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Nostalgia del castillo de Hornachos
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Víctor Gibello | 13-04-2015 | 17:57

Hornachos bajo la luna
Hornachos bajo la luna./ Víctor Gibello

VER TODA LA GALERÍA DE FOTOS DEL CASTILLO DE HORNACHOS / Autor: VÍCTOR GIBELLO

 

Hornachos es un pueblo con dos localizaciones, la geográfica y la del corazón. La primera es fácil de ubicar, basta con rastrearla en un atlas o hacer una búsqueda simple con Google Earth. Se sitúa en la margen sur de Tierra de Barros, a los pies de la Sierra Grande, en una posición central, aproximadamente, de la provincia de Badajoz. La segunda precisa de una metodología exploratoria bien diferente, nada ligada a mapas y topografías y vinculada a la cartografía de los sentimientos y de la memoria, heredados de generación en generación desde 1610 hasta nuestros días. La Hornachos del corazón reside en el exilio, en la orilla meridional del Mediterráneo, repartida por Marruecos, a muchos kilómetros de distancia de Extremadura, desde donde suspira evocando la luz de la luna reflejada sobre los viejos muros del castillo que domina el pueblo; desde donde clama, con paciencia infinita, por la justicia negada durante 400 larguísimos años de destierro.

En 1609, Felipe III, uno de los peores monarcas de la Historia española, hedonista dedicado a su autocomplacencia mientras el reino se adentraba en una crisis sin precedentes, entregado al mal gobierno de incapaces y corruptos bajo la dirección del infame duque de Lerma, firmaba el Decreto de expulsión de los moriscos, la principal minoría de los reinos hispanos de aquellos tiempos. He resuelto que se saquen todos los Moriscos de ese Reino, y que se echen en Berbería, fueron algunas de las palabras que rubricó. La disposición cambió dramáticamente la vida de más de 300.000 personas, que hubieron de dejar sus casas, sus posesiones, su país camino de un futuro incierto, lleno de peligros y avatares, sumido en nostalgias de su tierra y la de sus ancestros. 300.000 almas abandonadas a su suerte, embarcadas en un viaje sin retorno contrario a su voluntad, ante el que nada podía hacerse mas que ser cumplido.

 

Hornachos coronado por su castillo
Hornachos coronado por su castillo./ Víctor Gibello

¿Quiénes eran los moriscos?

Según avanzaba hacia el sur el proceso de conquista, los reinos cristianos de León, Castilla, Aragón y Navarra iban integrando poblaciones musulmanas que decidían permanecer en su lugar de residencia, en la tierra de sus mayores. Las capitulaciones llevaban aparejadas condiciones relativamente generosas para los vencidos, entre ellas el mantenimiento de religión, lengua y costumbres propias. La intransigencia de la cultura dominante, que fue aumentando con los años, tensó las relaciones entre comunidades hasta generar situaciones insoportables para la minoría musulmana. La conquista del reino de Granada conllevó un aumento en la presión contra los mudéjares o moros del rey, como se les denominaba.

El 14 de febrero de 1502, contraviniendo los acuerdos históricos, se promulgó la Pragmática de Conversión forzosa que obligaba a la conversión al cristianismo de todos los musulmanes o su expulsión. Tres días después, el 17 de febrero, una nueva Pragmática les impedía abandonar el reino, no dando más opción que abrazar el cristianismo. Pese a las reclamaciones y revueltas, las autoridades se mantuvieron firmes en su decisión y se practicaron bautismos en masa, una pantomima absurda en la que los principios de fe fueron totalmente ignorados. A partir de entonces, los musulmanes hispanos pasaron a ser denominados moriscos, un apelativo despectivo derivado del término moro, con el que se pretendía definir a los cristianos nuevos.

