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Habitar el Paraíso, Vegaviana (Cáceres)
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Víctor Gibello | 13-04-2015 | 17:56

Vista de Vegaviana desde la cañada./ Víctor Gibello
Vista de Vegaviana desde la cañada./ Víctor Gibello

VER TODA LA GALERÍA DE FOTOS DE VEGAVIANA / Autor: VÍCTOR GIBELLO

 

Durante milenios el hombre vivió en la Naturaleza. Formó parte de ella. Su comportamiento no difería sustancialmente del de los animales que conformaban el sistema complejo y maravilloso que habitaba. Con el tiempo fue capaz de domesticar bestias y plantas. Esta mezcla de habilidades y conocimientos adquiridos fueron distanciándolo hasta creerse capaz de dominar a la Madre. Se alejó tanto que ya no se reconocía en Ella. En lugar de buscar el sustento que todo ser necesita para la vida, devoró lo que encontró a su paso. Taló bosques, desecó lagos, convirtió vergeles en desiertos, emponzoñó océanos enteros y provocó la extinción de especies, hasta el punto de poner en riesgo su propia existencia.

Este podría ser el argumento de una narración apocalíptica, pero, desgraciadamente, es un brevísimo resumen de nuestra historia como especie sobre el planeta. Desde el periodo neolítico hasta nuestros días, el hombre ha tomado un camino cada vez más alejado de su esencia. Los cambios se han sucedido vertiginosamente durante los dos últimos siglos merced a los avances tecnológicos. Hemos llegado a considerarnos el centro del Universo, seres ajenos a nuestro mundo, como si estuviéramos insertados en un entorno extraño, un entorno que explotar y esquilmar sin más medida que las propias “necesidades”.

Como parte de este proceso, los humanos dejaron de morar en cuevas y campamentos al aire libre, en pequeños grupos, y pasaron a ocupar terrenos abiertos en los que levantaron pueblos de año en año más grandes. El nómada se convirtió en sedentario, el campamento estacional dio paso al asentamiento estable. Nacieron pueblos, crecieron ciudades y el ámbito de la naturaleza quedó relegado, fuera del espacio doméstico, expulsado.

Por razones de seguridad, pero también económicas, jurídicas, simbólicas y/o religiosas se elevaron murallas que no hicieron sino definir una barrera que separaba físicamente el campo de la ciudad, el espacio de la naturaleza, más o menos domesticada, de la residencia del hombre. La naturaleza, el campo, más allá de las murallas tornó área subordinada destinada a proveer de materias primas y alimentos para el insaciable estómago urbano.

La ciudad moderna eliminó las murallas o las convirtió en reliquias del pasado; sin embargo, la barrera campo-urbe siguió perfectamente definida sobre los planos. Cual si de un límite invisible se tratara, las líneas trazadas por arquitectos y urbanistas siguieron separando al hombre del medio natural, quizás por costumbre, quizás por incomprensión, quizás por falta de sensibilidad y conocimiento, quizás por no reflexionar adecuadamente sobre las verdaderas necesidades de nuestro espíritu dormido.

Vista de entorno de Vegaviana./ Víctor Gibello
Vista de entorno de Vegaviana./ Víctor Gibello

 

Toda regla tiene su excepción. Vegaviana es absolutamente excepcional en muchos sentidos. La culminación de una utopía urbanística creada para dar cobijo al hombre y a la naturaleza, un hogar para ambos, integrados, como antaño, como en los tiempos más felices.

Veamos los antecedentes y el contexto en que surge.

La necesidad de tierras para la abundante masa campesina de la España del siglo XIX era más que evidente. Jornaleros que malvivían de su trabajo, siempre pagado con miseria, reclamaban una reforma agraria. El viejo sueño de tierras para el que las trabaja fue una exigencia recurrente durante generaciones. Hoy, con el campo abandonado a su suerte, la petición parece de tiempos antiquísimos y, en realidad, hasta recientemente se seguía reclamando.

