Hoy

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Prueba a vivir sin enfermedad. Anorexia
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José María Fdez Chavero | 16-12-2016 | 10:02| 0

Con 15 años empezó mi infierno. A mi padre lo trasladaron a trabajar al pueblo donde veraneábamos y aunque retomé viejas amistades no me sentía integrada. Comencé a compararme, me sentía inferior, no encajaba… En 3º dela E.S.O. empecé a ir mal en los estudios, me pasaba el día tirada en el sofá viendo la tele, escribiendo e inventándome excusas para no salir con mis amigos. Aunque aprobé el curso, ese verano algo cambió en mi cabeza. Me quité el pan, usaba productos desnatados… En 4º me obsesioné con los estudios, me pasaba la tarde estudiando y haciendo ejercicio. Ahora me sentía mejor, estaba más delgada,  sacaba buenas notas, pero muy pronto mi carácter cambió.

Me volví más irritable, broncas en casa a la hora de comer, buscaba excusas para no ir a comidas, pasaba las 24 horas del día pensando lo que había comido, lo que tenía que comer, las calorías, el peso, la culpabilidad cuando me obligaban a comer… Al año siguiente me ingresaron en el hospital, yo no entendía por qué estaba allí. Fue el Endocrino el que me habló de la Anorexia. Yo lo negaba, “yo comía, lo que pasa es que me cuidaba, ¡qué estaban diciendo, no me dejaban en paz!”; me pusieron la sonda, cada vez iba peor. Me llevaron a Psiquiatría y de ahí al Niño Jesús de Madrid donde tuve numerosos ingresos. A los 20 años mi madre me hablo de una clínica donde no tenías que llevar pijama todo el día. Era una casa con terapias de grupo e individuales. Yo tenía conciencia de enfermedad.

Estuve 1 año en la clínica y 9 meses en pisos terapéuticos. Allí mi psicóloga, me dijo una frase que cambiaría mi vida “Prueba a vivir sin enfermedad, si no te gusta siempre puedes volver”. Allí aprendí que la Anorexia es la punta del iceberg, que en la base, ocultos, están los verdaderos problemas, los que la comida enmascara y los que no puedes ver si no resuelves el síntoma. Actualmente vuelvo a disfrutar comiendo, como de todo sin sentirme culpable y me di cuenta que no soy un globo que se hincha cuando come. Ya no me preocupa el peso. Es cierto que nunca puedes bajar la guardia y que todavía me quedan cosas por resolver, la baja autoestima, inseguridad… cosas que la Anorexia no me permitía trabajar, pero  soy mucho más feliz y lo más importante ¡¡Estoy Viviendo!! Estudié, estoy trabajando y la relación con mis padres ha mejorado.

Es cierto que cuesta muchísimo, es una lucha feroz contra ti misma, pero creedme, compensa. La Anorexia me robó muchos años y no le voy a dar un minuto más. Trajo mucho sufrimiento a mi familia y a la gente que me quería. Y bueno, sigo trabajando temas de inseguridad pero desde mi casa. Si estáis en una situación similar o conocéis a alguien que lo esté, recordad esta frase “PRUEBA A VIVIR SIN ENFERMEDAD, SEGURO QUE NO QUIERES VOLVER”

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La vida en unos segundos
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José María Fdez Chavero | 12-12-2016 | 16:53| 0

Dedico estas líneas a ese joven y a su familia.

Son las doce de la noche. El trayecto se recorre en unos treinta minutos y han pasado dos horas. Le he mandado varios whatssapp y no los ha leído. Intento controlar la mente para no entrar en la espiral del nerviosismo. Recuerdo sus palabras cuando me llamó: “El turno bien, ya salgo” y mi respuesta de siempre, “cuidado y no corras”.

Siento el silencio, interrumpido por el tic tac del reloj y por mi respiración. Deseo permanecer sentado, pero las piernas las noto nerviosas y me levanto sin rumbo definido. Cada paso lo  acompaño de palabras como tranquilidad, se habrá entretenido, o tendrá silenciado el móvil. Siento el miedo que me va invadiendo. Miro por enésima vez a través de la ventana y veo pasar unos amigos charlando animadamente. Compruebo si ha leído los mensajes y nada de nada. En este instante oigo el ascensor. Le pido a Dios que sea ella. Los segundos pasan con lentitud desesperante. El latido de mi corazón se dispara, mi mente se queda pendiente solo del oído. El ascensor se ha detenido y escucho la llave entrar en la cerradura.

