Hoy

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El SIDA, unos años después
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José María Fdez Chavero | 30-11-2016 | 10:52| 0

El 1 de diciembre de 1993, con motivo del Día Mundial del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA), tuve la oportunidad de participar en un curso organizado por la Fundación Basida de Aranjuez. En aquella ocasión, nos preguntábamos en el debate final por el futuro del SIDA desde una perspectiva social y psicológica. Sin ser adivino ni profeta, comenté que nos situábamos ante una enfermedad que reunía, como así ha ocurrido, los requisitos para pasar a formar parte del inconsciente colectivo de la Sociedad del siglo XXI.

Hagamos un breve recorrido histórico. Año 1981, de la noche a la mañana y sin saber cómo, nos encontrábamos en Occidente ante un Síndrome de Inmunodeficiencia que nos hablaba de consumo de drogas por vía parenteral y de compartir jeringuillas, de prácticas sexuales sin protección, de transfusiones de sangre y de hemofilia, de trasplantes de órganos y de donaciones de semen, de tendencias homosexuales y promiscuidad heterosexual.

Esta enfermedad se cargaba, en poco tiempo, de muchos contenidos y descalificaciones morales y éticas, de miedos colectivos e individuales, de culpas, recriminaciones y acusaciones, de engaños y de profundos deseos de anonimato por parte de los afectados y sus familias. Entre todos hicimos que se hablara del SIDA, que se investigara y se invirtieran grandes cantidades de recursos humanos y materiales buscando las causas, tratamientos, maneras de prevenirlo… pero también provocamos que los portadores del virus y los enfermos no se vivieran como tales sino que lo hicieran desde la vergüenza y el desanimo.

El SIDA ha sido, y en menor medida lo sigue siendo, el resultado de fundir cuestiones biológicas, víricas y médicas, con religiosas y morales, con hábitos sociales y costumbres, con sexo y drogas, con amores y odios. Nos hemos movido entre el estar en portadas de revistas y periódicos y en los medios de comunicación como la televisión y el cine de las décadas de los 80 y 90 hasta casi el olvido actual, entre la protección y el abandono, entre la riqueza de los países en los que hoy se habla de prevención y cronicidad y la pobreza de los que la padecen de forma indiscriminada y creciente. Ha pasado a formar parte del inconsciente de las llamadas Sociedades avanzadas, mientras sigue en el consciente más desgarrador del resto de la Humanidad.

Tenemos que situarnos ante el SIDA desde el principio ético de justicia. En España, gracias a una Sanidad universal y gratuita, se atiende a los afectados por el virus en cualquiera de sus fases y se respeta su autonomía y derecho a decidir sobre sus vidas, pero no es así en el resto del Planeta, en el que hay muchas personas que no son atendidas por falta de recursos, de ahí la necesidad de una justicia universal que haga posible un flujo de riquezas de los que tienen más a los que tienen menos.

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Maestros y profesores de la vida
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José María Fdez Chavero | 25-11-2016 | 08:27| 0

 

Me atrevo a unir estas palabras por sus íntimas implicaciones y similitudes conceptuales, con la mente repleta de nombres propios, con infinidad de hermosos recuerdos de infancia y de juventud, cargado de emociones y con la inmensa gratitud del que se sabe deudor. Ellos tienen sus sueldos y no por eso los considero pagados, porque los buenos, la mayoría, entregan una gran parte de sus vidas y esto no se puede pagar con dinero.

Ellos nos introducen, con las habilidades y destrezas propias de un artista, en el mundo de los adultos y de los iguales, nos iluminan los fantásticos encuentros con los colores y las formas. Comparten la inmensa magia de los números y el reino encantado y maravilloso de las letras y nos acompañan el resto de nuestras existencias, en ocasiones son fáciles de entender y otras, lejanos y poco accesibles. Estos artistas de la enseñanza nos revelan las dificultades del aprendizaje y cómo afrontarlas, las grandezas de las metas conseguidas con el esfuerzo monótono y diario, los deseos de hacer bien las cosas y cómo ser paciente ante lo que no sale en un primer intento, para volver a intentarlo tantas veces como sea preciso para lograrlo.

