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Fecha: noviembre, 2016
Día Mundial del SIDA
José María Fdez Chavero 30-11-2016 | 11:52 | 0

El 1 de diciembre de 1993, con motivo del Día Mundial del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA), tuve la oportunidad de participar en un curso organizado por la Fundación Basida de Aranjuez. En aquella ocasión, nos preguntábamos en el debate final por el futuro del SIDA desde una perspectiva social y psicológica. Sin ser adivino ni profeta, comenté que nos situábamos ante una enfermedad que reunía, como así ha ocurrido, los requisitos para pasar a formar parte del inconsciente colectivo de la Sociedad del siglo XXI.

Hagamos un breve recorrido histórico. Año 1981, de la noche a la mañana y sin saber cómo, nos encontrábamos en Occidente ante un Síndrome de Inmunodeficiencia que nos hablaba de consumo de drogas por vía parenteral y de compartir jeringuillas, de prácticas sexuales sin protección, de transfusiones de sangre y de hemofilia, de trasplantes de órganos y de donaciones de semen, de tendencias homosexuales y promiscuidad heterosexual.

Esta enfermedad se cargaba, en poco tiempo, de muchos contenidos y descalificaciones morales y éticas, de miedos colectivos e individuales, de culpas, recriminaciones y acusaciones, de engaños y de profundos deseos de anonimato por parte de los afectados y sus familias. Entre todos hicimos que se hablara del SIDA, que se investigara y se invirtieran grandes cantidades de recursos humanos y materiales buscando las causas, tratamientos, maneras de prevenirlo… pero también provocamos que los portadores del virus y los enfermos no se vivieran como tales sino que lo hicieran desde la vergüenza y el desanimo.

El SIDA ha sido, y en menor medida lo sigue siendo, el resultado de fundir cuestiones biológicas, víricas y médicas, con religiosas y morales, con hábitos sociales y costumbres, con sexo y drogas, con amores y odios.

Nos hemos movido entre el estar en portadas de revistas y periódicos y en los medios de comunicación como la televisión y el cine de las décadas de los 80 y 90 hasta casi el olvido actual, entre la protección y el abandono, entre la riqueza de los países en los que hoy se habla de prevención y cronicidad y la pobreza de los que la padecen de forma indiscriminada y creciente. Ha pasado a formar parte del inconsciente de las llamadas Sociedades avanzadas, mientras sigue en el consciente más desgarrador del resto de la Humanidad.

Tenemos que situarnos ante el SIDA desde el principio ético de justicia. En España, gracias a una Sanidad universal y gratuita, se atiende a los afectados por el virus en cualquiera de sus fases y se respeta su autonomía y derecho a decidir sobre sus vidas, pero no es así en el resto del Planeta, en el que hay muchas personas que no son atendidas por falta de recursos, de ahí la necesidad de una justicia universal que haga posible un flujo de riquezas de los que tienen más a los que tienen menos.

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Maestros y profesores de la vida
José María Fdez Chavero 25-11-2016 | 9:17 | 0

 

Me atrevo a unir estas palabras por sus íntimas implicaciones y similitudes conceptuales, con la mente repleta de nombres propios, con infinidad de hermosos recuerdos de infancia y de juventud, cargado de emociones y con la inmensa gratitud del que se sabe deudor. Ellos tienen sus sueldos y no por eso los considero pagados, porque los buenos, la mayoría, entregan una gran parte de sus vidas y esto no se puede pagar con dinero.

Ellos nos introducen, con las habilidades y destrezas propias de un artista, en el mundo de los adultos y de los iguales, nos iluminan los fantásticos encuentros con los colores y las formas. Comparten la inmensa magia de los números y el reino encantado y maravilloso de las letras y nos acompañan el resto de nuestras existencias, en ocasiones son fáciles de entender y otras, lejanos y poco accesibles. Estos artistas de la enseñanza nos revelan las dificultades del aprendizaje y cómo afrontarlas, las grandezas de las metas conseguidas con el esfuerzo monótono y diario, los deseos de hacer bien las cosas y cómo ser paciente ante lo que no sale en un primer intento, para volver a intentarlo tantas veces como sea preciso para lograrlo.

