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Niños feroces

2012 marzo 4

 

 NIÑOS FEROCES

LORENZO SILVA

Barcelona, Destino, 2011, 395 págs.

 

Nacido en Madrid en 1966, Lorenzo Silva es autor de un amplia trayectoria narrativa reconocida con premios como el “Ojo Crítico” de 1998 (El  país de los estanques) o el “Nadal” de 2000 (El alquimista impaciente), dos novelas pertenecientes a la serie policíaca protagonizada por los investigadores Bevilacqua y Chamorro. Además de numerosos títulos de narrativa infantil y juvenil, el escritor ha abordado en narraciones y ensayos el asunto de la guerra (como sucede en Y al final, la guerra, 2006 sobre el conflicto de Irak), el mismo que ocupa su última novela, Niños feroces, que transita por varias contiendas (guerra civil española, segunda guerra mundial o los conflictos de Afganistán e Irak).

Como en ciertos títulos de Cercas (con los que exhibe numerosos puntos de contacto, en especial con Soldados de Salamina y La velocidad de la luz), una de las líneas narrativas desarrolla precisamente la aventura de construir una narración. Podríamos calificarla, por tanto, como un relato marco situado en el presente en el que un joven alumno de un taller de narrativa se embarca en el proyecto de elaborar una novela extensa ayudado en todo momento por su profesor, un escritor con más experiencia. Será él quien le “regale” la historia y lo acompañe en todo el proceso de documentación (entrevistas con combatientes, bibliografía, documentales, series de televisión, películas, monografías históricas, memorias…) que se incorpora de este modo como un material más de la narración.

El relato enmarcado (la historia que el profesor ha ofrecido al alumno) sigue básicamente la trayectoria de Jorge García Vallejo, quien es testigo de la detención de su padre por unos milicianos tras la toma del Cuartel de la Montaña en julio de 1936. Meses más tarde el joven sabrá que su padre ha sido sacado de la cárcel Modelo y fusilado en Paracuellos del Jarama.

Seducido por los textos de José Antonio e impulsado por el fervor patriótico de los círculos de Falange, el joven se alistará en la División Azul y emprenderá una aventura que le llevará por  numerosos escenarios bélicos (Rusia, Letonia, Baviera, Versalles, El Tirol, Prusia Oriental, Postdam) y participará en varias batallas cuando las tornas comienzan a cambiar para los alemanes (asedio a Leningrado, batallas del Vístula y el Oder, caída de Berlín). El escritor ha elegido, como se ve, un episodio periférico de la segunda guerra mundial, menos visitado, por ello, por historiadores y literatos: la historia de un voluntario enrolado en la División Azul que al mando del general Muñoz Grandes combatió junto a las tropas alemanas, una colaboración que venía a colmar los deseos de Falange (Serrano Suñer: “Rusia es culpable”) y los del Régimen (el pago a una ayuda alemana crucial en la guerra civil). Cuando les dan la orden de regresar, descubren a su llegada a España que nadie los recibe como héroes, pues al Régimen le interesa hacer olvidar su apoyo a Hitler y comenzar a buscar la cercanía de los próximos vencedores, lo que explica el manto de silencio que cayó sobre este episodio histórico en las décadas siguientes.

La mayor originalidad de la novela procede del punto de vista elegido (no de los episodios, todos ellos relatados en obras históricas): la mirada de un joven ajeno por edad al conflicto y al entorno
ideológico que lo provocó (básicamente el enfrentamiento entre una derecha y una izquierdas totalitarias que, como dos borrachos pendencieros, despreciaban el parlamentarismo y los mecanismos de representación democráticos). De ahí la ecuanimidad con que se traza el retrato de Jorge en el que se ve no a un fascista colaborando en la más enloquecida agresión criminal del siglo XX sino a un combatiente español que encuentra su razón de ser en la lucha, un soldado (como los que en los días del relato marco combaten en Afganistán o Irak) que acata órdenes de sus superiores. Y es que la guerra hace irrelevantes las motivaciones ideológicas de cada uno, los aúna en un único perfil de combatientes que defienden su vida, los convierte en “niños feroces” lanzados al combate por adultos manipuladores que suelen verse absueltos siempre de cualquier culpa: unos y otros, “los hombres ambiciosos y los niños feroces, son, en definitiva, dos de los más poderosos instrumentos del mal sobre la tierra”.