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Preparados para la galerna
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JoseTrejo | 05-05-2017 | 08:33

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Carlos Castaneda, “las enseñanzas de Don Juan”

Viajando sobre la ruta de los grandes mercantes

Se podría pensar que navegar en medio de tan inmensa extensión de agua uno se encontraría solo, tan alejado de la costa, pero no suele ser así, en nuestra travesía nos encontramos con hasta 10 buques, por ello, había que mantener la guardia constante de noche y día de forma activa, mirando de vez en cuando la pantalla del radar para ver si había algún buque cerca, otras veces nos girábamos en la bañera donde nos acomodábamos y oteábamos el oscuro horizonte nocturno en busca de alguna luz en medio del oleaje.

Estas inmensas naves de más de 200 metros de eslora (largo), iban cargadas de miles de contenedores y a más de tres veces la velocidad del velero. Solían aparecer en la pantalla desde unas 20 millas (37 kilómetros) a la redonda, y hasta que no nos rebasaban por una banda no había que perderles el ojo, por si acaso.

El “Seabourn Odyssey”, un buque de pasaje de 646ft (196 metros)de eslora, navega casi tres veces nuestra velocidad, con destino a Funchal, nos cruza por delante a 1,5 millas (3 kilómetros).

Después de dos días haciendo bordos a derecha e izquierda buscando el viento, conseguimos estabilizar nuestro rumbo al 74º, mirando casi de frente a la salida del Sol. Habíamos pasado ya dos de los usos horarios de los cuatro que nos faltaban para llegar a la costa de las islas portuguesas, cada vez era más rápido ir cazando meridianos e ir moviendo las manecillas de nuestros relojes. Al fin…

Nos situábamos en la latitud de los 32º, empujados por una brisa fresca haciendo que el barco fuera cada vez más “alegre”. Manu amarró un cabo a la botavara de la mayor, para evitar que el palo de repente se desplazara de un lado al otro bruscamente por un golpe de viento, pudiendo provocar una grave avería en el mástil, y evitar un posible accidente a alguno de nosotros golpeándonos en la cabeza, y acabar saltando por la borda inconscientes.

Desde que salimos de la zona de las calmas tropicales, los vientos habían cambiado de dirección Suroeste rolando a Oeste, la temperatura ya no era tan agradable durante las guardias nocturnas, nuestras ropas quedaban húmedas. El viento era frío, y la mejor manera de soportar las tres horas de guardia era guarecerse bajo la capota del puente, dejando que el timón lo controlara el piloto automático para quitarnos del aire.

Al salir de esas guardias, buscábamos el refugio cálido de nuestro saco de dormir bajo cubierta, pero no antes de llamar al compañero que tenía que hacer el siguiente turno.

Otro gran mercante de contenedores que nos pasa cerca. Foto de Elena

Olvidado los días de parsimonia, nos introducimos en la ruta habitual de los mercantes y de la zona de más inestabilidad meteorológica habitual en los meses de abril.

La mejor manera de prever el tiempo era llamar a Wanda por el teléfono satélite, nuestro “ángel de la guarda” , un amigo de Manu que se ofreció a mirar la evolución de la meteorología. Ya que al tener problemas desde el principio con el ordenador del barco, tuvimos que requerir su ayuda casi diariamente, ya que él iba a ser nuestro plan “B” para seguir los partes meteorológicos.

El seguimiento de las tormentas

Regularmente, Manu el Capi, hablaba con Wanda, y este nos descifraba la predicción entre curvas de evolución, situándonos en el mapa midiendo la distancia, comparando la velocidad del barco con la velocidad y dirección del ojo del ciclón, que nos acechaba a casi mil kilómetros de nosotros, dirigiéndonos en la travesía, tratando siempre de coger la delantera a los efectos y cambios de dirección de los caprichosos vientos, era como el “Gran hermano” . Sabía que una embarcación a vela era lenta y tenía que anticiparse con varios días de margen para que huyéramos del peligro.

http://passageweather.com/

Pasaban las horas y días en una rutina que habíamos adquirido. Una vez revisadas las velas y “trimado”los cabos, Manu ajustaba el rumbo, Juanjo en la cocina, a veces leyendo en cubierta o teniendo una tertulia con el que pillaba, Miquel en cubierta diariamente contemplado la mar, Elena de aquí para allá haciendo fotos, leyendo un gran libro traído para la ocasión o exponiendo sus teorías como coach y manteniendo debates, Manu leía cerca de la mesa de cartas, dormitaba en el sofá bajo cubierta para estar siempre listo por si acaso, también debatía y rebatía sobre todo con Elena, ya que la inmensa mayoría de las veces no estaban de acuerdo. Bueno y yo, hacía lo que podía cuando me dejaba el mareo, estudiaba la meteorología y trataba de apoyar a Manu, manejaba la rueda del timón o aprendía el uso del radar y el AIS, aunque muchas de las veces me tenía que quedar postrado en la cama de popa, soportando el maldito mareo hasta que remitiese. Y para animar la tripulación, escuchábamos una repetitiva musiquilla de una antigua cinta de casete de Boney M., que encontramos en el barco.

De repente, alguien se percató de un sonido familiar que habíamos olvidado, con tantos días de desconexión ¿un teléfono? preguntamos extrañados, pero si aquí en medio nadie tiene cobertura…dijimos. Era Wanda llamando al teléfono satelital del barco.

-¡Manu! Salir de ahí rápido se está preparando una buena, la dirección de la tormenta ha cambiado, está bajando hacia vosotros.

      -¿Cuánto tiempo tenemos?

