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Fecha: julio, 2017
Veranos, ayer y hoy
José María Fdez Chavero 24-07-2017 | 10:10 | 0

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Una de sus hermosas calles

Tengo la inmensa suerte de pasar bastante tiempo con jóvenes que se adentran en la historia del pensamiento, en la psicología y en la sociología. Aprendo mucho de ellos, la mayoría de las veces con sus opiniones y comentarios y otras con las preguntas que hacen. En los últimos días de curso se generó un debate sobre las ventajas de las nuevas tecnologías para pasar las largas horas del calor extremeño. Se realizaban halagos a las variadas redes sociales. Unos decían lindezas del whatsapp que nos mantiene unidos a familiares y amigos y sin costes incómodos. Otros comentaban la posibilidad de vernos en los lugares de descanso a través del instagram. Algunos hablaban del twitter y del facebook. Casi había unanimidad en las alabanzas de juegos on line y con las playStantion en sus incontables versiones. Siendo sincero he de reconocer que también las uso y les agradezco la posibilidad de expresar y compartir inquietudes y pensamientos.

En un momento del debate, una alumna preguntó cómo fueron mis veranos en el pueblo, sin móviles ni internet. La miré con relajada sonrisa y le di las gracias por tan avispada pregunta. Comencé diciendo que se habían olvidado de un par de cosas, la primera es que la mayoría de las personas de mi pueblo, incluida mi familia, no salía de vacaciones y la segunda, que no había piscina pública, lo más una alberca en la que podías remojarte siempre que el dueño se compadeciera.

El whatsapp no lo necesitábamos para quedar porque ya habíamos fijado la hora antes de despedirnos o sencillamente ya nos veríamos o íbamos a las casas. Las horas de los actuales grupos virtuales las teníamos físicamente en directo, puedo asegurar que son más entretenidas y divertidas y lo sé porque pertenezco a varios de esos grupos. Horas enteras sentados en un banco o en el umbral de una casa compartiendo sueños e ilusiones era todo una pasada de placer social. Las fotografías nos gustaban y brillaban por su escasez, de ahí que prefiriésemos vernos. Aseguro, sin riesgo a confundirme, que esas visiones eran increíblemente bellas.

Pasábamos el tiempo libre de forma diferente según la edad. Del jugar al escondite, o a los juegos olímpicos o al fútbol, hasta contarnos la vida caminando paseo arriba y paseo abajo. A inicios de la adolescencia había un juego estrella que nos ayudaba a definir nuestra sexualidad y a alimentar la autoestima, el juego de las cerillas que además de no provocar ningún fuego ponía, al que se le había apagado, ante la obligación de responder a las preguntas de los compañeros. Recuerdo que la pregunta más frecuente era quién te gustaba. Cuántos resoplidos de satisfacción y cuántos de decepción según tu nombre apareciera o no. Y qué decir de esas entretenidas películas en el cine de verano, con el Oeste o nuestros cantaores como máximos protagonistas.

Mis estimados alumnos y gente joven, no envidio vuestro tiempo libre porque no habéis conocido la grandeza del tiempo con los amigos hasta rozar el más entretenido de los aburrimientos. Es cierto que tenéis otras ventajas de las que yo me beneficio en menor medida que vosotros, pero no cambio mis veranos en el pueblo con mis amigos por nada del mundo.

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De la página del Excelentísimo Ayuntamiento de Ribera del Fresno. Gracias

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18 de julio
José María Fdez Chavero 17-07-2017 | 9:31 | 0

