Una tarde de viernes como la de ayer, hace poco más de tres meses, las cabeceras de todas las webs de información del país lanzaban un ‘urgente’ anunciando la terrible cogida a Juan José Padilla en Zaragoza. La noche avanzaba y las noticias eran cada vez más preocupantes, la cogida había sido en la cara y las primeras imágenes que llegaban a las redacciones eran espeluznantes. Las redes sociales empezaron a poblarse de etiquetas alusivas al percance y el mundo del toro se unía en torno al hashtag #FuerzaPadilla.
Aficionados y profesionales, acostumbrados a mostrar su lado más solidario en este tipo de percances, ofrecían todo su apoyo al torero que se debatía entre la vida y la muerte en el hospital Miguel Servet. Con el paso de los días, las noticias mejoraban, incluso llegó a pensarse que podría recuperar la visión en su ojo dañado, algo que por desgracia acabaría descartándose en unas semanas. Los rumores sobre el estado de ánimo del torero se agolpaban, se cruzaban declaraciones del jerezano, que aún se expresaba con dificultad, con las de amigos y conocidos que decían haberle visto torear en el campo y dudaban sobre su posible reaparición esta temporada.
Cuando el jueves Padilla anunciaba una rueda de prensa para dar a conocer una información «de suma importancia para su carrera profesional», algunos creyeron ver en ella el epílogo de la carrera del jerezano, vencido por la adversidad sufrida en su cuerpo. Sin embargo, la noticia que se fraguaba en algunas redacciones, apuntaba a una reaparición en la corrida vespertina del domingo en la Feria de Olivenza. A partir de ahí todo eran interrogantes y no todos fueron resueltos por Padilla en la rueda de prensa de ayer. El diestro, con el ánimo y la expresión recuperados, anunciaba su vuelta a los ruedos como una reafirmación personal, con la ilusión de quien se siente de nuevo torero y persona. Compañeros y aficionados jaleaban su regreso en la Red, mientras la euforia por la gesta evitaba cualquier voz discordante con la intención del gaditano.
Nadie plantea si es cabal permitir que alguien que ha perdido la visión en un ojo y que tiene disminuida su capacidad auditiva se ponga delante de dos toros ante seis mil personas. Nadie plantea que Padilla nunca hubiera toreado en Olivenza este año si no hubiera sufrido su percance. Nadie teme que los tendidos se pueblen de supuestos aficionados, más interesados en comprobar como se enfrenta un hombre con un solo ojo a un a toro que a admirar el arte y el valor de un gran profesional. Nadie cuestiona si la promoción y difusión que el ciclo oliventino recibió ayer compensa el riesgo que el torero asumirá de buena fe. Nadie explicará por qué en twitter el hashtag #FuerzaPadilla se ha convertido en #HéroePadilla.
Comencemos a vender abonos.
Un indio con iPhone
En la lucha, que es larga y cruel, como dice un tango de allá
Un héroe para un abono
No me cites que no te veo
Cuando uno tiene por obligación ver al Atleti cada domingo, debe tratar de buscarse algún analgésico que haga más tolerable el trago de cicuta que, antes o después, ha de tragarse. Unos aprovechan para darle al gintonic, otros se fuman un paquete de tabaco y otros, como yo, se enganchan al twitter para compartir con los demás el grado de frustración que acostumbro a acumular desde el mismo momento en el que Gregorio Manzano hace pública su alineación. Ayer, a pesar de que el Zaragoza se empeñó en darnos una noche apacible, el cabreo con el juego del equipo y la inoperancia de su entrenador hacía que poco a poco me fuera calentando. En estas estaba cuando el marcador de menciones de mi cuenta de Twitter comenzara a dispararse como si me hubiera tocado la especial en una tragaperras. Al parecer, el carrusel de la SER acababa de leer un de mis tuits en antena y entre los que me advertían de la buena nueva y los que me respondían a o que ponía, casi me pierdo el tercer gol del Atleti.
Reconfortado en mi ego tuitero proseguí tuiteando el resto del partido con la vana esperanza de que la feliz mención me haría crecer de forma exponencial en mis seguidores. Craso error. Tras varios retuiteos y algún que otro nuevo follower, acabé la noche con dos seguidores menos que al comienzo del partido. Una de dos, o mis seguidores no atléticos se sintieron abrasados por tanto fervor colchonero o hay demasiado follower colchonero que no coinciden conmigo y con mi compañero Antonio Armero en que el Atleti es tan plano como su entrenador.
