Hoy

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Familia
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José María Fdez Chavero | 01-01-2017 | 09:17| 0

La familia es mucho más de lo que tenemos en nuestras mentes y corazones. A nadie deja indiferente y escribir sobre ella tiene el riesgo de quedarse corto en las afirmaciones y apreciaciones. Es la primera escuela en la que aprendemos gran parte de lo que seremos en la vida, es la unidad fundamental y clave de la sociedad. Siempre resulta ser lo primero, en  formación, afectos y sentimientos, relaciones sociales y espirituales.

Nuestros padres son los más fuertes e inteligentes y las madres poseen soluciones para todo lo que nos sucede, además de ser las más guapas y elegantes. Los hermanos son entretenidos, a veces, y molestos, otras tantas, con los que ríes y juegas durante horas y horas. Ese núcleo inicial no solo está formado por padres y hermanos, sino que existen los abuelos, esos seres especiales dispuestos a quererte sin muchas exigencias, y están los tíos y primos. Los años pasan, y llegan los hijos y todo cambia aún más y la tierra se acerca al cielo.

La percepción van cambiando para acercarse más a la realidad y las anécdotas se acumulan en nuestros sentidos y percepciones, en los recuerdos y sentimientos. Ser y sentirse familia no es sólo un cúmulo de momentos felices y de sonrisas, también de lágrimas por enfermedades y muertes, desencuentros y enfados, malas palabras y sospechas, pero el cómputo general suele ser positivo.

Con los años el grupo se dispersa y amplía. Llegan las parejas y es preciso conjugar costumbres, hábitos, expresiones, horarios. Puede resultar fácil si partimos de la idea de que lo nuestro no ha de ser lo mejor, pero surgen roces y primeras crisis que superadas fortalecen y consolidan la relación. La adaptación ha de ser mutua, porque si solo se adapta uno se convierte en una relación asimétrica y abocada al fracaso. Por último, los sobrinos, con sus caracteres y diferencias, gustos y disgustos hasta constituir una amalgama enriquecedora y de engranaje complicado.

Recuerdo una expresión que seguro habremos oído en nuestras casas: “la familia está siempre, sobre todo en los momentos en los que más se necesita” y es cierto. El problema es que nadie te asegura que no pueda cambiar y deteriorarse. Conocemos personas enfrentadas con sus seres queridos por desconfianzas, por egoísmos de querer más y lo mejor, por sospechas acerca de las intenciones de los otros miembros y por cerrazón mental. Cuando sucede esto nos convertimos en huérfanos sin serlo y es una de las mayores desgracias que puede ocurrirnos. Ni los euros, ni las casas y tierras, ni los cuadros y joyas, ni orgullos y vanaglorias pueden abrazar ni acompañar ni ofrecer una palabra de consuelo o de ánimos ante los acontecimientos que disfrutamos o que padecemos en nuestras cortas existencias. Pretender ser feliz sin familia es absurdo y contradictorio.

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Tu felicidad en tres respuestas
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José María Fdez Chavero | 27-12-2016 | 07:52| 1

El general romano Másimo, siendo gladiador, decía a otros compañeros antes de saltar a las arenas del circo que lo que se hace aquí en la tierra tiene sus ecos en la eternidad. En ese breve monólogo no se identificaban creencias ni dioses, tan solo la realidad de que lo que se hace en esta vida tiene proyección en el más allá, que nada pasa desapercibido, que el presente repercute y va definiendo el futuro. Dicho de otra forma, pocas son las cuestiones del día a día que se quedan en el anonimato y olvido y es misión de todos los días irse abriendo el mañana.

De esta existencia humana se hacen muchas afirmaciones, como que vivimos en un continuo valle de lágrimas, que tenemos que ganarnos la vida con el sudor de nuestras frentes, que venimos a sufrir, que somos moribundos desde la cuna o que se tienen los hijos con el dolor del parto, pero no me identifico con esta visión de la vida por ser incompleta, aunque es cierto que contiene muchas lágrimas, sudores, dolores y una muerte segura.