Al abrir la puerta la miro a la cara y veo en sus ojos el brillo del dolor vivido. Me abraza y le abrazo y nos transmitimos sensaciones similares; yo, de preocupación y ella de miedo y pena. No quiero agobiarla con preguntas y dejo que me cuente con lágrimas en los ojos y la voz entrecortada. Me dice que al salir del pueblo, le adelantaron unos jóvenes. Los mismos que unos kilómetros después yacían fuera de la carretera por una curva mal tomada. Ya se habían detenido varios coches, y ella también lo hizo. Eran tres, dos estaban dentro del coche y eran conscientes de lo sucedido. El tercero estaba fuera, unos metros separados e inmóvil, sangraba por nariz y boca. En unos minutos pararon más coches y llegó la guardia civil que transmitió serenidad y orden. Los chicos del interior tenían rasguños en rostros y brazos y el tercero permanecía inconsciente. La ambulancia se detuvo y comenzaron los primeros auxilios. Subieron al que estaba inconsciente y marchó a toda prisa, con luces y sirenas intentando añadir rapidez a una vida detenida para siempre.

En este momento suspiró, dejó de hablar y fue a la habitación para ver a los hijos que dormían desde hacía un par de horas. Cuánto dolor sentirán los padresdel joven fallecido esta noche y el resto de sus días. En unos segundos la vida se fue y el dolor de la desesperación se instaló en esa familia. Proyectos inacabados, sentimientos rotos, amores partidos por un estúpido y caprichoso accidente. Somos poco conscientes de nuestra fragilidad porque si lo fuéramos no perderíamos tiempo en envidias, en chismes, en anhelar bienes innecesarios. Si supiéramos que la existencia se puede truncar en segundos entonces nos daríamos más besos y estaríamos más sonrientes, seríamos más agradecidos, viviríamos con menos prisas, con más cuidados y atenciones. Diríamos más veces te quiero y con mayor intensidad.

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Carta de una persona con síndrome de Down
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José María Fdez Chavero | 07-12-2016 | 23:03| 1

 

Dedico esta carta a los políticos para que se den cuenta que a los mal llamados discapacitados los necesitamos para construir un mundo mejor.

“Lleváis toda la vida dándonos calificativos marcados por el tono compasivo y lastimero de los mismos. Nos habéis denominado de muchas maneras. Nos dijisteis subnormales y tenía cierta coherencia con vuestras ideas porque creéis que estamos por debajo de vosotros. En otros momentos os inventasteis eso de mongolitos, tan solo porque tenemos los ojos rasgados y la nariz pequeña. Sacasteis lo de deficientes mentales porque tenemos un déficit de inteligencia. Ahora nos llamáis discapacitados y disfuncionales y me pregunto el porqué no nos llamáis por nuestros nombres. Os perdono vuestra poca sensibilidad. Nunca se me ocurriría identificar a los demás por lo que no tienen tan desarrollado, pero paso.

Habláis mucho de inclusión en los últimos años, de que compartamos espacios y tiempos y para mí es otro sinsentido. Es cierto que estamos en las aulas con compañeros llamados normales y estudiamos y llevamos las tareas hechas y a ellos les dais un título al finalizar sus estudios y a nosotros no. Nos invitáis a seguir estudiando una formación profesional básica para darnos lo que a ellos le dais antes. Ellos pueden estudiar  bachillerato y formación profesional y qué difícil lo tenemos nosotros. Y qué decir del límite de los 21 años, ellos podrán estudiar todos los años que quieran y nosotros terminamos por ley. Además, nos encontramos con algunos profesores que no saben y se quedan en reducir y no en adaptar lo que nos vendría bien aprender. Eso si no te entregan una fotocopia al principio de clases para que la colorees y poco más. Menos mal que de estos últimos hay pocos. Eso no es incluir, eso es seguir marginando en medio de los demás. Si todos los profesores apostasen por la formación adaptada, otro gallo cantaría.