Nos ayudan a encontrar el sentido positivo de las experiencias, a encajar los errores y los fracasos y frustraciones. Nos animan en los momentos de dudas y se alegran de los avances y aciertos de los alumnos. Ellos colaboran con nuestros padres en el apasionante camino de hacernos personas adultas y equilibradas, que buscan soluciones a los problemas y que sonríen con los éxitos. Nos guían en el descubrimiento de las ideas platónicas de la justicia como base de la mejor de las sociedades, de la bondad de las conductas como vía para un claro entendimiento, de la belleza de lo que nos rodea y del bien como máxima expresión del ser humano. Nos transmiten las ganas y la valentía de volver la mirada hacia atrás para adaptarnos al ritmo de los que marchan algo más lentos, porque lo importante es que lleguemos juntos.

También los hay que pierden la ilusión y quedan atrapados en el desánimo y en la tristeza y otros que confunden el sentido de su profesión y hacen del desconcierto y la desconfianza los ejes de sus confusas enseñanzas. A todos los que se hallan en estas situaciones les deseo receptividad intelectual y vital para darse cuenta de que es posible el reencuentro con los motivos que les condujeron a la senda de tan nobles artes.

Los maestros y profesores siempre están con nosotros, aunque la lógica de la vida ya les haya retirado de la docencia, porque mucho de lo que somos se lo debemos a ellos, ya sea porque nos lo enseñaron con sus saberes, ya porque nos lo transmiten con sus ejemplos y así lo observamos e imitamos. Sin ser conscientes, influyen en nuestras formas de estar y leer el mundo, tanto en pensamientos como en sentimientos y comportamientos.

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Hola a todos. Soy una chica de veinte años
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José María Fdez Chavero | 24-11-2016 | 09:43| 1

 

 

Siempre he sido una chica insegura, con baja autoestima y muy pendiente de agradar y encajar en los grupos. He tenido una visión romántica del amor y de los hombres. Creía que el amor era la clave de la felicidad y que resistía cualquier inclemencia, más allá de la muerte incluso. Hasta que no llegué al instituto no conocí a las primeras amigas de verdad, ya que en el colegio tenía más compañeros que amigos. Mis primeros años de instituto fueron muy bonitos y me iba bastante bien. Con catorce años (inicio de mi historia), llegó la época en la que a mis amigas les gustaba y le gustaban a algún chico, tonteaban y la única que faltaba era yo. Me hacía sentirme marginada y poco atractiva. Con quince años, conocí a un muchacho tres años mayor que yo. Se fijó en mí, cosa que ninguno había hecho. Empezó a tratarme bien y me enamoré. Comenzamos a salir poco después. Quedábamos en pandilla, dábamos largos paseos y todo parecía maravilloso.

Fue a partir del medio año de relación cuando empezaron los “incidentes”. Empecé a distanciarme de mis amigas porque cuando quedábamos, mi pareja siempre estaba y su pesadez resultaba molesta. También porque propició algunas discusiones dentro de mi pandilla. Y por si fuera poco, mi pareja empezó a demandar más atenciones por mi parte. El no pasar la tarde entera conectada al chat, el no hablar durante largo tiempo por teléfono o el no pasar la mayor parte del fin de semana con él se convirtieron en motivos de disputas y enojos. Y si intentaba evitarle, me llamaba de forma compulsiva hasta que se lo cogía y si no, me venía a buscar.

Aunque la situación no era propicia, todavía era manejable. No todo era malo después de todo, había todavía muchos aspectos positivos. Con el paso del tiempo, la situación empeoró. La relación con mis padres se volvió insostenible porque él me reclamaba continuamente. Con mis amigos solo podía relacionarme libremente en el instituto. Mi forma de vestir, de hablar, de ser, etc.; eran motivos de discusiones continuas. Si me arreglaba un poco es que quería llamar la atención de algún chico. Si me reía por alguna gracia de un amigo, es que quería intimar con él. Si hablaba en secreto con alguna amiga, es que le estaba criticando a sus espaldas.

Comencé a sentirme anulada, atrapada, agobiada; pero no era capaz de identificar esos sentimientos de forma consciente y, ante esas situaciones reaccionaba cada vez de manera más irascible, soberbia y descontrolada. Fue por entonces cuando empezó a pegarme y a día de hoy, sigo sin entender cómo ni siquiera era capaz de reaccionar. No permanecía impasible, trataba de defenderme, pero él no era más fuerte, llegué a tener miedo. Llegados a este punto, me había planteado dejarle, pero estaba convencida de que no encontraría a nadie más que quisiera fijarse en mí, y me sentía sola sin poder contar con mis padres, ni con mis amigos. Creía que solo podía contar con él, aunque fuera malo conmigo.