El movimiento regeneracionista de finales del siglo XIX planteó reformas generales en las que el agua y la agricultura estaban estrechamente vinculadas. Así fue recogido por la Ley de Colonización Interior promulgada en 1907. De su espíritu bebió el Plan Nacional de Obras Hidráulicas de la II República, publicado en 1934. La brevedad del periodo republicano impidió la ejecución de las obras programadas para la colonización de áreas del Guadalquivir y Guadalmellato. En los años del franquismo se retomaron algunas de las ideas previas y se materializaron numerosas obras públicas que permitieron la colonización y explotación de zonas muy deprimidas del país.

El Instituto Nacional de la Colonización, ente gestor creado en 1939, levantó 296 nuevas poblaciones en España entre 1945 y 1975, un esfuerzo descomunal para un país devastado por la Guerra Civil, destrozado económica y moralmente. Más de 52.000 familias de colonos y unas 5.200 de obreros fueron movilizadas, trasladadas a enclaves hasta entonces inexistentes. De los 296 pueblos, 63 fueron construidos en Extremadura (42 en Badajoz y 21 en Cáceres). El Plan Badajoz acaparó buena parte de los recursos disponibles en la región.

Tierras de labor de Vegaviana./ Víctor Gibello
Tierras de labor de Vegaviana./ Víctor Gibello

 

Pero es en la provincia de Cáceres donde se alza uno de los ejemplos más representativos de la dinámica colonizadora, de su urbanismo y arquitectura. Un ejemplo estudiado y alabado internacionalmente por sus múltiples bondades, un modelo estudiado por promociones de arquitectos y que resulta casi desconocido para muchos extremeños, Vegaviana.

Vegaviana no sería Vegaviana sin José Luis Fernández del Amo, el arquitecto que la diseñó. El día 29 se cumplirían 100 años de su nacimiento. De algún modo quiero que este artículo sea un homenaje a su memoria, a su obra y a la bonhomía que reflejan su trabajo y sus escritos.

Si bien las primeras obras ejecutadas por el Instituto Nacional de la Colonización fueron muy conservadoras en cuanto a planteamientos y modelos de referencia, los años 50 trajeron aires renovadores de la mano de una nueva generación de arquitectos encabezada por Fernández del Amo, de la Sota, Corrales y Cavestany. Poco a poco, ideas innovadoras fueron calando en el Instituto hasta dar lugar a obras realmente vanguardistas en las que novedosos trazados y códigos arquitectónicos modernos sustituyeron las manidas fórmulas tradicionalistas e historicistas obsoletas.

La investigación de fórmulas coherentes por parte de los técnicos es reflejo de la dedicación y el entusiasmo con el que estos jóvenes acometieron las tareas encomendadas. Fruto del estudio y del conocimiento de otras realidades constructivas, sus trabajos muestran la influencia, entre otras, de la escuela nórdica, donde Alvar Aalto y Arne Jacobsen promulgaban un racionalismo organicista ligado a las necesidades humanas.

Así, pese a la escasez de recursos, se realizó la arquitectura más vanguardista de su tiempo, una arquitectura que se adentra en el campo y que crea imágenes nuevas basadas en la repetición de módulos y formas puras. Con sorpresa, el medio rural contempló estas novedades de las que se creía ajeno y las terminó asumiendo con naturalidad absoluta. Quizás sean la escala humana, la racionalidad modular, la honradez del diseño, los materiales propios de la zona y la sencillez con que fueron creados las garantías de su éxito, pues se alcanzaron cotas aún no superadas por la arquitectura española contemporánea.

El pueblo se erigió en las cercanías de la Sierra de Gata, próximo al pantano del Borbollón sobre el río Árrago, en la finca denominada Entrearroyos. En Vegaviana y Moheda de Gata, ambos nuevos, así como en Moraleja y Huélaga se planificó el asentamiento de unas 1.500 familias que pondrían en cultivo amplias zonas irrigadas gracias al embalse. En 1954, aún con el proyecto definitivo sin aprobar, comenzaron las obras de construcción del pueblo, obras que se prolongarían hasta 1958. Además, se erigieron en el entorno otras 257 viviendas, terminadas en 1966, en los parajes denominados Mata Baja, Mata Alta, La Quinta, Rozacorderos, La Morra y Porciones dotados de escuela-capilla, realizados por el arquitecto Manuel Jiménez Varea.