A medida que cumplo años me voy dando cuenta que somos bastantes las personas que no cumplimos eso que denomináis normalidad. Existen asociaciones preocupadas por solventar problemas planteados por el llamado Estado de Bienestar. Unas asociaciones buscan subvenciones para pagar carísimos tratamientos y medicinas, otras planifican actividades para que no nos pasemos todo el día encerrados en las casas porque a nosotros nos echan pronto del sistema educativo. Otras montan talleres y pequeñas empresas para que podamos ganar algo de dinero y las hay que organizan actividades de ocio. Me pregunto qué ocurriría si se uniesen y exigieran una ley de inclusión real en la que se recogieran los aspectos educativos, sanitarios, laborales, de vivienda, etc. Nos harían caso porque somos millones de votos, si contamos a nuestras familias.

En los medios de comunicación nunca he visto a ningún denominado discapacitado montar un ataque terrorista, ni maltratar a compañeros, ni diseñar armas de destrucción masiva, ni ordenar bombardeos de ciudades, ni vender drogas asesinas que trastornan la mente de los jóvenes. No roban el dinero público de las instituciones, ni dejan sin casa a los que perdieron el trabajo o fueron engañadas por desalmados normales…Creo que nos iría mejor si se nos conociera un poco mejor y se nos imitase

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Discapacitados o nuevos paradigmas de valoración
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José María Fdez Chavero | 02-12-2016 | 16:40| 0

Estamos en el Día internacional del mal llamado discapacitado. Queremos que sea una jornada de sensibilización para que puedan tener acceso a lo que consideramos adecuado para sus desarrollos como hombres y mujeres, y hablamos de trabajos protegidos, pensiones y ayudas, formación y ocio, y un largo etcétera. Me alegra y lo defiendo, pero reconozco que es triste fijar un día internacional, eso es señal inequívoca de que no están a la misma altura que el resto de la población.

Cada persona tiene el derecho innegable e intransferible a su propia individualidad, a disfrutar de sus propias capacidades y logros e intentar reconvertir los fallos en aciertos cuando sea posible. Ha de ser así para todo ser vivo de la especia humana, tenga dos piernas o una, vea bien o sea ciego, tenga trisomía en el par 21 o no la tenga. Igual para todos, sin discriminar a nadie.

Si hablamos de discapacitados es porque pensamos que no poseen las capacidades de la mayoría de la población. Y aquí se me enciende la luz de las contradicciones internas porque no creo que esa mayoría tenga a su vez las mismas capacidades.

Vivimos en una sociedad plural y repleta, de complejidades crecientes en las que cada persona intenta acceder a lo que se encuentra capacitado. En esa sociedad hemos de situarnos todas las personas, valorar sus capacidades y aprovecharlas para construir un mundo más justo sin dejar a nadie fuera. A mí no me pueden pedir que conduzca un camión porque, entre otros motivos, no tengo el permiso de conducir para ello. Esto es así y a nadie se le ocurriría ofrecerme un trabajo de conductor de camiones y no quiero que por eso me den una ayuda económica. Quiero que me paguen por lo que hago y no por lo que no puedo hacer.

Lo importante es saber las capacidades de cada uno para que puedan realizar aquello para lo que están capacitados o para lo que pueden capacitarse desde sus posibilidades y con los medios oportunos.

Estoy convencido que esas personas mal llamadas discapacitadas tienen muchas capacidades y habilidades, y otras que podrán adquirir y no tener que padecer sus valoración personal por lo que no tienen del todo desarrollado. Me parece bien el esfuerzo, pero nos iría mejor si empezásemos a ser más sensibles con las potencialidades positivas de los demás y no con aquello que les falta. Lo que apunto no es fácil, quizás nos falta la capacidad creativa para desarrollar instrumentos que evalúen sus posibilidades y los mecanismos para que puedan colaborar en el desarrollo de una sociedad de todos y para todos y dejarnos de pensar tan sólo cómo podemos darle lo que muchos ya consiguen. Esto es lo que yo quiero para mí y los míos y también para los demás.

Sé que me muevo en el mundo de las ilusiones y de los deseos, de las cuestiones poco prácticas y que hay necesidades que deben tener cubiertas todas las personas. Habrá que cubrirlas, pero no renuncio a un cambio de sensibilidad y a nuevos paradigmas de valoración de las personas. Menos subvenciones y más inversión en formación y trabajos.