PD. El tuit citado no decía más que:
No me cites que no te veo
Cuando uno tiene por obligación ver al Atleti cada domingo, debe tratar de buscarse algún analgésico que haga más tolerable el trago de cicuta que, antes o después, ha de tragarse. Unos aprovechan para darle al gintonic, otros se fuman un paquete de tabaco y otros, como yo, se enganchan al twitter para compartir con los demás el grado de frustración que acostumbro a acumular desde el mismo momento en el que Gregorio Manzano hace pública su alineación. Ayer, a pesar de que el Zaragoza se empeñó en darnos una noche apacible, el cabreo con el juego del equipo y la inoperancia de su entrenador hacía que poco a poco me fuera calentando. En estas estaba cuando el marcador de menciones de mi cuenta de Twitter comenzara a dispararse como si me hubiera tocado la especial en una tragaperras. Al parecer, el carrusel de la SER acababa de leer un de mis tuits en antena y entre los que me advertían de la buena nueva y los que me respondían a o que ponía, casi me pierdo el tercer gol del Atleti.
Reconfortado en mi ego tuitero proseguí tuiteando el resto del partido con la vana esperanza de que la feliz mención me haría crecer de forma exponencial en mis seguidores. Craso error. Tras varios retuiteos y algún que otro nuevo follower, acabé la noche con dos seguidores menos que al comienzo del partido. Una de dos, o mis seguidores no atléticos se sintieron abrasados por tanto fervor colchonero o hay demasiado follower colchonero que no coinciden conmigo y con mi compañero Antonio Armero en que el Atleti es tan plano como su entrenador.
PD. El tuit citado no decía más que:
“Cada vez que Manzano relega a Adrián al banquillo, regala una hora de partido al contrario. No es un crack pero sabe jugar al fútbol #Atleti“
Sin sufrir, no es lo mismo
Siempre me ha llamado la atención que, cuando alguien quiere meterse con un atlético, lo primero que se le ocurre es llamarle sufridor. Por más vueltas que le doy, no encuentro el matiz despectivo a la expresión. Normalmente, el buen rollo y la ignorancia futbolera del interlocutor hacen que asumas en buena lid el calificativo y sigas la corriente al elemento, consciente de que su razonamiento ha sido forjado en esa gran cátedra que forman las barras de los miles de bares madridistas que hay repartidos por todo el país.
Además, cada vez que alguien me llama sufridor, recuerdo aquella salida del Calderón, el día en el que ganamos el doblete y un tipo, con la cara pintada de rojiblanco y más de una docena de cubatas en todo lo alto, sólo podía articular una frase “ha sido demasiado fácil”.
Los borrachos nunca mienten, pero hacía veinte años que el Atleti no ganaba una liga y aquella tarde había que sacar un punto contra el Albacete para poder ir a ver a Neptuno. Aún así, el tío se iba a dormirla con la sensación de que le había faltado algo, le había faltado sufrir.
El martes pasado, cuando el Atleti volvía a meterse en la Champions, eliminando sin esfuerzo al Panathinaikos, la sensación volvía a ser parecida. El equipo se metía en la única competición europea que merece la pena y, sin embargo, el sabor era agridulce. Tanto premio hubiera merecido su puntita de picante, su tiro al palo de los griegos con cero a cero, su expulsión de un central antes del descanso o un golito de Cissé que nos hubiera hecho sacar las calculadoras.
Sin sufrir, no supo igual.
Alma de macarra
Si al contemplar una carga policial en una manifestación, en la que la que decenas de policías y manifestantes han resultado heridos, sólo protestas cuando el antidisturbios le sacude a un fotógrafo, no puedes negar que en tu percepción de la realidad hay algo de corporativismo. Asumido esto, tratas de contenerte a la hora de comentar cualquier agresión a un compañero de profesión pero, hace
unos días, hubo un caso que superó todos los límites. El micrófono indiscreto, que tantos disgustos ha propiciado a políticos incautos, captó como el asesor de prensa del ministro de Trabajo recriminaba al redactor de Televisión Española por haber tenido la ‘osadía’ de abordar a su señorito, una vez concluida la rueda de prensa a la que había sido convocado. «Voy a quejarme. Lo has hecho mal, muy mal. Es más, voy a pedir quién eres para evitar que vengas a este Ministerio», le dijo sin percibir que estaba siendo grabado o con la convicción de que su posición de poder evitaría que esas imágenes fueran difundidas. Quien frecuenta a diario salas y gabinetes de prensa sabe que esta situación, por desgracia, no es tan rara y que por allí hay mucho personaje con alma de macarra, al que se le olvida que un día tuvo que ganarse las habichuelas como jornalero del teclado o el micrófono o, lo que es más grave, no tiene ni idea de lo que es eso, porque siempre ocupó un sillón en un despacho, sin tener que lidiar con algunos que han hecho de la intriga, el cabildeo y la presión política su medio de vida. Si algunos políticos supieran cómo afecta a su imagen la labor de algunos de sus asesores, pondrían más cuidado a la hora de nombrarlos.