El día que le dejé procuré ser suave. Las semanas posteriores, se dedicó a llamarme de manera compulsiva al móvil y cuando veía que no podía contactar conmigo (pues había bloqueado todos sus números de teléfono), me llamaba al fijo teniendo que intervenir mis padres para pedirle que me dejara en paz. Cuando salía con mis amigos, esperaba rondando cerca de mi casa alrededor de la hora a la que yo solía salir, y para evitarle tenía que vigilar que no me siguiera o pedirle a mis padres que me llevaran. Llegué a llamar a sus padres (con los que había cogido confianza), para pedirles ayuda, para que controlaran a su hijo, para que me dejase en paz y por respuesta solo obtuve una mísera disculpa alegando que como era mayor de edad, ellos no podían darle órdenes.

No quise denunciarle. Pasaron unos días, cuando apareció pidiéndome que no le evitase porque necesitaba hablar conmigo. Fuimos a un parque cercano a mi casa y me pidió que volviera. Al ver que mantenía firme mi decisión, empezó a discutir y como la conversación no iba a ninguna parte, decidí marcharme. Me agarró del brazo para impedirlo. Yo traté de distraerle cogiendo su mochila y arrojándola lejos para que tuviera que ir a por ella y a mí me diera tiempo a irme. Pero antes de soltarla, me propinó un puñetazo en el ojo. Caí de bruces al suelo. Me llevé la mano a la cara y vi que estaba llena de sangre. Solo podía ver por el otro ojo, dado que la sangre no me dejaba ver a través de ese también. Me asusté.

Llamé a mis padres y les pedí ayuda. Mis padres habían salido corriendo a buscarme. Nos montamos en el coche y fuimos a urgencias. Al salir de urgencias, me llevaron a comisaría para que denunciara los hechos. Yo estaba dividida. Por un lado me había hecho mucho daño y quería que pagase por ello, pero por otro lado yo seguía queriéndole. Sin embargo, mis padres me presionaron y le denuncié. Mi declaración terminó de madrugada. Al día siguiente fue el juicio. Prestamos declaración por separado. Como no quería que le pasara nada malo, con la intermediación de la abogada que me asignaron de oficio y su abogado llegamos a un acuerdo: orden de alejamiento de quinientos metros. Pasó el verano, me reincorporé al instituto y poco a poco parecía que iba volviendo a la normalidad. Pero no estaba curada, seguía muy unida a mi ex-pareja. Era la definición exacta del síndrome de la mujer maltratada. Fue por ello por lo que mis padres creyeron que era necesario recurrir a los servicios de un psicólogo.

No habré tenido unas vivencias normales y gratas, y puede que también sufra decepciones en el futuro, pero no puedo hacer de ellas otra cosa que una enseñanza. Ellas son las que han hecho de mí una persona fuertecapaz de afrontar adversidades y de creer que aunque no la vea, hay luz al final del túnel. He aprendido que cada vez que nos caemos podemos levantarnos. Muchas gracias.

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La vida en besos
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José María Fdez Chavero | 21-12-2016 | 16:09| 0

 

Todos los conocemos y tenemos sobradas experiencias. Son de tanta variedad que es obligado referirnos a ello utilizando el plural. Si describimos su ejecución hemos de afirmar que consiste en unos breves y tímidos movimientos de labios proyectados hacia fuera buscando a la otra persona para transmitirle algo de lo que la mente piensa y el corazón siente y finalizan con un silencioso monosílabo, señal inequívoca de lo entregado.

Son muchos los besos, de muy diversas condiciones y algunos traemos a estas líneas sabiendo que los mejores son los que tenemos en nuestros corazones. Está el cargado de cariño y ternura al hijo pequeño que te mira con ingenuidad y gratitud, son limpios e inagotables, nunca cansan y siempre reconfortan. Está el del hijo que agradece parte de lo que se le dio y te deja cargado de paz y satisfacción, con la sensación de la labor bien hecha. También los hay suaves e impregnados de tanto respeto y amor que uno desearía adueñarse de parte del dolor y del sufrimiento de la persona a quien se le da, y recuerdo a los que les toca afrontar la triste realidad de la enfermedad.