Para ser algo justos con la vida debemos reconocer que también hay infinidad de  sonrisas y de momentos de goce y plenitud, como aprobar ese examen que se resistía, o el nacimiento de un hijo o el beso de la persona amada o las miradas cariñosas de los padres o el permiso incondicional de los abuelos o la llamada cómplice de un amigo o la firma de un contrato de trabajo o simplemente el plato preferido en un día de descanso. Y hay más y muchos más de esos momentos y cada persona tiene los suyos, todos los tenemos y el encontrarlos nos anima a seguir generándolos, de ahí que sea prioritario ponernos en disposición personal para que así sea. Es bueno que nos preguntemos ¿cuáles son nuestros momentos?

Si queremos acercarnos a los llamados ecos de eternidad del general romano venido a gladiador hay que cuidar lo que hacemos en la tierra. Tenemos una misión y somos libres para hacerla y también responsables. Cada vez que un ser humano ayuda a otro a hacer un mundo más justo y solidario o siempre que facilitamos la vida a alguien, o cada vez que hacemos el entorno más saludable estamos subiendo peldaños en la larga escala evolutiva descrita por Darwin. Llega la segunda pregunta que nos conduce a la felicidad, ¿qué puedo hacer yo por la familia, los amigos, los compañeros, los demás?

Esto de ayudar, facilitar, cuidar, tiene pleno sentido en el presente y en el futuro y cuando el futuro es para siempre entonces encontramos la felicidad. Para algunas personas será la realización personal y social, para otros será el amor verdadero o el encuentro con uno mismo o con la naturaleza y para muchos será el encuentro con la divinidad en cualquiera de sus innumerables nomenclaturas.  Y llega la tercera y última, ¿dónde tengo puesta la ilusión de ser feliz?

En tus respuestas se encuentra el sentido de tu existencia. Deseo seamos felices. Deseo seas feliz.

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Navidad con esperanza y algunas lágrimas
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José María Fdez Chavero | 19-12-2016 | 21:31| 0

Disfrutamos de días de fiestas y familias, de vacaciones y descansos, de encuentros con las personas que más queremos y lo hacemos con regalos y platos elaborados con cariño y esmero. Para muchos es momento de recordar la grandeza de un Dios que se hace hombre desde el amor y la humildad, con el deseo de que hagamos un mundo más justo y solidario, en el que la tolerancia y la esperanza sean signos de identidad. Son días de sonrisas y alegrías, de ciertas prisas y agobios para adquirir los últimos detalles para esa celebración que llevamos días soñando y preparando. Días de gozos.

También están las Navidades de aquellos a los que les invaden los recuerdos por los que ya dijeron adiós, la de los que padecen alguna enfermedad y sufren la impotencia de un cuerpo frágil, la de los incomprendidos por los demás, la de los que buscan de manera infructuosa la llegada de un trabajo que no llega o no satisface. Continúan las luces de colores y los ruidos estridentes de las ambulancias, de los coches de bomberos y de policías que mantienen con fidelidad el servicio a los ciudadanos. Días de lágrimas.

Se repiten las campañas de recogidas de alimentos, ropas y juguetes para ayudar a los menos favorecidos y siguen las manos extendidas de los que no tienen nada para comer y buscan la ayuda del que pasa a su lado. Está el que cierre la puerta de casa para encontrarse solo o del que sube a su coche cargado de alcohol o de drogas que dinamitarán sus vidas y la de los otros viajeros. Demasiados hombres, mujeres y niños miran al cielo, no para ver la luz del sol, sino para ocultarse del bombardeo incesante. No podemos olvidar tampoco a los que se toman el somnífero para que la noche pase sin darse cuenta y lo antes posible. Se entristecen los padres que no pudieron reunir a la familia y recuerdan con nostalgia las celebraciones de años anteriores.

Las Navidades son fiestas de infinitas emociones y sentimientos, de recuerdos alegres y algunos tristes, de renovados sueños y de ilusiones difuminadas por el paso del tiempo, de sinceras promesas para el año que viene. Son días de niños perplejos por las fantasías de unos mayores que luchan a diario para que sean felices. Deseo que descubramos y reencontremos en estos días el ánimo para ser mejores personas, para cuidar y querer a los que tenemos a nuestro alrededor, para facilitar la vida a los que de alguna manera dependen de nosotros y para cuidar este planeta en el que habitamos.