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El SIDA, unos años después
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José María Fdez Chavero | 30-11-2016 | 10:52| 0

El 1 de diciembre de 1993, con motivo del Día Mundial del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA), tuve la oportunidad de participar en un curso organizado por la Fundación Basida de Aranjuez. En aquella ocasión, nos preguntábamos en el debate final por el futuro del SIDA desde una perspectiva social y psicológica. Sin ser adivino ni profeta, comenté que nos situábamos ante una enfermedad que reunía, como así ha ocurrido, los requisitos para pasar a formar parte del inconsciente colectivo de la Sociedad del siglo XXI.

Hagamos un breve recorrido histórico. Año 1981, de la noche a la mañana y sin saber cómo, nos encontrábamos en Occidente ante un Síndrome de Inmunodeficiencia que nos hablaba de consumo de drogas por vía parenteral y de compartir jeringuillas, de prácticas sexuales sin protección, de transfusiones de sangre y de hemofilia, de trasplantes de órganos y de donaciones de semen, de tendencias homosexuales y promiscuidad heterosexual.

Esta enfermedad se cargaba, en poco tiempo, de muchos contenidos y descalificaciones morales y éticas, de miedos colectivos e individuales, de culpas, recriminaciones y acusaciones, de engaños y de profundos deseos de anonimato por parte de los afectados y sus familias. Entre todos hicimos que se hablara del SIDA, que se investigara y se invirtieran grandes cantidades de recursos humanos y materiales buscando las causas, tratamientos, maneras de prevenirlo… pero también provocamos que los portadores del virus y los enfermos no se vivieran como tales sino que lo hicieran desde la vergüenza y el desanimo.

El SIDA ha sido, y en menor medida lo sigue siendo, el resultado de fundir cuestiones biológicas, víricas y médicas, con religiosas y morales, con hábitos sociales y costumbres, con sexo y drogas, con amores y odios. Nos hemos movido entre el estar en portadas de revistas y periódicos y en los medios de comunicación como la televisión y el cine de las décadas de los 80 y 90 hasta casi el olvido actual, entre la protección y el abandono, entre la riqueza de los países en los que hoy se habla de prevención y cronicidad y la pobreza de los que la padecen de forma indiscriminada y creciente. Ha pasado a formar parte del inconsciente de las llamadas Sociedades avanzadas, mientras sigue en el consciente más desgarrador del resto de la Humanidad.

Tenemos que situarnos ante el SIDA desde el principio ético de justicia. En España, gracias a una Sanidad universal y gratuita, se atiende a los afectados por el virus en cualquiera de sus fases y se respeta su autonomía y derecho a decidir sobre sus vidas, pero no es así en el resto del Planeta, en el que hay muchas personas que no son atendidas por falta de recursos, de ahí la necesidad de una justicia universal que haga posible un flujo de riquezas de los que tienen más a los que tienen menos.

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Maestros y profesores de la vida
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José María Fdez Chavero | 25-11-2016 | 08:17| 0

 

Me atrevo a unir estas palabras por sus íntimas implicaciones y similitudes conceptuales, con la mente repleta de nombres propios, con infinidad de hermosos recuerdos de infancia y de juventud, cargado de emociones y con la inmensa gratitud del que se sabe deudor. Ellos tienen sus sueldos y no por eso los considero pagados, porque los buenos, la mayoría, entregan una gran parte de sus vidas y esto no se puede pagar con dinero.

Ellos nos introducen, con las habilidades y destrezas propias de un artista, en el mundo de los adultos y de los iguales, nos iluminan los fantásticos encuentros con los colores y las formas. Comparten la inmensa magia de los números y el reino encantado y maravilloso de las letras y nos acompañan el resto de nuestras existencias, en ocasiones son fáciles de entender y otras, lejanos y poco accesibles. Estos artistas de la enseñanza nos revelan las dificultades del aprendizaje y cómo afrontarlas, las grandezas de las metas conseguidas con el esfuerzo monótono y diario, los deseos de hacer bien las cosas y cómo ser paciente ante lo que no sale en un primer intento, para volver a intentarlo tantas veces como sea preciso para lograrlo.