Nos ayudan a encontrar el sentido positivo de las experiencias, a encajar los errores y los fracasos y frustraciones. Nos animan en los momentos de dudas y se alegran de los avances y aciertos de los alumnos. Ellos colaboran con nuestros padres en el apasionante camino de hacernos personas adultas y equilibradas, que buscan soluciones a los problemas y que sonríen con los éxitos. Nos guían en el descubrimiento de las ideas platónicas de la justicia como base de la mejor de las sociedades, de la bondad de las conductas como vía para un claro entendimiento, de la belleza de lo que nos rodea y del bien como máxima expresión del ser humano. Nos transmiten las ganas y la valentía de volver la mirada hacia atrás para adaptarnos al ritmo de los que marchan algo más lentos, porque lo importante es que lleguemos juntos.

También los hay que pierden la ilusión y quedan atrapados en el desánimo y en la tristeza y otros que confunden el sentido de su profesión y hacen del desconcierto y la desconfianza los ejes de sus confusas enseñanzas. A todos los que se hallan en estas situaciones les deseo receptividad intelectual y vital para darse cuenta de que es posible el reencuentro con los motivos que les condujeron a la senda de tan nobles artes.

Los maestros y profesores siempre están con nosotros, aunque la lógica de la vida ya les haya retirado de la docencia, porque mucho de lo que somos se lo debemos a ellos, ya sea porque nos lo enseñaron con sus saberes, ya porque nos lo transmiten con sus ejemplos y así lo observamos e imitamos. Sin ser conscientes, influyen en nuestras formas de estar y leer el mundo, tanto en pensamientos como en sentimientos y comportamientos.

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De la ocurrencia sexista a la violencia machista
José María Fdez Chavero 24-11-2016 | 10:43 | 1

 

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Algunos comentarios de los útimos sanfermines: “Es solo una chapita”. “Venga, hombre… es un chiste en una camiseta”, “Cómo estáis las tías ahora”. La Policía Municipal de Pamplona decomisó la tarde del pasado martes 219 chapas con mensajes ofensivos contra las mujeres: “Chupa y calla”, “para ser tonta no eres muy guapa” o “ser virgen no te hace una santa”. Entre esos mensajes y la historia que te cuento a continuación no hay mucho.

“Fue a partir del medio año de relación cuando empezaron los “incidentes”. Empecé a distanciarme de mis amigas porque cuando quedábamos, mi pareja siempre estaba y su pesadez resultaba molesta. También porque propició algunas discusiones dentro de mi pandilla. Y por si fuera poco, mi pareja empezó a demandar más atenciones por mi parte. El no pasar la tarde entera conectada al chat, el no hablar durante largo tiempo por teléfono o el no pasar la mayor parte del fin de semana con él se convirtieron en motivos de disputas y enojos. Y si intentaba evitarle, me llamaba de forma compulsiva hasta que se lo cogía y si no, me venía a buscar.

Aunque la situación no era propicia, todavía era manejable. No todo era malo después de todo, había todavía muchos aspectos positivos. Con el paso del tiempo, la situación empeoró. La relación con mis padres se volvió insostenible porque él me reclamaba continuamente. Con mis amigos solo podía relacionarme libremente en el instituto. Mi forma de vestir, de hablar, de ser, etc.; eran motivos de discusiones continuas. Si me arreglaba un poco es que quería llamar la atención de algún chico. Si me reía por alguna gracia de un amigo, es que quería intimar con él. Si hablaba en secreto con alguna amiga, es que le estaba criticando a sus espaldas.

Comencé a sentirme anulada, atrapada, agobiada; pero no era capaz de identificar esos sentimientos de forma consciente y, ante esas situaciones reaccionaba cada vez de manera más irascible, soberbia y descontrolada. Fue por entonces cuando empezó a pegarme y a día de hoy, sigo sin entender cómo ni siquiera era capaz de reaccionar. No permanecía impasible, trataba de defenderme, pero él no era más fuerte, llegué a tener miedo. Llegados a este punto, me había planteado dejarle, pero estaba convencida de que no encontraría a nadie más que quisiera fijarse en mí, y me sentía sola sin poder contar con mis padres, ni con mis amigos. Creía que solo podía contar con él, aunque fuera malo conmigo.

