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Autor: Jmfch
Prueba a vivir sin enfermedad. Anorexia
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José María Fdez Chavero | 16-12-2016 | 11:02| 0

Con 15 años empezó mi infierno. A mi padre lo trasladaron a trabajar al pueblo donde veraneábamos y aunque retomé viejas amistades no me sentía integrada. Comencé a compararme, me sentía inferior, no encajaba… En 3º dela E.S.O. empecé a ir mal en los estudios, me pasaba el día tirada en el sofá viendo la tele, escribiendo e inventándome excusas para no salir con mis amigos. Aunque aprobé el curso, ese verano algo cambió en mi cabeza. Me quité el pan, usaba productos desnatados… En 4º me obsesioné con los estudios, me pasaba la tarde estudiando y haciendo ejercicio. Ahora me sentía mejor, estaba más delgada,  sacaba buenas notas, pero muy pronto mi carácter cambió.

Me volví más irritable, broncas en casa a la hora de comer, buscaba excusas para no ir a comidas, pasaba las 24 horas del día pensando lo que había comido, lo que tenía que comer, las calorías, el peso, la culpabilidad cuando me obligaban a comer… Al año siguiente me ingresaron en el hospital, yo no entendía por qué estaba allí. Fue el Endocrino el que me habló de la Anorexia. Yo lo negaba, “yo comía, lo que pasa es que me cuidaba, ¡qué estaban diciendo, no me dejaban en paz!”; me pusieron la sonda, cada vez iba peor. Me llevaron a Psiquiatría y de ahí al Niño Jesús de Madrid donde tuve numerosos ingresos. A los 20 años mi madre me hablo de una clínica donde no tenías que llevar pijama todo el día. Era una casa con terapias de grupo e individuales. Yo tenía conciencia de enfermedad.

Estuve 1 año en la clínica y 9 meses en pisos terapéuticos. Allí mi psicóloga, me dijo una frase que cambiaría mi vida “Prueba a vivir sin enfermedad, si no te gusta siempre puedes volver”. Allí aprendí que la Anorexia es la punta del iceberg, que en la base, ocultos, están los verdaderos problemas, los que la comida enmascara y los que no puedes ver si no resuelves el síntoma. Actualmente vuelvo a disfrutar comiendo, como de todo sin sentirme culpable y me di cuenta que no soy un globo que se hincha cuando come. Ya no me preocupa el peso. Es cierto que nunca puedes bajar la guardia y que todavía me quedan cosas por resolver, la baja autoestima, inseguridad… cosas que la Anorexia no me permitía trabajar, pero  soy mucho más feliz y lo más importante ¡¡Estoy Viviendo!! Estudié, estoy trabajando y la relación con mis padres ha mejorado.

Es cierto que cuesta muchísimo, es una lucha feroz contra ti misma, pero creedme, compensa. La Anorexia me robó muchos años y no le voy a dar un minuto más. Trajo mucho sufrimiento a mi familia y a la gente que me quería. Y bueno, sigo trabajando temas de inseguridad pero desde mi casa. Si estáis en una situación similar o conocéis a alguien que lo esté, recordad esta frase “PRUEBA A VIVIR SIN ENFERMEDAD, SEGURO QUE NO QUIERES VOLVER”

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La vida en unos segundos
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José María Fdez Chavero | 12-12-2016 | 5:53| 0

Dedico estas líneas a ese joven y a su familia.

Son las doce de la noche. El trayecto se recorre en unos treinta minutos y han pasado dos horas. Le he mandado varios whatssapp y no los ha leído. Intento controlar la mente para no entrar en la espiral del nerviosismo. Recuerdo sus palabras cuando me llamó: “El turno bien, ya salgo” y mi respuesta de siempre, “cuidado y no corras”.

