.

Y aún hay una tercera narración cuando la casa baje hasta un entorno selvático y el protagonista entre en contacto con una doctora y un equipo de grabación que han acudido para filmar la vida de un clan de monos capuchinos en unos momentos en que el trazado de una carretera pone en peligro su hábitat. De ambiente muy distinto a los bloques anteriores, tal vez sea la parte menos experimental de la novela: una historia de amor de dos personas que deciden abandonar la civilización, que luchan (y triunfan) contra poderosos grupos político-económicos predadores, con un desenlace feliz y previsible.

Como se sabe, pocas veces la primera obra de una trayectoria literaria resulta lograda. Es cierto que la presencia del mismo personaje traba en cierto modo la novela y, también, que en él se produce una transformación desde el ser metódico y civilizado que es al hombre dichoso que será cuando regrese al contacto con una naturaleza primigenia, pero también sucede que Robe Iniesta ha erigido en su novela tres relatos que no llegan a articular una sola narración pues se ajustan a moldes narrativos distintos: un relato alegórico (el más valioso para este lector), una novela de aventuras y una narración comprometida con la defensa del medio ambiente (la más previsible y de tesis más transparentes). Y lo ha hecho con una prosa de notable calidad literaria, cuidada, llena de matices y observaciones sagaces (como ese constructor que adora la palabra “solar”, por eufónica y luminosa), que aconseja prestar atención a obras futuras.

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