Juego de repetición de volúmenes./ Víctor Gibello
Juego de repetición de volúmenes./ Víctor Gibello

 

El planteamiento general con el que se diseñó Vegaviana fue absolutamente rupturista y genial. Sáenz de Oiza señaló que en Vegaviana Fernández del Amo invirtió la historia al promover que el pueblo protegiera la Naturaleza en lugar de destruirla. Tengo la misma opinión. Hay que recordar que al introducir el regadío, las antiguas dehesas fueron desmontadas para abrir espacio a los cultivos, circunstancia que conllevó el talado de miles de encinas centenarias. Vegaviana acogió la dehesa en su interior, la respetó y la valoró, favoreciendo la armónica convivencia con los vecinos.

Plaza de la Montaña./ Víctor Gibello
Plaza de la Montaña./ Víctor Gibello

 

Desde el punto de vista urbanístico, Vegaviana se estructura en amplios espacios libres en los que el arbolado y la vegetación autóctona se mantienen no como decorado, sino como parte sustancial del lugar. Esta vegetación también crea un anillo perimetral verde, natural, no cultivado. Vegetación y viviendas constituyen cuatro grandes manzanas rodeadas por una red de circulación para carros y vehículos a motor, siendo totalmente peatonales las zonas interiores, con senderos que discurren entre los árboles. Los edificios de uso comercial y públicos se disponen en la zona central, en torno a dos plazas (la de José Luis Fernández del Amo, antes de la Jara, y la de los Artesanos) separadas, pero conectadas también peatonalmente. La configuración, aun siendo muy regular, no es hipodámica, pues el diseño define ligeras curvas capaces de romper con lo que hubiera supuesto una ortogonalidad excesiva. Las curvas, la irregularidad de las dimensiones de las manzanas, los frentes de viviendas dispuestos en dientes de sierra, con entrantes y salientes muy marcados, ayudaron a romper con el diseño rígido y, aún así, el resultado es armónico, coherente, funcional y estéticamente muy atractivo.

Los edificios públicos destacan por encima del caserío, de dimensiones más modestas. Ayuntamiento, iglesia y escuelas están alineados. El ayuntamiento dispone de torre del reloj y soportales en planta baja.

Imagen del interior del templo./ Víctor Gibello
Imagen del interior del templo./ Víctor Gibello

 

La iglesia no tiene una configuración canónica; posee una sola nave cubierta con bóveda de cañón y dos torres en la fachada principal en la que también se ofrece un mural de azulejería con representación de la Virgen de Fátima. En el interior destaca el Calvario que preside el templo y las interesantes vidrieras. Para todo ello del Amo se rodeó de un grupo de artistas de la vanguardia española de su tiempo, entre ellos J. Canivet, J. L. Sánchez, A. Suárez y A. Valdivieso.

Detalle de Calvario junto al altar./ Víctor Gibello
Detalle de Calvario junto al altar./ Víctor Gibello

 

La escuela destaca por su diseño curvo y la presencia de una torre que compite en altura con las de la iglesia. Tenía siete aulas y casa para maestros.

Torre de la escuela./ Víctor Gibello
Torre de la escuela./ Víctor Gibello

Se diseñaron seis tipos de viviendas diferentes para colonos y una para obreros agrícolas. Todo en ellas, la casa, el establo, el almacén, etc., está definido con un criterio funcional, pensado para el uso al que iban a estar destinados. Fernández del Amo ideó desde la retícula urbana, hasta el pomo de las puertas, un trabajo creativo enorme, el sueño de todo arquitecto. Con gran dedicación consiguió crear un conjunto especial en el que tradición y modernidad se daban la mano, en el que campo y ciudad convivían, en el que la funcionalidad estaba ligada a la calidad del diseño. Un Paraíso para el hombre que parece independiente de las tierras de cultivo que lo rodean, una colonia en la naturaleza dotado de unas condiciones de vida óptimas para sus moradores.