Mis recuerdos especiales para los habitantes del Aleppo, para las mujeres asesinadas por quienes le robaron violentamente sus vidas y para las víctimas del terrorista. Navidades muy duras para ellos, y en parte para todos. Deseo abramos los ojos y el corazón y recobremos la esperanza en el ser humano, entonces sí será Navidad y para eso todos somos necesarios. Feliz Navidad y 2017.

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Prueba a vivir sin enfermedad. Anorexia
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José María Fdez Chavero | 16-12-2016 | 10:02| 0

Con 15 años empezó mi infierno. A mi padre lo trasladaron a trabajar al pueblo donde veraneábamos y aunque retomé viejas amistades no me sentía integrada. Comencé a compararme, me sentía inferior, no encajaba… En 3º dela E.S.O. empecé a ir mal en los estudios, me pasaba el día tirada en el sofá viendo la tele, escribiendo e inventándome excusas para no salir con mis amigos. Aunque aprobé el curso, ese verano algo cambió en mi cabeza. Me quité el pan, usaba productos desnatados… En 4º me obsesioné con los estudios, me pasaba la tarde estudiando y haciendo ejercicio. Ahora me sentía mejor, estaba más delgada,  sacaba buenas notas, pero muy pronto mi carácter cambió.

Me volví más irritable, broncas en casa a la hora de comer, buscaba excusas para no ir a comidas, pasaba las 24 horas del día pensando lo que había comido, lo que tenía que comer, las calorías, el peso, la culpabilidad cuando me obligaban a comer… Al año siguiente me ingresaron en el hospital, yo no entendía por qué estaba allí. Fue el Endocrino el que me habló de la Anorexia. Yo lo negaba, “yo comía, lo que pasa es que me cuidaba, ¡qué estaban diciendo, no me dejaban en paz!”; me pusieron la sonda, cada vez iba peor. Me llevaron a Psiquiatría y de ahí al Niño Jesús de Madrid donde tuve numerosos ingresos. A los 20 años mi madre me hablo de una clínica donde no tenías que llevar pijama todo el día. Era una casa con terapias de grupo e individuales. Yo tenía conciencia de enfermedad.

Estuve 1 año en la clínica y 9 meses en pisos terapéuticos. Allí mi psicóloga, me dijo una frase que cambiaría mi vida “Prueba a vivir sin enfermedad, si no te gusta siempre puedes volver”. Allí aprendí que la Anorexia es la punta del iceberg, que en la base, ocultos, están los verdaderos problemas, los que la comida enmascara y los que no puedes ver si no resuelves el síntoma. Actualmente vuelvo a disfrutar comiendo, como de todo sin sentirme culpable y me di cuenta que no soy un globo que se hincha cuando come. Ya no me preocupa el peso. Es cierto que nunca puedes bajar la guardia y que todavía me quedan cosas por resolver, la baja autoestima, inseguridad… cosas que la Anorexia no me permitía trabajar, pero  soy mucho más feliz y lo más importante ¡¡Estoy Viviendo!! Estudié, estoy trabajando y la relación con mis padres ha mejorado.

Es cierto que cuesta muchísimo, es una lucha feroz contra ti misma, pero creedme, compensa. La Anorexia me robó muchos años y no le voy a dar un minuto más. Trajo mucho sufrimiento a mi familia y a la gente que me quería. Y bueno, sigo trabajando temas de inseguridad pero desde mi casa. Si estáis en una situación similar o conocéis a alguien que lo esté, recordad esta frase “PRUEBA A VIVIR SIN ENFERMEDAD, SEGURO QUE NO QUIERES VOLVER”

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La vida en unos segundos
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José María Fdez Chavero | 12-12-2016 | 16:53| 0

Dedico estas líneas a ese joven y a su familia.

Son las doce de la noche. El trayecto se recorre en unos treinta minutos y han pasado dos horas. Le he mandado varios whatssapp y no los ha leído. Intento controlar la mente para no entrar en la espiral del nerviosismo. Recuerdo sus palabras cuando me llamó: “El turno bien, ya salgo” y mi respuesta de siempre, “cuidado y no corras”.

