La hermana muerta

LA HERMANA MUERTA

Santiago Castelo

Madrid, Ed. Vitruvio, 2001, 62 págs.

Nacido en Granja de Torrehermosa en 1948, Santiago Castelo es autor de una extensa trayectoria poética, a caballo entre dos centurias, que arranca con Tierra en la carne (1976) y llega hasta La hermana muerta que aparece ahora en la editorial madrileña Vitruvio. En este itinerario lírico, Castelo ha entregado un puñado de poemarios instalados ya por méritos propios en la historia de la poesía española reciente, a la vez que dibuja con ellos una personalidad estética que tiene su origen en un marcado compromiso con Extremadura y en un escrupuloso respeto a los mayores (entre los que destacan, Manuel Machado, Luis Rosales o Delgado Valhondo). Desde la irrupción en su obra del tema de Extremadura, recordada en la distancia como un espacio perdido asociado en sus versos a esa patria del hombre que es la niñez, Castelo fue abriéndose a otros temas que brotan tanto de su experiencia vital como de sus preferencias lectoras: el amor, el viaje, la emoción religiosa, el Mediterráneo, Cuba, los personajes singulares del pasado, la amistad..

Una visión panorámica sobre estas obras permitiría clasificar los poemarios en dos grupos, según recojan los textos escritos en un periodo de tiempo determinado, abiertos, por ello, a una pluralidad de temas y motivos (Tierra en la carne, Siurell), o sean libros “monográficos” centrados en un motivo nuclear que está en el origen de la obra y en la que esta cobra su sentido más profundo (la religiosidad íntima de La sierra desvelada, la poesía de San Juan de la Cruz en Al aire de su vuelo, el amor y sus emociones concéntricas en Cuerpo cierto). Pues bien, si Quilombo, su último poemario aparecido en 2008, era claramente un libro perteneciente al primer grupo, La hermana muerta es uno de esos libros inmersos en una única emoción radical que nace del fallecimiento de Lola Santiago en el mes de mayo de 2009, una personalidad malograda en plena madurez, creyente, vitalista y afirmativa, para quien la muerte era, según considera en uno de los textos de Rayas de cebra, aparecido en la Editora Regional de Extremadura el mismo año de su desaparición, “esa compañera de viaje misteriosa que no nos va a arrebatar nada, porque nada trajimos al nacer y nada nos llevaremos”.

Afirma Juan Manuel Rozas en el prólogo a Como disponga el olvido (1986) que la poesía de Castelo esta teñida por los tonos de “una oda que se resuelve, con frecuencia, en elegía”, y en efecto, en gran parte de su títulos conviven los tonos afirmativos y celebratorios de esas realidades “blancas” (la amista, el amor, la naturaleza…) con los “heraldos negros” de las pérdidas (los seres queridos, los paisajes de la infancia, el amor roto y recordado). En el presente libro, sin embargo, es la muerte la que impone, ya desde la sencillez y rotundidad de un título que elude cualquier eufemismo, su presencia abrumadora y onerosa, une muerte que viene a segar una vida en plena madurez y que, como una piedra arrojada a un estanque, atrae a su alrededor el recuerdo de otras muertes hasta convertir el libro en un repertorio de desapariciones dolorosas: la del padre fallecido en marzo de 2010, la de Guillermo Luca de Tena, la del compañero de juegos infantiles, la del futbolista que muere mientras telefonea a su esposa encinta, la de los amigos de la cultura, Fernando Pérez Marqués y Ángel Campos.

Como en gran parte de libros anteriores, este segundo “memorial de ausencias” se comunica mediante una notable libertad formal, desde los versos de andadura amplia (“La muerte fue puntual. Todo estaba dispuesto: /el sol, la luz, el jueves, la mañana”) a los metros breves (“El silencio no sabe / dónde comienza el alba”) y las formas populares ( “Este año en el Portal / hay una estrella de más / y aquí un adorador menos”), para entre todos construir la elegía de un espíritu creyente y confiado, cuyo dolor, según aprecia Juan Manuel de Prada en una reseña al libro, “no se retuerce en los abismos de la angustia, sino que se orea en los altillos de la esperanza”.

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