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Ermita de la Magdalena, un paraíso de cerezos bajo las estrellas en Tornavacas
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Víctor Gibello | 14-11-2014 | 10:47

Ermita de la Magdalena bajo las estrellas.
Ermita de la Magdalena bajo las estrellas./ Víctor Gibello

VER TODA LA GALERÍA DE FOTOS DE LA ERMITA DE LA MAGDALENA Y ENTORNO / Autor: VÍCTOR GIBELLO

 

La previsión meteorológica informaba de cielo totalmente despejado. La floración alcanzaba sus últimos días de esplendor. Llevaba dos años buscando una ocasión propicia para fotografiar un lugar especial del Valle del Jerte a la luz de las estrellas: los restos de una ermita medieval entre cerezos. Tenía que aprovecharla.

El despertador sonó a las 2 de la madrugada. Me levanté, preparé el equipo fotográfico y salí de viaje rumbo a Tornavacas, localidad situada en el extremo norte de la provincia de Cáceres. Carreteras vacías, noche sin luna, ilusión por la aventura, alegría de volver a pisar este querido pueblo en el que pasé unas vacaciones de verano durante mi adolescencia. Puse la radio, sintonicé diversas emisoras en busca de algo adecuado para eludir la llamada de Morfeo. A las 4:30 llegaba a mi destino, entonces sonaba la música de Metallica acompañada de la Orquesta Sinfónica de San Francisco. Dejé que su clásico Nothing else mathers sonara hasta el final; su energía, supuse, me ayudaría a recorrer las horas de vela hasta el amanecer.

Descendí del coche tarareando el estribillo de la canción. Las estrellas brillaban como solo lo hacen en los cielos de las montañas, la atmósfera estaba limpia, el río Jerte corría próximo, humedeciendo con su aliento el entorno. La Vía Láctea aparecía esplendorosa, cruzando la bóveda celeste de norte a sur sobre el templo. Lo árboles, ausente el viento, permanecían inmóviles con su manto blanco. Las flores competían con los cuerpos celestes; absorto en la contemplación de unas y otros no reparé en que el alba llegaría puntual a su cita haciendo imposible la sesión fotográfica nocturna…

Vía Láctea sobre la ermita de la Magdalena.
Vía Láctea sobre la ermita de la Magdalena./ Víctor Gibello

A mediados del siglo XIV Europa fue asolada por una temible enfermedad, la Peste Negra. En escasos años, de 1346 a 1353, la epidemia se propagó desde Crimea hasta las Islas Británicas, desde la Península Ibérica hasta Escandinavia, sumiendo el continente en el caos. La mortalidad superó el 60% de la población; algunas ciudades quedaron totalmente desiertas y los campos vacíos.

Según las fuentes históricas, todo comenzó en la ciudad de Caffa (Feodosia), situada a orillas del Mar Negro. En 1346 los mongoles sometían este importante centro comercial a un terrible asedio. Para forzarlo a la rendición, lanzaron al interior sus muertos infectados de peste mediante catapultas. Fue este un primitivo intento de guerra bacteriológica de consecuencias tan devastadoras como inimaginables. A la par que la enfermedad se extendía, el pánico se desató en la ciudad y un grupo de mercaderes genoveses consiguió escapar. Cuando arribaron a las costas italianas la enfermedad ya se había cebado con los tripulantes: huyendo de la muerte, llevaron la muerte con ellos, sus cuerpos fueron el transmisor de la peor pandemia de la Historia de Europa. Italia se convirtió en el trampolín necesario, sus comerciantes serían los encargados de diseminar la enfermedad durante sus viajes.