Siento el silencio, interrumpido por el tic tac del reloj y por mi respiración. Deseo permanecer sentado, pero las piernas las noto nerviosas y me levanto sin rumbo definido. Cada paso lo  acompaño de palabras como tranquilidad, se habrá entretenido, o tendrá silenciado el móvil. Siento el miedo que me va invadiendo. Miro por enésima vez a través de la ventana y veo pasar unos amigos charlando animadamente. Compruebo si ha leído los mensajes y nada de nada. En este instante oigo el ascensor. Le pido a Dios que sea ella. Los segundos pasan con lentitud desesperante. El latido de mi corazón se dispara, mi mente se queda pendiente solo del oído. El ascensor se ha detenido y escucho la llave entrar en la cerradura.

Al abrir la puerta la miro a la cara y veo en sus ojos el brillo del dolor vivido. Me abraza y le abrazo y nos transmitimos sensaciones similares; yo, de preocupación y ella de miedo y pena. No quiero agobiarla con preguntas y dejo que me cuente con lágrimas en los ojos y la voz entrecortada. Me dice que al salir del pueblo, le adelantaron unos jóvenes. Los mismos que unos kilómetros después yacían fuera de la carretera por una curva mal tomada. Ya se habían detenido varios coches, y ella también lo hizo. Eran tres, dos estaban dentro del coche y eran conscientes de lo sucedido. El tercero estaba fuera, unos metros separados e inmóvil, sangraba por nariz y boca. En unos minutos pararon más coches y llegó la guardia civil que transmitió serenidad y orden. Los chicos del interior tenían rasguños en rostros y brazos y el tercero permanecía inconsciente. La ambulancia se detuvo y comenzaron los primeros auxilios. Subieron al que estaba inconsciente y marchó a toda prisa, con luces y sirenas intentando añadir rapidez a una vida detenida para siempre.

En este momento suspiró, dejó de hablar y fue a la habitación para ver a los hijos que dormían desde hacía un par de horas. Cuánto dolor sentirán los padresdel joven fallecido esta noche y el resto de sus días. En unos segundos la vida se fue y el dolor de la desesperación se instaló en esa familia. Proyectos inacabados, sentimientos rotos, amores partidos por un estúpido y caprichoso accidente. Somos poco conscientes de nuestra fragilidad porque si lo fuéramos no perderíamos tiempo en envidias, en chismes, en anhelar bienes innecesarios. Si supiéramos que la existencia se puede truncar en segundos entonces nos daríamos más besos y estaríamos más sonrientes, seríamos más agradecidos, viviríamos con menos prisas, con más cuidados y atenciones. Diríamos más veces te quiero y con mayor intensidad.

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Carta de una persona con síndrome de Down
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José María Fdez Chavero | 07-12-2016 | 23:03| 1

 

Dedico esta carta a los políticos para que se den cuenta que a los mal llamados discapacitados los necesitamos para construir un mundo mejor.

“Lleváis toda la vida dándonos calificativos marcados por el tono compasivo y lastimero de los mismos. Nos habéis denominado de muchas maneras. Nos dijisteis subnormales y tenía cierta coherencia con vuestras ideas porque creéis que estamos por debajo de vosotros. En otros momentos os inventasteis eso de mongolitos, tan solo porque tenemos los ojos rasgados y la nariz pequeña. Sacasteis lo de deficientes mentales porque tenemos un déficit de inteligencia. Ahora nos llamáis discapacitados y disfuncionales y me pregunto el porqué no nos llamáis por nuestros nombres. Os perdono vuestra poca sensibilidad. Nunca se me ocurriría identificar a los demás por lo que no tienen tan desarrollado, pero paso.

Habláis mucho de inclusión en los últimos años, de que compartamos espacios y tiempos y para mí es otro sinsentido. Es cierto que estamos en las aulas con compañeros llamados normales y estudiamos y llevamos las tareas hechas y a ellos les dais un título al finalizar sus estudios y a nosotros no. Nos invitáis a seguir estudiando una formación profesional básica para darnos lo que a ellos le dais antes. Ellos pueden estudiar  bachillerato y formación profesional y qué difícil lo tenemos nosotros. Y qué decir del límite de los 21 años, ellos podrán estudiar todos los años que quieran y nosotros terminamos por ley. Además, nos encontramos con algunos profesores que no saben y se quedan en reducir y no en adaptar lo que nos vendría bien aprender. Eso si no te entregan una fotocopia al principio de clases para que la colorees y poco más. Menos mal que de estos últimos hay pocos. Eso no es incluir, eso es seguir marginando en medio de los demás. Si todos los profesores apostasen por la formación adaptada, otro gallo cantaría.