Siento el silencio, interrumpido por el tic tac del reloj y por mi respiración. Deseo permanecer sentado, pero las piernas las noto nerviosas y me levanto sin rumbo definido. Cada paso lo  acompaño de palabras como tranquilidad, se habrá entretenido, o tendrá silenciado el móvil. Siento el miedo que me va invadiendo. Miro por enésima vez a través de la ventana y veo pasar unos amigos charlando animadamente. Compruebo si ha leído los mensajes y nada de nada. En este instante oigo el ascensor. Le pido a Dios que sea ella. Los segundos pasan con lentitud desesperante. El latido de mi corazón se dispara, mi mente se queda pendiente solo del oído. El ascensor se ha detenido y escucho la llave entrar en la cerradura.

Al abrir la puerta la miro a la cara y veo en sus ojos el brillo del dolor vivido. Me abraza y le abrazo y nos transmitimos sensaciones similares; yo, de preocupación y ella de miedo y pena. No quiero agobiarla con preguntas y dejo que me cuente con lágrimas en los ojos y la voz entrecortada. Me dice que al salir del pueblo, le adelantaron unos jóvenes. Los mismos que unos kilómetros después yacían fuera de la carretera por una curva mal tomada. Ya se habían detenido varios coches, y ella también lo hizo. Eran tres, dos estaban dentro del coche y eran conscientes de lo sucedido. El tercero estaba fuera, unos metros separados e inmóvil, sangraba por nariz y boca. En unos minutos pararon más coches y llegó la guardia civil que transmitió serenidad y orden. Los chicos del interior tenían rasguños en rostros y brazos y el tercero permanecía inconsciente. La ambulancia se detuvo y comenzaron los primeros auxilios. Subieron al que estaba inconsciente y marchó a toda prisa, con luces y sirenas intentando añadir rapidez a una vida detenida para siempre.

En este momento suspiró, dejó de hablar y fue a la habitación para ver a los hijos que dormían desde hacía un par de horas. Cuánto dolor sentirán los padresdel joven fallecido esta noche y el resto de sus días. En unos segundos la vida se fue y el dolor de la desesperación se instaló en esa familia. Proyectos inacabados, sentimientos rotos, amores partidos por un estúpido y caprichoso accidente. Somos poco conscientes de nuestra fragilidad porque si lo fuéramos no perderíamos tiempo en envidias, en chismes, en anhelar bienes innecesarios. Si supiéramos que la existencia se puede truncar en segundos entonces nos daríamos más besos y estaríamos más sonrientes, seríamos más agradecidos, viviríamos con menos prisas, con más cuidados y atenciones. Diríamos más veces te quiero y con mayor intensidad.

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Carta de una persona con síndrome de Down
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José María Fdez Chavero | 08-12-2016 | 12:03| 0

 

Dedico esta carta a los políticos para que se den cuenta que a los mal llamados discapacitados los necesitamos para construir un mundo mejor.

“Lleváis toda la vida dándonos calificativos marcados por el tono compasivo y lastimero de los mismos. Nos habéis denominado de muchas maneras. Nos dijisteis subnormales y tenía cierta coherencia con vuestras ideas porque creéis que estamos por debajo de vosotros. En otros momentos os inventasteis eso de mongolitos, tan solo porque tenemos los ojos rasgados y la nariz pequeña. Sacasteis lo de deficientes mentales porque tenemos un déficit de inteligencia. Ahora nos llamáis discapacitados y disfuncionales y me pregunto el porqué no nos llamáis por nuestros nombres. Os perdono vuestra poca sensibilidad. Nunca se me ocurriría identificar a los demás por lo que no tienen tan desarrollado, pero paso.

Habláis mucho de inclusión en los últimos años, de que compartamos espacios y tiempos y para mí es otro sinsentido. Es cierto que estamos en las aulas con compañeros llamados normales y estudiamos y llevamos las tareas hechas y a ellos les dais un título al finalizar sus estudios y a nosotros no. Nos invitáis a seguir estudiando una formación profesional básica para darnos lo que a ellos le dais antes. Ellos pueden estudiar  bachillerato y formación profesional y qué difícil lo tenemos nosotros. Y qué decir del límite de los 21 años, ellos podrán estudiar todos los años que quieran y nosotros terminamos por ley. Además, nos encontramos con algunos profesores que no saben y se quedan en reducir y no en adaptar lo que nos vendría bien aprender. Eso si no te entregan una fotocopia al principio de clases para que la colorees y poco más. Menos mal que de estos últimos hay pocos. Eso no es incluir, eso es seguir marginando en medio de los demás. Si todos los profesores apostasen por la formación adaptada, otro gallo cantaría.

