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Nueva York a diario

2013 septiembre 10

 

NUEVA YORK A DIARIO

Hilario Barrero

Gijón, Impronta, 2013, 296 págs.

 

Nacido en Toledo en 1948, Hilario Barrero vive en Nueva York desde 1978, en cuya universidad se doctoró con una tesis sobre Félix Urabayen y en donde en la actualidad da clases de literatura. Autor de un libro de poemas, In tempori belli (1999, premio de poesía “Gastón Baquero”), ha publicado hasta ahora, además de numerosas traducciones de poetas americanos (De otra manera de Jane Kenyon, Delicias y sombras de Ted Kooser, El amante de Italia de Henry James…), un libro de relatos, Un cierto olor a azufre (2009), y los diarios Las estaciones del día (2003), De amores y temores (2005), Días de Brooklyn (2007), Dirección Brooklyn (2009), todos ellos en la editorial asturiana Llibros del pexe, y Broklyn en blanco y negro, publicado por la editorial asturiana Universos en 2009, que recogía entradas de 2008 y 2009.

Nueva York a diario contiene anotaciones escritas durante los años 2010 y 2011, por lo que viene a ser una continuación del diario anterior con un perfil similar, pero en modo alguno reiterativo. “Un diario –afirma el escritor- se alimenta de vida, de ruidos, de gente y de muerte”, y los ruidos, las gentes y las muertes son distintos. Como lo es, por poner como ejemplo el motivo “fotográfico” más repetido, el perfil de Manhattan a distintas horas del dia y en diferentes estaciones del año. Las otras vocaciones del escritor (la poesía, el dibujo, la fotografía, el viaje) se confabulan para entregarnos un álbum de imágenes en todos las perspectivas visuales posibles: penorámicas (parques y cementerios bajo la nieve), primeros planos (la ardilla atropellada por un automóvil), contrapicados (el nuevo rascacielos de la zona cero destellando al sol del atardecer)…

Como las anteriores entregas, Nueva York a diario es una obra “abierta”, que da cabida a contenidos diversos que trazan, sin casi pretenderlo, un retrato (o mejor, una etopeya) del autor: según apunta el título con una anfibología intencionada, el libro recoge la vida laboral y los paseos cotidianos por Brooklyn, el barrio en el que vive, las dificultades de su tarea académica, las mezquidades propias de los claustros universitarios, la cada vez más próxima jubilación…, que vienen a ofrecer la faceta más sombría, contrapesada, es cierto, por los paseos con la persona amada, las comidas con amigos, el merodeo por librerias propicias a los hallazgos, la asistencia a conciertos, la lectura y la traducción.

Pero el libro, como decíamos, acoge de modo natural las crónicas viajeras (a Canadá, a Italia, varias veces a España). Entre ellas, los viajes a Toledo suscitan las evocaciones más biográficas: una niñez asediada por las turbias maquinaciones clericales del nacionalcatolicismo de los años cincuenta de rezos al Corazón de Jesús, procesiones, ayunos y rosarios, una tradición ominosa con la que rompería en su juventud, una España que se resiste a desaparecer (“En la estacion de Chamartín [...] gente durmiendo en los bancos, gente vociferando, gente de un lado para otro cargada de maletas, gente con cara de sueño y de hambre”).

Una visión panorámica sobre la literatura diarística de Hilario Barrero confirma que en ella va acentuándose una mirada elegíaca que dirige su atención hacia las numerosas desapariciones de las que va siendo testigo: de los lugares de la infancia (ninguna tienda toledana de la niñez ha sobrevivido, iglesias convertidas en museos), de tantos amigos cuyas vidas segó el SIDA en plena madurez, de personas admiradas que ha ido conociendo…, y todo ello con una expresión natural y precisa que lleva inseminada con frecuencia un impulso poético (“En el parque de Ferrera una brisa infantil lee, entre las hojas de los árboles, las primerfas vocales de la tarde”).