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Ni me sobra atrevimiento, ni me falta prudencia a la hora de poner título a las siguientes líneas. Que nadie busque en mis palabras ningún atisbo de color, ni de signo político, ni de progresismo o conservadurismo. Encuentren el deseo de concordia y de paz en un día que suena a enfrentamientos y guerra. El 18 de julio representa lo que nunca debe ocurrir a un pueblo y nos invita a trabajar para que no vuelva a suceder. Fue el fracaso de una sociedad y de unas personas en una época en la que la falta de diálogo y el quererse imponer a los demás imperaba. La guerra entre poblaciones limítrofes, entre vecinos de la misma calle, entre miembros de una misma familia, es lo más cruel que puede padecer una sociedad y la nuestra lo padeció.
Pertenezco a una generación que escuchó a personas que habían sufrido el horror de la guerra civil en sus vidas. Recuerdo una ocasión en la que mi padre me dijo que hasta que no muriese su generación no se superaría el trauma generado. Muchos de aquellos niños y niñas, hoy ancianos, no están con nosotros y lo que mi padre me decía no es aún realidad. Algunos continúan con la dinámica repetitiva de que estás conmigo o estás contra mí y es una manera irracional de estar en sociedad.
Ya se han realizado cientos de reflexiones de lo sucedido y no es momento de pararse en más estudios. Es tiempo de construir, de mirar hacia delante, de buscar lo que nos une y no lo que nos separa. Es respetar la idiosincrasia de las diferentes partes de España, de las diferencias y de lo que nos une.
Ya no es tiempo de mostrar los carnets militares de los muertos o las fotografías de Iglesias quemadas o las cruces recordatorios de los caídos o las tumbas anónimas. Esto no nos quita el derecho a conocer dónde se encuentran nuestros antepasados y darle los honores merecidos.
Estamos en una democracia en la que se puede opinar, dentro de unos organismos internacionales que proporcionan consistencia y equilibrio aunque falte consolidación. Vivimos en una sociedad con el poder sanamente dividido y repartido y en la que se valoran las instituciones, a pesar de que algunos han caído en las garras de la corrupción y del robo consentido. Lo peor de la corrupción no es el dinero robado, sino la desesperanza y la pérdida de ilusión que genera en la mayoría de la sociedad.
Las dificultades no faltan, pero tampoco sobran. Hemos de mejorar. Muchos padecen el desempleo, la lacra de un sistema económico no preparado para superar con rapidez las crisis que genera.
Dedico estas letras a los fallecidos en las guerras y a sus familias, hayan sido militares, policías o guardias civiles; monárquicos o republicanos; moderados o progresistas; empresarios o trabajadores; de derechas o de izquierdas; vascos o extremeños o de cualquier zona de España. Nadie se merece morir a manos de nadie por ningún motivo y en España y en Extremadura tenemos demasiados muertos por estos falsos e inexistentes motivos.

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Una tarde con mi profesor
José María Fdez Chavero 10-07-2017 | 7:12 | 0

 

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Un punto de referencia

He tenido la inmensa fortuna de pasar una tarde con uno de mis antiguos profesores, de esos que marcan la vida de los alumnos y también la mía. Está a punto de jubilarse, canoso, igual de sabio, de prudente y con la serenidad de los años saboreados con autenticidad. Me contó que en la última semana del curso recibió tres cartas que le tocaron lo más profundo de su ser. La primera carta fue de toda una clase, la segunda de una alumna de bachillerato y la tercera, del padre de una alumna. Le pregunté por sus contenidos. Me miró fijamente y, tras unos segundos de silencio, comenzó el relato.

La primera fue entregada el último día de clases. Dos alumnos se levantaron del asiento y le dieron un sobre azul con una postal escrita, un estuche con un bolígrafo y una pequeña bolsa fría al tacto, era un vasito con su helado preferido. Del bolígrafo y del helado no me contó nada, sí del escrito. Le daban las gracias por lo transmitido durante el curso, por tratar los temas de la vida sin tapujos y con sinceridad, por darles claves para afrontar el día a día, por animarles a compaginar tolerancia y crítica y por valorar el esfuerzo. Se despedían dándoles las gracias por ayudarles a ser mejores personas. Al terminar, le pregunté por su respuesta. Les agradeció los deseos de aprender y de ser mejores personas, lo cual le animaba a ser mejor profesor. La clase terminó con un sonoro aplauso. Salió del aula con algo de vergüenza y una enorme satisfacción.

La segunda carta le llegó al correo electrónico. Fue más breve. Después de un saludo tuteado, le daba las gracias por el tiempo dedicado a ella y a sus compañeros. Le decía que deseaba verlo y que estaba muy contenta por la nota obtenida en la selectividad. De nuevo le pregunté por su respuesta. Les agradeció a ella y a los compañeros el trabajo realizado a lo largo del curso y, sobre todo, la actitud de aprendizaje. Terminó con un “gracias por ayudarme a querer ser mejor persona, mejor profesor”.

La tercera llegó en un mensaje privado de whatsapp. Tras un cariñoso saludo le mostraba su admiración por ser justo y su sincero reconocimiento, las gracias por su labor y su dedicación al alumnado. Además le decía que también él había aprendido de sus reflexiones. En este punto, le comenté que se sentiría muy orgulloso. Me miró por encima de sus gafas y de nuevo me encontré con la misma respuesta de agradecimiento al padre por esas palabras de ánimos para ser mejor persona y profesor.