-Escasamente un día, tenéis que bajar de latitud para que no os afecte demasiado.

     -Ok recibido, daremos un bordo y cambiamos rumbo al 150º, dijo Manu.

En la zona donde nos encontrábamos aprovechamos los vientos residuales de una tormenta pasada, eso hacía que fuéramos cumpliendo una sorprendente media de 170 millas cada 24 horas, recuperando el tiempo perdido. En vista de la información de Wanda, volvíamos a encender el motor para salir pitando, pero al cambiar de nuevo  rumbo al Sur perderíamos velocidad y haría que volviéramos a perder lo ganado en esos días.

Mientras tanto, la desconcertante cifra del barómetro de 134 hpa del mar de los sargazos fue continuamente bajando poco a poco, el cielo se cerró empezando a acelerarse el viento.

Pasado el peligro inicial y habiendo perdido unas cuantas horas, Manu decide aprovechar el cambio de dirección del fuerte viento y volver a dar un bordo sobre el rumbo más directo hacia Horta.

–jejeje esta vez nos hemos librado… Ríe Manu.

Anochece y está bastante nublado, vemos a lo lejos luces sobre una silueta, no es un barco mercante. Al ver la pantalla del radar identificamos un gran barco de vela que viaja al mismo rumbo, se trata de la goleta llamada Gulden Leeuw, viajando al puerto de Horta en las islas Azores, mi pensamiento supongo que es el de todos, al menos no estamos solos en esta zona…

 Horta: http://www.azores-islands.info/s/places/faial/horta.html

El horizonte se ha vuelto negro y la visibilidad es cada vez peor. Una enorme célula tormentosa se aproxima, vemos trombas de agua y descarga de rayos.

A la mañana siguiente avisé a Manu, mostrando el barómetro y con la mano le indiqué que mirara hacia una dirección, no se trataba de una nube como de costumbre, era negra y gigantesca, se desplazaba velozmente. Pronto activamos el radar y la vimos más claramente, el viento estaba calmado y notamos una sensación más cálida en la piel.

Con gran maestría, Manu nos insta a Juanjo y a mi a preparar el aparejo para la tormenta, bajamos un rizo en la mayor y aseguramos fuertemente la botavara, arriamos (recogemos) dos rizos a la gran vela génova e izamos la vela trinqueta bien firme. Pasados unos minutos el calmado viento se acelera de repente bajando varios grados la temperatura.

-!Aquí viene agarraos! dice Manu.

El efecto sobre la embarcación es brutal, nos ha lanzado una fortísima racha de viento helado escorándonos al máximo, apenas quedan un par de metros para que el mástil toque la superficie del agua.

La preocupación es palpable, no nos puede alcanzar un rayo, somos lo único que tiene altura en miles de kilómetros cuadrados en la superficie. Nuestro mástil metálico está muy expuesto, debido a ello, hemos desconectado todo el sistema eléctrico que podemos, mientras aceleramos el motor y arriamos más vela para alcanzar más velocidad a pesar de las fuertes rachas de viento que nos bambolea.

       -Por ahí se abre un pequeño claro Manu. Indicándole por donde parece menos nuboso, mientras él lo comprueba en la pantalla del radar,

-hay que salir de aquí cuanto antes, replicó acelerando el motor.

-Vamos a virar al Norte directo, parece que se mueve hacia el Este.

Solo quedaba esperar que la estrategia nos funcionara. Mientras tanto el Gulden Leeuw sufría otra suerte, el “leviatán tormentoso” lo acababa de enfilar. Dejamos de ver unos minutos la goleta en el horizonte y nos centramos en localizarla sobre la pantalla del radar, viendo asombrados lo que está a punto de hacer. Está virando hacia la tormenta, entre las cortinas de agua que nos caen, logramos ver sus altos mástiles desnudos de velas, trata de capear el temporal.

El color rosa muestra la enorme tormenta que nos está acosando. Vemos en la pantalla la goleta Gulden Leeuw (triángulo gris) virando a toda máquina, se va a enfrentar a la tormenta bajando todo el trapo (las velas).

 

El viento levanta una marejada y las nubes cada vez son más densas y negras, el barómetro ha bajado hasta los preocupantes 1002 hpa. La altura de las olas es de 4 a 5 metros y nos baten por la popa, el barco orza constantemente y vuelve a recuperar la posición con el sistema automático del timón. Foto de Elena.

Continuará…

 

Aquí os dejo la charla completa que di con el gran apoyo y cariño de Antonio Mata, responsable de la Sala Bahnhof en Badajoz, sobre cruce del Océano Atlántico que realizamos en abril 2016, titulado “Atlántico Norte un reto comprometido”

 https://www.youtube.com/watch?v=bKdpUCHFyFQ  

 

Espacio cultural Sala Bahnhof, Badajoz

http://culturabadajoz.com/lugar/bahnhof/

https://www.facebook.com/bahnhofespaciocultural/

 

 

 

 

 

 

 

Sobre el autor José Trejo
Autodidacta, soñador, entusiasta y aprendiz de Aventurero y navegante. Observador y sensibilizado por nuestro planeta y los habitantes de lugares inhóspitos, buscador de experiencias y maestros en otros mundos y culturas, que me ayuden a entender otras realidades. Con la necesidad de compartir con otros a través de mis ojos, las visiones, aprendizajes, aventuras y desventuras. Pretendido contribuir con mis vivencias una concienciación de lo efímera que es la belleza que nos rodea, en este maravilloso planeta y sus entornos naturales tan sensibles. Así nace un extremeño en el ártico.