A medida que cumplo años me voy dando cuenta que somos bastantes las personas que no cumplimos eso que denomináis normalidad. Existen asociaciones preocupadas por solventar problemas planteados por el llamado Estado de Bienestar. Unas asociaciones buscan subvenciones para pagar carísimos tratamientos y medicinas, otras planifican actividades para que no nos pasemos todo el día encerrados en las casas porque a nosotros nos echan pronto del sistema educativo. Otras montan talleres y pequeñas empresas para que podamos ganar algo de dinero y las hay que organizan actividades de ocio. Me pregunto qué ocurriría si se uniesen y exigieran una ley de inclusión real en la que se recogieran los aspectos educativos, sanitarios, laborales, de vivienda, etc. Nos harían caso porque somos millones de votos, si contamos a nuestras familias.

En los medios de comunicación nunca he visto a ningún denominado discapacitado montar un ataque terrorista, ni maltratar a compañeros, ni diseñar armas de destrucción masiva, ni ordenar bombardeos de ciudades, ni vender drogas asesinas que trastornan la mente de los jóvenes. No roban el dinero público de las instituciones, ni dejan sin casa a los que perdieron el trabajo o fueron engañadas por desalmados normales…Creo que nos iría mejor si se nos conociera un poco mejor y se nos imitase

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Discapacitados o nuevos paradigmas de valoración
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José María Fdez Chavero | 02-12-2016 | 5:40| 0

Estamos en el Día internacional del mal llamado discapacitado. Queremos que sea una jornada de sensibilización para que puedan tener acceso a lo que consideramos adecuado para sus desarrollos como hombres y mujeres, y hablamos de trabajos protegidos, pensiones y ayudas, formación y ocio, y un largo etcétera. Me alegra y lo defiendo, pero reconozco que es triste fijar un día internacional, eso es señal inequívoca de que no están a la misma altura que el resto de la población.

Cada persona tiene el derecho innegable e intransferible a su propia individualidad, a disfrutar de sus propias capacidades y logros e intentar reconvertir los fallos en aciertos cuando sea posible. Ha de ser así para todo ser vivo de la especia humana, tenga dos piernas o una, vea bien o sea ciego, tenga trisomía en el par 21 o no la tenga. Igual para todos, sin discriminar a nadie.

Si hablamos de discapacitados es porque pensamos que no poseen las capacidades de la mayoría de la población. Y aquí se me enciende la luz de las contradicciones internas porque no creo que esa mayoría tenga a su vez las mismas capacidades.

Vivimos en una sociedad plural y repleta, de complejidades crecientes en las que cada persona intenta acceder a lo que se encuentra capacitado. En esa sociedad hemos de situarnos todas las personas, valorar sus capacidades y aprovecharlas para construir un mundo más justo sin dejar a nadie fuera. A mí no me pueden pedir que conduzca un camión porque, entre otros motivos, no tengo el permiso de conducir para ello. Esto es así y a nadie se le ocurriría ofrecerme un trabajo de conductor de camiones y no quiero que por eso me den una ayuda económica. Quiero que me paguen por lo que hago y no por lo que no puedo hacer.

Lo importante es saber las capacidades de cada uno para que puedan realizar aquello para lo que están capacitados o para lo que pueden capacitarse desde sus posibilidades y con los medios oportunos.