Cerezos en flor bajo las estrellas.
Cerezos en flor bajo las estrellas./ Víctor Gibello

La Peste Negra tenía tres variantes: la bubónica, que provocaba la inflamación de los ganglios del sistema linfático, especialmente en cuello, ingles y axilas, hasta formar grandes bubas o carbuncos; la septicémica, caracterizada por la contaminación de la sangre y la aparición de manchas negras sobre la piel; y la neumónica, que afectaba al aparato respiratorio. Las dos últimas variantes eran letales en todos los casos, mientras que algunos infectados de la variedad bubónica podían sobrevivir. Una vez producido el contagio en una localidad, las bacterias incubaban durante unas tres semanas, a partir de entonces las muertes se sucedían sin parar. Cuando la población adquiría conciencia de lo que estaba pasando, el número de contagiados hacía difícil la contención de la enfermedad; la gente, aterrorizada, huía a los campos, portándola y siendo nuevos vehículos de transmisión. Atrás solo quedaban muerte, enfermos sin atención y posibles apestados encerrados en sus viviendas. El pánico es el mejor aliado de una epidemia, esto lo saben bien algunas compañías farmacéuticas actuales.

Cerezos en la noche.
Cerezos en la noche./ Víctor Gibello

G. Bocaccio, en El Decameron, narra la salida de 10 jóvenes de Florencia huyendo de la Peste. Los personajes de su obra se marchan de la ciudad, como hicieron tantos otros en la realidad, y se instalan en una villa en pleno campo durante 10 días. Allí se entretienen con la narración de cuentos que pretenden hacer olvidar la dolencia que les acecha. Florencia sería golpeada duramente por el mal oriental, de sus más de 90.000 habitantes solo sobrevivieron unos 30.000.

Recientes estudios multidisciplinares han permitido conocer en profundidad la enfermedad. Gracias a excavaciones arqueológicas ligadas a obras férreas en Inglaterra han sido localizados enterramientos de muertos por la Peste Negra. El análisis de los restos ha posibilitado la secuenciación del ADN de la bacteria causante de los estragos: Yersinia Pestis es su nombre científico. La comparación del ADN antiguo de la bacteria y de las cepas actuales muestra que el microorganismo ha cambiado muy poco en los últimos 650 años; sigue siendo mortal, como evidencian los 60 fallecidos recientes en Madagascar, si no es combatido con antibióticos. Las investigaciones también han puesto en tela de juicio las hipótesis tradicionales de las vías de contagio. Se afirmaba que eran las pulgas alojadas en las ratas las portadoras de la Peste; sin embargo, la velocidad de propagación sugiere fórmulas totalmente distintas: la infección debió producirse de humano a humano, por vía aérea. Obviamente, como arqueólogo, siento una sana envidia hacia los compañeros que han podido llevar a cabo estas investigaciones, no tanto por los resultados, cuanto por contar con los medios y apoyos institucionales para realizarlos. Aquí cualquier planteamiento innovador que permita abrir nuevas vías de conocimiento es rechazado y ridiculizado; las grandes obras de infraestructuras realizadas con dinero público han destinado migajas a nuestro Patrimonio Cultural afectado durante las obras, “restillos” con los que no se pretende más que cubrir expedientes administrativos. No hay interés científico, tan sólo cumplimentación de formularios administrativos y dar respuesta a legislaciones autonómicas, cortas de miras e incapaces.

Tras el paso de la Peste Negra, los 80 millones de europeos quedaron reducidos a algo menos de 30 millones, según estimaciones conservadoras. El panorama debió ser realmente desolador: regiones enteras deshabitadas, cultivos abandonados a su suerte, el miedo instalado entre los supervivientes. El fin del  mundo parecía próximo. Pero la vida siguió adelante. La vida siempre sigue su curso, se abre paso en las condiciones más adversas y con ella llegan nuevas oportunidades para prosperar, para sonreír, para celebrar. La escasez de mano de obra provocó un aumento de los salarios, el corto número de pobladores en el campo permitió la creación de explotaciones agrarias más grandes y productivas. Hasta el clima, causante de las malas cosechas que habían generado desnutrición en los años previos a la llegada de la enfermedad, pareció volverse más benévolo. Se inició un proceso de crecimiento económico y tuvo lugar un considerable aumento de la natalidad. Por todas partes se levantaron nuevos templos en agradecimiento a la Divinidad que había frenado el Apocalipsis.

