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José Trejo

Un extremeño en el Ártico

Navegando dentro de un manto negro

 

Es por la tarde. Desde el puerto todavía se puede diferenciar nuestra casa. Hay que salir a la calle bien abrigado, la niebla gélida se ha instalado para quedarse toda la noche

De pequeño jugábamos a contar historias de miedo cuando aparecía la niebla por el parque del barrio, era entonces cuando nos acercábamos a una de las farolas encendidas, pegando nuestra espalda a la helada farola. Mirábamos la sombra que proyectaba el poste sobre la niebla, aquella sombra parecía un fantasmagórico manto de color negro. Estremecidos y hartos de pasar frío en la calle nos “guardábamos” en nuestros acogedores hogares.

A veces, esa niebla duraba hasta la mañana siguiente a la hora de ir al cole, y algunos de nosotros decíamos –Había tanta niebla esta mañana que si extendías el brazo, dejabas de ver la mano…y nos echábamos a reír…


Ayer  regresé del fiordo como otras tantas veces, pero el regreso fue muy distinto. Llegué helado y con cierto estrés debido a la claustrofóbica sensación que padecí durante el viaje de regreso.

Había quedado con una pareja para acercarlos al valle de Klosterdalen, muy en el interior del fiordo de Tasermiut. Me pidieron si los podía acercar cuanto antes, así por ello, tendría que llevarles la misma tarde que llegaban a Nanortalik.

Aparece el único barco de línea regular procedente de Qaqortoq en medio de la niebla, en él viene la pareja que voy a trasladar

A mediados de agosto, a la latitud que nos encontramos, la oscuridad de la noche va ganando muchos minutos al día, y cada vez oscurece más rápido. Es cuando comienza el otoño en el Ártico, y las gélidas nieblas de advención de mar aparecen cuando el Sol ya deja de calentar.

Desde tierra, a pocas millas, se podía ver la franja bien marcada de la densa niebla esperando su oportunidad. Por a la succión del viento térmico, la bruma fue ocultando rápidamente la sinuosa costa hasta hacerla desaparecer por completo generando una sensación heladora y húmeda.

La salida fue bastante tarde, ya sabía que el regreso sería con el Sol metido en el horizonte, y muy seguramente a oscuras…

La entrada al fiordo fue envuelta en una gélida niebla. La intensidad de los últimos rayos de sol proporcionaba una refracción blanca cegadora haciendo un contraste que apenas se distinguía cualquier color, navegábamos en blanco y negro.

Más adelante, ya dentro del fiordo, dejábamos atrás aquel fresco manto blanco, y volvíamos a sentir sobre nuestras espaldas el calor del sol que ya tapaba las montañas.

Apenas se podía ver el fondo del fiordo, memoricé el rumbo al cabo que debía alcanzar para llegar al valle, y me centré en el compás. Todavía no había tenido tiempo en “toquetear” mi “nuevo” gps. Este se dedicaba a grabar la ruta dejando marcada una línea en el pequeño display.

Me parecía divertido, así, al final de la temporada, podría contar las veces que había hecho las mismas rutas.

Llueve en Klosterdalen, las inmensas montañas que nos rodean hacen que en cada valle haya condiciones meteorológicas diferentes

Mientras que Liam, el chico australiano, se pelea con su inreach (teléfono satélite), el tiempo pasa en medio de una lluvia copiosa.

Ya empapados, consigue lidiar con el “cacharro” electrónico. Despedidas y buenos augurios para la ruta, y me pongo en marcha hacía el centro del profundo fiordo, miro alrededor y decido que es tarde para fotografías.

No llueve en el valle del Nalumasortoq, Las condiciones han vuelto a cambiar por lo que me deja ver la tenue luz que queda del día, la salida del fiordo será sin lluvia, pero da igual, ya estoy empapado.

El display del plotter del gps va grabando líneas, son los tracks (rutas) que ya había hecho

Antes de torcer el cabo a la altura de la aldea de Tasiusaq, tuve que parar para repostar. La zodiac aminoró la marcha y me quedó cerca del único y enorme iceberg atrapado en el interior del fiordo, éste, de vez en cuando se iba descomponiendo dejando a la deriva peligrosos témpanos de hielo del tamaño de un autobús.

Mientras se trasvasa la gasolina de uno de mis bidones, miro el horizonte, apenas puedo distinguir las grandes paredes de las montañas, pero sí puedo percibir los tentáculos de la niebla que a lo lejos está esperándome.

Ya que estaba parado en medio del  profundo fiordo, traté de configurar el gps de la embarcación, pero sonó el último trago de gasolina y automáticamente me puse de nuevo en marcha sin percatarme de que el navegador no respondía.

Oscurecido totalmente, a pocas millas estaba el banco de niebla que debía atravesar para llegar a casa. De repente caí en la cuenta de que algo no iba bien, centrado en tratar de seguir mi rumbo de vuelta y evitar estamparme contra algún bloque de hielo, fui tentando de nuevo el navegador hasta alcanzar los botones, estos no respondían, bufé y solté varios improperios.

Con la vista fija sobre la proa y sin parar el barco, fui tratando de encontrar la ranura donde debía estar la tarjeta SD de la cartografía. Pensé entonces, seguramente está mal montada…Pero pude comprobar perplejo que había desaparecido.

