Ya ni el tango me sirve. Que si veinte años no son nada, cuarenta sí lo son y aunque las estrellas parpadean en lo alto ya nadie espera mi regreso. Son otros los cuerpos que duermen a cobijo de las casas cerradas en esta noche lejana de aquel añorado tiempo. Tampoco quise el regreso, pero, sin
Tronera
Recuerdos, impresiones, poemas, críticas.
Archivado en julio, 2012
Anécdotas de la escuela.
En la convivencia diaria de la escuela surgen anécdotas y situaciones curiosas derivadas de la espontaneidad y viveza propias de la edad escolar. Refiero a continuación tres de las que me han sucedido en mis años de docencia. Estábamos tratando sobre locuciones relacionadas con la manera de decir la hora que hacían referencia a expresiones
Paranoia.
Franco veía masones por todos lados. Cualquier leve oposición a su régimen era obra de esta asociación secreta. También de los contubernios, como el de Múnich. O de las conjuras internacionales. Enemigos por doquier. Enfermiza paranoia. Será que el poder es desconfiado por naturaleza. Se habla de la soledad en que se encuentran los presidentes,
Pobre funcionario.
Cuando lleguen las fiestas entrañables de la blanca y alegre navidad tendréis a un funcionario taciturno vagando solitario en la ciudad que al ver un luminoso escaparate pegará su nariz en el cristal contemplando las cestas de manjares que este año no podrá comprar. La banda de políticos ineptos y un grupo de banqueros con
La Patria.
Seguro que si estos tecnócratas europeos vieran el reguero de víctimas que van quedando en la cuneta se lo pensarían mejor antes de anunciar más recortes, ajustes o limitaciones de gastos, que también con el lenguaje son diestros en el embauco y el eufemismo. No sirven las caras compungidas
Acompañante fiel.
Sostiene entre las manos largo vaso y no mira la cara al confidente pues pasa su mirada entre la gente sin hacer al amigo el menor caso. El pobre acompañante ya ha empezado siete veces la misma parrafada que interrumpe de forma descarada otras tantas que ve a un recién llegado. Se consume la luz
A la orilla del río.
La negra mirla canta en el olivo y en la espesa chopera el chamariz. Huele a cantueso y a tomillo y el agua resbala silenciosa rozando del arroyo sus riberas. Se cuela el sol cribado entre las hojas que mueve un leve vientecillo esta tarde veraniega. Si yo pudiera pararía el transcurso de las horas