¿Cuántos años haces?
Uno siempre ha tenido a gala haber nacido el mismo día en el que el Apolo XI salió hacia la luna. Cumplir los años el mismo día que Miguel Indurain también tenía su gracia. Siempre podías soltar aquella fanfarronada de que sólo los grandes campeones nacemos en días así o que si yo no llego a nacer a tiempo, Neil Armstrong nunca hubiera dado un gran paso para la humanidad. Bueno, siempre no. Este año la cosa no ha molado tanto. Resulta que con los grandes fastos, los especiales en las revistas de los domingos y Jesús Hermida regresando a Televisión Española, todo el mundo se ha enterado de que me han caído cuarenta castañas. Este año, cuando alguien se acercaba para feliciarte y te cascaba el inevitable ¿cuántos cumples?, veías como le cambiaba la cara al decirle que saltabas de decena y que ya no me valían para la tarta ninguna de las velas acumladas durante los últimos nueve años. Ahí, hubo que tirar de los clásicos y parafrasear a Serrat para decir que hace veinte años que tengo veinte años, o acudir al socorrido ‘taitantos’. Menos mal que entre los que dijeron que no los aparentaba y los que nunca faltan con su llamada o su mensaje de felicitación, se llevó el día más o menos con dignidad. Todo hubiera sido perfeco si no me hubiera faltado una llamada, una que nunca fallaba, a la que yo siempre prometía adelantarme para felicitarle su santo pero que, año tras año, me ganaba por la mano y me llamaba allí donde estuviera. Una llamada que estuve todo el día esperando y que no llegó. No volverá a llamar y yo la echo de menos.
Proverbio chino
Cuando hace unos días escuché al gobernador del Banco de España introducir un proverbio chino en su discurso sobre el futuro de la economía española,me volvió a surgir la duda sobre la extraña relación que tenemos por estos lares con todo lo relacionado con el nuevo gigante económico. Por qué nos fiamos de la sabiduría popular de esta gente cuando nos dicen que «no se puede decir que un hombre ha sido feliz, hasta que haya cumplido el último año de su vida» y le ponemos recelos a comprarnos unas gafas ‘de cerca’ o un pinta labios en uno de los cientos de bazares que inundan nuestras calles. Por qué, cuando no tenemos un duro y estamos tirados en cualquier rincón de España, no nos importa comernos un arroz tres delicias, seguido de un rollito de primavera, una ternera con setas y unos litchis y cuando nos juntamos alrededor de un buen jamón y una torta del Casar empezamos a contar leyendas urbanas sobre la materia prima del chop suey o los entierros de los ancianos orientales. De todas formas, no creo que nada llegue al contraste al que nos enfrentamos quienes crecimos viendo a Kun Fú en blanco y negro, impactados por las reflexiones que le inculcaba su maestro shaolin y lo poco que le cundieron las enseñanzas a David Carradine, a tenor de las circunstancias que parece rodearon su muerte. Sin menospreciar la sabiduría popular china, yo me quedo con el dicho de que «nada es verdad ni es mentira y todo depende del prisma con el que se mira» aunque, en este caso, sólo se trate de abrir o cerrar un poco más los ojos.
