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El vigilante del fiordo

2011 mayo 15
por -MANUEL SIMÓN VIOLA MORATO

EL VIGILANTE DEL FIORDO

 Fernando Aramburu

Barcelona, Tusquets, 2011

 

Nacido en San Sebastián en 1959, Fernando Aramburu reside en la ciudad alemana de Hannóver, dedicado por entero desde 2009 a acrecentar una notable trayectoria literaria que se ha diversificado en novela, cuento, poesía, teatro y ensayo. Como narrador, Fernando Aramburu ha publicado títulos como Fuegos con limón (1996), Los ojos vacíos (2000) El trompetista del Utopía (2003 o la reciente Viaje con Clara por Alemania (2010). En otros reconocimientos, logró en 2007 los premios “Mario Vargas Llosa NH”, el premio de la Real Academia Española y el “Dulce Chacón” de narrativa por Los peces de la amargura, editada el año anterior.

Ahora Aramburu publica El vigilante del fiordo, una compilación de ocho relatos de diversa factura que conectan con otras narraciones suyas, pero en especial con Los peces de la amargura, su primer libro de relatos, de la que la presente entrega podría considerarse complementaria. Si aquella compilación se ambientaba en el País Vasco para denunciar el brutal fenómeno del terrorismo, el dolor inconsolable de los supervivientes y la complicidad de una sociedad anestesiada, ahora los relatos se localizan en distintos lugares de España (Madrid, Jaén, Costa del Sol…, pero ninguno permite una localización expresa en el País Vasco) y del mundo (Noruega, El Algarve portugués) subrayando de este modo la naturaleza universal de uno de los más terribles fenómenos de nuestro tiempo.

Dado que el escritor aborda un problema complejo en sus orígenes y en sus manifestaciones también lo es el conjunto de textos que pretende reflejarlo. Tal vez el más estremecedor de ellos sea “Carne rota” en que presenta a un alto número de personajes en el escenario de los atentados del once de marzo de 2004 o en momentos posteriores cuando rememoran la tragedia o exhiben sus secuelas. En breves secuencias cada una de las cuales se inicia con las últimas palabras de la anterior, el relato teje una cadena de damnificados que pierden la vida en el atentado o viven marcados por él: un hombre con un brazo amputado visita en compañía de su hijo el lugar en que explotó la bomba, una chica oye la explosión y se aleja corriendo por el andén, otra en cambio corre a auxiliar a los heridos y es víctima de una segunda explosión, un taxista recuerda cómo llevó a un herido grave al hospital, un hombre decide fumar un último cigarrillo antes de dejar su hábito (y, en efecto, será el último), una mujer comenta preocupada “Huy, ese joven se ha dejado la mochila”… Ninguno de ellos, tampoco los supervivientes, saldrá indemne de esta agresión ciega en inhumana.

De tonos realistas son, asimismo, relatos como “Chavales con gorra”, en que un matrimonio huye con la certeza de que son seguidos, “Lengua cansada”, en el que un niño ve en el comportamiento de su padre (autoritario, inmoral, impulsado por categorías mentales simples y rudas) florecer la semilla de la violencia.

Otros relatos presentan el mismo problema presentando una sencilla estampa del dolor, como sucede en “La mujer que lloraban en Alonso Martínez” o mezclan la tragedia con la farsa como ocurre en “Mártir de la jornada” en el que el protagonista sufre una serie de episodios absurdos entre los que no es menos descabellado su captura por un grupo violento.

Si Los peces de la amargura era una obra de enfoque sustancialmente realista y registro coloquial, El vigilante del fiordo presenta una mayor variedad formal como también exhibe tratamientos más novedosos. “Mi entierro”, por ejemplo, contiene el monólogo de un cadáver en que cuenta su muerte y su funeral mientras siente la sensación “de haber llegado a no se sabe adónde y de estar esperando no se sabe qué”. “El vigilante del fiordo”, que da título al libro, alterna pasajes dialogados y narrativos. Por los primeros sabremos que en un hospital Abelardo ha mordido a una doctora y es atado, por ello, a una cama y sedado. En los segundos, un narrador omnisciente relata la aventura del hombre en una cabaña frente a un fiordo noruego como vigía contra ataques terroristas. Tal vez nada de esto sea cierto y todo encuentre explicación en la medicación que recibe a la fuerza, pero sí es verdad que este antiguo funcionario de prisiones recibió en su domicilio un paquete enviado por los terroristas y su madre lo abrió.

No todos los relatos hablan de terrorismo pero todos ellos hablan de violencia con la muerte acudiendo puntual a su cita en el cierre del libro. La originalidad en el tratamiento formal, la maestría de una prosa cincelada, el humor que, paradójicamente, no resta gravedad a las tramas definen un mundo que tal vez pueda resumirse en esa imagen, irrelevante para el argumento del relato, en que unos niños ven cómo “una mujer de unos cincuenta años [...] pegaba bofetadas a un anciano sentado en una silla de ruedas”.