Hoy

img
Iglesia de Santo Domingo de Trujillo, donde Extremadura y América se encuentran
img
Víctor Gibello | 29-12-2015 | 22:33

 

Puerta del evangelio y campanario./ Víctor Gibello.
Puerta del evangelio y campanario./ Víctor Gibello.

VER TODA LA GALERÍA DE FOTOS DE LA IGLESIA DE SANTO DOMINGO/ Autor: VÍCTOR GIBELLO

 

Desde el camino de ronda de la alcazaba de Trujillo, andén que permite el tránsito por todo el perímetro murado, las vistas de la ciudad y de su entorno son excelentes. La fortificación, atalaya privilegiada, constituye un punto de contemplación idóneo para comprender la población y el territorio de ella dependiente. Dos décadas atrás, cuando daba mis primeros pasos en la fascinante aventura de la investigación arqueológica e histórica, tuve la oportunidad de realizar un estudio sobre la fortaleza que me ayudó a adentrarme en el conocimiento del Patrimonio trujillano.

Encaramado a la muralla vi una iglesia abandonada, hacia el norte, un imponente edificio que se mostraba, pese a la evidente ruina, desafiante al tiempo. Terminado el trabajo, me dirigí, decidido, hacia el templo abandonado. Recuerdo perfectamente que me acompañaba música compuesta por Hildegard von Bingen. En mis cascos sonaba el disco Canticles of Ecstasy cuando franqueé la puerta del flanco septentrional, la del evangelio, ¡qué feliz coincidencia!

Vista de la alcazaba y el albacar desde la iglesia./ Víctor Gibello.
Vista de la alcazaba y el albacar desde la iglesia./ Víctor Gibello.

 

Resulta sorprendente el general desconocimiento de Hildegard en nuestro tiempo, siendo una de las figuras históricas más importantes de su tiempo, además de santa y doctora de la Iglesia. Quizás el hecho de ser mujer le ha restado reconocimiento en esta sociedad dominada por el hombre, quizás su cualidad de mística la ha relegado al olvido en un mundo superficial y anodino, quizás la mediocridad que nos alimenta no acepta de buen grado su excelencia. Quizás.

Hildegard nació el año 1098 en Bermersheim, un pueblo alemán del entorno del Rin.  Desde niña fue destinada a llevar una vida religiosa, comenzando a tener visiones y raptos místicos desde muy temprana edad. Con 16 años se convirtió en monja benedictina, con 38 en abadesa de su convento, distinción que mantuvo hasta su muerte en 1179. Hildegard escribió tratados de medicina y botánica: Liber simplicis medicine o Physica, en el que trata de las propiedades curativas de minerales, árboles, plantas y animales y Liber composite medicine, en el que expuso el origen y tratamiento de las enfermedades conocidas. También tuvo una amplia obra literaria de corte místico y religioso, entre ellas Scito vias Domini, conocido como Scivias, Liber vite meritorum, Liber divinorum operum, Lingua ignota, así como una no menos importante producción musical de la que se han conservado 78 piezas.

Vista general del templo./ Víctor Gibello.
Vista general del templo./ Víctor Gibello.

 

Accedí a la iglesia a través de un vano de medio punto carente de cierre. Pese a intuirse un soberbio espectáculo desde la alcazaba, la sorpresa in situ fue notable: el templo carecía de cubierta, pero parte de los arcos que la sostenían permanecían en pie, imagen prototípica de la ruina romántica elogiada por Ruskin. Muchos de los materiales estaban desplomados sobre el suelo, entre ellos crecía una vegetación densa de zarzas y aliantos. Me abrí paso sorteando plantas y desniveles hasta alcanzar una estancia sobreelevada junto al muro norte de la cabecera poligonal.

Detalle de los volúmenes del edificio entre la vegetación./ Víctor Gibello.
Detalle de los volúmenes del edificio entre la vegetación./ Víctor Gibello.

 

Crucé una puerta adintelada bajo cornisa y frontón con el escudo del obispo Gutiérrez de Vargas Carvajal y me adentré en la sacristía, un pequeño espacio rectangular cubierto con bóveda de crucería. Tras unos instantes, mis pupilas se adaptaron a la escasa iluminación interior y entonces pude contemplar el espléndido conjunto de esgrafiados que recubría los paramentos. De entre ellos, especialmente reseñable por su buena factura, era el situado en la pared oeste, en la que, a modo de retablo, se dispuso un Calvario con las figuras de Cristo crucificado, María y Juan. El subsuelo albergaba una cripta funeraria. Sobre la sacristía se alzaba una cámara de uso desconocido y un cuerpo para dos campanas a mayor altura que el resto del conjunto rematado a modo de frontón.