A medida que cumplo años me voy dando cuenta que somos bastantes las personas que no cumplimos eso que denomináis normalidad. Existen asociaciones preocupadas por solventar problemas planteados por el llamado Estado de Bienestar. Unas asociaciones buscan subvenciones para pagar carísimos tratamientos y medicinas, otras planifican actividades para que no nos pasemos todo el día encerrados en las casas porque a nosotros nos echan pronto del sistema educativo. Otras montan talleres y pequeñas empresas para que podamos ganar algo de dinero y las hay que organizan actividades de ocio. Me pregunto qué ocurriría si se uniesen y exigieran una ley de inclusión real en la que se recogieran los aspectos educativos, sanitarios, laborales, de vivienda, etc. Nos harían caso porque somos millones de votos, si contamos a nuestras familias.

En los medios de comunicación nunca he visto a ningún denominado discapacitado montar un ataque terrorista, ni maltratar a compañeros, ni diseñar armas de destrucción masiva, ni ordenar bombardeos de ciudades, ni vender drogas asesinas que trastornan la mente de los jóvenes. No roban el dinero público de las instituciones, ni dejan sin casa a los que perdieron el trabajo o fueron engañadas por desalmados normales…Creo que nos iría mejor si se nos conociera un poco mejor y se nos imitase

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Discapacitados o nuevos paradigmas de valoración
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José María Fdez Chavero | 02-12-2016 | 16:40| 0

Estamos en el Día internacional del mal llamado discapacitado. Queremos que sea una jornada de sensibilización para que puedan tener acceso a lo que consideramos adecuado para sus desarrollos como hombres y mujeres, y hablamos de trabajos protegidos, pensiones y ayudas, formación y ocio, y un largo etcétera. Me alegra y lo defiendo, pero reconozco que es triste fijar un día internacional, eso es señal inequívoca de que no están a la misma altura que el resto de la población.

Cada persona tiene el derecho innegable e intransferible a su propia individualidad, a disfrutar de sus propias capacidades y logros e intentar reconvertir los fallos en aciertos cuando sea posible. Ha de ser así para todo ser vivo de la especia humana, tenga dos piernas o una, vea bien o sea ciego, tenga trisomía en el par 21 o no la tenga. Igual para todos, sin discriminar a nadie.

Si hablamos de discapacitados es porque pensamos que no poseen las capacidades de la mayoría de la población. Y aquí se me enciende la luz de las contradicciones internas porque no creo que esa mayoría tenga a su vez las mismas capacidades.

Vivimos en una sociedad plural y repleta, de complejidades crecientes en las que cada persona intenta acceder a lo que se encuentra capacitado. En esa sociedad hemos de situarnos todas las personas, valorar sus capacidades y aprovecharlas para construir un mundo más justo sin dejar a nadie fuera. A mí no me pueden pedir que conduzca un camión porque, entre otros motivos, no tengo el permiso de conducir para ello. Esto es así y a nadie se le ocurriría ofrecerme un trabajo de conductor de camiones y no quiero que por eso me den una ayuda económica. Quiero que me paguen por lo que hago y no por lo que no puedo hacer.

Lo importante es saber las capacidades de cada uno para que puedan realizar aquello para lo que están capacitados o para lo que pueden capacitarse desde sus posibilidades y con los medios oportunos.

Estoy convencido que esas personas mal llamadas discapacitadas tienen muchas capacidades y habilidades, y otras que podrán adquirir y no tener que padecer sus valoración personal por lo que no tienen del todo desarrollado. Me parece bien el esfuerzo, pero nos iría mejor si empezásemos a ser más sensibles con las potencialidades positivas de los demás y no con aquello que les falta. Lo que apunto no es fácil, quizás nos falta la capacidad creativa para desarrollar instrumentos que evalúen sus posibilidades y los mecanismos para que puedan colaborar en el desarrollo de una sociedad de todos y para todos y dejarnos de pensar tan sólo cómo podemos darle lo que muchos ya consiguen. Esto es lo que yo quiero para mí y los míos y también para los demás.