Puerta de las estrellas.
Puerta de las estrellas./ Víctor Gibello

En cada pueblo, incluso en los más pequeños, se erigieron ermitas en la segunda mitad del siglo XIV, fueron cantos a la vida, a la esperanza, a la continuidad, lugares en los que agradecer la pervivencia, memoriales de los fallecidos, recordatorios del desastre. Es posible que la Ermita de la Magdalena de Tornavacas se erigiera con estos fines.

Se trata de un reducido edificio de planta rectangular y cabecera plana, abierto al Valle del Jerte, alzado sobre un altozano. Un lugar especial con vistas espectaculares del entorno circundante, rodeado en su origen de bosques espesos y hoy de cerezos. La ermita está prácticamente perdida, los muros perimetrales se levantan escasamente del suelo. Tan solo se yergue, aún altiva, la puerta del lado oeste: un arco ojival que crea un marco singular desde el que contemplar el entorno. La apertura y pavimentación de caminos agrícolas ha dejado el templo como colgado hacia poniente; este hecho, unido a la falta de mantenimiento y medidas de conservación hacen que su pervivencia esté en riesgo. La ermita se consagró bajo la advocación de María Magdalena, uno de los personajes más intrigantes y controvertidos de la historia de la cristiandad. 

Ermita entre cerezos.
Ermita entre cerezos./ Víctor Gibello

María Magdalena es una de las figuras más importantes de los Evangelios canónicos, también uno de los personajes más misteriosos de cuantos aparecen en ellos. Desde los inicios del cristianismo, la iglesia construyó alrededor de su persona un laberinto de informaciones falsas e interesadas tendente a desprestigiarla, para restarle protagonismo y desplazarla de su posición privilegiada natural. Ella, que contó con el amor del Maestro, fue desprovista por intereses políticos, mundanos, del afecto de sus discípulos hasta convertir su existencia, su memoria, en una caricatura grotesca de lo que realmente fue. Los intentos por rebajar su importancia, por relegar a la actriz principal hacia un papel secundario, terminaron degradando a la más que posible compañera de Cristo hasta lo más bajo del escalafón moral. Así, la discípula predilecta fue convertida en la ramera despreciable, un fenómeno desgraciado repetido con tantas mujeres por nuestra hipócrita sociedad patriarcal, una manera tan sencilla como vil de desacreditar, degradar y humillar a media humanidad.

Con casi dos milenios de retraso, la Iglesia se retractó en el Concilio Vaticano II, deshaciendo, por fin, la falsa vinculación que había tejido entre la Magdalena y la prostituta arrepentida. Pese a que rectificar es de sabios, demorarse un par de milenios en la rectificación refleja una necedad descomunal. Además, el cambio en la consideración de su persona no ha venido acompañado, como debería, de una recuperación integral de su dignidad, de una asunción plena de su papel esencial en el cristianismo primitivo; se ha realizado casi por la puerta de atrás, de ahí que para la mayoría de los cristianos nada haya cambiado en el imaginario colectivo.

Por siglos María Magdalena fue vinculada al mal, fue la representación simbólica de los pecados del sexo, absurdo planteamiento pues el sexo nada tiene que ver con el pecado. De forma rocambolesca, La Magdalena fue asociada con Eva, la primera pecadora, la causante de la caída, opuestas ambas a María, la Virgen, la redentora, la sin mancha.

El Papa Gregorio Magno, en el siglo VI, llegó a calificarla como “esclava de la lujuria” en un texto nada inspirado por la Divinidad. Altas jerarquías eclesiásticas y teólogos la perfilaron como la pecadora arrepentida, como la penitente arrasada por la culpa. A extender esta imagen falsa se dedicaron los artistas durante siglos, incluso en obras de factura reciente expuestas en teóricas galerías de vanguardia. La pintura y la escultura ofrecen representaciones de María Magdalena como una mujer atormentada, retirada a una gruta aislada donde mortifica su cuerpo para purgar sus “culpas”, su pasado de prostituta y endemoniada.

