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Hotel en Shangri-Lá

2011 noviembre 19
por -MANUEL SIMÓN VIOLA MORATO

 HOTEL EN SHANGRI-LÁ

Octavio Escobar Giraldo

Cartagena de Indias, Ediciones Pluma de Mompox, 2011, 93 págs.

 Conmemorando el Bicentenario de la Independencia, la editorial colombiana Pluma de Mompox abre una colección titulada “Voces del fuego” que reúne a sesenta y cinco autores de “diferentes regiones, tendencias estéticas y generaciones”. Uno de ellos es Octavio Escobar Giraldo(Manizales, 1962) uno de los narradores colombianos más reconocidos dentro y fuera de su país. Su trayectoria narrativa se inició en 1995 con Saide (premio “Crónica Negra Colombiana”) y El último diario de Tony Flowers. En 2003 apareció El álbum de Mónica Pont (ganadora de la VIII Bienal Nacional José Eustaquio Rivera), pero el escritor caldense cultiva también el relato. Dos compilaciones temáticas aparecieron en 1998 (De música ligera, premio nacional del Ministerio de Cultura) y en 2002 (Hotel en Shangri-Lá). En 2008 publica 1851. Folletín de Cabo roto, de una extraordinaria acogida en Colombia. En Extremadura, la editorial Periférica ha publicado dos de sus títulos, Saide en 2008 y Destinos intermedios en 2010, en tanto Antonio María Flórez seleccionó El álbum de Mónica Pont en Transmutaciones, una antología de la literatura colombiana actual publicada por la Editora Regional de Extremadura.

   Hotel en Shangri-Lá, que ahora se reedita, reúne seis relatos que por ambiente, tramas y personajes se hallan emparentados con los textos de De música ligera. Todos ellos, en efecto, son relatos de corte realista situados en entornos urbanos y protagonizados generalmente por jóvenes marcados por una cultura “pop” de películas y canciones de actualidad. También en este libro que comentamos subirá al título un motivo musical, procedente de una canción oída por uno de los personajes a Sabina y Fito Páez (“Si volvieran los dragones”) y que aparece en un par de diálogos (A la pregunta del protagonista “¿Dónde queda Shangri-Lá? alguien contesta: “ ¿Qué?”, y otro: “En Marco Polo, creo”)

Todos ellos coinciden en uno de esos entornos públicos que acentúan lo que cualquier ciudad tiene de hormiguero o de colmena, el “Megacentro Babilonia”, una gran superficie comercial publicitada como el “nuevo paraíso del mercado”, el lugar “donde los sueños se cumplen”; en realidad, un sitio sin pasado ni futuro que reduce los hombres a la condición de consumidores, por donde deambulan personajes sin grandeza que nos ofrecen el espectáculo de sus carencias o de su inanidad: familias aparentemente felices que a duras penas ocultan su agresividad, falsos ecologistas, hombres y mujeres que no han hallado en el amor o en el trabajo sino una razón para la frustración y la infelicidad, jóvenes que sueñan con un visado para Estados Unidos o recurren a una violencia ciega sin heroísmo que solo persigue dinero.

Como en la canción de Sabina, todos querrían reservar una habitación en el hotel Shangri-Lá, el paraíso terrenal en el mítico valle del Tibet, el símbolo de ese ámbito utópico en que los sueños se cumplen (una familia verdaderamente feliz, un amor fiel y correspondido, un trabajo gratificante…), pero ese espacio, como sabemos, es ilusorio (Shangri-Lá es un  lugar ficticio mencionado por primera vez por James Hilton en Horizontes perdidos, una novela de 1933), de ahí la índole “trágica” de unos personajes empeñados en un viaje a ninguna parte o, como mucho, hacia ese sucedáneo de paraíso que es el centro comercial de vagas y prestigiosas resonancias orientales, el Babilonia.

Los relatos de Octavio Escobar confirman una marcada propensión a ignorar las narraciones de “acontecimiento” de desarrollo lineal y finales cerrados, para preferir relatos de “ambiente” de contornos desdibujados y estructuras abiertas, en los que la narración queda encomendada con frecuencia a “gente corriente” y anodina, que relata en primera persona un fragmento de unas vidas nada novelescas, situados en la periferia de la cultura, asediados por productos de consumo, canciones de moda, películas de temporada y programas de televisión tan degradados como degradantes (unas referencias culturales que se encuentran entre el homenaje y el uso paródico), personajes, en fin, cuyos itinerarios vitales tienen la misma tenue consistencia de los éxitos musicales que los acunan en su inconsciencia, en el destello fugaz de un momento de crisis y en el posterior olvido.