Los procesos de aculturación de los mudéjares habían generado durante los siglos bajomedievales una cultura mestiza en la que se fusionaban elementos cristianos e islámicos. Muchos miembros de esta singular cultura estaban perfectamente integrados en la sociedad de su tiempo, siendo aceptadas sus peculiaridades. La conversión obligatoria no supuso gran quebranto para muchos de estos mudéjares, que, obviamente, ya habían perdido la identidad originaria de sus mayores, dejado de hablar árabe y abrazado el cristianismo. En cambio, provocó un gran impacto en grupos menos receptivos a influencias extrañas a sus comunidades, que mostraban orgullosas sus costumbres, su lengua y su religión como elementos diferenciadores. Este es el caso de los hornacheros, celosos de su cultura tradicional y reacios a asumir imposiciones foráneas.

 

Panorámica de Hornachos desde la sierra
Panorámica de Hornachos desde la sierra./ Acceso a la fortificación./ Víctor Gibello

Según avanzaba el siglo XVI, las condiciones de vida fueron endureciéndose progresivamente, pues las inoperantes medidas de evangelización y catequización dieron paso a procesos de represión decidida que pretendían liquidar las peculiaridades culturales moriscas. Las consecuencias directas de ello fueron los violentos alzamientos populares, de los cuales la rebelión de las Alpujarras, también llamada Guerra de las Alpujarras (1568-1571), fue el más grave. Felipe II se vio obligado a usar todo el poder de los tercios para sofocar la rebelión. La violencia con que actuaron ambos bandos fue desmedida, según narraron los cronistas. Juan de Austria, al mando de las tropas reales, se empleó con una dureza extrema hasta dar por zanjada la guerra, que trajo la muerte, la esclavitud y la deportación para los moriscos granadinos. Los supervivientes, unos 90.000, fueron distribuidos por Castilla y el territorio fue repoblado con cristianos viejos ajenos totalmente al espacio.

El conflicto no hizo más que afianzar en la élite dirigente la idea de que los moriscos eran ingobernables y que su asimilación resultaba tarea imposible, por lo que debían ser expulsados cuanto antes. Además, se aducía el peligro que representaban para la seguridad del Estado dado que podían actuar como quintacolumnistas al servicio del Turco, entonces una de las potencias en el Mediterráneo, a quien, teóricamente, habían solicitado ayuda. Algunos investigadores, sin embargo, sostienen que la expulsión de los moriscos se proyectó como cortina de humo para tapar las pésimas acciones del gobierno, la tregua con los Países Bajos y la progresiva pérdida de poder de la Corona en la política internacional; una forma vil de acallar las voces críticas con una medida populista que no hacía más que alimentar los más bajos instintos, utilizando una minoría como chivo expiatorio de todos los problemas, los reales y los imaginarios. Nada nuevo: mentiras usadas para disimular atropellos y desgobiernos, impúdicos actos de propaganda con los que se ensalza a personajes de talla escasa y corta moral.

Los primeros deportados fueron los moriscos valencianos, obligados a dejar su patria desde septiembre de 1609; seguidamente, ya en 1610, les tocó el turno a los murcianos, andaluces y hornacheros, embarcados en Sevilla, Málaga y Cartagena rumbo al exilio. Poco después sufrieron el mismo destino castellanos, catalanes, aragoneses y navarros, poniendo fin a un proceso vergonzoso que duró menos de un año. El destino de estas gentes fue variado, la mayoría terminó asentándose en el área del Magreb, principalmente los actuales Marruecos y Túnez, aunque hubo familias que se trasladaron a Argelia, Libia, Egipto, Turquía.

La acogida que les dispensaron fue distinta en cada lugar. Hubo plazas en las que se integraron con prontitud en la sociedad local, siendo absorbidos por descendientes de andalusíes emigrados tiempo atrás, y otras donde sufrieron un rechazo frontal y fueron objeto de hostigamiento, pues no se les veía como musulmanes verdaderos: en España no eran considerados cristianos y en el Magreb no eran aceptados como musulmanes. Triste castigo para gentes inocentes, sin delito. Hubo moriscos que confiaban en que los decretos de expulsión serían derogados de inmediato y podrían volver a sus casas; incluso algunos sufrieron escarnio y martirio al proclamar su catolicismo. Muertes sin sentido.