El trabajo realizado por Fernández del Amo fue de tal calidad que en 1958, en el V Congreso de la Unión Internacional de Arquitectos celebrado en Moscú recibió la Mención de Honor. Distinción a la que siguió el Premio Anual de la Crítica de Artes Plásticas en 1959 por una exposición sobre Vegaviana. En 1961 le fue otorgada medalla de Oro en la VII Bienal de Sao Paulo en el apartado de Panificación de Concentraciones Urbanas con un jurado presidido por Niemeyer. El Ministerio de Fomento editó en 1998 la Guía de Arquitectura para catalogar e inventariar el Patrimonio Arquitectónico de España, en ella aparece Vegaviana como una de las 17 obras maestras de la arquitectura española del siglo XX. En octubre de 2012, para celebrar el Día Mundial de la Arquitectura, la Fundación DOCOMOMO Ibérico colocó una placa en el ayuntamiento como recordatorio y reconocimiento de obra magnífica.

Casa y árbol comparten el espacio./ Víctor Gibello
Casa y árbol comparten el espacio./ Víctor Gibello

 

Vegaviana es modelo y referencia en las escuelas de Arquitectura, un ejemplo a seguir para todos los arquitectos de práctica profesional honesta capaz de mostrar que con escasos recursos pueden alcanzarse altas cotas de excelencia.

Es deber de todos, especialmente de las instituciones, proteger este tesoro que engalana nuestra tierra y legarlo del mejor de los modos posibles a las próximas generaciones. Para ello el conjunto de Vegaviana ha de ser dotado de normas y figuras de planeamiento que lo defiendan de las amenazas que lo cercan, pues ni siquiera existe un Plan General Municipal aprobado que regule las actuaciones en el espacio; amenazas que constituyen un riesgo real para la continuidad del pueblo con las características que lo hacen único, exclusivo. Entre ellas hay que citar la ampliación del poblado con manzanas cuya arquitectura no se armoniza con la precedente, la pavimentación innecesaria de áreas en las que la vegetación autóctona debería prevalecer y la remodelación incontrolada del exterior de las vivienda.

Recientemente, como medida tendente a su salvaguarda, la Consejería de Educación y Cultura ha incoado la Declaración de Bien de Interés Cultural en calidad de Conjunto Histórico a Vegaviana.

Esta es la segunda vez que se plantea. En esta ocasión, como en la anterior, cuenta con el rechazo del Ayuntamiento de la localidad, que entiende que la declaración puede causar perjuicios en el futuro desarrollo del municipio. En la ciudadanía hay cierto malestar e inquietud, probablemente porque maneja una información incompleta. Desde la Consejería de Educación y Cultura se debería hacer didáctica y explicar abiertamente qué supondrá para Vegaviana su reconocimiento como Conjunto Histórico.

Paseando por Vegaviana./ Víctor Gibello
Paseando por Vegaviana./ Víctor Gibello

 

Lejos de polemizar sobre la conveniencia de la incoación, ha de comprenderse por parte de los habitantes de Vegaviana que poseer un paraíso como el que habitan supone un gran privilegio, pero también importantes responsabilidades. El futuro de Vegaviana, estoy convencido, pasa por el mantenimiento del conjunto, por la conservación de todos los elementos que lo hacen singular, pues es precisamente esa singularidad una garantía de éxitos para el presente y para el futuro. La declaración de Bien de Interés Cultural traerá, además, medios para el sostenimiento de los bienes públicos y ayudas para la mejora de los privados, pudiendo acogerse la localidad a diversos programas de mantenimiento y conservación de Bienes Culturales.