Sé que me muevo en el mundo de las ilusiones y de los deseos, de las cuestiones poco prácticas y que hay necesidades que deben tener cubiertas todas las personas. Habrá que cubrirlas, pero no renuncio a un cambio de sensibilidad y a nuevos paradigmas de valoración de las personas. Menos subvenciones y más inversión en formación y trabajos.

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El SIDA, unos años después
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José María Fdez Chavero | 30-11-2016 | 10:52| 0

El 1 de diciembre de 1993, con motivo del Día Mundial del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA), tuve la oportunidad de participar en un curso organizado por la Fundación Basida de Aranjuez. En aquella ocasión, nos preguntábamos en el debate final por el futuro del SIDA desde una perspectiva social y psicológica. Sin ser adivino ni profeta, comenté que nos situábamos ante una enfermedad que reunía, como así ha ocurrido, los requisitos para pasar a formar parte del inconsciente colectivo de la Sociedad del siglo XXI.

Hagamos un breve recorrido histórico. Año 1981, de la noche a la mañana y sin saber cómo, nos encontrábamos en Occidente ante un Síndrome de Inmunodeficiencia que nos hablaba de consumo de drogas por vía parenteral y de compartir jeringuillas, de prácticas sexuales sin protección, de transfusiones de sangre y de hemofilia, de trasplantes de órganos y de donaciones de semen, de tendencias homosexuales y promiscuidad heterosexual.

Esta enfermedad se cargaba, en poco tiempo, de muchos contenidos y descalificaciones morales y éticas, de miedos colectivos e individuales, de culpas, recriminaciones y acusaciones, de engaños y de profundos deseos de anonimato por parte de los afectados y sus familias. Entre todos hicimos que se hablara del SIDA, que se investigara y se invirtieran grandes cantidades de recursos humanos y materiales buscando las causas, tratamientos, maneras de prevenirlo… pero también provocamos que los portadores del virus y los enfermos no se vivieran como tales sino que lo hicieran desde la vergüenza y el desanimo.

El SIDA ha sido, y en menor medida lo sigue siendo, el resultado de fundir cuestiones biológicas, víricas y médicas, con religiosas y morales, con hábitos sociales y costumbres, con sexo y drogas, con amores y odios. Nos hemos movido entre el estar en portadas de revistas y periódicos y en los medios de comunicación como la televisión y el cine de las décadas de los 80 y 90 hasta casi el olvido actual, entre la protección y el abandono, entre la riqueza de los países en los que hoy se habla de prevención y cronicidad y la pobreza de los que la padecen de forma indiscriminada y creciente. Ha pasado a formar parte del inconsciente de las llamadas Sociedades avanzadas, mientras sigue en el consciente más desgarrador del resto de la Humanidad.

Tenemos que situarnos ante el SIDA desde el principio ético de justicia. En España, gracias a una Sanidad universal y gratuita, se atiende a los afectados por el virus en cualquiera de sus fases y se respeta su autonomía y derecho a decidir sobre sus vidas, pero no es así en el resto del Planeta, en el que hay muchas personas que no son atendidas por falta de recursos, de ahí la necesidad de una justicia universal que haga posible un flujo de riquezas de los que tienen más a los que tienen menos.

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Maestros y profesores de la vida
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José María Fdez Chavero | 25-11-2016 | 08:17| 0

 

Me atrevo a unir estas palabras por sus íntimas implicaciones y similitudes conceptuales, con la mente repleta de nombres propios, con infinidad de hermosos recuerdos de infancia y de juventud, cargado de emociones y con la inmensa gratitud del que se sabe deudor. Ellos tienen sus sueldos y no por eso los considero pagados, porque los buenos, la mayoría, entregan una gran parte de sus vidas y esto no se puede pagar con dinero.