Está el repetitivo y apasionado. El que desea vaciarse por completo en el ser amado, buscando una unión íntima en el cuerpo y en el amor. Tampoco quiero olvidar el beso pagado con dinero que intenta superar una soledad difícil de soportar, se sabe falto de cariño pero cargado de instintos y pasiones.

También los hay no sentidos, que responden a una obligación social y terminan igual que se iniciaron, aunque algunos podrían ser el comienzo de una nueva relación. Los tenemos que señalan y entregan al amigo confiado, van cargados de impotencia y envidia y arruinan la vida de quien los da. Los tenemos de veneración a Dios y a esa Madre a la que tantas veces acudimos buscando la paz o el consuelo perdido.

Hay miles y millones de besos diarios lanzados al viento en los andenes de las estaciones de trenes y autobuses o en los ventanales de los aeropuertos, van buscando el paso del tiempo a mayor velocidad. Sabemos que los besos de despedidas soportan tanto amor y frustración que producen un fuerte y desconsolado dolor. Y qué decir del beso ilusionado del encuentro real y del soñado, del hola y te quiero.

Y qué decir de esos besos que manchan de saliva y lágrimas las fotografías de quienes no están físicamente presentes. Es verdad la ausencia pero no lo es menos su presencia en lo más íntimo de nuestras vidas. Estos besos todos los hemos dado y son de los más lanzados, a ellos acudimos cuando la mente o el corazón reviven lo que fue y ahora no puede ser.

Tal es el poder del besar que si todos diésemos algunos más podríamos vivir mejor, con menos soledad y frustración, con más sentido positivo de la vida. Si su ejecutar es fácil y los sentimientos están, me pregunto porqué no los damos más.

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Hijos
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José María Fdez Chavero | 15-11-2016 | 09:17| 0

Hijos

Recuerdo las palabras de dolor y desesperanza de una madre antes de fallecer su hija, pedía a Dios y a la vida morir antes que ella, pero hay ocasiones en las que la naturaleza humana tiene sus caprichos diabólicos. También se me viene a la memoria la expresión de rabia de un padre, cuando el médico que operó a su hijo le dijo que el cáncer estaba bastante extendido y que el pronóstico era malo. Ambos sucesos marcaron profundamente sus vidas y abrieron dolorosas heridas en sus psicologías y en sus almas que no han cicatrizado después de varios años. Ya nada volvió a ser como antes en estas personas y en sus familias, las celebraciones y los encuentros familiares pasaron a tener expresiones de recuerdos que atraían lágrimas a los ojos de los padres.

Estos dos ejemplos suelen ser frecuentes cuando es un hijo el que muere y no lo es tanto cuando muere el padre o un hermano, aunque también se producen desgarros en lo más íntimo del ser. La aparente lógica de la vida se vuelve ilógica y nuestras inteligencias no son capaces de explicarlo y aceptarlo.

Un hijo es mucho más de lo que imaginamos y fantaseamos durante los nueve largos meses de embarazo, es el que desde su llegada organiza los horarios de la familia, dice cuándo se puede dormir y cuando hay que comer, no respeta los momentos de nadie y hace sus necesidades evacuatorias cuando le viene en gana y, por supuesto, que no pide permiso para hacer lo que le apetece. Decimos que esto es durante los primeros tres años y creemos que a partir de los 4 ó 5 cambiarán, y sí es verdad que comienzan a hacerse más independientes, pero empiezan las tareas de los colegios, las actividades extraescolares, las fiestas de cumpleaños y los continuos cambios de ropas.

Los años pasan rápidos y vienen las preocupaciones por los estudios, por los amigos, y sobre todo por las salidas y entradas en las largas noches de los fines de semana. Llegarán los primeros amores y los consiguientes fracasos, la preparación profesional y las entrevistas de trabajo y el primer contrato, después nos contarán sus experiencias con los jefes y compañeros y sus precarias nóminas. Y a todo esto hay que añadir los quebraderos de cabeza con sus dolores físicos y espirituales, con sus frustraciones por lo que no son capaces de conseguir. Viviremos con intensidad sus penas y compartiremos sus alegrías.

Por nuestros hijos nos quitamos los pocos caprichos que nos quedaban y, si es preciso, también lo necesario para vivir, en sus vidas nos gustaría proyectarnos y con ellos lloramos y reímos. Nos preocupa el hijo débil por su presente e intentamos suavizarle el futuro, nos obsesiona el que hace de la apatía y la vagancia el sentido de su vida, nos enorgullece el que está encauzado y se va haciendo adulto y nos quita el sueño el enfermo o el que está descontrolado por culpa del alcohol o de la droga.

