Hoy

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Autor: Jmfch
Salas de esperas de hospitales
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José María Fdez Chavero | 15-05-2017 | 12:44| 0

Son las 10 de la mañana de un día marcado por la cita hospitalaria. Lleva varias semanas aguardando y soñando con ella, aunque el miedo le invade por momentos. Estas son las únicas citas en las que se combina apetencia y rechazo. Por fin llegan al hospital, con unos minutos de adelanto, estacionan el coche y se dirigen a la entrada principal. Las puertas correderas se abren y sienten el bofetón de un aire caliente y con un olor penetrante a medicinas. Caminan unos pasos hasta la sala de espera, ni grande ni pequeña, tan solo una simple sala de espera. Hay  demasiadas personas, la mayoría están sentadas y mirando los móviles, algunas ojean revistas y periódicos. Otras están en la cola de la ventanilla, con ganas de que les toque el turno para anunciarse y los menos dan pequeños paseos.

Los segundos parecen minutos y el tiempo va haciendo mella en el ánimo de los presentes. Los acompañantes comienzan a entablar conversaciones intrascendentes con los vecinos de asientos y los que vienen de lejos dan pequeñas cabezadas que muestran cierto cansancio y aburrimiento. Los potenciales pacientes acechan, con algo de ansiedad y preocupación, escuchar su nombre en megafonía. Están con las miradas perdidas, ensimismados en sus pensamientos, casi todos teñidos de inquietante pesimismo. Los nombres suenan a lo largo y ancho de la sala y tras ellos se levanta el mencionado para dirigirse a la otra sala, la de pruebas. Por fin el suyo, mira a su acompañante y se despiden. En una media hora supone que estará de vuelta. Arroja la botella casi vacía a la papelera y en la entrada se encuentra con una auxiliar. Respira profundamente, se cruzan las miradas y desaparece tras la puerta. Ahora nota la tensión en su cuerpo y en su espíritu, convencido de que será una falsa alarma.

Llega a un despacho en el que le reciben la doctora y un enfermero. Saludos protocolarios y las indicaciones para la prueba. En menos de lo que pensaba, sin ser capaz de precisar la duración, ha terminado. Se reviste, segunda vez en las pocas horas que lleva levantado, y mira con agradecimiento a los dos profesionales. Estrecha sus manos y regresa a la sala. Le hace una señal a su acompañante y se van. Pocas palabras dialogadas y muchos pensamientos ocultos. Ya ha terminado y ahora a esperar los resultados, pero la impresión ha sido muy buena y se descartan los primeros temores. Se da cuenta de que la vida pende de un inconsistente hilo, de pequeños bultos que pueden hablarnos de quistes inofensivos o del temible cáncer. Dejan el hospital a sus espaldas, lo miran de reojo con una sonrisa de optimismo en las caras, convertidos en otras personas. La fragilidad de la vida nos invita a ser más agradecido, mejor pensado, menos preocupado por cuestiones intrascendentes, más atentos con los que tenemos a nuestro alrededor. Se compromete, para sus adentros, a decir más veces te quiero, a dudar menos de la palabra de los demás, a ser mejor. Las salas de los hospitales nos invitan a encontrar el sentido de la vida y éste es estar en paz con uno mismo, con los demás y el entorno y con Dios.

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Psicólogos
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José María Fdez Chavero | 09-05-2017 | 9:36| 0

 

No soy portavoz ni representante de nadie, acepto las discrepancias, pero me ayuda escribir en plural de mi profesión, de la que me siento muy satisfecho y cada día con más repercusión social e individual.

Escucho con cierta frecuencia la frase “no creo en los psicólogos”, a lo que suelo responder que yo tampoco. Es evidente, no creo ni se puede creer en los psicólogos, como tampoco en nadie que pueda confundirse y sea vulnerable a los aspectos  accidentales de la existencia humana. No es el verbo creer el que define las relaciones entre las personas. Entiendo que mi afirmación les pueda confundir, pero es sincera y bien sentida.

Se me viene a la mente recuerdos de mi etapa de estudiante de primeros cursos. El maestro me preguntó el resultado de un ejercicio de matemáticas y yo le respondí: “creo que son nueve”, a lo que replicó, con una ligera sonrisa y cierto  aplomo, “Chavero, se cree en Dios, en clase se afirma o niega o ambas a la vez, pero no se cree”. Me desconcertó esa respuesta, me ruboricé y después comprendí cuánta razón tenía y ahora aún la cuento.

El psicólogo no es Dios, ni pretende serlo, es una persona formada en las calles de la vida y en las aulas de la universidad para evaluar, valorar, acompañar, ayudar, proponer, diseñar estrategias de afrontamiento o de cambios, etc. con el único objetivo de que esa persona viva más integrada, ya sea consigo misma, con el entorno y, si es creyente, con Dios, sea cual fuere su nombre. Los psicólogos acertamos muchas veces y erramos algunas y cuando esto ocurre procuramos realizar los cambios adecuados para que no sucedan otras veces.

