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Absolución

2012 noviembre 4
por -MANUEL SIMÓN VIOLA MORATO

 

ABSOLUCIÓN

Luis Landero

Barcelona, Tusquets, 2012, 317 págs.

   No es infrecuente que la primera narración de un escritor revele, cuando se tiene perspectiva lectora suficiente, la condición de obra fundacional de un territorio estético, porque en ella se expresen, o se hallen inseminados, algunos de los motivos que obras posteriores desarrollarán. Y así, la primera novela de Luis Landero (Alburquerque, 1948), Juegos de la edad tardía (1989), recreaba ya las torturas del afán: la insatisfacción, las vidas imaginarias, la posibilidad de crear realidades con palabras, la tragedia de ser lo que se es y la imposibilidad de ser otra cosa… Estas eran las circunstancias que impulsaban a Félix Olías y Gregorio a traspasar las lindes de una realidad coercitiva, pero también a los personajes de las otras excelentes novelas de Landero, Caballeros de fortuna (1994), El mágico aprendiz (1999), El guitarrista (2002), Hoy Júpiter (2007) o Retrato de un hombre inmaduro (2009), publicadas todas por Tusquets.

Absolución es, como varias de sus novelas, una narración de aprendizaje focalizada en el protagonista que incorpora al cuerpo del relato numerosos diálogos del personaje consigo mismo, como si estuviera ante un espejo. Y esa es, en efecto, la escena inicial. Lino, un empleado de hotel en la treintena, se afeita y se viste para acudir un jueves del mes de mayo a un restaurante a comer. Asistirán a la cita sus padres y los padres de Clara, su novia, con la que contraerá matrimonio el siguiente domingo. Mientras pasea por las calles y parques de un Madrid festivo y tranquilo, Lino parece decidido por fin a aceptar un futuro favorable (Clara es hija de una familia con un gran patrimonio) y previsible (un trabajo seguro y bien remunerado, familia, hijos…).

Consciente de que se halla en vísperas de un cambio profundo en su vida, Lino va enhebrando recuerdos de su pasado, desde una adolescencia difícil en que el mundo entero se le aparecía como una presencia hostil. Hijo de una familia humilde golpeada por  la desdicha (su padre es un afectado por el aceite de colza, “lleno de ansias y rencores” que proyecta sobre su hijo parecidas frustraciones a las que recibe Gregorio, el protagonista de Juegos de la edad tardía: “Yo ya no tengo edad ni salud…, pero quién sabe si tú…”), Lino acaba convertido en un joven solitario e infeliz embarcado en absurdas quimeras familiares que se siente burlado por un destino absurdo.

Próximo a la estirpe de héroes existencialistas, Lino parece incapacitado para elegir y mantenerse fiel a sus opciones. Como el personaje de Kafka (“Salir de aquí. Ese es mi destino”), el joven, abatido por el tedio y el infortunio cotidiano, siente un impulso ciego de estar siempre en otra parte: abandona sus estudios y varios trabajos y ocupaciones “por los bajos fondos del mundo laboral”, deja a Inés tras una discusión provocada adrede, rehúye  los ambientes universitarios y el grupo de conocidos hasta llegar verse a los treinta y dos años sin trabajo, sin amigos, sin ilusiones, lo que lleva al padre minusválido a considerar compadecido: “Si tuvieras al menos una minusvalía…”.

Pero en este jueves primaveral un incidente azaroso va a provocar un brusco quiebro en su vida. Tras defender en un altercado callejero a una mujer que está siendo golpeada por un hombre y matar al desconocido en una reacción instintiva de defensa, Lino escapa de la ciudad dejando atrás a todos, con lo que el azar lo obliga a poner en práctica la consigna que ha guiado hasta ahora su vida, el abandono y la huida, una circunstancia que abre la novela a nuevos escenarios (los campos de Burgos, Segovia y Soria). Como Orestes, perseguido por las furias tras matar a su madre, o Ío, que tras ser convertida en vaca huye perseguida por moscas y tábanos, Lino sale al camino entregando su futuro al azar perseguido por los recuerdos y un doloroso y constante sentimiento de culpa.

Como Don Quijote cuando en las encrucijadas suelta las riendas de Rocinante para que sea él el que elija el camino, Lino vivirá una aventura de encuentros casuales que le llevan a conocer a seres resolutivos y seguros de sí mismos de quienes recibe una lección impagable. De regreso a Madrid, decidido a reconciliarse con su pasado, Lino descubre en la narración sincera de su vida la absolución a su culpa, pues “convertida en palabras, es verdad que su vida adquiría ahora algún sentido, aunque fuese difuso y contingente”, sintiéndose “por una vez, sin necesidad ni ganas de estar en otra parte”.