Siempre están en nuestras mentes y corazones, en nuestras conversaciones y también en los bolsillos, por ellos hay padres que perdieron durante minutos la razón y llegaron a matar y por supuesto estamos dispuestos a darles nuestra vida, ellos dan sentido a la existencia y también lo quitan y gracias a ellos la humanidad camina sin poderse detener.

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Educar supone querer
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José María Fdez Chavero | 10-11-2016 | 08:19| 0

Educar es querer

Se escribe mucho de la formación de niños y jóvenes, de los logros y deficiencias de las leyes educativas, de las jornadas y vacaciones de maestros y  profesores. Se dice que los alumnos saben menos que hace unos años y que los padres y profesores estamos perdiendo la autoridad o que la hemos perdido ya, a pesar de que las aulas tienen menos alumnos que hace años.

Ahora cada estudiante posee su propia mesa de estudio y no tiene que compartirla con varios hermanos que intentan hacerse un hueco donde posar libro y cuaderno. El flexo ilumina perfectamente, con una luz adaptada al espacio y se cuenta con bolígrafos y rotuladores que dejan los apuntes listos para diferenciar las ideas principales de las secundarias con una simple mirada. Nos beneficiamos de ordenadores y de otros avances informáticos. Se asiste a clases particulares cuando aparecen las dificultades de aprendizaje o se consultan las dudas en internet.

Los libros son claros, con infinidad de actividades y estrategias para ser entendidos y asimilados. Se están menos horas en los colegios pero se complementan con las pasadas en centros privados o en actividades extraescolares. Los docentes están en continua formación y reciclaje, gozando de mejores medios y con posibilidad de aprender idiomas y estrategias comunicativas como no se había tenido antes. Se dispone de  plataformas educativas para estar en continuo contacto colegio y familia aunque no siempre se usan de manera efectiva. Y al hablar de resultados es preciso señalar que no son buenos. Los fracasos escolares son demasiados a pesar de todo. No hay ironía en mis palabras.

Afirmo lo que considero verdades, pero no son las únicas, son las mías. Atiendo a no pocos niños y jóvenes que tienen problemas con los estudios y señalo algunas cuestiones, sin ánimos de ofender, ni con deseos de buscar culpables o de generar estériles controversias.

Algunos aspectos no me gustan, como el no diferenciar autoridad de arrancadas impulsivas que llevan a decirle a un estudiante o a un hijo que es un payaso o gentuza. Tampoco es de mi agrado que no controlemos más los espacios comunes en los que los desaprensivos se ríen y burlan del resto como queda demostrado en tantos estudios realizados sobre el acoso escolar. Los padres podemos caer, sin ser consciente, en esa estúpida carrera de creerse padres “súper modernos” que dejan sin referentes de autoridad a sus hijos. Y profesores que con sus voces no solo no logran que se callen los alumnos si no que se introducen en la misma dinámica escandalosa y estridente de ellos.

Llegar al alumno, al hijo, es el primer objetivo. Lograr que confíe en el adulto es fundamental para que puedan creer nuestro mensaje de esfuerzo y entrega, de sinceridad y honradez en el trabajo. Cuidar las relaciones de profesores y padres supondría unos inmejorables cimientos para alcanzar mejores resultados. Corremos el peligro de caer presos de tanta burocracia y programaciones que nos restan un preciado tiempo para compartir con el niño y el joven.

El mejor equipo de orientación, a mi modo de ver, es el que está con padres, alumnos y estudiantes, conociéndoles y animándoles a que mejoren la actitud y trabajo. Aquellos centros educativos en los que se ha conseguido obtienen mejores resultados. La educación es un proceso largo, costoso para el Estado y la familia y requiere mucho esfuerzo al estudiante, al docente y a los padres. Es preciso la unión y  mutua colaboración. Me entristece que no sea así. Nunca olvidemos que educar supone querer.

