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Biblia apócrifa de Aracia

2010 diciembre 25
por -MANUEL SIMÓN VIOLA MORATO

BIBLIA APÓCRIFA DE ARACIA

Juan Ramón Santos

Badajoz, Los Libros del Oeste, 2010, 535 págs.

Nacido en Plasencia en 1975, Juan Ramón Santos se dio a conocer con una compilación de textos narrativos breves titulada Cortometrajes (Mérida, Editora Regional, 2004), al que siguieron El círculo de Viena (Gijón, Llibros de Pexe, 2005) y Cuaderno escolar (Mérida, Editora Regional, 2009), además de colaboraciones en libros colectivos como Relatos relámpago (2007) y Por favor, sea breve (2009). Por encima de la diversidad temática de unas composiciones elaboradas durante un extenso tramo temporal, podrían señalarse como notas comunes a todos estos textos la brevedad, hasta reducir con frecuencia los contornos de los textos al perfil del micro-relato, y una perceptible tendencia a adosar las composiciones en la propia tradición literaria, a dar valor de uso a las lecturas, mediante reiteración de motivos o referencias cómplices a obras ajenas.

Ahora Juan Ramón Santos publica una obra “mayor”, una narración notablemente extensa, que, debido a su estructura, conserva en gran medida los rasgos citados. La brevedad y un intenso “culturalismo”, siguen marcando, en efecto, la composición de una compleja narración que ofrece un obstáculo insuperable a los resúmenes. Como ya anuncia su título, Biblia apócrifa de Aracia basa su estructura en la Biblia, entendida en su sentido etimológico de “libros”, de libros no admitidos por el canon pero que ha contribuido como los demás a erigir la historia de un pueblo elegido.

En nuestro caso, el pueblo elegido es el de Aracia un lugar fronterizo situado, por las vagas indicaciones que se dan, en el valle del río Sirtes, próximo a Murania, Ochavia, Labriegos, Pedregal, Plasencia…, pero que tal vez sea alguno de ellos, o tal vez constituya la concreción de un espacio arquetípico, una ciudad, en fin,“amurallada, encerrada en sí misma, que vive de espaldas, ajena al exterior, y contiene en sus muros no ya un puñado de casas, de calles y de plazas, sino la completa realidad, en mundo y la creación enteros”.

Enmarcada por dos narraciones “bíblicas”, la creación y la destrucción de este mundo, la novela arranca con el relato de un Dios lejano y displicente que pronto puede comprobar, atónito, el desquiciado desatino de unos hombres empecinados en la erección de templos y ritos que él no ha pedido, al tiempo que se lanzan a una sucesión cíclica y disparatada de enfrentamientos fratricidas. A esta obertura, que contienen el relato divino de la creación del mundo y el vislumbre vertiginoso de su destino, le sigue una serie de aventuras humanas cuya nota común no es otra que la disensión, el cainismo, la fractura constante Se suceden así narraciones insólitas: el divertidísimo enfrentamiento entre las autoridades religiosas y civiles a cuento de un nuevo reloj para la casa consistorial, la llegada a la ciudad del tomate y la elaboración del gazapacho, el encontronazo entre tradicionalistas y afrancesados en el siglo XVIII, la opción entre monarquía y república en los años treinta del siglo XX, el proyecto franquista del embalse que anegará a la ciudad (y la divide entre colaboracionistas y leales)… Esto es, el odio entre las dos Aracias como enloquecido motor histórico

Para relatar este universo complejo y barroco el autor ha recurrido a narraciones aparentemente autónomas, pero trabadas por ciertos episodios comunes (premoniciones que se cumplen, personajes que pasan de unas a otras, objetos que reaparecen como descubrimientos arqueológicos, bebés que regresarán adultos,…), hasta construir una novela lúdica y lúcida, repleta de referencias a otras obras literarias, que dialoga con la tradición y con los géneros literarios que la han contado y que se propone una recreación tanto de una como de otros: una narración bíblica, una novela histórica, una novela dieciochesca epistolar, una muestra de literatura de cordel difundida por narradores-villanos, una novela realista, un diario, un entremés, un auto sacramental.., con un enfoque de estirpe cervantina que está a caballo entre la parodia y el homenaje y un tono bienhumorado y, frecuentemente, muy divertido.

Paralelamente, como el capítulo once del Ulises, la novela, a medida que viaja por la historia, se propone reconstruir los estilos de los sucesivos periodos en que sitúa trama: la prosa arcaizante de los relatos históricos, la descuidada poesía de los romances de ciego, el estilo epistolar, la confidencialidad del diario… en una narración que mantiene en todo momento el pulso al enfrentarse a retos formales de muy diversa condición.