Nos ayudan a encontrar el sentido positivo de las experiencias, a encajar los errores y los fracasos y frustraciones. Nos animan en los momentos de dudas y se alegran de los avances y aciertos de los alumnos. Ellos colaboran con nuestros padres en el apasionante camino de hacernos personas adultas y equilibradas, que buscan soluciones a los problemas y que sonríen con los éxitos. Nos guían en el descubrimiento de las ideas platónicas de la justicia como base de la mejor de las sociedades, de la bondad de las conductas como vía para un claro entendimiento, de la belleza de lo que nos rodea y del bien como máxima expresión del ser humano. Nos transmiten las ganas y la valentía de volver la mirada hacia atrás para adaptarnos al ritmo de los que marchan algo más lentos, porque lo importante es que lleguemos juntos.

También los hay que pierden la ilusión y quedan atrapados en el desánimo y en la tristeza y otros que confunden el sentido de su profesión y hacen del desconcierto y la desconfianza los ejes de sus confusas enseñanzas. A todos los que se hallan en estas situaciones les deseo receptividad intelectual y vital para darse cuenta de que es posible el reencuentro con los motivos que les condujeron a la senda de tan nobles artes.

Los maestros y profesores siempre están con nosotros, aunque la lógica de la vida ya les haya retirado de la docencia, porque mucho de lo que somos se lo debemos a ellos, ya sea porque nos lo enseñaron con sus saberes, ya porque nos lo transmiten con sus ejemplos y así lo observamos e imitamos. Sin ser conscientes, influyen en nuestras formas de estar y leer el mundo, tanto en pensamientos como en sentimientos y comportamientos.

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Hola a todos. Soy una chica de veinte años
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José María Fdez Chavero | 24-11-2016 | 09:43| 1

 

 

Siempre he sido una chica insegura, con baja autoestima y muy pendiente de agradar y encajar en los grupos. He tenido una visión romántica del amor y de los hombres. Creía que el amor era la clave de la felicidad y que resistía cualquier inclemencia, más allá de la muerte incluso. Hasta que no llegué al instituto no conocí a las primeras amigas de verdad, ya que en el colegio tenía más compañeros que amigos. Mis primeros años de instituto fueron muy bonitos y me iba bastante bien. Con catorce años (inicio de mi historia), llegó la época en la que a mis amigas les gustaba y le gustaban a algún chico, tonteaban y la única que faltaba era yo. Me hacía sentirme marginada y poco atractiva. Con quince años, conocí a un muchacho tres años mayor que yo. Se fijó en mí, cosa que ninguno había hecho. Empezó a tratarme bien y me enamoré. Comenzamos a salir poco después. Quedábamos en pandilla, dábamos largos paseos y todo parecía maravilloso.

Fue a partir del medio año de relación cuando empezaron los “incidentes”. Empecé a distanciarme de mis amigas porque cuando quedábamos, mi pareja siempre estaba y su pesadez resultaba molesta. También porque propició algunas discusiones dentro de mi pandilla. Y por si fuera poco, mi pareja empezó a demandar más atenciones por mi parte. El no pasar la tarde entera conectada al chat, el no hablar durante largo tiempo por teléfono o el no pasar la mayor parte del fin de semana con él se convirtieron en motivos de disputas y enojos. Y si intentaba evitarle, me llamaba de forma compulsiva hasta que se lo cogía y si no, me venía a buscar.

Aunque la situación no era propicia, todavía era manejable. No todo era malo después de todo, había todavía muchos aspectos positivos. Con el paso del tiempo, la situación empeoró. La relación con mis padres se volvió insostenible porque él me reclamaba continuamente. Con mis amigos solo podía relacionarme libremente en el instituto. Mi forma de vestir, de hablar, de ser, etc.; eran motivos de discusiones continuas. Si me arreglaba un poco es que quería llamar la atención de algún chico. Si me reía por alguna gracia de un amigo, es que quería intimar con él. Si hablaba en secreto con alguna amiga, es que le estaba criticando a sus espaldas.

Comencé a sentirme anulada, atrapada, agobiada; pero no era capaz de identificar esos sentimientos de forma consciente y, ante esas situaciones reaccionaba cada vez de manera más irascible, soberbia y descontrolada. Fue por entonces cuando empezó a pegarme y a día de hoy, sigo sin entender cómo ni siquiera era capaz de reaccionar. No permanecía impasible, trataba de defenderme, pero él no era más fuerte, llegué a tener miedo. Llegados a este punto, me había planteado dejarle, pero estaba convencida de que no encontraría a nadie más que quisiera fijarse en mí, y me sentía sola sin poder contar con mis padres, ni con mis amigos. Creía que solo podía contar con él, aunque fuera malo conmigo.

