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Conversación

2011 octubre 3

CONVERSACIÓN

Gonzalo Hidalgo Bayal
Barcelona, Tusquets, 2011, 238 págs.

Autor de una notabilísima obra narrativa, Gonzalo Hidalgo Bayal (Higuera de Albalat, Cáceres 1950) se dio a conocer con Mísera fue, señora, la osadía (1988), una novela publicada por la diputación Provincial de Badajoz. Obras posteriores vieron la luz también en editoras regionales, como Campos de amapolas blancas (Editora Regional, 1997), Amad a la dama (Editora Regional), que recibió el premio “Extremadura a la creación” de 2003, o Paradoja del interventor (Del Oeste Ediciones, 2004) Fue precisamente esta última novela la primera de sus obras que aparecería en la editorial catalana Tusquets, que sacaría también Campos de amapolas blancas (2008) y El espíritu áspero (premio Qwerty de 2009), su última novela por ahora. Durante estos años Hidalgo Bayal había compuesto paralelamente relatos recogidos en La princesa y la muerte (2001) y en un volumen menor titulado Un artista del billar (2004). Conversación, la obra que ve la luz ahora, se relaciona con estos últimos títulos por su condición de conjunto de relatos, pero también con sus “narraciones mayores” por similitudes temáticas y formales.
Conversación contiene cinco relatos que adoptan la modalidad formal que da título al conjunto. Nos encontramos, pues, ante otras tantas conversaciones (“la comunicación y plática entre amigos” según Covarrubias) en que la historia es comunicada por un narrador a uno o varios interlocutores, a veces sin indicación de espacio, con frecuencia en esos entornos propicios para la charla como bares o cafeterías.
“Kalé Hémera” es tal vez el relato de corte más realista con una trama sucinta y un desenlace sorprendente. En él un narrador cuenta a un grupo de amigos una aventura erótica que no deja tras de sí la complacencia de la conquista sino la compasión y la solidaridad hacia una mujer indecisa entre la docilidad y una rebeldía débil, lo que viene a demostrar que en cualquier entorno humano hay “otras formas de dolor y de heroísmo”.
“Corzo” se relaciona con la naturaleza agreste de Los Huranes presente en algún bloque de El espíritu áspero. Por parajes agrestes e intransitables deambularán unos viajeros que buscan la hacienda que han heredado de un pariente para toparse con un ser primitivo y violento cuya historia, contada dos veces en otras tantas versiones repletas de contradicciones y variantes, dejan en el lector la indecisión de los relatos épicos (algo así como comparar el Rodrígo Díaz de Vivar del cantar de gesta con el del romancero). Y es que las vidas humanas están abocadas, al fin, a ser relatos pródigos en variantes, a difuminarse en sus propias narraciones, convirtiéndose en leyenda, en literatura oral.
“Aquiles y la tortuga” contiene la reconstrucción de un destino humano sometido a los caprichos de las circunstancias, o de unos dioses burlones que juegan con los hombres. Enrique-Petrus huye del futuro que sus padres tienen previsto para él (continuar una tienda de tejidos familiar) y se embarca en una formación académica especulativa con un brillante expediente académico especializándose en los filósofos presocráticos, pero el destino en forma de enfermedad crónica del padre lo obliga a regresar a la casa paterna y ponerse al frente de la tienda, un regreso irónico de los textos a los tejidos en el que sorprendentemente triunfará.

En “Reparación”, el último relato del libro, un narrador cuenta lo que, durante años, ve desde una habitación de su casa: un tramo de una calle en cuesta, un desconocido que abre a diario lo que parece ser un taller de reparaciones, unos pocos visitantes, tal vez clientes…, pero en la narración todo son enigmas, pues ningún dato cierto puede el narrador, aislado por completo del exterior, aportar a la historia: los personajes se pierden a veces tras un recodo de la costanilla o se adentran en un edificio, por lo que nos hallamos ante un relato comunicado mediante una perspectiva “imposible”, ante una narración verbal sustentada en ese constante fluir lingüístico de la conciencia que se recrea en conjeturas, en imaginar distintos destinos humanos posibles tras la contemplación de un mero indicio ambiguo, de unas vidas vacuas de gentes anónimas (ningún nombre propio ni de calle, ciudad o personajes); esto es, ante una narración despojada hasta el límite de los ingredientes tradicionales (espacio, tiempo, trama), en la frontera de su propia disolución, que, sin embargo, consigue mantener el interés del lector en el mero ejercicio del lenguaje, en el simple fluir lingüístico de un narrador del que no sabemos tampoco nada.
Tanto como el interés intrínseco de las tramas, de los episodios o vidas evocadas, sobresale en estos relatos la condición de unos narradores singulares, auténticos malabaristas del lenguaje como Saúl Olúas (un viejo conocido de los lectores de El cerco oblicuo), derrotados sin remisión como el narrador de “Monólogo del enemigo” acodado en el rincón de un bar (la ubicación de los misántropos) o seres que han renunciado a cualquier relación con el exterior (“Reparación”), que viven en un presente vacío sin siquiera el consuelo del recuerdo pues “la nostalgia es una artimaña de la desdicha: desacredita el presente falsificando el pasado para simular que hubo alguna vez un tiempo feliz”.