Arcos de la cubierta de la nave./ Víctor Gibello.
Arcos de la cubierta de la nave./ Víctor Gibello.

 

Muchos años después volví al lugar. Me encontraba preparando un interesantísimo proyecto diseñado expresamente para Trujillo, un proyecto que, triste e incomprensiblemente, aún no ha visto la luz, en el que se aunaban la valoración del Patrimonio, su didáctica y sensibilización con el turismo, para potenciar la población como destino cultural diferenciado de alta calidad. Sobre los muros del edificio colgaba un cartel de “Se vende”. Sorprendido y curioso llamé pidiendo información. Estaba en un momento personal en el que precisaba realizar algunos cambios y esta era una excelente oportunidad. La perspectiva de abrir una nueva etapa vital en la ciudad y realizarlo viviendo y trabajando en un edificio singular cargado de buenas vibraciones me entusiasmó.

Los contactos no fructificaron. Pese a mi interés por el inmueble, el intermediador en la operación dejó de facilitarme la información requerida, cosa que no llegué a comprender hasta hace unos meses: una pareja se adelantó en la negociación y adquirió la exiglesia, motivo por el que dejé de ser un cliente objetivo al que atender. Una lástima.

Sin embargo, superada la desilusión y conocidas las intenciones de los nuevos propietarios, no puedo sino sentirme contento, el inmueble histórico está en muy buenas manos. María e Ignacio están decididos a recuperar el edificio, empleando sus recursos particulares en la protección y salvaguarda de un bien que forma parte del Patrimonio colectivo. Ojalá su iniciativa sirva de ejemplo y ayude a sustentar el bien común, la herencia que hemos recibido de nuestros ancestros y que tenemos obligación de entregar a nuestros legatarios en mejores condiciones, si cabe, que nos fue donada.

Hay cierta controversia entre algunos vecinos de Trujillo en torno al destino del templo. Algunos se manifiestan contrarios a la “privatización” del inmueble y a su posterior uso. El planteamiento, a mi juicio, resulta incorrecto, pues la propiedad ha sido privada desde fines del siglo XIX, al menos; es decir, su estatus no ha cambiado. Además, viendo el desinterés de las instituciones por su protección y salvaguarda durante todo este tiempo, la iniciativa privada supone la solución a la más que posible sentencia de desaparición a la que parecía destinado el edificio histórico, y resulta más que loable en sus objetivos y fines.

María e Ignacio están sensibilizados con la protección del Patrimonio hasta el punto de arriesgar sus bienes en el proyecto, cosa a la que muy pocos de los que critican la actuación estarían dispuestos. Cada una de las acciones emprendidas habla de la buena voluntad que les inspira, hasta han dejado huecos en los muros recuperados para la anidación de cernícalos primilla con la posibilidad de contemplar tras unos vidrios tintados la evolución de los polluelos. Están siendo asesorados en todo momento por un equipo experto de profesionales, entre ellos la arquitecta Ana Iglesias y el restaurador José Morillo, ambos buenos conocedores del legado histórico trujillano. Como no podía ser de otro modo, los trabajos cuentan con las supervisiones y autorizaciones administrativas preceptivas, tanto locales como autonómicas, teórica garantía de buenas prácticas en todas las intervenciones sobre el Patrimonio Cultural.

Cabecera de la iglesia bajo cielo estrellado./ Víctor Gibello.
Cabecera de la iglesia bajo cielo estrellado./ Víctor Gibello.

 

He vuelto al monumento para fotografiarlo a la luz de las estrellas y en la visita he podido comprobar como se ha restaurado íntegramente el volumen de la sacristía, la cripta y el campanario, tanto su arquitectura como los elementos artísticos que los engalanan. He disfrutado viendo la excelente recuperación de los esgrafiados citados con anterioridad, una labor meticulosa y profesional que ha puesto fin al ya largo proceso de degradación y destrucción.

Vista de la cabecera./ Víctor Gibello.
Vista de la cabecera./ Víctor Gibello.

 

La iglesia de Santo Domingo fue una de las parroquias del Trujillo, en ella rendían culto los vecinos residentes en el barrio del mismo nombre y en el arrabal de Huertas de Ánimas. Su uso conocido se extiende desde el siglo XVI hasta mediados del siglo XIX, estando su abandono condicionado, principalmente, por los daños producidos durante la invasión de las tropas napoleónicas.