 

Me enfrentaba a una situación un tanto peliaguda, era noche cerrada, estaba inmerso en una niebla que apenas podía ver el final de mi barco literalmente y para más guasa, venía mojado. Para poner la guinda al pastel, no tenía luz el barco, solamente las luces de posición y de banda. Me aguardaba una aventurilla tratando de llegar a casa.

Solamente me quedaba una única opción, confiar plenamente en los dichosos trazos que tenía marcado el navegador, y tratar de no perderles de vista en ningún momento, o irremediablemente me tiraría toda la noche dando vueltas tratando de salir de la dichosa niebla.

No fue sencillo, ya que había que mirar al frente para estar atento a cualquier cosa o embarcación que pudiera abordarme. Pero luego pensé !qué demonios! ¿Quién en su sano juicio navegaría a esa hora y con visibilidad cero patatero…?

Lo que tampoco me decía mi maltrecho e inoperativo navegador era donde podían estar los temidos bloques de hielo.

Bueno, pensé, sería una buena oportunidad para practicar, empleándome a fondo, usando aquellas rayas para regresar a puerto.

La navegación fue tensa, la mar parecía una balsa de aceite, apenas se movía. La niebla era muy fría oscura como la noche que la envolvía.

La máxima tensión era siempre cuando los trazos del display se juntaban comprimiéndose, era entonces cuando me aproximaba a tierra, en los cabos, pero no podía aminorar mucho mi marcha, o mi navegador dejaría de marcar de forma acompasada y provocaba que la flecha negra (la representación del barco) comenzara a desviarse perdiéndose en la pantalla hasta volverse a estabilizar.

Había que estar muy atento al no tener representada la silueta de la costa, y no separarme de los trazos de la pantalla o me perdería. Tampoco había que quitar el ojo al compás náutico, que de vez en cuando necesitaba iluminar para ver su esfera, o podría sin darme cuenta girar en círculo y volver sobre mis pasos y en vez de salir del fiordo volvería a entrar.

Navegar de cabo a cabo en esas condiciones el espacio-tiempo es muy diferente, se puede hacer eterno si no tienes suficiente confianza en ti. Tampoco confiarse cien por cien de la puñetera tecnología ¿pero qué podía hacer? Solamente podía esperar y que el siguiente cabo apareciera consiguiendo una pequeña victoria sobre la parte de tu mente preocupada, y seguir avanzando hasta el siguiente objetivo.

El frío y el cansancio ya hacía tiempo que me estaban afectando, llevaba en el agua más de 4 horas. Comencé a sentir más frío sobre mi cabeza por el humedecido gorro ¡mi cerebro iba a explorar de dolor!

De repente supe que iba por buen camino, pude ver el brillo tenue de color verde de la baliza de entrada al canal principal. Navegaba por el tramo de mar abierto, por eso sentía tanto frío.

El banco de niebla era incluso más denso, solamente me quedaba rebasar el islote de la bahía de Nanortalik y poner rumbo 330º para, a ciegas, confiar en no estrellarme con el invisible puerto que estaba a una milla y media.

Sonó el teléfono, y pude cogerlo aun teniendo las manos heladas, era JJ, me llamaba preocupado al ver el panorama desde nuestra acogedora y cálida casa. Aproveché y me cambié los guantes de goma por unas gruesas manoplas, la rigidez y el dolor en las manos era insoportable.

Sabía que estaba cerca de Nanortalik, pero no podía verlo. No conseguía atisbar ninguna claridad que me indicara el buen camino, memorizaba y trataba de imaginar donde se ubicaban los tres enormes icebergs que permanecían inmóviles en la bahía.

Aunque aminorase la velocidad, no era suficiente, en caso de toparme con algunas de esas moles de hielo inerte, flotando a la deriva, me podría estrellar sin poder rectificar mi rumbo. Era como un juego, si bajaba suficientemente la velocidad, subiría el nivel de seguridad y no me estamparía con nada, pero, si lo hacía, la pantalla del navegador dejaría de ir acompasado, desviándome de los dichosos trazos que hasta entonces era mi única salvación para regresar.

En un instante la negrura y claustrofóbica noche comenzó a resplandecer, había conseguido llegar a puerto, pero no sabía dónde me encontraba. Aminoré la marcha y muy poco a poco pude ver algunas luces características del puerto, curiosamente me encontraba a una decena de metros solamente de tierra.

La llegada al pantalán  tuvo también su aquel… tuve que seguir navegando en paralelo a pocos metros del largo espigón, al que un duro temporal arrancó la baliza de entrada dejándolo sin visibilidad.

 

Cansado y empapado salté de la zodiac, estaba totalmente agarrotado por haber estado de pie e inmóvil las últimas cinco horas. A pesar del exagerado esfuerzo, una tenue sonrisa salía de mi rosto helado, había conseguido llegar a casa gracias al “cacharro” electrónico. Pero quizás, me ayudaron más las ganas de ponerme a prueba en el apasionante arte de la navegación.

 

Por cierto…la próxima vez le pondré algo más de cariño a los cachivaches electrónicos antes de salir de puerto.


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Sobre el autor

De espíritu inquieto, busco retos para no ahogarme en lo cotidiano. Mis dos pasiones son los deportes de aventura y los entornos naturales inhóspitos


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