 

Acceso a la fortificación./ Víctor Gibello
Acceso a la fortificación./ Víctor Gibello

Pero volvamos a Hornachos, donde nos espera una historia dolorosa y fascinante a un tiempo, una epopeya digna de ser narrada, digna de ser conocida como parte de nuestra Historia.

Hornachos, la Furnayus islámica que citara el geógrafo Idrisi en el itinerarios Mérida – Córdoba, se asentaba en el actual cerro del castillo y alrededores. Fue una población próspera dedicada a la minería, la agricultura y el comercio, destacada durante los tiempos de la dominación almohade, momento en el que se construyen y/o se reparan los lienzos de su alcazaba.

Entre 1234 y 1235 tuvo lugar la conquista cristiana, siendo inmediatamente donados villa y alfoz a la Orden de Santiago, que estableció allí una cabeza de encomienda. La conquista no conllevó cambios muy significativos en la vida de los pobladores que decidieron permanecer en el lugar, incluso los siglos de la Baja Edad Media fueron testigos de un notable florecimiento económico en Hornachos. A finales del siglo XV, la villa era cabeza de partido, sede de gobernador y tenía jurisdicción sobre 14 aldeas. A excepción de las autoridades políticas y religiosas, no moraban en Hornachos cristianos. En 1494, 260 años después de la conquista, los visitantes de la Orden de Santiago indican en su informe: “no hallaron que avia en la dicha villa ni en su termino iglesia ni hermita porque son todo moros”.

Durante el siglo XVI, tras los decretos de conversión forzosa, fueron asentándose cristianos viejos en la villa auspiciados por las autoridades, circunstancia que provocó no pocos conflictos con los orgullosos hornacheros. Los moriscos de Hornachos constituían una comunidad compacta, bien organizada, firme mantenedora de sus tradiciones, costumbres y fe. Aunque fueron bautizados, su conversión al cristianismo era “pura formalidad legal”, pues, en secreto, seguían practicando sus ritos religiosos. La cercanía del tribunal de la Inquisición de Llerena, garante de la ortodoxia religiosa, no hizo mella en las creencias de los moriscos. Los niños, tras su bautismo, eran llevados a lugares ocultos donde se practicaban ceremonias de descristianización, los denominados “desbautizaderos”. Obviamente, la represión y el acoso de la Inquisición fueron constantes a lo largo del siglo XVI.

El decreto de expulsión llevó al destierro a más de 3.000 hornacheros. Al drama humano hay que sumar la crisis económica que supuso para la localidad. Hornachos pasó de ser una de las poblaciones más pujantes de la provincia de Badajoz a convertirse en una villa en profunda regresión, tanto que podría afirmarse que aún hoy no se ha recuperado del impacto sufrido entonces.

Fueron embarcados en el puerto de Sevilla. Arribaron en Ceuta a las costas africanas; desde la ciudad española marcharon a Tetuán. Allí, el sultán trató de enrolarlos en su ejército y darles la misión de vigilar la frontera sur de Marruecos, encargo que rechazaron en el mismo momento en que sintieron que perdían su adorada libertad. Se mantuvieron unidos y marcharon hacia el estuario del río Buregreg, en cuya margen norte se asentaron. Ocuparon Salé, afrontada a Rabat, un puerto de singular valía estratégica. Los Hornacheros refortificaron la arruinada alcazaba, actualmente llamada qasba de los Udaya. Poco después llegarían otros 15.000 moriscos andaluces y extremeños atraídos por la rápida bonanza económica del lugar, gentes con las que tampoco se integrarían y con las que se produjeron continuas fricciones, al ocupar los descendientes de Hornachos todos los cargos de responsabilidad.

