Viejos inviernos

 

En invierno la vida del pueblo transcurre entre temporales de vientos ábregos  y días cortos de tibio y leve sol, madrugadas a oscuras de viento silbante con otras rasas de intensas heladas.

Las tardes, ya de por sí cortas en esta estación, lo son aún más cuando llueve. Las nubes vienen veloces y densas del suroeste. La lluvia cae monótona y viste de gris metálico el cielo. En las calles, sin asfaltar, corre el agua por regatillos tortuosos. Muchos hombres juegan a las cartas en los bares llenos de humo. Algunas mujeres en sus casas hacen punto tras los visillos de las ventanas y de vez en cuando miran por lo alto de las gafas al exterior.

En las noches de temporal, como la luz eléctrica desaparece en el momento  que se remueve un poco el aire, transita poca gente por las calles: algún bulto negro con una linterna en la mano sortea los hoyos y el barro. Por las callejas da miedo pasar. Tras los cristales empañados del bar, una mirada contempla absorta  las gotas de lluvia que caen en los charcos, donde se refleja la luz macilenta que escapa al exterior. Unas pocas siluetas difuminadas por la oscuridad y el humo del tabaco se entrevén en la barra. La empresa suministradora del fluido eléctrico justifica su ausencia por la caída de un poste de los que sostienen el tendido. Las lámparas, quinqués, carburos y candiles están siempre a mano. Entrada la madrugada, el viento racheado  se ciñe violentamente a las esquinas, huyendo amenazante y bravo  para regresar poco después a llenar la noche de oquedades invisibles. Sentados al brasero de los hogares los mayores conversan mientras la cera resbala por la vela y nuestra mirada intensa y asombrada contempla su llama vacilante que llena la estancia de perfiles fantasmales y gigantes. Las diez parecen medianoche. Noches de boca de lobo. En las pausas de la charla se oyen caer las canales y la puerta del corral chirría movida por fuertes ráfagas de viento. Alguna cuba metálica rueda  por el suelo tirada por su fuerza y nuestros ojos infantiles asustados buscan la reacción de los mayores, que mueven sus cabezas exclamando: “¡Qué noche está´!”

A la mañana siguiente se abren los postigos desde donde se vislumbra una cuchillada de luz ceniza  lavada con la lluvia de la noche. Seguirá lloviendo, la veleta de la torre sigue señalando hacia el Pencón, ábregos de la mar vieja.

Unos hombres con  los trajes de pana remendados de diversas tonalidades se acercan a la esquina del Ejido a ver cómo está el horizonte y a comentar las incidencias de la noche pasada. Las crestas y lomos de las sierras de S. Miguel, S. Cristóbal,la Capitana, S. Bernardo, sierra del Agua y la sierra del Viento siguen tapados.

Otros días del invierno son fríos, pero limpios por el viento del norte, que produce el azul más puro y celeste y recorta y destaca la silueta rojiza de la torre sobre el añil de su lienzo. Sólo algunos vendedores ambulantes de Berlanga y Valverde vocean sus productos: Antonio el delas naranjas, Juan el de las papas,la Carpeta, Curro el del cisco, Juan Lagarto….

En el Torviscal y en las traseras de la casa de D. Carlos hay también grupos de hombres que charlan a sus abrigos. Durante estas noches rasas y frías  se producen intensas heladas que silenciosamente van cubriendo de escarcha los tejados y los campos. Por la mañana, cuando los rayos oblicuos del sol apenas rozan los cerros, vamos los muchachos al arroyo a pasar sobre el carámbano que se ha formado o a tirarle piedras para romperlo, dejando nuestras pisadas una estela de huellas crujientes sobre las riberas. En el pueblo, que despierta, algunas chimeneas entre los tejados blancos exhalan columnas de humo. Las campanas de la torre tocan el Ave María.

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  • primitivo

    Buenas noches Juan Francisco:
    Las palabras son solo palabras Juan Francisco, un material humilde y al alcance de todo el mundo, flexible, maleable, imprescindibles para la comunicación entre los humanos y con las que cada uno se apaña como mejor puede.
    Las palabras inundan los diccionarios de voces ordenadas que hablan de caramelos, de fragancias, de dioses y de héroes…, de nada, sí, también, de nada se habla allí y, de soles… y, de saludos y adioses, pero de lo que más se habla en esos libros es de lo que no está escrito, de las infinitas palabras que hoy no, pero mañana o, tal vez dentro de veinte lustros, conformarán cientos, miles de nuevas palabras que, ni por pienso, imaginamos cuál puede ser su número o a qué categoría pertenecerán, lo que sí sabemos es que con las que se encierran en esos libros tú has sido capaz de dibujar una estampa deliciosa, sugerente, delicada, hermosa, en la que cabe una perfecta descripción de los fenómenos atmosféricos y de las sensaciones que producen en el alma en un momento determinado; contentos, muy contentos tienen que estar tus paisanos de haber descubierto en ti al cronista capaz de plasmar sobre el papel con un realismo que por momentos bordea el lenguaje poético cómo eran los crudos inviernos de Ahillones allá por los años sesenta. Felicidades por tu escrito y perdona que me haya alargado tanto en mi comentario. Un abrazo amigo Juan Francisco. Primitivo Algaba Mansilla

    Primitivo Algaba Mansilla

  • Juan Francisco Caro Pilar

    De nuevo gracias amigo Primitivo por tus elogiosos comentarios.Aquellos inviernos eran más familiares porque aún la televisión no se había entrometido en nuestras vidas. Sólo la radio, ¡aquella radio Andorra!, acompañaba las largas noches que en muchos casos pasábamos sin luz eléctrica. Los cuentos y las conversaciones de los mayores entretenían de una manera admirable nuestro tiempo. Recordados desde la distancia, todavía nos cobijamos en ellos con el calorcito del braseo de cisco.

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