La nacencia | Palramus extremeñu - Blogs hoy.es

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Palramus extremeñu

La nacencia

Queremus palral-vus esta semana dun poema mu anombrau en Estremaúra, la Nacencia, de Luis Chamizo. Si lo traemus al nuestru blogui es porque creemus que los estremeñus lo amus leyíu i oyíu una tupa de vezis creyendu que qualquiel folasteru que lo leyera lo diva a entendel. Paque vusotrus mesmus hagáis la preva vos ponemus la tradución del poema al castillanu. Paque veáis que es un poema que namás que un estremeñu puei entendel porque está escritu ena su idioma, la lengua estremeña.

Queremos hablaros esta semana de un poema muy conocido en Extremadura, la Nacencia (El Nacimiento), de Luis Chamizo. Si lo traemos a nuestro blog es porque creemos que los extremeños lo hemos leido y oído un montón de veces creyendo que cualquier forastero que lo leyera lo iba a entender. Para que vosotros mismos hagáis la prueba os ponemos la traducción del poema al castellano. Para que veáis que es un poema que sólo un extremeño puede entender porque está escrito en su idioma, la lengua extremeña.

 

Versión original – (Publicada en 1921 / Pubricá en 1921)

 

Bruñó los recios nubarrones pardos

la lus del sol que s´agachó en un cerro,

y las artas cogollas de los árboles

d´un coló de naranjas se tiñeron.


A bocanás el aire nos traía

los ruídos d´alla lejos

y el toque d´oración de las campanas

de l´iglesia del pueblo.


Ibamos dambos juntos, en la burra,

por el camino nuevo,

mi mujé mu malita,

suspirando y gimiendo.


Bandás de gorriatos montesinos

volaban, chirrïando por el cielo,

y volaban pal sol qu´en los canchales

daba relumbres d´espejuelos.


Los grillos y las ranas

cantaban a lo lejos,

y cantaban tamién los colorines

sobre las jaras y los brezos,


y roändo, roändo, de las sierras

llegaba el dolondón de los cencerros.

¡Qué tarde más bonita!

¡Qu´anochecer más güeno!


¡Qué tarde más alegre

si juéramos contentos!…

 

 – No pué ser más- me ijo- vaite, vaite

con la burra pal pueblo,

y güervete de prisa con l´agüela,

la comadre o el méico -.

 

Y bajó de la burra poco a poco,

s´arrellenó en el suelo,

juntó las manos y miró p´arriba,

pa los bruñíos nubarrones recios.


¡Dirme, dejagla sola,

dejagla yo a ella sola com´un perro,

en metá de la jesa,

una legua del pueblo…

 

Eso no! De la rama

d´arriba d´un guapero,

con sus ojos reondos

nos miraba un mochuelo,

un mochuelo con ojos vedriaos

como los ojos de los muertos…

 

¡No tengo juerzas pa dejagla sola;

pero yo de qué sirvo si me queo!

 

La burra, que roía los tomillos

floridos del lindero

careaba las moscas con el rabo;

y dejaba el careo,

levantaba el jocico, me miraba

y seguía royendo.


¡Qué pensará la burra

si es que tienen las burras pensamientos!

 

Me juí junt´a mi Juana,

me jinqué de roillas en el suelo,

jice por recordá las oraciones

que m´enseñaron cuando nuevo.


No tenía pacencia

p´hacé memoria de los rezos…

¡Quién podrá socorregla si me voy!

¡Quién va po la comadre si me queo!

 

Aturdio del tó gorví los ojos

pa los ojos reondos del mochuelo;

y aquellos ojos verdes,

tan grandes, tan abiertos,

qu´otras veces a mí me dieron risa,

hora me daban mieo.


¡Qué mirarán tan fijos

los ojos del mochuelo!

 

No cantaban las ranas,

los grillos no cantaban a lo lejos,

las bocanás del aire s´aplacaron,

s´asomaron la luna y el lucero,

no llegaba, roändo, de las sierras

el dolondón de los cencerros…


¡Daba tanta quietú mucha congoja!

¡Daba yo no sé qué tanto silencio!

 

M´arrimé más pa ella;

l´abrasaba el aliento,

le temblaban las manos,

tiritaba su cuerpo…


y a la luz de la luna eran sus ojos

más grandes y más negros.

Yo sentí que los míos chorreaban

lagrimones de fuego.


Uno cayó roändo,

y, prendío d´un pelo,

en metá de su frente

se queó reluciendo.

 

 ¡Que bonita y que güena,

quién pudiera sé méico!