Todo eso forma parte de lo que somos, profesionales de la salud que afrontan dificultades, incapacidades, limitaciones y enfermedades. Lo hacemos desde el entendimiento y los sentimientos, con empatía y seriedad, muchas veces con cercanía y pocas con frialdad. No escatimamos esfuerzos, convencidos de la interdisciplinariedad, dispuestos a colaborar con otros profesionales y sabiendo cuál es nuestro lugar. No traspasamos los límites de nuestra disciplina por respeto a las demás y nos gusta conservar las señas de identidad. No sustituimos a nadie y compartimos responsabilidades.

Y puedo asegurar que ser psicólogo es mucho más que una profesión o un trabajo o un medio para ganarse la vida, es una manera de estar en el mundo porque te pone en contacto con lo más íntimo y nuclear de los demás. Considero un privilegio al alcance de pocos tener acceso a las confidencias y secretos mejor guardados y somos depositarios de llantos y frustraciones y de alegrías y logros. Es increíblemente humana y enriquecedora y con un gran contenido de bondad.

Cuántas personas grandes, sin saberlo que lo son, hemos conocidos y acompañados en estos años y a todos ellos damos las gracias por ayudarnos a vivir más intensamente nuestras vidas. Si los padres nos dieron la vida y nos enseñaron a crecer, los maestros y profesores nos ayudaron a interpretarla, los que nos piden ayudas nos dan las claves para la paz personal y la felicidad. Gracias.

 

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Madres
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José María Fdez Chavero | 05-05-2017 | 8:57| 0

Con el paso de los años y de la experiencia de hijos aprendimos que la perfección de la naturaleza alcanza su máxima expresión en la maternidad de todas las especies. Las madres son los seres que moldean en silenciosa paciencia a sus progenies durante el tiempo que dura el desarrollo embrionario, nueve largos meses de embarazo. Eso sucede con el celo de quien sabe que está haciendo una gran obra; no solo la de un hijo, sino también la de perpetuar la especie. Este proceso termina en el parto, en el que se mezclan el dolor y la dicha de regalar al mundo la nueva criatura que ha llevado en su más abultada y tierna intimidad.

A partir de ese instante, su entrega la expresa en el amamantamiento, en los continuos cuidados. Vendrán los desvelos en las enfermedades, en las salidas de los dientes o en las molestias causadas por las vacunas. También disponen de vitalidad para las alegrías que proporcionan las primeras palabras y pasos. Con los días irán apareciendo lágrimas de penas por los fracasos y de gozo por los aciertos y éxitos.

Las madres estarán acompañando al hijo aplicado en sus estudios y centrado en sus amistades, se mostrarán pacientes con el que se despista en su madurez y permanecerán en la lucha con el que no encuentra su sitio en la vida. Ellas son esas personas con las que es muy fácil discutir y enfadarse, pero lo es más el reconciliarse, sus comidas son las más sabrosas y exquisitas y sus abrazos los más tiernos.

Resultan machaconas con las repetidas frases «llámame cuando llegues o ten cuidado y no corras» y aunque nos incomodan, al mismo tiempo, nos transmiten esa constante preocupación que siempre tuvieron y tendrán. Las madres proporcionan el plus a nuestras existencias, se les quiere de forma especial, no más que a otros miembros de la familia, sino de manera diferente.

Y esa maravilla de la naturaleza envejece con la elegancia de quien trasciende el tiempo y un buen día culmina toda una sofisticada metamorfosis que le aporta el esplendor de ser abuela. Cuando una mujer combina ser madre y abuela entonces se garantiza que hijo y nieto se sientan queridos y un niño querido será, con alta probabilidad, un adulto maduro.

A todas ellas, a las que lo tuvieron fácil y a las que les supuso muchas dificultades y renuncias, les agradezco sus vidas y les deseo amores correspondidos. Si las abuelas las recordamos en los sentimientos, las madres las mantendremos vivas siempre, porque nunca mueren, son eternas, infinitas en sus posibilidades y en los recuerdos sentidos.

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Derecho al trabajo y trabajadores
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José María Fdez Chavero | 28-04-2017 | 10:30| 0

 

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El trabajo es un derecho y un deber, un reto y un sueño, algo para lo que nos formamos durante largos y no siempre entretenidos años. Es el medio al que nos remite la tradición para indicarnos que es el sudor de nuestra frente el que nos debe proporcionar los medios necesarios para vivir.

En los últimos años, demasiados ya, ha sucedido algo muy curioso. Hemos pasado de ese molesto sudor de la frente, del esfuerzo y del estar cansado de hacer todos los días lo mismo a desearlo desesperadamente. Ahora estamos en una situación en la que somos capaces de coger lo que nos ofrezcan, por muy precario e inhumano que pueda resultar. Curiosidades de la vida. Me comentaba una chica sudamericana que a ella le pagan 6 euros la hora por limpiar. Es consciente de que se está pagando más, pero no puede rechazarlo porque sus familiares esperan con impaciencia el dinero que ella les manda a final de mes para seguir adelante.