El día que le dejé procuré ser suave. Las semanas posteriores, se dedicó a llamarme de manera compulsiva al móvil y cuando veía que no podía contactar conmigo (pues había bloqueado todos sus números de teléfono), me llamaba al fijo teniendo que intervenir mis padres para pedirle que me dejara en paz. Cuando salía con mis amigos, esperaba rondando cerca de mi casa alrededor de la hora a la que yo solía salir, y para evitarle tenía que vigilar que no me siguiera o pedirle a mis padres que me llevaran. Llegué a llamar a sus padres (con los que había cogido confianza), para pedirles ayuda, para que controlaran a su hijo, para que me dejase en paz y por respuesta solo obtuve una mísera disculpa alegando que como era mayor de edad, ellos no podían darle órdenes.

No quise denunciarle. Pasaron unos días, cuando apareció pidiéndome que no le evitase porque necesitaba hablar conmigo. Fuimos a un parque cercano a mi casa y me pidió que volviera. Al ver que mantenía firme mi decisión, empezó a discutir y como la conversación no iba a ninguna parte, decidí marcharme. Me agarró del brazo para impedirlo. Yo traté de distraerle cogiendo su mochila y arrojándola lejos para que tuviera que ir a por ella y a mí me diera tiempo a irme. Pero antes de soltarla, me propinó un puñetazo en el ojo. Caí de bruces al suelo. Me llevé la mano a la cara y vi que estaba llena de sangre. Solo podía ver por el otro ojo, dado que la sangre no me dejaba ver a través de ese también. Me asusté.

Llamé a mis padres y les pedí ayuda. Mis padres habían salido corriendo a buscarme. Nos montamos en el coche y fuimos a urgencias. Al salir de urgencias, me llevaron a comisaría para que denunciara los hechos. Yo estaba dividida. Por un lado me había hecho mucho daño y quería que pagase por ello, pero por otro lado yo seguía queriéndole. Sin embargo, mis padres me presionaron y le denuncié. Mi declaración terminó de madrugada. Al día siguiente fue el juicio. Prestamos declaración por separado. Como no quería que le pasara nada malo, con la intermediación de la abogada que me asignaron de oficio y su abogado llegamos a un acuerdo: orden de alejamiento de quinientos metros. Pasó el verano, me reincorporé al instituto y poco a poco parecía que iba volviendo a la normalidad. Pero no estaba curada, seguía muy unida a mi ex-pareja. Era la definición exacta del síndrome de la mujer maltratada. Fue por ello por lo que mis padres creyeron que era necesario recurrir a los servicios de un psicólogo.

No habré tenido unas vivencias normales y gratas, y puede que también sufra decepciones en el futuro, pero no puedo hacer de ellas otra cosa que una enseñanza. Ellas son las que han hecho de mí una persona fuertecapaz de afrontar adversidades y de creer que aunque no la vea, hay luz al final del túnel. He aprendido que cada vez que nos caemos podemos levantarnos. Muchas gracias.

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La vida en besos
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José María Fdez Chavero | 21-11-2016 | 16:42| 0

 

Todos los conocemos y tenemos sobradas experiencias. Son de tanta variedad que es obligado referirnos a ello utilizando el plural. Si describimos su ejecución hemos de afirmar que consiste en unos breves y tímidos movimientos de labios proyectados hacia fuera buscando a la otra persona para transmitirle algo de lo que la mente piensa y el corazón siente y finalizan con un silencioso monosílabo, señal inequívoca de lo entregado.

Son muchos los besos, de muy diversas condiciones y algunos traemos a estas líneas sabiendo que los mejores son los que tenemos en nuestros corazones. Está el cargado de cariño y ternura al hijo pequeño que te mira con ingenuidad y gratitud, son limpios e inagotables, nunca cansan y siempre reconfortan. Está el del hijo que agradece parte de lo que se le dio y te deja cargado de paz y satisfacción, con la sensación de la labor bien hecha. También los hay suaves e impregnados de tanto respeto y amor que uno desearía adueñarse de parte del dolor y del sufrimiento de la persona a quien se le da, y recuerdo a los que les toca afrontar la triste realidad de la enfermedad.

Está el repetitivo y apasionado. El que desea vaciarse por completo en el ser amado, buscando una unión íntima en el cuerpo y en el amor. Tampoco quiero olvidar el beso pagado con dinero que intenta superar una soledad difícil de soportar, se sabe falto de cariño pero cargado de instintos y pasiones.