Señó, tú que lo sabes

lo mucho que la quiero.

 

Tú que sabes qu´estamos bien casaos,

Señó, tú qu´eres güeno;

tú que jaces que broten las simientes

qu´echamos en el suelo;

tú que jaces que granen las espigas,

cuando llega su tiempo;

tú que jaces que paran las ovejas,

sin comadres, ni méicos…

 

¿por qué, Señó, se va morí mi Juana,

con lo que yo la quiero,

siendo yo tan honrao

y siendo tú tan güeno?…


¡Ay! qué noche más larga

de tanto sufrimiento;

¡qué cosas pasarían

que decilas no pueo!


Jizo Dios un milagro;

¡no podía por menos!

Toito lleno de tierra

le levanté del suelo,

le miré mu despacio, mu despacio,

con una miaja de respeto.


Era un hijo, ¡mi hijo!,

hijo dambos, hijo nuestro…

Ella me le pedía

con los brazos abiertos,


¡Qué bonita qu´estaba

llorando y sonriyendo!

Venía clareando;

s´oïan a lo lejos

las risotás de los pastores

y el dolondón de los cencerros.


Besé a la madre y le quité mi hijo;

salí con él corriendo,

y en un regacho d´agua clara

le lavé tó su cuerpo.


Me sentí más honrao,

más cristiano, más güeno,

bautizando a mi hijo como el cura

bautiza los muchachos en el pueblo.


Tié que ser campusino,

tié que ser de los nuestros,

que por algo nació baj´una encina

del camino nuevo.


Icen que la nacencia es una cosa

que miran los señores en el pueblo;

pos pa mí que mi hijo

la tié mejor que ellos,

que Dios jizo en presona con mi Juana

de comadre y de méico.


Asina que nació besó la tierra,

que, agraecía, se pegó a su cuerpo;

y jue la mesma luna

quien le pagó aquel beso…


¡Qué saben d´estas cosas

los señores aquellos!

Dos salimos del chozo,

tres golvimos al pueblo.


Jizo dios un milagro en el camino:

¡no podía por menos!

 

Traducción al castellano (Tradución al castillanu)

 

Bruñó los recios nubarrones pardos

la luz del sol que se agachó en un cerro,

y las altas copas de los árboles

de un color naranja se tiñeron.


A bocanadas el viento nos traía

los ruidos de allá lejos

y el toque de oración de las campanas

de la iglesia del pueblo.


Íbamos ambos juntos, en la burra,

por el camino nuevo,

mi mujer muy malita,

suspirando y gimiendo.


Bandadas de gorriones montesinos

volaban, chillando por el cielo,

y volaban hacia el sol que en las peñas

daba reflejos de espejitos.


Los grillos y las ranas

cantaban a lo lejos,

y cantaban también los jilgueros

sobre las jaras y los brezos,


y rodando, rodando, de las sierras

llegaba el tintineo de los cencerros.

¡Qué tarde más bonita!

¡Qué anochecer más bueno!


¡Qué tarde más alegre

si estuviéramos contentos!

 

– No puedo ya más – me dijo – vete, vete

con la burra al pueblo,

y vuelve deprisa con la abuela,

la comadre o el médico -.

Y bajó de la burra poco a poco,

se tendió en el suelo,

juntó las manos y miró hacia arriba,

hacia los bruñidos nubarrones recios.


¿Irme, dejarla sola,

dejarla yo a ella sola como un perro,

en mitad de la dehesa,

a una legua del pueblo?

 

¡Eso no! Desde la rama

de arriba de un peral,

con sus ojos redondos

nos miraba un mochuelo,

un mochuelo con ojos vidriosos

como los ojos de los muertos…

 

No tengo fuerzas para  dejarla sola;

¿pero yo de qué sirvo si me quedo?

 

La burra, que roía los tomillos

floridos del camino

espantaba las moscas con el rabo;

y dejaba el espantar,

levantaba el hocico, me miraba

y seguía royendo.


¿Qué pensará la burra

si es que tienen las burras pensamientus?

 

Me fui junto a mi Juana,

me hinqué de rodillas en el suelo,

hice por recordar las oraciones

que me enseñaron de joven.


No tenía paciencia

para hacer memoria de los rezos…

¿Quién podrá socorrerla si me voy?

¿Quién va a por la comadre si me quedo?


Aturdido del todo volví los ojos

hacia los ojos redondos del mochuelo;

y aquellos ojos verdes,

tan grandes, tan abiertos,

que otras veces a mí me dieron risa,

ahora me daban miedo.