 

Castillo entre las nubes./ Víctor Gibello
Castillo entre las nubes./ Víctor Gibello

La actividad principal de la plaza fue el corso, la piratería, la denominada “pequeña guerra”, con la que, además de obtener lucrativos botines que financiaban la vida de la comunidad, se causaba gran daño a España, la venganza por despecho, pues el objetivo principal del pillaje eran los barcos que llegaban desde América. Desde Salé era fácil controlar el tráfico marítimo con las colonias americanas y el Estrecho. El quebranto para las arcas del Estado fue tan grande que se entablaron negociaciones tendentes a buscar un acuerdo que pusiera fin a la situación.

Hubo contactos en 1614, 1619, 1631, 1637 y 1663 que no fructificaron. Desde Salé, los hornacheros solicitaban diversas compensaciones a la Corona y, a cambio, estaban dispuestos a cesar sus actividades corsarias y entregar la plaza a España. Entre las peticiones figuraban que les fuera permitido volver a su tierra, a sus casas de Hornachos.

En el tratado planteado en 1631 se indicaba: “Los moriscos que residen en la dicha alcasaba son los que salieron de Hornajos y Endalusía y tienen más de christianos que de moros (…), tienen mucha confusión y aprieto grande por las guerras y persecuciones a los que les somete el rey de Marruecos, junto al grande aborrecimiento que les tienen los moros alárabes que los llaman christianos (…). Solicitan se le permita volver por el gran amor que tienen a España, pues desde que salieron suspiran por ella”. La petición realizada a Felipe IV a través del duque de Medina Sidonia planteaba el regreso a Hornachos, encargándose ellos de indemnizar a los vecinos que habían ocupado sus haciendas, solicitaba que el gobierno local estuviera en sus manos y que no hubiese en el pueblo más cristianos viejos que los curas y frailes necesarios para su buen adoctrinamiento en el catolicismo, que se les respetaran sus propiedades y no fueran discriminados tributariamente. A cambio entregarían al Rey la plaza con todo su arsenal y riquezas, así como sus barcos, con los que viajarían hasta el puerto de Sevilla. Ninguna de las negociaciones concluyó en acuerdo.

 

Vista general./ Víctor Gibello
Vista general./ Víctor Gibello

Desde 1620 Salé funcionó como república independiente, gobernada por un consejo de doce miembros al mando del denominado Gran Almirante y organizada de forma similar al de cualquier ayuntamiento español de aquel tiempo. En la década de los 30’, presionados militarmente por el sultán de Marruecos, se declararon nominalmente sus vasallos, aunque de facto siguieron operando con total libertad, tomando sus propias decisiones.

Todos estos hechos están narrados perfectamente en el documental El amor a la patria. Los Moriscos de Hornachos y la República de Salé, interesante trabajo realizado desde el corazón por Producciones Morrimer, bajo la dirección de Ángel Hernández y Pedro Martín (puede verse completo el documental, emitido por Canal Extremadura, en el enlace adjunto).

 

Torre sobre rocas./ Víctor Gibello
Torre sobre rocas./ Víctor Gibello

Desde que tuve conocimiento de estos hechos me sentí profundamente atraído hacia los hornacheros: su capacidad de resistencia,deseos de independencia, firmeza y adaptabilidad a las circunstancias son sorprendentes. Sumidos en el dolor de haber sido arrojados de su patria, fueron capaces de construir un floreciente Estado propio, logrando el respeto de sus coetáneos. Resulta admirable que personas del interior, que no habían visto el mar en su vida, se convirtieran en avezados marineros en pocos años; que campesinos, artesanos y comerciantes se tornaran fieros bucaneros preparados para causar estragos en las tripulaciones más experimentadas de su tiempo; que, sin conocimientos náuticos, viajaran por el mar del Norte, Gran Sol e Islas Británicas como si fuera algo natural en ellos; que asaltaran y saquearan ciudades como Reikiavik, actual capital de Islandia, hogar de descendientes vikingos, sin formación militar previa.

Una historia fascinante de superación de la adversidad con valor e ingenio desmedidos, una lección para tiempos de crisis que no se enseña, que no se muestra, que pasa totalmente desapercibida para la mayoría. Una historia que es parte destacable e inseparable de nuestra Historia.