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Afrontar la envidia para mejorar
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José María Fdez Chavero | 06-11-2016 | 12:21| 0

Envidia

Envidiar significa querer adueñarse de lo que le pertenece a otra persona con la idea de disfrutarlo él mismo, pero como no le pertenece ni puede quedarse con eso entonces aparece esa sutil o descarada sensación incómoda que se transforma en el deseo de que si no puede disfrutarlo tampoco lo pueda hacer el propietario. Es tan intensa esa percepción de impotencia ante lo que no puede y desea que el sujeto lo pasa mal y sufre, se entristece, se enrabieta e irrita, incluso, hasta llega un momento en el que le duele todo el cuerpo y el espíritu.

La envidia no es patrimonio de ninguna raza, ni sexo, ni clase social ni situación económica, ni edad, etc. Se puede dar en todas ellas en cualquier momento y lugar y lleva a quien la padece a un profundo empobrecimiento y, con el tiempo, incomprensión y soledad.

Diferente es el deseo que me despierta lo que la otra persona me muestra. En este caso no me entristece sino que disfruto con él, le animo y le empujo a vivirlo con intensidad y le manifiesto con sinceridad y sin rubor ni tapujos que me alegro con él y que me gustaría tener esa misma suerte. Eso no es envidia sana ni enferma, es desear, es ilusión, goce con la vida, es reconocer que hay experiencias y tenencias de los demás que me gustaría tener pero que disfruto con que lo tengan ellos y no yo.

Una buena forma de hacer frente a la envidia es reconocer que se padece, así estaremos separando los dos aspectos de la misma, por una parte de deseo y, por otra, de que no le vaya bien en el disfrute. Una vez aislados tomo conciencia de lo que me apetece y eso no solo es malo sino que puede motivarme para esforzarme más para conseguirlo. También al tomar conciencia de esos aspectos puedo captar otros que sí poseo y que dan sentido a mi vida.

Nadie quiere tener envidia porque es fuente de sufrimientos estériles, pero si surge debemos aprovecharla para mejorar y depurar nuestras limitaciones y miserias y nunca instalarnos en ella. Si envidio un buen trabajo puede ser el primer paso para que me forme mejor, si envidio el coche del vecino puede ser el primer paso para dar gracias por el piso en el que vivo o la familia que poseo. La envidia se afronta y nos mejora si logramos que se evapore, al igual que hacemos con la ignorancia o con la violencia. Si darme cuenta de mi ignorancia me lleva a estudiar o si percibir mi carácter violento me conduce a fomentar la paz entonces estaré sublimando una limitación, de las que todos podemos dar sobradas muestras en nuestras vidas, o ¿no?

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Aprendemos de nuestros difuntos
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José María Fdez Chavero | 25-02-2017 | 08:18| 0

 

Nacer, vivir y morir (G. Calle)

Les dedico mis palabras a nuestros seres queridos fallecidos con el deseo de que hayan encontrado la felicidad eterna.LA muerte nos genera inquietud y a nadie deja indiferente, hasta tal punto que puede agobiarnos su mera pronunciación. De ella tenemos experiencias, porque a todos se nos han muerto seres queridos: abuelos, padres, hermanos. Hay quien, incluso, ha tenido la enorme desgracia de enterrar a un hijo. Es personal e intransferible y aunque deseemos dar la vida por alguien, no le ahorraremos ese trance. Es un acontecimiento que afecta al sujeto, a la familia y a su sociedad, es algo natural, común a todo ser vivo y la afrontamos acompañados, pero el tránsito lo hacemos solos. La muerte nos inquieta, no estamos preparamos para afrontarla y de esto tratamos hoy.

Un día fuimos óvulos fecundados que nuestros padres tuvieron a bien dejarnos crecer y al nacer recibimos dos regalos. El primero fue la sociabilidad, nos dieron un nombre desde el que nos  relacionamos con el mundo y éste con nosotros, y el segundo fue nuestra cartilla del cómputo del tiempo y nos convertimos en «seres moribundos» como diría M. Heidegger. Esta realidad física tiene una existencia limitada que puede ser de 10, 30 ó 91 años. Pocas personas superan la barrera de los cien. La dimensión social se va desarrollando en relación con los otros humanos, con los animales, la naturaleza en su conjunto y también con Dios, que nos transciende y acompaña y nos proporciona placeres, dolores, momentos agradables y desagradables.