¿Qué mirarán tan fijos

los ojos del mochuelo?

 

No cantaban las ranas,

los grillos no cantaban a lo lejos,

las bocanadas del viento se calmaron,

se asomaron la luna y la estrella,

no llegaba, rodando, de las sierras

el tintineo de los cencerros…


¡Daba tanta quietud mucha congoja!

¡Daba yo no sé qué tanto silencio!

 

Me arrimé más a ella;

le abrasaba el aliento,

le temblaban las manos,

tiritaba su cuerpo…

y a la luz de la luna eran sus ojos

más grandes y más negros.

Yo sentí que los míos chorreaban

lagrimones de fuego.


Uno cayó rodando

y, prendido de un pelo,

en mitad de su frente

se quedó reluciendo.


¡Qué bonita y qué buena!

¿quién pudiera ser médico?

Señor, tú que sabes

lo mucho que la quiero.


Tú que sabes que estamos bien casados.

Señor, tú que eres bueno;

tú que haces que broten las semillas

que echamos en el suelo;

 

Tú que haces que den grano las espigas,

cuando llega su momento;

tú que haces que paran las ovejas,

sin comadres ni médicos…

 

¿Por qué, Señor, se va a morir mi Juana,

con lo que yo la quiero,

siendo yo tan honrado

y siendo tú tan bueno?


¡Ay! ¡Qué noche más larga

de tanto sufrimiento;

¿qué cosas pasarían

que decirlas no puedo?


Hizo Dios un milagro;

¡no podía ser menos!

 

Todo lleno de tierra

le levanté del suelo,

le miré muy despacio, muy despacio,

con un poco de respeto.


¡Era un hijo, mi hijo!,

¡hijo de ambos, hijo nuestro!…

Ella me lo pedía

con los brazos abiertos.


¡Qué bonita que estaba

llorando y sonriendo!

 

Estaba amaneciendo;

se oían a lo lejos

las risas de los pastores

y el tintineo de los cencerros.

 

Besé a la madre y le quité a mi hijo;

salí con él corriendo,

y en un arroyo de agua clara

le lavé todo su cuerpo.

 

Me sentí más honrado,

más cristiano, más bueno,

bautizando a mi hijo como el cura

bautiza los muchachos en el pueblo.


Tiene que ser campesino,

tiene que ser de los nuestros,

que por algo nació bajo una encina

del camino nuevo.


Dicen que el nacimiento es una cosa

que miran los señores en el pueblo;

pues para mí que mi hijo

lo tiene mejor que ellos,

que Dios hizo en persona con mi Juana

de comadre y de médico.


En cuanto nació besó la tierra,

que, agradecida, se pegó a su cuerpo;

y fue la misma luna

quien le pagó aquel beso…


¿Qué saben de estas cosas

los señores aquellos?

Dos salimos del chozo,

tres volvimos al pueblo.


Hizo Dios un milagro en el camino:

¡no podía ser menos!

 

 

Versión normativa en extremeño / Versión normá en estremeñu

 

Bruñó los rezius nubarronis pardus

la lus del sol que s’agachó en un cerru,

i las altas cogollas delos árvolis

dun colol de naranjas se tiñerun.


A bocanás el airi mos traía

los ruíus d´allá lexus

i el toqui d’oración delas campanas

dela ilesia del puebru.


Divamus dambus juntus, ena burra,

pol caminu nuevu,

la mi mugel mu malita,

suspirandu i gimiendu.


Bandás de gorriatus montesinus

volavan, chirriandu pol cielu,

i volavan pal sol que enos canchalis

dava relumbris d’espejuelus.


Los grillus i las ranas

cantavan alo lexus,

i cantavan tamién los colorinis

sobri las xaras i los bereçus,


i roandu, roandu, delas sierras

llegava el dolondón delos cenzerrus.

Qué tardi más bonita!

Que anochecel más buenu!


Qué tardi más alegri

si huéramus contentus!

 

– No puei sel más – me dixu – vai-ti, vai-ti

cona burra pal puebru,

i güelvi-ti depriessa cona agüela,

la comairi o el meicu -.

 

I baxó dela burra pocu a pocu,

s’arrellanó nel suelu,

juntó las manus i miró p’arriba,

palos bruñíus nubarronis rezius.


Dil-mi, dexá-la sola,

dexá-la yo a ella sola comu un perru,

en metá dela hesa,

una legua del puebru…?