Para comprobar como una declaración de Conjunto Histórico no sólo no supone un perjuicio para la ciudadanía, sino que representa una iniciativa capaz de agilizar su economía, bastaría analizar otros ejemplos regionales. En todos ellos se percibe un dinamismo económico superior al de poblaciones carentes de declaración patrimonial alguna. El Patrimonio genera sinergias que dinamizan pueblos y ciudades, se convierten en motores de desarrollo.

Fuente junto a cabecera de la iglesia./ Víctor Gibello
Fuente junto a cabecera de la iglesia./ Víctor Gibello

 

Para realizar las fotografías que aparecen en el artículo, viajo hasta Vegaviana. Llego al desvío del pueblo acompañado de la música de Ray Lamontagne. Suena la canción Let it be me mientras esquivo los múltiples baches abiertos en la carretera. Es lamentable que las instituciones responsables tengan abandonado de este modo a Vegaviana.

Alcanzo la población y recorro sus calles muy despacio, casi con la misma cadencia que Lamontagne toca la guitarra. Me deleito con la vegetación, con los juegos de luces y sombras de las casas. Hago un recorrido general por las calles transitables cruzándome con numerosos ciclistas octogenarios. Esta debe ser una de las poblaciones españolas con más bicicletas en uso per cápita.

Incluso las puertas de las cocheras son hermosas en Vegaviana./ Víctor Gibello
Incluso las puertas de las cocheras son hermosas en Vegaviana./ Víctor Gibello

 

Dejo el coche aparcado junto al Ayuntamiento y me adentro en esta peculiar dehesa habitada por árboles, casas y personas. Charlo con algunos vecinos encantados de narrarme sus peripecias vitales, sus orígenes y el modo fecundo de arraigar en una tierra que no era la de sus mayores. Me sorprende la vitalidad y buen talante de todas las personas con las que me cruzo, obviamente la salubridad del emplazamiento y el diseño de pueblo y viviendas han de ser algunos de los factores responsables de ello.

Detalle de casas entre arbolado./ Víctor Gibello
Detalle de casas entre arbolado./ Víctor Gibello

 

Converso con Juana, que llegó siendo una moza al pueblo y nunca ha tenido intención de abandonarlo. Aquí encontró el hogar que todos ansiamos. No hay sitio mejor que Vegaviana, afirma con rotundidad. Me cuenta que los principios fueron muy sacrificados. Vivieron una larga temporada en barracones carentes de las comodidades básicas. El trabajo entonces era durísimo, había que abrir monte para lograr tierra cultivable, no había instalaciones ni infraestructuras aún. A pesar de ello, del origen dispar de las familias, procedentes de muchos pueblos, y de que las primeras cosechas no fueron favorables, recuerda los sentimientos de ilusión y unión de todos, sentimientos que todavía la emocionan. Todos se ayudaban para salir adelante, la solidaridad era la norma. Me comenta el caso de Antonio, que enfermó gravemente. Dado que no tenía recursos para pagar los costes médicos, entre todos costearon su tratamiento; desde entonces fue conocido como Antonio El Enfermo. Percibo sus ojos vidriosos cuando, con pena no contenida, habla de cómo han cambiado las cosas. “La política no ha hecho más que crear desunión y enfrentamientos en el pueblo, esto ya no es lo que era”, reflexiona. La compañera con la que camina asiente con su cabeza, tiene su mismo pensamiento.

Anciana tomando el sol a la puerta de su casa rodeada de flores./ Víctor Gibello
Anciana tomando el sol a la puerta de su casa rodeada de flores./ Víctor Gibello

 

Las dejo con su paseo matinal, yo transito en dirección opuesta a ellas. Pienso en los tiempos iniciales de la colonia. Habitualmente, cuando los técnicos definimos Vegaviana y otras poblaciones coetáneas tendemos a referirnos al espacio, a las viviendas, a los edificios públicos y, sin querer, olvidamos al actor principal de esta formidable aventura: el colono.