Estoy convencido que esas personas mal llamadas discapacitadas tienen muchas capacidades y habilidades, y otras que podrán adquirir y no tener que padecer sus valoración personal por lo que no tienen del todo desarrollado. Me parece bien el esfuerzo, pero nos iría mejor si empezásemos a ser más sensibles con las potencialidades positivas de los demás y no con aquello que les falta. Lo que apunto no es fácil, quizás nos falta la capacidad creativa para desarrollar instrumentos que evalúen sus posibilidades y los mecanismos para que puedan colaborar en el desarrollo de una sociedad de todos y para todos y dejarnos de pensar tan sólo cómo podemos darle lo que muchos ya consiguen. Esto es lo que yo quiero para mí y los míos y también para los demás.

Sé que me muevo en el mundo de las ilusiones y de los deseos, de las cuestiones poco prácticas y que hay necesidades que deben tener cubiertas todas las personas. Habrá que cubrirlas, pero no renuncio a un cambio de sensibilidad y a nuevos paradigmas de valoración de las personas. Menos subvenciones y más inversión en formación y trabajos.

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El SIDA, unos años después
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José María Fdez Chavero | 30-11-2016 | 11:52| 0

El 1 de diciembre de 1993, con motivo del Día Mundial del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA), tuve la oportunidad de participar en un curso organizado por la Fundación Basida de Aranjuez. En aquella ocasión, nos preguntábamos en el debate final por el futuro del SIDA desde una perspectiva social y psicológica. Sin ser adivino ni profeta, comenté que nos situábamos ante una enfermedad que reunía, como así ha ocurrido, los requisitos para pasar a formar parte del inconsciente colectivo de la Sociedad del siglo XXI.

Hagamos un breve recorrido histórico. Año 1981, de la noche a la mañana y sin saber cómo, nos encontrábamos en Occidente ante un Síndrome de Inmunodeficiencia que nos hablaba de consumo de drogas por vía parenteral y de compartir jeringuillas, de prácticas sexuales sin protección, de transfusiones de sangre y de hemofilia, de trasplantes de órganos y de donaciones de semen, de tendencias homosexuales y promiscuidad heterosexual.

Esta enfermedad se cargaba, en poco tiempo, de muchos contenidos y descalificaciones morales y éticas, de miedos colectivos e individuales, de culpas, recriminaciones y acusaciones, de engaños y de profundos deseos de anonimato por parte de los afectados y sus familias. Entre todos hicimos que se hablara del SIDA, que se investigara y se invirtieran grandes cantidades de recursos humanos y materiales buscando las causas, tratamientos, maneras de prevenirlo… pero también provocamos que los portadores del virus y los enfermos no se vivieran como tales sino que lo hicieran desde la vergüenza y el desanimo.

El SIDA ha sido, y en menor medida lo sigue siendo, el resultado de fundir cuestiones biológicas, víricas y médicas, con religiosas y morales, con hábitos sociales y costumbres, con sexo y drogas, con amores y odios. Nos hemos movido entre el estar en portadas de revistas y periódicos y en los medios de comunicación como la televisión y el cine de las décadas de los 80 y 90 hasta casi el olvido actual, entre la protección y el abandono, entre la riqueza de los países en los que hoy se habla de prevención y cronicidad y la pobreza de los que la padecen de forma indiscriminada y creciente. Ha pasado a formar parte del inconsciente de las llamadas Sociedades avanzadas, mientras sigue en el consciente más desgarrador del resto de la Humanidad.

Tenemos que situarnos ante el SIDA desde el principio ético de justicia. En España, gracias a una Sanidad universal y gratuita, se atiende a los afectados por el virus en cualquiera de sus fases y se respeta su autonomía y derecho a decidir sobre sus vidas, pero no es así en el resto del Planeta, en el que hay muchas personas que no son atendidas por falta de recursos, de ahí la necesidad de una justicia universal que haga posible un flujo de riquezas de los que tienen más a los que tienen menos.

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La solidaridad, la tolerancia y la justicia son valores imprescindibles para lograr una sociedad mejor para todos. Somos ciudadanos del mundo con el derecho a vivir y a ser respetado. Este blog quiere ser lugar de encuentro entre la Psicología y la Vida de todos los que lo deseen. Es posible hacer un mundo más justo.