Las primeras luces del alba iluminan el paisaje.
Las primeras luces del alba iluminan el paisaje./ Víctor Gibello

Los evangelios apócrifos y los gnósticos, entre los que hay uno atribuido a la propia Magdalena, dan una imagen bien diferente a la establecida por la Iglesia histórica después de “retorcer” y manipular los evangelios canónicos. Nació en Magdala, población a orillas del lago Tiberíades; aparece al lado de Jesús desde que este comienza a predicar en Galilea. La Magdalena forma parte del grupo de mujeres que acompañan al Nazareno, pero, al contrario que las otras, adquiere un elevado protagonismo, hecho que provoca enfrentamientos constantes entre el Maestro y sus discípulos varones que, no hay que olvidar, son hombres de su tiempo acostumbrados a minusvalorar y relegar a la mujer a un papel secundario. Jesús rompe con los tabúes vinculados a la separación de sexos, rompe con el desprecio a la mujer y con las normas sociales que la consideraban impura; al contravenir la tradición y las costumbres generó numerosos conflictos y fue objeto de duras críticas, no solo por los sectores más reaccionarios de la sociedad judía de su tiempo. María Magdalena, además, sostuvo económicamente a Jesús y sus discípulos, dado que todos habían dejado sus oficios para seguir al Maestro carecían de medios de subsistencia. María de Magdala y otras mujeres del grupo dotaron de financiación a la nueva secta surgida en torno al Nazareno con sus propios bienes; resultan, por tanto, figuras clave en el proceso de gestación del cristianismo y en el afianzamiento de las primeras comunidades, no simples comparsas.

La Magdalena permaneció al lado de Cristo incluso en el patíbulo. Mientras los varones huían cobardemente y negaban su vinculación con el Galileo, ella se mantuvo inquebrantable a su lado, ejemplo de lealtad y amor absolutos. Tras la muerte en la cruz, escondidos los apóstoles, los evangelios narran la resurrección de Cristo y su aparición a María de Magdala, a quien encomienda la misión de comunicar “la buena nueva”. Los textos canónicos la llaman entonces “compañera”, adjetivo exclusivamente empleado para ella que parece desvelar la relación existente entre Jesús y Magdalena. Así lo manifiestan numerosos teólogos, quienes sostienen una relación marital entre ambos. El Evangelio de Juan, el más cercano a los escritos gnósticos, ofrece pistas evidentes sobre la estrecha relación entre ambos, pistas mantenidas pese a las amputaciones y cambios posteriores en el texto. Las líneas que recogen el encuentro entre La Magdalena y Jesús al acudir ella a visitar el sepulcro para ungir su cuerpo yacente y encontrarlo vacío son muy claras al respecto; si se leen adecuadamente, reflejan una intimidad que trasciende la simple relación maestro-discípula.

El cristianismo en sus orígenes muestra una gran fragmentación entre grupos con ideas bien diferentes. La errónea comprensión de este tiempo pretende mostrar a las incipientes comunidades cristianas como un todo homogéneo y estático dotado de un credo concreto. Sin embargo, esta apreciación está muy alejada de la realidad histórica. Los dogmas no estaban definidos plenamente y no existía una teología cerrada, circunstancias que motivaron el nacimiento de diversos movimientos independientes, unos más ligados a la cultura judaica, y otros más influidos por cultos orientales o relacionados con la filosofía griega. Cualquiera de estas corrientes divergentes pudo fructificar como aglutinante de la nueva religión. Triunfó la línea liderada por Pedro y Pablo, la más cercana a la ortodoxia judía: siguiendo la tradición y la costumbre hebraica la mujer fue relegada y los principios femeninos despreciados, apartados del cristianismo. Si hubiera vencido otro sector, la Iglesia sería bien diferente en la actualidad. A partir del siglo IV, la corriente predominante, ya perfectamente jerarquizada y entrelazada con el poder político, con el Estado romano, consideró heréticos los restantes movimientos cristianos, dedicándose a la persecución implacable de todos ellos y a la eliminación sistemática de sus evangelios, no considerados veraces, canónicos.