Cambio de temporada
Vivir en sitios donde la transición entre estaciones es mucho más radical que por estos lares, la llegada del verano tiene, a determinadas edades, el atractivo de participar en el ritual de guardar la ropa de invierno en altillos o trasteros y colocar en cajones y armarios todo aquello que vamos a utilizar más asiduamente con la venida del calor. Esto, que de pequeño tenía su encanto, pasa a ser ciertamente desconcertante cuando uno se da cuenta que ha cedido por completo el control de todo su vestuario, al intentar encontrar sin éxito el bañador del año pasado, para darse el primer chapuzón de la temporada. Un servidor, curtido a la fuerza en el manejo de bases de datos y buceos por Internet, trata de establecer un patrón de búsqueda para localizar el ansiado traje de baño, entre los armarios y cajones en los que supone podría encontrarse. Tras un infructuoso rastreo, acudes a la inevitable consulta al oráculo femenino que, cual larga cambiada, te deriva al cajón donde, perfectamente localizables, están sus bikinis y donde, una vez más, no encuentras el dichoso bañador. Comienza de nuevo la búsqueda, con los ánimos algo más alterados y un cruce de miradas que te ponen sobre la pista de que la movida va a acabar en uno de esos círculos viciosos en los que, te pongas como te pongas, te vas a acabar llevando una bronca. Al final, la manga de una camiseta en una caja, al fondo de un altillo, te pone sobre la pista del bañador, al que llegas gracias al taburete salvador que no te libra de la homilía que conlleva el inevitable: «como tú no planchas, tú nunca colocas la ropa».
El Cacha es bota de oro
Reconozco que ver un partido de fútbol conmigo es complicado. Hay veces que apago la luz, bajo el volumen, cierro la puerta y me quedo solo, con el único resplandor de la tele y dispuesto a sufrir como buen atlético, ante el único amparo de la Virgen del Puerto que, no en vano, da nombre a la avenida en la que se levanta majestuoso el Vicente Calderón y, a la sazón, es la patrona de mi Plasencia natal. Sufro en silencio con la única complicidad de la pared en la que apoya mi sofá, encajadora de los manotazos tras los goles en contra y que sólo corre tanto peligro como la mesa en la que descansa el gin-tonic que, en más de un corner mal sacado, ha corrido serio riesgo de acabar en la alfombra. Rara vez canto los goles, pero este año ha habido alguien que ha conseguido dejarme ronco un domingo por la noche. Diego Forlán, el Cachabacha, que debe su apodo a los pelos de la bruja ideada por el ilustrador García Ferré, ha logrado que el Calderón cante por primera vez una bota de oro, a los sones del sempiterno Guantanamera, sin la aviesa intención de denigrar a quien recibía el cántico. Una vez más, aquellos que usurparon la propiedad del Atleti y a quienes el Tribunal Supremo condenó por apropiarse indebidamente del Club, vuelven a tener en sus manos humillar de nuevo a su afición, permitiéndole hacer efectiva la ridícula cláusula de rescisión que fijaron en su contrato, o luchar porque siga vistiendo la rojiblanca en Europa. Sea como sea, los atléticos sólo pueden darle las gracias y desearle la mejor de las suertes, porque la culpa no será suya.
La vida en un punteo
Bastaba con que le arrancara siete notas a su guitarra eléctrica para que cualquiera supiera que con ese punteo comenzaba el tema principal de la banda sonora de toda una generación. A pesar de que llegué tarde a Nacha Pop y que mi revisión de su discografía ha sido más bien ‘rollo vintage’, la figura de Antonio Vega acabó por atraparme hace tres años, cuando le vi sobre el escenario del concierto aniversario de los ’40 principales’. Nadie se explicaba como podía mantenerse en pie amarrado a su guitarra y mucho menos como podía siquiera entonar aquellos temas, que todos nos sabíamos de memoria y que a él le costaba hilvanar con un mínimo de ritmo y sentido. Quienes compartieron micrófono con él esa noche, escenificaron una continua despedida y todos pensamos que ésa era la última vez que le veríamos sobre las tablas. Seis meses después, cuando compré las entradas para su concierto en El Mercantil, no las tenía todas conmigo. Los habituales retrasos originaron los rumores de siempre, hasta que junto a mí pasó un ‘ecce homo’ de pelo gris y cabeza gacha al que llevaban casi en volandas junto a su banda. Nunca hubiera apostado por que, una vez le colgaron su guitarra, de aquella sombra sobre el escenario pudiera surgir una hora de música que nunca olvidaré. De hecho, grabé con mi móvil ‘La chica de ayer’ y pese a que la pésima calidad del vídeo no valdría ni para colgarlo en Youtube, yo lo conservo como quien guarda la estampa de un santo en su cartera, no por veneración sino por admiración. Quien sabe si, al final él tenía razón y no hay nada mejor que remover el tiempo con el café.