Los moriscos de Hornachos, los moriscos en general, siguieron, siguen, suspirando por la que consideran es su patria, España. Totalmente integrados en la sociedad marroquí, después de 400 años claman pidiendo justicia, demandando a las autoridades españolas el reconocimiento y la reparación del gran daño que se les infligió. A mediados de 2014 el Consejo de Ministros aceptó el proyecto de ley que otorgará la doble nacionalidad a los judíos sefardíes, los descendientes de los judíos españoles expulsados en 1492. El 20 de marzo de 2015 el proyecto fue aprobado por unanimidad en el Congreso de los Diputados. Resta pasar el trámite de aceptación por parte del Senado, hecho que ocurrirá antes del verano, y su aparición en el BOE para que la norma entre en vigor. Esta ley no cambiará el despropósito histórico de aquella expulsión, pero reparará los derechos de los descendientes de los sefardíes enviados al exilio. Es una gran noticia por la que todos hemos de felicitarnos, sin duda. ¿Cuándo alcanzarán los moriscos el mismo tratamiento? ¿Cuándo se les reparará? ¿Cuándo se reconocerán sus derechos y sus reclamaciones históricas? ¿Cuándo podrán tener el estatus legal de españoles? ¿Cuándo podrán sentirse de derecho como se sienten de corazón, ellos que profesan un amor hacia España mayor que el de buena parte de los españoles? ¿Cuándo habrá justicia? ¿Cuándo?

Fábricas islámicas de la fortaleza./ Víctor Gibello
Fábricas islámicas de la fortaleza./ Víctor Gibello

 

En 2004 los ayuntamientos de Rabat y Hornachos rubricaron un acuerdo de hermanamiento con el que se pretenden reforzar institucionalmente los lazos históricos que unen a ambas comunidades, un primer paso, un importante paso, para el reconocimiento de dos realidades separadas por acontecimientos históricos. Se trata de un acto simbólico, lleno de esperanza, una siembra que dará frutos que nos hará mejores.

Viajo a Hornachos en busca de las huellas dejadas por la cultura islámica y morisca. Ha habido múltiples transformaciones desde la expulsión, pero la villa conserva un sabor peculiar. Los barrios más antiguos aún preservan la organización urbanística heredada de la Edad Media, sus calles son sinuosas, adaptadas a la fuerte pendiente. Las casas mantienen sistemas constructivos y organización tradicionales. Se palpa en cada rincón el peso de los siglos. Me detengo en la Fuente de los Moros, un manantial transformado en fuente pública que facilita como pocas la evocación de la vida cotidiana de siglos atrás.

 

Camino a la fortaleza./ Víctor Gibello
Camino a la fortaleza./ Víctor Gibello

Tomo el camino del castillo por una senda empedrada, restos de una calle ya perdida. En mis cascos Leonard Cohen canta First We take Manhattan. A ambos lados del sendero multitud de indicios confirman que el pueblo, inicialmente, se disponía junto al farallón rocoso sobre el que se alza la fortaleza, buscando su protección y resguardo. Me paro ante un almendro crecido entre rocas, quiero imaginar que es un vástago de los árboles cultivados con mimo por los moriscos.

Dejo atrás la vereda y me adentro en el monte. Las ruinas de la fortaleza se muestran imponentes. El emplazamiento elegido para el primitivo asentamiento de Furnayus es óptimo desde el punto de vista estratégico, en tanto que la altura escogida refuerza por sí sola la defensa, pero también por la proximidad a importantes vías de comunicación.

La planta del recinto fortificado de Hornachos es irregular, ligeramente alargada en sentido norte – sur, para aprovechar perfectamente la cima del cerro. Hacia las zonas sur y oeste contó con un segundo recinto defensivo, casi perdido, del cual han sobrevivido escasos restos semiescondidos entre el roquedo y la vegetación. Este recinto probablemente acogió la población más antigua, siendo su muralla.

