Hoy concluye una campaña electoral que empezó el pasado día 6. Se echa en cara a la sociedad su apatía política y es razonable la crítica porque los escrutinios finales lo demuestran cuando arrojan el dato de participación, preocupantemente bajo. Se dice que los políticos son todos iguales y se plantea la dinámica de actos electorales como una rutina diaria para los candidatos en estos quince últimos días, o cada cuatro años en el caso de los electores. Sin embargo, he observado en mi ronda de más de dos semanas por los pueblos de Extremadura que las jornadas previas a las elecciones tienen un punto emocionante, sobre todo en las poblaciones más pequeñas, ya que en estos lugares el día a día transcurre con demasiada normalidad.
Cuando se espera a un candidato, del PP o del PSOE, ése día hay otro ambiente. La gente se revoluciona y en el lugar que saben que aparcarán los flamantes coches del político y sus asesores la gente se arremolina con curiosidad. Sé de vecinos que saludan con tanto entusiasmo a Monago como a Vara por el simple hecho de que los ven por la tele. Otros sólo se relajan cuando han conseguido la foto con él, un reto que casi siempre es algo fácil porque cada posado suele equivaler al voto.
Como en Brozas, que es donde está tomada la foto, grupos de mayores ensayaron durante toda la semana para tocar una jota extremeña, en este caso al candidato Vara. El gesto supone para ellos el concierto del año, si no de sus vidas en el caso de que aparezcan cámaras de televisión, que suelen dar un ambiente extra a estos pueblinos con gente entrañable.
También los hay que pasan de todo esto en canoa, cierto, pero si no se han asomado de lejos a cotillear, éstos tarde o temprano preguntan qué dijo, qué hizo o a quién saludó de más el político aquel día que vino a vernos al pueblo. Y luego se alejan preguntándose cuándo volverá.