El templo consta de una nave única y alargada, compartimentada en cinco tramos, un ábside de planta ochavada y una sacristía dotada de un volumen muy desarrollado en altura. La cabecera contó con una bóveda de crucería muy elevada, de la cual solo se han conservado el arranque de sus nervaduras, una evocación del estilo gótico ya en pleno renacimiento. La nave debió tener un techo de madera, sencillo, a dos aguas. Dos puertas permitían el acceso al edificio: una, la de la epístola, con arco rebajado enmarcado por alfiz; otra, la del evangelio, de medio punto, muy sencilla.

Campanario./ Víctor Gibello.
Campanario./ Víctor Gibello.

 

El conjunto muestra dos fases constructivas principales, al menos. Una primera, del primer tercio del siglo XVI, de carácter modesto, y una segunda, a partir de 1566 en que se amplía y mejora sustancialmente el programa constructivo original gracias a la intervención de los arquitectos trujillanos Alonso Becerra y Francisco Becerra, padre e hijo.

Santo Domingo fue la primera obra de empaque en la que Francisco Becerra intervino como maestro, aunque ya con anterioridad había trabajado en monumentos singulares, entre ellos la interesante iglesia de Santa María, también en Trujillo.

Ya plenamente formado en su oficio, Francisco emigró a América. Durante la segunda mitad del siglo XVI y el siglo XVII las colonias americanas estuvieron sumidas en una vorágine constructiva que demandaba la presencia de profesionales altamente cualificados.

En 1573, Francisco Becerra se encontraba ya en México, donde dirigía las obras del convento de Santo Domingo. Dos años más tarde ostentaba el cargo de maestro mayor de la catedral de Puebla, edificio considerado como obra suya en cuanto a diseño y concepción. Algunos estudiosos sostienen que también trabajó en la catedral de México, que guarda notables similitudes con la catedral de Puebla. Tras una década realizando singulares construcciones en tierras mexicanas, fue reclamado por Martín Enríquez de Almansa, virrey del Perú. Allá se trasladó en 1582, diseñando poco después las catedrales de Lima y Cuzco.

Francisco Becerra fue un gran arquitecto, sus obras hablan de ello, incluso fue considerado como el mejor arquitecto emigrado a América durante el siglo XVI; sin embargo, su legado, su trabajo, su nombre, son prácticamente desconocidos en la tierra que lo vio nacer. Resulta tan sorprendente como injustificable la relegación al olvido de este maestro en Extremadura. La relación de esta región con América fue tan estrecha que parte de la historia de ambas no puede entenderse sin la otra.

Extremadura es plenamente americana y América tiene mucho de extremeña. Es fundamental recuperar los lazos que nos unieron, que aún nos atan, para comprendernos en el estudio del otro. Parte de nuestra identidad se encuentra al otro lado del Atlántico y hemos de ir a buscarla, pues su recuperación nos permitirá una proyección hacia el futuro más coherente, más sólida, más nuestra.

Arcos de la cubierta bajo las estrellas./ Víctor Gibello.
Arcos de la cubierta bajo las estrellas./ Víctor Gibello.

 

La historia muestra numerosos caminos de ida y vuelta, sendas que enriquecen al que las transita, guiños inesperados que enlazan realidades que parecía imposible ligar. En el siglo XVI Becerra llevó a América la arquitectura del renacimiento español, un espacio teóricamente ajeno, pero donde sus obras arraigaron como poderosos vehículos culturales. En el siglo XXI, desde México, nos llega la voz de Jaramar Soto interpretando viejas canciones sefardíes, un espejo que nos mira y nos muestra nuestra cultura, conservada tras más de 500 años en la otra orilla del Atlántico.

Contemplo la Vía Láctea sobre los muros descubiertos de la iglesia de Santo Domingo, ulula próximo un búho real que en ella mora, canta Jaramar La prima vez. Con ella marcho.

Silueta de la iglesia bajo cielo nocturno./ Víctor Gibello.
Silueta de la iglesia bajo cielo nocturno./ Víctor Gibello.

Sobre el autor Víctor Gibello
Arqueólogo, historiador, historiador del Arte, fotógrafo, escritor, emprendedor. Es Director de la empresa ARQVEOCHECK con la que ha realizado numerosos trabajos de investigación, excavación, restauración y puesta en valor del Patrimonio Cultural por toda España, así como diversos proyectos internacionales. Paraísos Olvidados es un recorrido diferente por el Patrimonio de Extremadura, un viaje a los espacios más singulares, atractivos y amenazados de nuestra tierra, un experimento de divulgación que pretende crear conciencia en la sociedad para su conocimiento, valoración, protección, conservación y disfrute

Otros Blogs de Autor