Seguimos charlando y me dijo: “ese es mi trabajo y el premio al compromiso con mi profesión, la formación de jóvenes y el acompañarles en el camino de hacerse personas. No es mucho lo que les digo a mis alumnos: la importancia del esfuerzo, los deseos de ser mejor, la riqueza de la tolerancia y, a la vez, la de ser crítico y que tengan presentes que sus vidas dependerán de las decisiones que vayan tomando a lo largo de ella”. Al terminar hablamos de mi vida. Nos despedimos con un fuerte apretón de manos y mi mirada de profunda admiración.

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“Si tu hija es conflictiva…”
José María Fdez Chavero 03-07-2017 | 9:41 | 0

 

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Expresión dicha por una madre a un padre, en la puerta del colegio, unos minutos antes de llegar el autobús en el que venían sus hijas de una excursión. Esa frase la completó con “no paró de llorar durante toda la noche, dígalo en el colegio para que la pongan sola porque no ha dejado dormir a la mía” A los pocos minutos llega el autobús con los niños cansados y deseosos de encontrarse con los padres después de día y medio fuera de casa. Besos y saludos cargados de sonrisas, con algunos churretes en las caras, manchas en las camisetas y los ojos rezumando innumerables y magníficas vivencias que nunca olvidarán.

Los padres de la llamada “niña conflictiva” comunicaron a los profesores encargados de la excursión lo sucedido y escucharon sus respuestas que ya intuían sin haberla oído antes, porque ellos sí conocen a su hija, saben que no es conflictiva y sí encantadora. Contaron que unos sollozos al acostarse y nada más, ese fue el inmenso drama de lo sucedido. El problema no son las niñas, sino los adultos cuando nos dejamos llevar por prejuicios cargados de ignorancias atrevidas. La sociedad y el colegio tendrán que continuar con la formación y la sensibilización para superar estas situaciones injustas.

No es la primera vez que escribo sobre este tema, ya lo hice años atrás cuando una guardería se negó a aceptar un niño con síndrome de Down, argumentando que no tenían personal cualificado para atenderlo. Animé a los padres a denunciar, pero influencias y algunas peticiones de perdones enterraron en el olvido tanta discriminación, pero al niño no le abrieron las puertas.

También recuerdo la negativa de una discoteca para que un grupo de chicos y chicas con síndrome de Down entrasen a bailar porque el foro estaba lleno mientras no dejaban de entrar otras personas. Incluso el dueño tuvo la desfachatez de quererles invitar a tomar algo en una cafetería cercana. Tengo más ejemplos, pero son suficientes para lo que pretendo.

Las personas con síndrome de Down llevan padeciendo durante todas sus vidas las lástimas de algunos, las valoraciones desde lo negativo de otros y la ignorancia de no pocos. Y lo peor es que esos tres grupos creen que sus actitudes reflejan la verdad. No me estoy refiriendo a sujetos mal intencionados ni de poca formación, a estos los dejo aparte. Me fijo en personas formadas, incluso universitarios, que han optado por mirar hacia otros lados, creyendo que los problemas se solucionan sin afrontarlos.

A las personas hemos de conocerlas desde lo que son y no desde lo que no poseen, más desde sus cualidades que desde sus limitaciones, más desde sus capacidades que desde las carencias y esto ha de ser así con todos. Una sociedad que no cuida a sus miembros con más necesidades vive en la mediocridad y muy por debajo de sus posibilidades y ya es hora de que cambie. Se puede conseguir desde la unión de los que pensamos así.

Agradezco a las personas con síndrome de Down y a las mal llamadas discapacitadas sus existencias, convencido de que son demasiados aún los que no captan sus grandezas, bondades y dificultades. El final de la historia es precioso, como no podía ser de otra manera teniendo tan grandiosa protagonista: la niña contaba a sus padres lo bien que se lo había pasado, con su voz entrecortada por la ronquera y por un sueño que terminó venciéndola.

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La solidaridad, la tolerancia y la justicia son valores imprescindibles para lograr una sociedad mejor para todos. Somos ciudadanos del mundo con el derecho a vivir y a ser respetado. Este blog quiere ser lugar de encuentro entre la Psicología y la Vida de todos los que lo deseen. Es posible hacer un mundo más justo.