Si volvemos a la muerte hay que destacar que ningún animal tiene conciencia de la misma porque su condición, eminentemente física, conlleva el fin temporal. El ser humano, como realidad social, se resiste a aceptarla porque lo propio de esta dimensión son los afectos y estos no mueren. Estas relaciones afectivas son las que hacen de la muerte algo que nos da miedo porque nos aleja de las personas que queremos, de los proyectos inacabados, de las ilusiones, y de un largo etcétera. Si combinamos el final físico con los sentimientos que no tienen fin, entonces nos produce desconcierto. Enterramos a nuestros seres queridos y les seguimos queriendo, les echamos de menos, les percibimos en los recuerdos, en el aire. Nos duele la muerte porque no desaparece nuestro amor y tendremos que aprender a encararla desde aquí.

Debemos crear un estilo de vida basado en los sentimientos, en la confianza, viviendo desde el presente. Sabiendo admitir las pérdidas y los cambios, aceptando lo que no se puede modificar y sustituyendo lo que sí podamos. Hay que buscar el sentido a lo que uno hace y es, aunque sea algo sencillo y sin importancia, con la esperanza de que nuestra realidad social, afectiva y espiritual transcienda el tiempo y viva en los demás. Un estilo de vida basado en ayudar, en el que se valore el esfuerzo y la solidaridad. Es crear una vida en la que se comprenda al que lo pasa mal con la esperanza en una vida mejor.

Hoy es un buen día para comenzar a poner en práctica este estilo que nos proporciona una adecuada preparación para la muerte física. En la vida somos nosotros los que decidimos qué hacer ante cada situación, intentemos hacer nuestras elecciones desde una perspectiva positiva, que nos lleve a estar mejor con nosotros mismos y con los demás, y si nos confundimos entonces rectificamos y volver a intentarlo. Difícil, ¿verdad? Pero no imposible. Muchos hombres y mujeres, algunos conocidos por nosotros, nos dieron las claves con sus vidas y sus despedidas físicas para afrontar este tema difícil de la muerte y a ellos les pertenecen estas palabras mías y estos recuerdos nuestros, además de la eternidad.

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“Paciencia hijo, el tiempo pone a cada uno en su sitio”
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José María Fdez Chavero | 30-10-2016 | 21:50| 0

 

¿Somos tan diferentes?

Cuando era pequeño, mi madre me enseñó que no me tenía que fiar de las primeras impresiones y que no podía juzgar a una persona sin haberla conocido primero.  Pero desgraciadamente todo el mundo no hace lo mismo. Soy un hombre que ha sufrido durante muchos años el desprecio y la humillación por parte de muchísima gente que ni siquiera me conocía. Cuando eres pequeño te coges una rabieta, lloras y se te pasa rápido. Pero llega una edad en la que no todo te da igual, que te afecta realmente.

Me ahorraré citar la retahíla de calificativos que me han puesto por peinarme distinto, por juntarme más con niñas que con niños cuando era pequeño, porque no me gustaba el fútbol y me encantaba la gimnasia rítmica, por ser buen estudiante y un largo etcétera. Además, tengo un problema urinario que después de siete intervenciones quirúrgicas aún no se ha resuelto y lo único que han hecho ha sido deformarme el pene. Esto me ha impedido hacer cosas tan corrientes como ducharme en un vestuario común. No me atrevía, bastante tenía yo como para aguantar más todavía. Es una simple hipospadia, pero como en los pueblos se tiende a la invención, se llegó a decir que no tenía pene. Era lo que faltaba para el insulto que más daño podía hacerme: maricón.

Yo pedía a mis padres que por favor me dejaran venir a terminarla ESO en Badajoz. Pero ellos me reiteraron una y otra vez que esperara, que el tiempo y Dios ponen a cada uno en su sitio. Fue entonces cuando José María entró en mi vida. He de reconocer que al principio me costaba contarle todas estas cosas (no es agradable recordar todo el daño que me hicieron). Pero gracias a todo lo que le conté, me ayudó a salir del bache y a enfrentarme a una nueva etapa de mi vida.

Se acercaba el final de mi etapa como estudiante en mi colegio de toda la vida y cambiarme al instituto (al cual van chicos de otros pueblos de alrededor). Mi temor era que los y las chicas me insultaran tanto como siempre. Y efectivamente así pasó. Gente que era la primera vez que me veía me insultaba y yo lo único que hacía era preguntarme ¿por qué sin ni siquiera conocerme como soy me insultan y me humillan?

