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Breve mundo imaginado

2011 enero 9
por -MANUEL SIMÓN VIOLA MORATO


BREVE MUNDO IMAGINADO

(Taller del relato y la poesía de Villanueva de la Serena, 2005-2010)

Varios Autores

Villanueva de la Serena, Concejalía de la Universidad Popular, 2010, 171 págs.

Textos preliminares de Miguel Ángel Gallardo, Antonio Sáez y Manuel Simón Viola.

Afirma Luis Landero que es imposible enseñar a escribir, pero que, paradójicamente, sí es posible aprender. Como docente con una larga trayectoria a sus espaldas, sabía muy bien que la Lengua, como la Química, se enseña, en tanto la literatura, como la gripe, se contagia. Uno de los espacios en que el placer de la escritura puede llegar a contagiarse es un taller de escritura, que reúne siempre a un grupo de personas impulsado por una notable curiosidad intelectual atraído por la misma pasión, la lectura, y, en su caso, por la tentación de imitar el proceso que está detrás de estos textos singulares, siempre “pedagógicos”. Y es que un texto a veces ejemplifica cómo puede construirse una obra imperecedera; otras, por qué caminos errados se ha malogrado una buena idea. Tanto unos como otros llevan inseminado un poder aleccionador del que un lector atento puede extraer un ejemplo digno de ser imitado o de ser rehuido.

Tanto la lectura como la escritura son actividades que asociamos con la soledad y que, probablemente, se compaginen mal con las aglomeraciones y el bullicio (aunque hay quien sabe abstraerse en un vagón de metro), pero un taller es un ámbito propicio para el diálogo, esa variante civilizada del bullicio, y en él sí es posible compartir los mensajes nacidos, como recordaba Machado, de la conversación con ese otro que siempre va con nosotros. Porque si en él pueden aprenderse técnicas y recursos que permiten construir un poema o un relato, también es cierto que el taller es, por otra parte, una plataforma de investigación personal y social, de modo que la escritura puede llegar a ser un medio de conocernos mejor a nosotros mismos y a nuestro entorno, ya que al escribir, en fin, ordenamos nuestro pensamiento y reconstruimos el mundo tal y como lo entendemos, pues la realidad, según recordaba Ortega, se nos ofrece en perspectivas individuales.

Durante seis años he sido ponente en ocasiones y, las más, moderador, de un grupo humano peculiar hasta acabar considerando esta actividad como una de las más gratificante en las que recuerdo haber participado. Con las altas y bajas anuales propias de cualquier tarea nocturna, el grupo ha ido consolidando su perfil lector, antes que escritor, que podría haber repetido la sorprendente aseveración de Borges: “Que otros se enorgullezcan por lo que han escrito, yo me enorgullezco por lo que he leído”. Y es que la mayor parte de sus componentes, con formación universitaria y forjados en otras labores paralelas (tertulias, comisiones de lectura…), ha exhibido una notable nivel crítico a la hora de enjuiciar tanto las propias creaciones como las ajenas. Leer un texto propio en voz alta sometiéndolo al parecer de los demás suele ser una de las actividades que más cohesiona a un grupo si encuentra en él, como es el caso, una actitud crítica receptiva y no descalificaciones frontales. Escuchar a un escritor en pleno proceso creador puede ayudar, de otro lado, a establecer comparaciones temáticas y formales con el propio empeño personal y consolidar una vocación; por el taller de Villanueva han pasado durante estos años autores como Santos Domínguez, Antonio Reseco (autor de la portada de la antología), Serafín Portillo, Antonio María Flórez, Daniel Casado, Alonso Guerrero, Juan Ricardo Montaña,José Carlos García de Paredes Oliva, Rufino Félix Morillón, Francisco Rodríguez Criado, José Antonio Ramírez Lozano, Elías Moro, José Antonio Zambrano y Manuel Vicente González.