El trabajo también tiene otros aspectos, además de ser una manera de ganarse la vida y de ayudar a la familia. Es también un camino para madurar y crecer, para valorar el esfuerzo y hacerse mejor persona. El trabajo recompensado con un salario es del que más hablamos porque ser el que nos mantiene en la sociedad, pero hay otros muchos. España tiene que modificar las leyes educativas para que los estudiantes con adaptaciones curriculares también puedan capacitarse, mediante una formación profesional adaptada, para un futuro desempeño laboral.

Mencionar el del estudiante que hora a hora y examen a examen va formándose con la incertidumbre de su futuro profesional. Está el del abuelo que recoge con puntualidad exquisita al nieto para llevárselo a casa a comer porque los padres están trabajando. El del voluntario que transforma algunas de sus horas libres en un hermoso canto de gratuidad y se las regala a los demás con el único objetivo de ayudarles, y qué decir del continuo de los padres que no rehuyen ningún esfuerzo por los hijos.

Termino compartiendo mis deseos de que este derecho del que muchos miles de españoles y residentes en España no disfrutan se haga realidad en un futuro cercano. Será imprescindible la unión de todos, algo a lo que no siempre estamos dispuestos.

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Saber envejecer
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José María Fdez Chavero | 24-04-2017 | 6:04| 0

Envejecer es el resultado inevitable del cumplir años. Es un proceso que se inicia en el mismo momento del nacimiento y finaliza con la muerte. Es de duración limitada, de carácter individual, nunca se puede predecir y a su tiempo le denominamos existencia o vida. En ese proceso de vida interviene el propio sujeto, las personas que se relacionan con él y las condiciones socio ambientales. A medida que se van cumpliendo años se suceden etapas y cada una de ellas viene cargada de ilusiones, dificultades, objetivos y también de medios para irlas afrontando. Algunas se superan con facilidad y sirven para cimentar las siguientes y otras cuestan más, las hay que las recordamos con alegría y positividad y otras que están desdibujadas y llenas de recuerdos tintados de claroscuros.

Muchos logros alcanzados podremos utilizarlos y disfrutarlos a lo largo de toda la vida, como son las habilidades relacionales y comunicativas, las afectivas y profesionales… y otros se van perdiendo, se quedan obsoletos y trasnochados como determinados estilos comunicativos, o comportamentales, o facultades físicas o formas de la apariencia física, como el vestir, etcétera.

Saber envejecer es tomar conciencia, desde la mente y los afectos, que cada día trae nuevos retos, alegrías, metas… aspectos que pierden importancia, que desaparecen y otros que surgen nuevos o adquieren protagonismo en un momento determinado. Los adolescentes dicen adiós a ir a todos los sitios con los padres, los adultos dejan los  botellones, los treintañeros dijeron adiós a los exámenes en las aulas, los de cuarenta ya no hacen deportes de competición, y los de 50 no se plantean prepararse  oposiciones, ni los de 60 firman largas hipotecas y así cada etapa, hasta el final de la vida.

Saber envejecer es aceptar que todo tiene principio y fin, que se dicen muchos adioses pero también muchos saludos de bienvenidas. Se puede encontrar más sentido y goce al tiempo libre, al compromiso con los demás desde la gratuidad y el voluntariado. Saber envejecer es encontrar la satisfacción del deber cumplido, del compartir todo lo asimilado y conseguido en sus años vividos. Es disfrutar de cada momento, tanto del paseo como de la tertulia sosegada, del descanso merecido, de la lectura enriquecedora.

Envejecer supone seguir aprendiendo sin los agobios de antaño, es vivir desde el equilibrio personal, mental y espiritual, es no darse por vencido y es abrir nuevas vías de desarrollo. Envejecer no es hacerse viejo, porque lo viejo es caduco y empobrece y de lo que hoy escribimos supone dar vía libre a todas esas cosas que no se hicieron por falta de tiempo o de posibilidades.

Sí es cierto que asumir las pérdidas resulta difícil cuando no se vive desde la positividad que dan los nuevos descubrimientos. Mirar atrás nos lleva al tropiezo y a la caída y nos deja sumido en la impotencia del que no controla el paso de los años, por eso lo que nos queda es aceptar que la vida va siendo más plena a medida que se va viviendo y no al revés.Así es nuestra vida, nuestro mundo. Ambos mejorables y les invito y me invito a seguir trabajando para que podamos disfrutar de cada día que termina. Saber envejecer es dar gracias por cada atardecer y por cada amanecer.

Saber envejecer es estar en paz consigo mismo, con los demás, con el entorno y con Dios, si somos creyentes. Deseo para todos una feliz vida y un saber envejecer.

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La solidaridad, la tolerancia y la justicia son valores imprescindibles para lograr una sociedad mejor para todos. Somos ciudadanos del mundo con el derecho a vivir y a ser respetado. Este blog quiere ser lugar de encuentro entre la Psicología y la Vida de todos los que lo deseen. Es posible hacer un mundo más justo.