El día que le dejé procuré ser suave. Las semanas posteriores, se dedicó a llamarme de manera compulsiva al móvil y cuando veía que no podía contactar conmigo (pues había bloqueado todos sus números de teléfono), me llamaba al fijo teniendo que intervenir mis padres para pedirle que me dejara en paz. Cuando salía con mis amigos, esperaba rondando cerca de mi casa alrededor de la hora a la que yo solía salir, y para evitarle tenía que vigilar que no me siguiera o pedirle a mis padres que me llevaran. Llegué a llamar a sus padres (con los que había cogido confianza), para pedirles ayuda, para que controlaran a su hijo, para que me dejase en paz y por respuesta solo obtuve una mísera disculpa alegando que como era mayor de edad, ellos no podían darle órdenes.

No quise denunciarle. Pasaron unos días, cuando apareció pidiéndome que no le evitase porque necesitaba hablar conmigo. Fuimos a un parque cercano a mi casa y me pidió que volviera. Al ver que mantenía firme mi decisión, empezó a discutir y como la conversación no iba a ninguna parte, decidí marcharme. Me agarró del brazo para impedirlo. Yo traté de distraerle cogiendo su mochila y arrojándola lejos para que tuviera que ir a por ella y a mí me diera tiempo a irme. Pero antes de soltarla, me propinó un puñetazo en el ojo. Caí de bruces al suelo. Me llevé la mano a la cara y vi que estaba llena de sangre. Solo podía ver por el otro ojo, dado que la sangre no me dejaba ver a través de ese también. Me asusté.

Llamé a mis padres y les pedí ayuda. Mis padres habían salido corriendo a buscarme. Nos montamos en el coche y fuimos a urgencias. Al salir de urgencias, me llevaron a comisaría para que denunciara los hechos. Yo estaba dividida. Por un lado me había hecho mucho daño y quería que pagase por ello, pero por otro lado yo seguía queriéndole. Sin embargo, mis padres me presionaron y le denuncié. Mi declaración terminó de madrugada. Al día siguiente fue el juicio. Prestamos declaración por separado. Como no quería que le pasara nada malo, con la intermediación de la abogada que me asignaron de oficio y su abogado llegamos a un acuerdo: orden de alejamiento de quinientos metros. Pasó el verano, me reincorporé al instituto y poco a poco parecía que iba volviendo a la normalidad. Pero no estaba curada, seguía muy unida a mi ex-pareja. Era la definición exacta del síndrome de la mujer maltratada. Fue por ello por lo que mis padres creyeron que era necesario recurrir a los servicios de un psicólogo.

No habré tenido unas vivencias normales y gratas, y puede que también sufra decepciones en el futuro, pero no puedo hacer de ellas otra cosa que una enseñanza. Ellas son las que han hecho de mí una persona fuertecapaz de afrontar adversidades y de creer que aunque no la vea, hay luz al final del túnel. He aprendido que cada vez que nos caemos podemos levantarnos. Muchas gracias”.

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La vida en besos
José María Fdez Chavero 21-11-2016 | 5:42 | 0

 

Todos los conocemos y tenemos sobradas experiencias. Son de tanta variedad que es obligado referirnos a ello utilizando el plural. Si describimos su ejecución hemos de afirmar que consiste en unos breves y tímidos movimientos de labios proyectados hacia fuera buscando a la otra persona para transmitirle algo de lo que la mente piensa y el corazón siente y finalizan con un silencioso monosílabo, señal inequívoca de lo entregado.

Son muchos los besos, de muy diversas condiciones y algunos traemos a estas líneas sabiendo que los mejores son los que tenemos en nuestros corazones. Está el cargado de cariño y ternura al hijo pequeño que te mira con ingenuidad y gratitud, son limpios e inagotables, nunca cansan y siempre reconfortan. Está el del hijo que agradece parte de lo que se le dio y te deja cargado de paz y satisfacción, con la sensación de la labor bien hecha. También los hay suaves e impregnados de tanto respeto y amor que uno desearía adueñarse de parte del dolor y del sufrimiento de la persona a quien se le da, y recuerdo a los que les toca afrontar la triste realidad de la enfermedad.

Está el repetitivo y apasionado. El que desea vaciarse por completo en el ser amado, buscando una unión íntima en el cuerpo y en el amor. Tampoco quiero olvidar el beso pagado con dinero que intenta superar una soledad difícil de soportar, se sabe falto de cariño pero cargado de instintos y pasiones.

También los hay no sentidos, que responden a una obligación social y terminan igual que se iniciaron, aunque algunos podrían ser el comienzo de una nueva relación. Los tenemos que señalan y entregan al amigo confiado, van cargados de impotencia y envidia y arruinan la vida de quien los da. Los tenemos de veneración a Dios y a esa Madre a la que tantas veces acudimos buscando la paz o el consuelo perdido.