También los hay no sentidos, que responden a una obligación social y terminan igual que se iniciaron, aunque algunos podrían ser el comienzo de una nueva relación. Los tenemos que señalan y entregan al amigo confiado, van cargados de impotencia y envidia y arruinan la vida de quien los da. Los tenemos de veneración a Dios y a esa Madre a la que tantas veces acudimos buscando la paz o el consuelo perdido.

Hay miles y millones de besos diarios lanzados al viento en los andenes de las estaciones de trenes y autobuses o en los ventanales de los aeropuertos, van buscando el paso del tiempo a mayor velocidad. Sabemos que los besos de despedidas soportan tanto amor y frustración que producen un fuerte y desconsolado dolor. Y qué decir del beso ilusionado del encuentro real y del soñado, del hola y te quiero.

Y qué decir de esos besos que manchan de saliva y lágrimas las fotografías de quienes no están físicamente presentes. Es verdad la ausencia pero no lo es menos su presencia en lo más íntimo de nuestras vidas. Estos besos todos los hemos dado y son de los más lanzados, a ellos acudimos cuando la mente o el corazón reviven lo que fue y ahora no puede ser.

Tal es el poder del besar que si todos diésemos algunos más podríamos vivir mejor, con menos soledad y frustración, con más sentido positivo de la vida. Si su ejecutar es fácil y los sentimientos están, me pregunto porqué no los damos más.

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Hijos
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José María Fdez Chavero | 15-11-2016 | 09:17| 0

Hijos

Recuerdo las palabras de dolor y desesperanza de una madre antes de fallecer su hija, pedía a Dios y a la vida morir antes que ella, pero hay ocasiones en las que la naturaleza humana tiene sus caprichos diabólicos. También se me viene a la memoria la expresión de rabia de un padre, cuando el médico que operó a su hijo le dijo que el cáncer estaba bastante extendido y que el pronóstico era malo. Ambos sucesos marcaron profundamente sus vidas y abrieron dolorosas heridas en sus psicologías y en sus almas que no han cicatrizado después de varios años. Ya nada volvió a ser como antes en estas personas y en sus familias, las celebraciones y los encuentros familiares pasaron a tener expresiones de recuerdos que atraían lágrimas a los ojos de los padres.

Estos dos ejemplos suelen ser frecuentes cuando es un hijo el que muere y no lo es tanto cuando muere el padre o un hermano, aunque también se producen desgarros en lo más íntimo del ser. La aparente lógica de la vida se vuelve ilógica y nuestras inteligencias no son capaces de explicarlo y aceptarlo.

Un hijo es mucho más de lo que imaginamos y fantaseamos durante los nueve largos meses de embarazo, es el que desde su llegada organiza los horarios de la familia, dice cuándo se puede dormir y cuando hay que comer, no respeta los momentos de nadie y hace sus necesidades evacuatorias cuando le viene en gana y, por supuesto, que no pide permiso para hacer lo que le apetece. Decimos que esto es durante los primeros tres años y creemos que a partir de los 4 ó 5 cambiarán, y sí es verdad que comienzan a hacerse más independientes, pero empiezan las tareas de los colegios, las actividades extraescolares, las fiestas de cumpleaños y los continuos cambios de ropas.

Los años pasan rápidos y vienen las preocupaciones por los estudios, por los amigos, y sobre todo por las salidas y entradas en las largas noches de los fines de semana. Llegarán los primeros amores y los consiguientes fracasos, la preparación profesional y las entrevistas de trabajo y el primer contrato, después nos contarán sus experiencias con los jefes y compañeros y sus precarias nóminas. Y a todo esto hay que añadir los quebraderos de cabeza con sus dolores físicos y espirituales, con sus frustraciones por lo que no son capaces de conseguir. Viviremos con intensidad sus penas y compartiremos sus alegrías.

Por nuestros hijos nos quitamos los pocos caprichos que nos quedaban y, si es preciso, también lo necesario para vivir, en sus vidas nos gustaría proyectarnos y con ellos lloramos y reímos. Nos preocupa el hijo débil por su presente e intentamos suavizarle el futuro, nos obsesiona el que hace de la apatía y la vagancia el sentido de su vida, nos enorgullece el que está encauzado y se va haciendo adulto y nos quita el sueño el enfermo o el que está descontrolado por culpa del alcohol o de la droga.

