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Mi querido Dostoievski

2012 junio 2

 

 MI QUERIDO DOSTOIEVSKI

Francisco Rodríguez Criado

Madrid, Ediciones de la Discreta, 2012, 266 págs.

 

Nacido en Cáceres en 1967, Francisco Rodríguez Criado es autor de numerosos relatos incluidos en algunas de las mejores antologías recientes (Relatos relámpago, Mérida, 2006; La quinta dimensión, Mérida, 2009; Velas al viento, Granada, 2010; El cuarto género narrativo, Madrid, 2012…) y de tres compilaciones propias: Un elefante en Harrods (Mérida, De la Luna Libros, 2006), Siete minutos (Palma de Mallorca, La bolsa de pipas, 2003) y Sopa de pescado (Mérida, ERE, 2001). Como novelista, ha publicado hasta el momento una narración coral ambientada en la ciudad de Cáceres, Historias de Ciconia (Mérida, De la Luna Libros, 2008).

Ahora la editorial madrileña Ediciones de la Discreta publica Mi querido Dostoievski que es, como anuncia el título, una novela epistolar con las cartas que una anciana, Laura Bauer, envía al escritor ruso convencida de que el escritor (fallecido en San Petersburgo el nueve de febrero de 1881) aún vive, pues “un legado literario es parecido a un legado religioso: aunque sea de manera imperfecta, reconforta. Así que por ahora, en cuanto a esta correspondencia epistolar se refiere, voy a alistarme en el bando de los creyentes y voy a pensar con fe ciega que mis cartas, todas mis cartas, llegan a tus manos”.

La sucesión de estos textos, fechados entre septiembre de 2009 y marzo de 2010, nos permite ir conociendo los pormenores de la vida cotidiana de una profesora de universidad jubilada cuya soledad es paliada en parte por su vocación lectora, los paseos periódicos con su perro Gulio Cesare, las visitas esporádicas de su sobrino Marco, las relaciones circunstanciales con sus vecinos y las visitas al médico.

Como en Historias de Ciconia, la mirada del narrador se dirige hacia unas vidas humanas que no parecen presentar interés “novelesco” alguno y los episodios de que se nutre la narración son, si exceptuamos el insólito empeño de la mujer por comunicarse con un escritor ya fallecido, realistas y previsibles.

Por decoro lingüístico, la narración exhibe, de otro lado, un registro antirretórico, pero muy cuidado, propio de unas cartas “sin intención literaria” que van permitiendo al lector reconstruir el pasado de la protagonista. Hija de madre española, con quien mantuvo una relación difícil, y de un padre alemán a quien idolatraba, la mujer recuerda el suicidio de este en 1945 sin que lograra explicar a su familia las razones de su muerte.

La joven puede reconstruir, sin embargo, la causa de su determinación fatal: amigo desde la niñez de Joseph Goebbels, su padre trabajó para él en varios destinos en Europa a donde la familia se trasladaba, una circunstancia que Laura tratará de ocultar a partir de entonces.

Si Flaubert pudo confesar que “Madame Bovary c’est moi”, podemos también intuir en este caso las similitudes entre personaje y creador, pues la novela, es, entre otras cosas, el reconocimiento del fervor del escritor por Dostoievski y sus personajes atormentados, y la imagen de la mujer enviando cartas a una persona inexistente se corresponde con la del escritor que “escribe a ciegas”, que ignora si la obra que crea llegará a un destinatario, un motivo que recuerda, por numerosas similitudes, a un relato de otro escritor ruso, Anton Chejov, quien en “Vanka” presenta a un niño escribiendo una carta a su abuelo que nunca llegará a su destino (pues en el sobre se limita a escribir: “en la aldea, a mi abuelo”).

De los personajes que rodean a Laura Bauer, cobra protagonismo el doctor que cierra la novela con una extensa carta, dirigida también al escritor, en que informa de la muerte de la anciana el 17 de junio de 2010. Por ella conoceremos la devoción que sintió siempre por la mujer, además de ofrecer algunos datos de su historia familiar: sus padres mueren en Auschwitz después de que él fue enviado siendo niño a Inglaterra en donde creció y se educó.

Uno es hijo, por tanto, de dos víctimas del Holocausto, el otro es hija de uno de sus verdugos. Ambos están marcados por el pasado, son seres atormentados (como los de Dostoievski): uno es un superviviente del Holocausto; otra es hija de uno de los asesinos y trata de ocultarlo. Son, en fin, dos perdedores de la historia: ambos han fracasado al tratar de construir una relación amorosa o ni siquiera lo han intentado, pero los dos han concluido, tras doloras experiencias personales (y de nuevo aquí escuchamos la voz del escritor), en “la extravagante idea de que escribir es un acto de supervivencia al que no debemos renunciar”.