Hay miles y millones de besos diarios lanzados al viento en los andenes de las estaciones de trenes y autobuses o en los ventanales de los aeropuertos, van buscando el paso del tiempo a mayor velocidad. Sabemos que los besos de despedidas soportan tanto amor y frustración que producen un fuerte y desconsolado dolor. Y qué decir del beso ilusionado del encuentro real y del soñado, del hola y te quiero.

Y qué decir de esos besos que manchan de saliva y lágrimas las fotografías de quienes no están físicamente presentes. Es verdad la ausencia pero no lo es menos su presencia en lo más íntimo de nuestras vidas. Estos besos todos los hemos dado y son de los más lanzados, a ellos acudimos cuando la mente o el corazón reviven lo que fue y ahora no puede ser.

Tal es el poder del besar que si todos diésemos algunos más podríamos vivir mejor, con menos soledad y frustración, con más sentido positivo de la vida. Si su ejecutar es fácil y los sentimientos están, me pregunto porqué no los damos más.

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Hijos
José María Fdez Chavero 15-11-2016 | 10:17 | 0

Hijos

Recuerdo las palabras de dolor y desesperanza de una madre antes de fallecer su hija, pedía a Dios y a la vida morir antes que ella, pero hay ocasiones en las que la naturaleza humana tiene sus caprichos diabólicos. También se me viene a la memoria la expresión de rabia de un padre, cuando el médico que operó a su hijo le dijo que el cáncer estaba bastante extendido y que el pronóstico era malo. Ambos sucesos marcaron profundamente sus vidas y abrieron dolorosas heridas en sus psicologías y en sus almas que no han cicatrizado después de varios años. Ya nada volvió a ser como antes en estas personas y en sus familias, las celebraciones y los encuentros familiares pasaron a tener expresiones de recuerdos que atraían lágrimas a los ojos de los padres.

Estos dos ejemplos suelen ser frecuentes cuando es un hijo el que muere y no lo es tanto cuando muere el padre o un hermano, aunque también se producen desgarros en lo más íntimo del ser. La aparente lógica de la vida se vuelve ilógica y nuestras inteligencias no son capaces de explicarlo y aceptarlo.

Un hijo es mucho más de lo que imaginamos y fantaseamos durante los nueve largos meses de embarazo, es el que desde su llegada organiza los horarios de la familia, dice cuándo se puede dormir y cuando hay que comer, no respeta los momentos de nadie y hace sus necesidades evacuatorias cuando le viene en gana y, por supuesto, que no pide permiso para hacer lo que le apetece. Decimos que esto es durante los primeros tres años y creemos que a partir de los 4 ó 5 cambiarán, y sí es verdad que comienzan a hacerse más independientes, pero empiezan las tareas de los colegios, las actividades extraescolares, las fiestas de cumpleaños y los continuos cambios de ropas.

Los años pasan rápidos y vienen las preocupaciones por los estudios, por los amigos, y sobre todo por las salidas y entradas en las largas noches de los fines de semana. Llegarán los primeros amores y los consiguientes fracasos, la preparación profesional y las entrevistas de trabajo y el primer contrato, después nos contarán sus experiencias con los jefes y compañeros y sus precarias nóminas. Y a todo esto hay que añadir los quebraderos de cabeza con sus dolores físicos y espirituales, con sus frustraciones por lo que no son capaces de conseguir. Viviremos con intensidad sus penas y compartiremos sus alegrías.

Por nuestros hijos nos quitamos los pocos caprichos que nos quedaban y, si es preciso, también lo necesario para vivir, en sus vidas nos gustaría proyectarnos y con ellos lloramos y reímos. Nos preocupa el hijo débil por su presente e intentamos suavizarle el futuro, nos obsesiona el que hace de la apatía y la vagancia el sentido de su vida, nos enorgullece el que está encauzado y se va haciendo adulto y nos quita el sueño el enfermo o el que está descontrolado por culpa del alcohol o de la droga.

Siempre están en nuestras mentes y corazones, en nuestras conversaciones y también en los bolsillos, por ellos hay padres que perdieron durante minutos la razón y llegaron a matar y por supuesto estamos dispuestos a darles nuestra vida, ellos dan sentido a la existencia y también lo quitan y gracias a ellos la humanidad camina sin poderse detener.

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