Siempre están en nuestras mentes y corazones, en nuestras conversaciones y también en los bolsillos, por ellos hay padres que perdieron durante minutos la razón y llegaron a matar y por supuesto estamos dispuestos a darles nuestra vida, ellos dan sentido a la existencia y también lo quitan y gracias a ellos la humanidad camina sin poderse detener.

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Educar supone querer
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José María Fdez Chavero | 10-11-2016 | 08:19| 0

Educar es querer

Se escribe mucho de la formación de niños y jóvenes, de los logros y deficiencias de las leyes educativas, de las jornadas y vacaciones de maestros y  profesores. Se dice que los alumnos saben menos que hace unos años y que los padres y profesores estamos perdiendo la autoridad o que la hemos perdido ya, a pesar de que las aulas tienen menos alumnos que hace años.

Ahora cada estudiante posee su propia mesa de estudio y no tiene que compartirla con varios hermanos que intentan hacerse un hueco donde posar libro y cuaderno. El flexo ilumina perfectamente, con una luz adaptada al espacio y se cuenta con bolígrafos y rotuladores que dejan los apuntes listos para diferenciar las ideas principales de las secundarias con una simple mirada. Nos beneficiamos de ordenadores y de otros avances informáticos. Se asiste a clases particulares cuando aparecen las dificultades de aprendizaje o se consultan las dudas en internet.

Los libros son claros, con infinidad de actividades y estrategias para ser entendidos y asimilados. Se están menos horas en los colegios pero se complementan con las pasadas en centros privados o en actividades extraescolares. Los docentes están en continua formación y reciclaje, gozando de mejores medios y con posibilidad de aprender idiomas y estrategias comunicativas como no se había tenido antes. Se dispone de  plataformas educativas para estar en continuo contacto colegio y familia aunque no siempre se usan de manera efectiva. Y al hablar de resultados es preciso señalar que no son buenos. Los fracasos escolares son demasiados a pesar de todo. No hay ironía en mis palabras.

Afirmo lo que considero verdades, pero no son las únicas, son las mías. Atiendo a no pocos niños y jóvenes que tienen problemas con los estudios y señalo algunas cuestiones, sin ánimos de ofender, ni con deseos de buscar culpables o de generar estériles controversias.

Algunos aspectos no me gustan, como el no diferenciar autoridad de arrancadas impulsivas que llevan a decirle a un estudiante o a un hijo que es un payaso o gentuza. Tampoco es de mi agrado que no controlemos más los espacios comunes en los que los desaprensivos se ríen y burlan del resto como queda demostrado en tantos estudios realizados sobre el acoso escolar. Los padres podemos caer, sin ser consciente, en esa estúpida carrera de creerse padres “súper modernos” que dejan sin referentes de autoridad a sus hijos. Y profesores que con sus voces no solo no logran que se callen los alumnos si no que se introducen en la misma dinámica escandalosa y estridente de ellos.

Llegar al alumno, al hijo, es el primer objetivo. Lograr que confíe en el adulto es fundamental para que puedan creer nuestro mensaje de esfuerzo y entrega, de sinceridad y honradez en el trabajo. Cuidar las relaciones de profesores y padres supondría unos inmejorables cimientos para alcanzar mejores resultados. Corremos el peligro de caer presos de tanta burocracia y programaciones que nos restan un preciado tiempo para compartir con el niño y el joven.

El mejor equipo de orientación, a mi modo de ver, es el que está con padres, alumnos y estudiantes, conociéndoles y animándoles a que mejoren la actitud y trabajo. Aquellos centros educativos en los que se ha conseguido obtienen mejores resultados. La educación es un proceso largo, costoso para el Estado y la familia y requiere mucho esfuerzo al estudiante, al docente y a los padres. Es preciso la unión y  mutua colaboración. Me entristece que no sea así. Nunca olvidemos que educar supone querer.

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La solidaridad, la tolerancia y la justicia son valores imprescindibles para lograr una sociedad mejor para todos. Somos ciudadanos del mundo con el derecho a vivir y a ser respetado. Este blog quiere ser lugar de encuentro entre la Psicología y la Vida de todos los que lo deseen. Es posible hacer un mundo más justo.