Ellos nos introducen, con las habilidades y destrezas propias de un artista, en el mundo de los adultos y de los iguales, nos iluminan los fantásticos encuentros con los colores y las formas. Comparten la inmensa magia de los números y el reino encantado y maravilloso de las letras y nos acompañan el resto de nuestras existencias, en ocasiones son fáciles de entender y otras, lejanos y poco accesibles. Estos artistas de la enseñanza nos revelan las dificultades del aprendizaje y cómo afrontarlas, las grandezas de las metas conseguidas con el esfuerzo monótono y diario, los deseos de hacer bien las cosas y cómo ser paciente ante lo que no sale en un primer intento, para volver a intentarlo tantas veces como sea preciso para lograrlo.

Nos ayudan a encontrar el sentido positivo de las experiencias, a encajar los errores y los fracasos y frustraciones. Nos animan en los momentos de dudas y se alegran de los avances y aciertos de los alumnos. Ellos colaboran con nuestros padres en el apasionante camino de hacernos personas adultas y equilibradas, que buscan soluciones a los problemas y que sonríen con los éxitos. Nos guían en el descubrimiento de las ideas platónicas de la justicia como base de la mejor de las sociedades, de la bondad de las conductas como vía para un claro entendimiento, de la belleza de lo que nos rodea y del bien como máxima expresión del ser humano. Nos transmiten las ganas y la valentía de volver la mirada hacia atrás para adaptarnos al ritmo de los que marchan algo más lentos, porque lo importante es que lleguemos juntos.

También los hay que pierden la ilusión y quedan atrapados en el desánimo y en la tristeza y otros que confunden el sentido de su profesión y hacen del desconcierto y la desconfianza los ejes de sus confusas enseñanzas. A todos los que se hallan en estas situaciones les deseo receptividad intelectual y vital para darse cuenta de que es posible el reencuentro con los motivos que les condujeron a la senda de tan nobles artes.

Los maestros y profesores siempre están con nosotros, aunque la lógica de la vida ya les haya retirado de la docencia, porque mucho de lo que somos se lo debemos a ellos, ya sea porque nos lo enseñaron con sus saberes, ya porque nos lo transmiten con sus ejemplos y así lo observamos e imitamos. Sin ser conscientes, influyen en nuestras formas de estar y leer el mundo, tanto en pensamientos como en sentimientos y comportamientos.

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Hola a todos. Soy una chica de veinte años
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José María Fdez Chavero | 24-11-2016 | 09:43| 1

 

 

Siempre he sido una chica insegura, con baja autoestima y muy pendiente de agradar y encajar en los grupos. He tenido una visión romántica del amor y de los hombres. Creía que el amor era la clave de la felicidad y que resistía cualquier inclemencia, más allá de la muerte incluso. Hasta que no llegué al instituto no conocí a las primeras amigas de verdad, ya que en el colegio tenía más compañeros que amigos. Mis primeros años de instituto fueron muy bonitos y me iba bastante bien. Con catorce años (inicio de mi historia), llegó la época en la que a mis amigas les gustaba y le gustaban a algún chico, tonteaban y la única que faltaba era yo. Me hacía sentirme marginada y poco atractiva. Con quince años, conocí a un muchacho tres años mayor que yo. Se fijó en mí, cosa que ninguno había hecho. Empezó a tratarme bien y me enamoré. Comenzamos a salir poco después. Quedábamos en pandilla, dábamos largos paseos y todo parecía maravilloso.

Fue a partir del medio año de relación cuando empezaron los “incidentes”. Empecé a distanciarme de mis amigas porque cuando quedábamos, mi pareja siempre estaba y su pesadez resultaba molesta. También porque propició algunas discusiones dentro de mi pandilla. Y por si fuera poco, mi pareja empezó a demandar más atenciones por mi parte. El no pasar la tarde entera conectada al chat, el no hablar durante largo tiempo por teléfono o el no pasar la mayor parte del fin de semana con él se convirtieron en motivos de disputas y enojos. Y si intentaba evitarle, me llamaba de forma compulsiva hasta que se lo cogía y si no, me venía a buscar.

Aunque la situación no era propicia, todavía era manejable. No todo era malo después de todo, había todavía muchos aspectos positivos. Con el paso del tiempo, la situación empeoró. La relación con mis padres se volvió insostenible porque él me reclamaba continuamente. Con mis amigos solo podía relacionarme libremente en el instituto. Mi forma de vestir, de hablar, de ser, etc.; eran motivos de discusiones continuas. Si me arreglaba un poco es que quería llamar la atención de algún chico. Si me reía por alguna gracia de un amigo, es que quería intimar con él. Si hablaba en secreto con alguna amiga, es que le estaba criticando a sus espaldas.

