Llevaba meses entrenando con el primer equipo, ya había viajado con ellos varias veces, incluso, ya había sido titular en algún partido de pretemporada, adelantando en la rotación a jugadores con mucha más edad y experiencia que él, pero ayer fue distinto. Cuando salió a calentar con el 30 a la espalda, su cara denotaba una tensión que hasta ahora no habíamos visto. Decía Andrés Montes que “todos los jugones sonríen igual” y Óliver ayer no sonreía. Le pudo la tensión. Salió al campo agarrotado y demasiado escorado en banda. En sus primeros contactos con el balón no consiguió imprimir la clase y el fútbol que destilan sus botas. Un par de enganchones con los veteranos jugadores del Levante parecían augurar un partido aciago para el moralo, pero lo que este chaval de 17 años lleva dentro no se puede esconder. Bastaron dos aperturas a banda una pared con su socio Kader y un balón colgado a la cabeza de Falcao para que todos vieran de qué es capaz este extremeño para el que muchos piden un sitio en la primera plantilla colchonera. De lejos, ha sido el peor partido de Óiliver con el primer equipo pero, aún así, demostró mucho más fútbol que gran parte de los que ayer se enfundaron la rojiblanca en el Ciutat de Valencia. Quien tenga un hijo, un hermano, un nieto o un sobrino de su edad sabrá lo difícil que es que a todas sus cualidades se sume la de tener un gran sentido común. Pues bien, al llegar hoy a Madrid su primer mensaje en twitter ha sido para decir esto: “Ayer estaba muy nervioso, espero hacer mejores partidos.” Yo solo espero que triunfe o no en el fútbol, algo que creo que pasará seguro, nunca pierda el sentido común que demuestra fuera de los terrenos de juego.