En la España de la posguerra y el hambre, miles de familias se movilizaron en un fenómeno sin precedentes en los tiempos modernos. Buscaban una vida mejor, la prosperidad negada, lograr que sus retoños salieran adelante. Los imagino determinados a enfrentarse a cuanto hiciera falta, a remover la tierra con sus manos si fuera necesario. Para mí ellos representan la imagen contemporánea del frontero medieval, de esos valientes dispuestos a arriesgar su vida en pos de una tierra de esperanza, en pos de una vida digna.

Es emocionante contemplar como muchos cumplieron su sueño. Sus hijos y nietos siguen morando en el espacio que tantos esfuerzos costó conseguir, ellos viven en un enclave privilegiado nacido de sudores y trabajos incontables. Honremos la memoria del colono, de alguna forma todos lo somos o lo seremos en algún momento de nuestra vida en el que habremos de abrirnos paso para alcanzar tierra virgen donde sembrar sueños y esperanzas.

Vista de la Plaza de José Luis Fernández del Amo./ Víctor Gibello
Vista de la Plaza de José Luis Fernández del Amo./ Víctor Gibello

 

Terminado el recorrido, regreso al coche. Me detengo a observar la escultura al colono. No sé cuantos de ellos se verán representados en ese conjunto metálico, lo que sí puedo garantizar es que los gorriones han colonizado su interior con decenas de nidos, su algarabía se oye a distancia.

He de abandonar Vegaviana sin poder contemplar las espléndidas puestas de sol que los vecinos afirman disfrutar. Prometo volver a fotografiar los atardeceres y la noche, pues, según me han asegurado, está llena de estrellas. Como despedida y evocación del ocaso no observado, recuerdo la canción Allá se me ponga el sol. Fue compuesta entre fines del siglo XV e inicios del XVI por Juan Ponce, canción que forma parte del denominado Cancionero de Palacio, conservado en el Palacio Real de Madrid. La versión que ofrezco es la realizada por Delia Agúndez y el agrupación musical Cinco Siglos. Delia es una soprano cacereña de voz maravillosa que pasea su arte por media Europa y nos regala actuaciones memorables en cada concierto, como solista y formando parte de diversas agrupaciones musicales. Alejada del divismo que caracteriza a muchos de sus compañeros de profesión, Delia conecta fácilmente con el público gracias a la simpatía y la cercanía naturales con que interactúa.

Me marcho ya con la voz de Delia y con una frase para la reflexión de José Luis Fernández del Amo, toda una declaración de intenciones que habla de la filosofía en que cimentó su gran obra:

Solo hay una arquitectura: la que sirve al hombre. Pero tenemos el deber, la responsabilidad de hacer que ese hombre quiera vivir mejor. Que la arquitectura le asista en una auténtica superación: la casa, el taller, la escuela, la iglesia, la ciudad. Desde fuera y por dentro, desde el urbanismo a la interioridad. Hacerle grato el entrar en la casa y el salir de ella. Quitar fronteras, chafar orgullos, reducir diferencias, que todo sea recinto de convivencia y el ámbito de su paz. Que la objetiva virtualidad del arte le llegue al espacio vital y al utensilio. Que se sienta bien y se haga mejor. Que le proteja de la intemperie y le alivie de las fuerzas oscuras que ensombrecen el mundo”.

Casas de la Plaza de la Isla./ Víctor Gibello
Casas de la Plaza de la Isla./ Víctor Gibello

 

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Sobre el autor Víctor Gibello
Arqueólogo, historiador, historiador del Arte, fotógrafo, escritor, emprendedor. Es Director de la empresa ARQVEOCHECK con la que ha realizado numerosos trabajos de investigación, excavación, restauración y puesta en valor del Patrimonio Cultural por toda España, así como diversos proyectos internacionales. Paraísos Olvidados es un recorrido diferente por el Patrimonio de Extremadura, un viaje a los espacios más singulares, atractivos y amenazados de nuestra tierra, un experimento de divulgación que pretende crear conciencia en la sociedad para su conocimiento, valoración, protección, conservación y disfrute

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