 

Puerta de la fortaleza./ Víctor Gibello
Puerta de la fortaleza./ Víctor Gibello

La técnica constructiva con la que se edifica la alcazaba, pues como tal ha de considerarse, es la característica tapia hormigonada, este hecho junto con el diseño de la puerta, así como la perfecta adaptación al terreno hacen de los restos del castillo de Hornachos un interesante ejemplar de arquitectura militar de época almohade, aún por estudiar desde un punto de vista arqueológico, tiempo en el que debió reformarse una construcción militar previa. El acceso principal, una potente torre-puerta, tiene una disposición en recodo. El vano está muy deteriorado, pero aún así es posible interpretar la herradura con que fue trazado y el alfiz que lo enmarcó: ladrillos esquinados alineados formando los característicos dientes de sierra (decoración andalusí perpetuada en el estilo mudéjar).

 

Remodelación de la Orden de Santiago./ Víctor Gibello
Remodelación de la Orden de Santiago./ Víctor Gibello

En diversos sectores del recinto, especialmente en la zona occidental, se observan numerosas fábricas de época cristiana, realizadas por la Orden de Santiago en las numerosas obras ejecutadas entre los siglos XIII y XVI, unas veces para erigir construcciones más acordes con las nuevas funciones, y otras en un intento por frenar la degradación de los paramentos de tapia originales, ya muy dañados.

 

Vista hacia el interior./ Víctor Gibello

Vista hacia el interior./ Víctor Gibello

Hisn Furnayus y el castillo Santiaguista posterior son monumentos vírgenes desde el punto de vista arqueológico. Muros y subsuelo guardan rica información con la que reconstruir su pasado. El conjunto presenta un estado de ruina avanzada, si no se actúa con inmediatez todo lo que aún se conserva, que es mucho, puede perderse en breve, posibilidad que no es ni permisible ni justificable. Actualmente las edificaciones y el entorno son propiedad privada, circunstancia que, a pesar del afecto sincero que por el castillo sienten sus dueños, no favorece su mantenimiento, para el cual son necesarios importantes fondos económicos. En casos como este, sostengo que el bien histórico ha de estar tutelado desde las instituciones públicas, las únicas que pueden asegurar con garantías su investigación y conservación.

 

Puerta y sierra a la luz de las estrellas./ Víctor Gibello
Puerta y sierra a la luz de las estrellas./ Víctor Gibello

Cae la noche sobre Hornachos, la puesta de sol desde el mirador natural del castillo es fascinante. Asciende la luna entre las ruinas, un creciente de sugestiva silueta sube a los muros de tapia iluminándolos tenuemente. Acompaño el momento mágico con la música de Anouar Brahem, laudista tunecino. Suena Conte de l’incroyable amour mientras fotografío el espectacular conjunto bajo las estrellas.

 

La luna sobre el castillo de Hornachos./ Víctor Gibello

La luna sobre el castillo de Hornachos./ Víctor Gibello

Cada vez que viajo a Hornachos y me encaramo a su castillo sucede algún milagro inesperado, sorprendente, motivos por los que volver una y otra vez a este espacio excepcional. Comprendo a los moriscos descendientes de Hornachos y sus nostalgias al contemplar la fortaleza bajo la luz de la luna, sus antepasados vivían en un lugar mágico, ellos esperan poder volver algún día. Aquí todo es posible.

Nostalgia del castillo de Hornachos
Nostalgia del castillo de Hornachos./ Víctor Gibello

Sobre el autor Víctor Gibello
Arqueólogo, historiador, historiador del Arte, fotógrafo, escritor, emprendedor. Es Director de la empresa ARQVEOCHECK con la que ha realizado numerosos trabajos de investigación, excavación, restauración y puesta en valor del Patrimonio Cultural por toda España, así como diversos proyectos internacionales. Paraísos Olvidados es un recorrido diferente por el Patrimonio de Extremadura, un viaje a los espacios más singulares, atractivos y amenazados de nuestra tierra, un experimento de divulgación que pretende crear conciencia en la sociedad para su conocimiento, valoración, protección, conservación y disfrute

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