Pero gracias a los apoyos que he tenido, conseguí tirar para adelante, terminar mis dos años de bachillerato en el pueblo y hacer la selectividad. Llega un momento en el que parece que nos volvemos un poco más sensatos, y gente que me insultaba se me acercó, me conoció realmente y me llegaron a decir: “te hemos juzgado sin conocerte, y nos hemos dado cuenta de que eres una gran persona”.

A lo largo de todo este tiempo aprendí que las cosas que realmente me tenían que importar eran aquellas que me decían las personas que me quieren, no las palabras, insultos o humillaciones provenientes de personas que ni siquiera se saben mi nombre!

Mi vida no ha sido precisamente un camino de rosas. He sufrido muchísimo, pero creo que gracias a ello soy la persona que soy, he alcanzado el grado de madurez que tengo y he aprendido muchas cosas (aunque a veces haya sido a base de lágrimas). A día de hoy llevo dos años viviendo en Badajoz, estoy estudiando una carrera que me gusta y una futura profesión que adoro, y estoy rodeado de gente a la que quiero muchísimo y sé con total seguridad que ellos me quieren a mí tal y como soy.

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¿Condenados a ser pobres?
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José María Fdez Chavero | 20-01-2017 | 15:33| 0

NACÍ pobre, soy hijo de pobre y Dios quiera que no muera como un pobre». Lo dijo un inmigrante subsahariano cuando fue detenido tras cruzar el estrecho de Gibraltar en un cayuco. Es una de las muchas miles de personas que han arriesgado su vida buscando el sueño de vivir mejor y poder ayudar a su familia. Sus vidas valen tan poco que les merece la pena jugárselas para llegar al paraíso occidental. Si nosotros estamos mal, ellos ni están. En España hay cada vez más pobres y algo de pobreza, pero ellos la mastican a diario porque nacieron y viven en medio de ella, en esa miseria que supone el no tener nada, ni lo más básico para poder subsistir.

Se habla mucho de los pobres y de la pobreza en el mundo, tanto desde la religión, como desde la filosofía, la economía o la política. Predica la religión católica que le es más fácil a un camello pasar por el hueco de una aguja que a un rico entrar en el reino de los Cielos y en otro pasaje se dice venid benditos de mi padre porque tuve hambre y me distéis de comer, tuve sed y me distéis de beber Ambos textos forman parte de toda una doctrina en la que se hace del pobre el principal destinatario de la misma. Debe seguir siendo así, sin despistarse ni entretenerse en cuestiones secundarias, aunque no de palabras vive el hombre.

Decía Carlos Marx que la acumulación de riquezas por un lado significa la acumulación de pobreza por otro y que esta situación origina la lucha de clases. En esa lucha, los pobres perderían una y otra vez porque no es la mejor manera de salir de la pobreza. Se lucha para reducir las desigualdades y se acusa al liberalismo, no sin razón, de predicar una igualdad estrictamente jurídica ante la ley, mientras permanece impasible ante los contrastes sociales de riqueza y pobreza, de cultura y analfabetismo. Todas las opciones políticas que van en esta misma dirección han fracasado una y otra vez porque es muy difícil salir de la pobreza si no es generando mayores riquezas y en esto no han resultado ser muy versados. Es verdad que habría que modificar un reparto del capitalismo injusto; no puede ser que el 10% de la población se reparta el 80% de las riquezas mundiales, pero no creo que esto sea suficiente.

Aunque el neopositivismo prescinde de la idea de Dios y la doctrina marxista sitúa en la ignorancia y el miedo el origen de la idea de Dios y de toda religión, estoy convencido que sigue siendo el mensaje de igualdad y de liberación de la religión católica uno de los mejores antídotos que se debe seguir desarrollando ante una pobreza que se ha cronificado. También necesitamos políticos y nuevas doctrinas económicas que busquen soluciones reales y que no se queden en la satisfacción de las necesidades puntuales mediante escasas subvenciones y subsidios que a medio plazo empobrecen a la persona, incluso en sus pretensiones vitales. Seguir luchando por el derecho a tener un trabajo digno y bien remunerado es una de las mejores maneras de generar riquezas y de erradicar la pobreza y es el mejor camino para aspirar a la realización plena.

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La solidaridad, la tolerancia y la justicia son valores imprescindibles para lograr una sociedad mejor para todos. Somos ciudadanos del mundo con el derecho a vivir y a ser respetado. Este blog quiere ser lugar de encuentro entre la Psicología y la Vida de todos los que lo deseen. Es posible hacer un mundo más justo.