Cerezos en flor.
Cerezos en flor./ Víctor Gibello

La Magdalena, como líder de la tendencia cristiana gnóstica, y sus sucesores fueron acallados, urdiéndose en torno a ellos una red de mentiras perpetuadas hasta el presente. Los gnósticos centraban su doctrina en la búsqueda de la sabiduría, no en el pecado; en la introspección espiritual, no en el poder político y la jerarquía mundana; ligaban al hombre con Dios como partes indivisibles de un mismo todo, no como dos realidades opuestas y separadas; en definitiva una vía de conocimiento espiritual personal, pues en la ignorancia reside el origen del sufrimiento, y no un sendero de ocultaciones e intermediarios.

En la actualidad los estudios teológicos más innovadores muestran a una Magdalena bien diferente. Gracias a los nuevos datos aportados por los manuscritos encontrados, María de Magdala puede ser redefinida como la fundadora real del cristianismo, ya no es la penitente, sino el Apóstol entre apóstoles, cabeza visible de un movimiento iniciado por Jesús que rompe con las tradiciones y los prejuicios imperantes en su tiempo, que sitúa a la mujer en posición igualitaria con el hombre, que libera a la humanidad de viejos yugos; un movimiento de principios tan modernos y revolucionarios que aún no se han logrado.

 

Amanecer en el Valle del Jerte.
Amanecer en el Valle del Jerte./ Víctor Gibello

Las primeras luces del amanecer muestran un nuevo espectáculo. Poco a poco la claridad se impone a la penumbra y el Valle del Jerte se ofrece en todo su esplendor. Asciende el sol animado por el canto de los mirlos y cada flor se torna maravilla luminosa. Millones de “copos” blancos, que con el pasó de los días se convertirán en dulces rubíes, cubren el valle y los montes. La fuerza de la primavera palpita en cada rincón contagiando hasta la última célula. Pese a haber dormido un par de horas, me siento cargado de energía, relajado, en sintonía con el espacio. Paseo entre cerezos, contemplo unos carbonerillos cuyo canto se mezcla con el sonido de las labores agrícolas. He de marchar ya, pero aún me detengo a observar el trabajo campesino. Degustar cada cereza debería ser un homenaje al esfuerzo de generaciones de agricultores, un esfuerzo titánico para convertir montes en vergeles, para ganar tierras en las que cultivar con mimo sus árboles.

Paisaje circundante.
Paisaje circundante./ Víctor Gibello
Paisaje desde la ermita.
Paisaje desde la ermita./ Víctor Gibello

Pienso en la música de Elizabeth Fraser como banda sonora de este momento, en concreto la canción Take me with you, una pequeña joya. Un crítico musical dijo de ella que si Dios cantara, lo haría con su voz. Volveré el año próximo a recargarme de la energía del Valle del Jerte, a compartir mi noche con los cerezos, a disfrutar de la luz de las estrellas y de un lugar singular consagrado a la Magdalena. Les hago una propuesta: ¿quieren acompañarme?

Río Jerte en las proximidades de la ermita.
Río Jerte en las proximidades de la ermita./ Víctor Gibello

 

 

 

 

Sobre el autor Víctor Gibello
Arqueólogo, historiador, historiador del Arte, fotógrafo, escritor, emprendedor. Es Director de la empresa ARQVEOCHECK con la que ha realizado numerosos trabajos de investigación, excavación, restauración y puesta en valor del Patrimonio Cultural por toda España, así como diversos proyectos internacionales. Paraísos Olvidados es un recorrido diferente por el Patrimonio de Extremadura, un viaje a los espacios más singulares, atractivos y amenazados de nuestra tierra, un experimento de divulgación que pretende crear conciencia en la sociedad para su conocimiento, valoración, protección, conservación y disfrute

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