 

Essu no! Dela rama

d’arriba dun guaperu,

conos sus ojus reondus

mos mirava un mochuelu,

un mochuelu con ojus vedriaus

comu los ojus delos muertus…

 

No tengu huerças pa dexá-la sola;

peru yo de qué sirvu si me queu?

 

La burra, que roía los tomillus

froríus del linderu

careava las moscas con el rabu;

i dexava el careu,

levantava el hozicu, me mirava

i siguía royendu.


Qué pensará la burra

si es que tienin las burras pensamientus?

 

Me hui junta la mi Juana,

me hinqué de roíllas en el suelu,

hizi por recordal-mi delas oracionis

que m’enseñarun quandu nuevu.


No tenía pacencia

pa hazel memoria delos rezus…

Quién podrá socorré-la si me vo?

Quién va pola comairi si me queu?


Aturdíu del to golví los ojus

palos ojus reondus del mochuelu;

i aquellus ojus verdis,

tan grandis, tan abiertus,

que otras vezis a mí me dierun risa,

ara me davan mieu.


Qué mirarán tan fixus

los ojus del mochuelu?

No cantavan las ranas,

los grillus no cantavan alo lexus,

las bocanás del aire s’aplacarun,

s’assomarun la luna i el luzeru,

no llegava, roandu, delas sierras

el dolondón delos cencerrus…


Dava tanta quietú mucha congoja!

Dava yo no sé qué tantu silenciu!

 

M’arrimé más pa ella;

l’abrassava l’alientu,

le temblavan las manus,

tiritava el su cuerpu…


i ala lus dela luna eran los sus ojus

más grandis i más negrus.

Yo sentí que los míus chorreavan

larimonis de huegu.


Unu cayó roandu,

i, prendíu dun pelu,

ena metá dela su frente

se queó reluziendu.


Qué bonita i qué buena!

quién puyera sel meicu?

Señol, tú que lo sabis

lo muchu que la quieru.


Tú que sabis que estamus bien cassaus,

Señol, tú que eris buenu;

tú que hazis que brotin las simientis

que echamus en el suelu;

 

Tú que hazis que granin las espigas,

quandu llega el su tiempo;

tú que hazis que paran las ovejas,

sin comairis, ni meicus…

 

Por qué, Señol, se va moril la mi Juana,

cono que yo la quieru,

huendu yo tan onrau

i huendu tú tan buenu?…


Ay! Qué nochi más larga

de tantu sufrimientu;

qué cosas passarían

que dizí-las no pueu?


Hizu Dios un milagru;

no poía por menus!

 

Toítu enllenu de tierra

le levanté del suelu,

le miré mu despaciu, mu despaciu,

con una miaja de respetu.


Era un iju, el mi iju!,

iju d’ambus, iju nuestru…

Ella me lo piía

conos braçus abiertus,


Qué bonita que estava

llorandu i sonriyendu!

 

Venía clareandu;

s’oyían alo lexus

las risotás delos pastoris

i el dolondón delos cencerrus.

 

Besé ala mairi i le quité al mi iju;

salí con él corriendu,

i en un regachu d’augua crara

le lavé tol su cuerpu.

 

Me sentí más onrau,

más cristianu, más buenu,

bautizandu al mi iju comu el cura

bautiza los mochachus en el puebru.


Tien que sel campusino,

tien que sel delos nuestrus,

que pa algu nació baxu una enzina

del caminu nuevu.


Dizin que la nacencia es una cosa

que miran los señoris en el puebru;

pos pa mí que el mi iju

la tien mejol que ellus,

que Dios hizu en pressona cona mi Juana

de comairi i de meicu.


Assina que nació besó la tierra,

que, agraecía, se pegó al su cuerpu;

i hue la mesma luna

quien le pagó aquel besu…


Qué sabin d’estas cosas

los señoris aquellus?

Dos salimus del choçu,

tres golvimus pal puebru.


Hizu Dios un milagru nel caminu:

no poía por menus!

 

 

Temas

Blog sobre la lengua extremeña

Sobre el autor

Lo que nos proponemos con este blog es que la lengua extremeña se empiece a ver escrita. Para que vuelva a formar parte de la vida de quienes la empleaban habitualmente pero también para que la conozcan quienes han crecido al margen de ella. El objetivo, en fin, es que la gente recupere el contacto con una lengua que le es familiar pero que por vergüenza y desprestigio social ha ido desapareciendo. Iremos publicando artículos en las dos lenguas para que vayáis comparando y aprendiendo a descubrir el castúo o extremeño y, sobre todo, para que veáis que conocer la lengua extremeña es compatible con el uso habitual del castellano


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