Comencé a sentirme anulada, atrapada, agobiada; pero no era capaz de identificar esos sentimientos de forma consciente y, ante esas situaciones reaccionaba cada vez de manera más irascible, soberbia y descontrolada. Fue por entonces cuando empezó a pegarme y a día de hoy, sigo sin entender cómo ni siquiera era capaz de reaccionar. No permanecía impasible, trataba de defenderme, pero él no era más fuerte, llegué a tener miedo. Llegados a este punto, me había planteado dejarle, pero estaba convencida de que no encontraría a nadie más que quisiera fijarse en mí, y me sentía sola sin poder contar con mis padres, ni con mis amigos. Creía que solo podía contar con él, aunque fuera malo conmigo.

El día que le dejé procuré ser suave. Las semanas posteriores, se dedicó a llamarme de manera compulsiva al móvil y cuando veía que no podía contactar conmigo (pues había bloqueado todos sus números de teléfono), me llamaba al fijo teniendo que intervenir mis padres para pedirle que me dejara en paz. Cuando salía con mis amigos, esperaba rondando cerca de mi casa alrededor de la hora a la que yo solía salir, y para evitarle tenía que vigilar que no me siguiera o pedirle a mis padres que me llevaran. Llegué a llamar a sus padres (con los que había cogido confianza), para pedirles ayuda, para que controlaran a su hijo, para que me dejase en paz y por respuesta solo obtuve una mísera disculpa alegando que como era mayor de edad, ellos no podían darle órdenes.

No quise denunciarle. Pasaron unos días, cuando apareció pidiéndome que no le evitase porque necesitaba hablar conmigo. Fuimos a un parque cercano a mi casa y me pidió que volviera. Al ver que mantenía firme mi decisión, empezó a discutir y como la conversación no iba a ninguna parte, decidí marcharme. Me agarró del brazo para impedirlo. Yo traté de distraerle cogiendo su mochila y arrojándola lejos para que tuviera que ir a por ella y a mí me diera tiempo a irme. Pero antes de soltarla, me propinó un puñetazo en el ojo. Caí de bruces al suelo. Me llevé la mano a la cara y vi que estaba llena de sangre. Solo podía ver por el otro ojo, dado que la sangre no me dejaba ver a través de ese también. Me asusté.

Llamé a mis padres y les pedí ayuda. Mis padres habían salido corriendo a buscarme. Nos montamos en el coche y fuimos a urgencias. Al salir de urgencias, me llevaron a comisaría para que denunciara los hechos. Yo estaba dividida. Por un lado me había hecho mucho daño y quería que pagase por ello, pero por otro lado yo seguía queriéndole. Sin embargo, mis padres me presionaron y le denuncié. Mi declaración terminó de madrugada. Al día siguiente fue el juicio. Prestamos declaración por separado. Como no quería que le pasara nada malo, con la intermediación de la abogada que me asignaron de oficio y su abogado llegamos a un acuerdo: orden de alejamiento de quinientos metros. Pasó el verano, me reincorporé al instituto y poco a poco parecía que iba volviendo a la normalidad. Pero no estaba curada, seguía muy unida a mi ex-pareja. Era la definición exacta del síndrome de la mujer maltratada. Fue por ello por lo que mis padres creyeron que era necesario recurrir a los servicios de un psicólogo.

No habré tenido unas vivencias normales y gratas, y puede que también sufra decepciones en el futuro, pero no puedo hacer de ellas otra cosa que una enseñanza. Ellas son las que han hecho de mí una persona fuertecapaz de afrontar adversidades y de creer que aunque no la vea, hay luz al final del túnel. He aprendido que cada vez que nos caemos podemos levantarnos. Muchas gracias.

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La solidaridad, la tolerancia y la justicia son valores imprescindibles para lograr una sociedad mejor para todos. Somos ciudadanos del mundo con el derecho a vivir y a ser respetado. Este blog quiere ser lugar de encuentro entre la Psicología y la Vida de todos los que lo deseen. Es posible hacer un mundo más justo.