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José Trejo

Un extremeño en el Ártico

Sol de media noche

Foto del Sol de Medianoche tomada a las puertas del fiordo de Uunartoq año 2017/

Los antiguos esquimales al ver la decoración de las casas de los primeros misioneros europeos (1721) denominaron a aquel arte, con una palabra, eqqumiitsuliaq y su significado fue ‘cosas extrañas que hacen otros’.

Foto del Sol de medianoche, la tomé en mar abierto a las puertas del fiordo de Uunartoq, verano de 2017

Sin entender mucho en esto del arte de la fotografía, no hace falta mirar detenidamente esta foto para ver los defectos, le falta luz quizás, está borrosa y también desenfocada. Por lo tanto, no tiene ningún valor para publicarla, incluso no debería estar nada orgulloso por el resultado.

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Retrospección

En estos días de “recogimiento” me dio por revisar y ordenar cosas, y entre ellas, estuve clasificando las fotos de mis 9 campañas de verano en Groenlandia. Recuerdo el año en el que tomé cada foto, todas ellas aunque sea pequeña, cuenta una historia. Cada una me sirve a modo de retrospección, a veces sonrío y me digo,

-Jose…quién te ha visto y quién te ve.

Me siento afortunado por haber vivido tantos momentos mágicos por la geografía groenlandesa. Muchos han sido  imposibles de retratar y en otros casos, simplemente apagué la cámara y los guardé en mi retina.

Sí, hacer aquella foto con mi cámara compacta carente de buen sensor, ajuste manual y el objetivo mojado, no fue tarea fácil aunque me llevara solo un momento apretar el botón. Pero en realidad llegar a ese instante de luz y color necesité siete años…

No lo programé, salió fruto de la casualidad, tenía la idea clara, eso sí. Ya había visto anteriormente aquellos atardeceres de “otro planeta”. Pero aquel día en el bajo Ártico, sumergido en la penumbra del atardecer del solsticio de verano pude congelar ese momento.

El valor de las cosas

Reconozco mis limitaciones, escribir no es lo mío, quizás lo haga en este blog por la misma razón en la que he llevado a cabo algunas de mis experiencias, supongo que por superación personal. Cumplir con ello un sueño que creía imposible, o solo reservado para los elegidos del Olimpo ¡qué iluso!

Como digo, no acabo de entender el “planeta” del ser humano: lleno de códigos de conducta, reglas y sofisticación etc., es otra limitación. En verdad no encajo, no soy sociable, posiblemente por timidez, aunque me llevo bien con la soledad. Quizás por ello, a veces, me falte las herramientas necesarias para poderme comunicar con los demás, y trate de hacerlo de otra manera.

Quizás mi retiro anual de varios meses en esos mundos remotos y vacíos, me ayuda a desintoxicarme y a contactar con mi instinto y sobrellevar mejor el mundo ‘civilizado’. Ese mismo mundo que monetiza cada acto que hacemos.

Me pregunto a veces ¿por qué hago las cosas? ¿qué consigo a cambio? o… ¿qué precio tendría esta puñetera foto si hubiera estado firmada por alguien en el que esta sociedad empatizase?

 

Momento foto

Principios de julio, inicio de temporada de 2017, recién llegado del calor de Badajoz a Qassiarsuk (Groenlandia). Siempre hay que apresurarse comenzando por bajar “mi” barco al agua. Estibar en él todo lo necesario y comenzar la nueva temporada para “perderme” 9 semanas por los fiordos del extremo Sur.

Cuesta adaptarse al ritmo y al clima groenlandés porque vengo de un lugar muy caluroso, y mi trabajo en Badajoz no me estresa. Pero ya tengo experiencia, nada más bajar del avión, mi cerebro cambia a modo operativo.

Aquel año para echarme una mano, navegarían conmigo un par de novatos. La experiencia me dice, como casi siempre… que estos me meterán en algún problemilla.

Fotograma de vídeo de aquel instante.

Todo listo.

El viaje al Sur fue pasado por agua, una lluvia fina no nos abandonó hasta casi el anochecer. Tuvimos suerte, las masas de hielo de banquisa que suelen bloquear el camino, estaban lo suficientemente abiertas como para dejarnos pasar a través los intrincados canales y atravesar el paso de Qangeq y Uumannarsuaq.

No había días de margen, y tuve que llegar lo antes posible a mi zona de coordinación. Esto significó que el viaje lo hice en tan solo una jornada.

Al encontrarnos a 60º N de latitud y cerca del  solsticio de verano, pude apurar todas las horas de luz (20 horas). La latitud en la línea del Círculo Polar es de 66º N, allí, en el solsticio de verano, el Sol  nunca se oculta en el horizonte.

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Después de tomar un curioso picnic para tres, preparado por Víctor, uno de los chicos, consistente en: dos latas de sardinas, un pedazo de lomo, una barrita de cereales para cada uno, un mendrugo de pan, una libra de chocolate, y tres palillos con tres trozos de servilletas de papel a modo de cubiertos, continuamos el camino en medio de la lluvia.

Mi atención volvió a estar puesta delante de la proa del barco. La proximidad del hielo de los alrededores de la aldea de Alluitsup Paa, hizo que no me percatase de lo que dejaba atrás, y me concentrara en capear la marejadilla procedente de mar abierto para llegar lo antes posible a nuestro destino, la isla de Nanortalik.

Apenas veía las cumbres de la isla de Sermersoq entre la nubosidad y la incipiente falta de luz. De repente, algo frenó la embarcación, se dejó de escuchar el sonido del motor y nos embistió una ola parándonos en seco. El aire se silenció y nos envolvió la incertidumbre. Estábamos a merced de la mar y la orilla más cercana apenas se veía.

Pero, –¿qué demonios ha pasado? me pregunté.

Accioné un par de veces el arranque del motor y no hubo respuesta, nos balanceábamos suavemente por la carga. Víctor me llamó la atención con una voz de sorpresa,

-¡Jose mira atrás! 

Yo creí que habíamos perdido algo y fijé la vista en la popa mirando la espumosa estela en la superficie que se disolvía en la densa y oscura agua. Alcé la mirada y allí estaba, un cielo rojo como si ardiera, y al fondo los últimos rayos de un sol rozando el horizonte. Las frías y densas nubes cargadas de cristales de hielo reflejaban la luz muy alargada.

De las tonalidades rojo fuego, fue pasando al violeta y del violeta, al azul cobalto intenso. A lo lejos en el horizonte, unas islas negras por el trasluz, y muy cerca de nosotros, dos enormes témpanos de hielo blanco que se tornaron en azul oscuro como el cielo.

Sin apartar la mirada de ese paisaje irreal, desenfunde mi cámara, y me olvidé por unos momentos de la realidad, y la deriva de nuestro barco, se acababa de parar el tiempo. Embelesados, nos dejamos llevar por la mejor puesta de Sol de nuestra vida.

Minutos después volví a la realidad y supe lo que nos había pasado, Aarón mi otro ayudante, había apoyado su rodilla contra el contacto de arranque, y sin darse cuenta giró la llave parando la embarcación. Al quedarse la palanca de gas en modo acelerado, el propio sistema de arranque quedó desconectado. Hasta que no volví a poner la palanca en modo neutro, no pude arrancar y continuar la marcha.

Como siempre digo, inicios de temporada y novatos a la vista, la mezcla perfecta para meternos en un lío…

 

Y ahora vuelvo a preguntarme, ¿Tendrá valor ahora la dichosa foto? Humildemente creo que si, o al menos habrá merecido la pena conocer su pequeña historia.


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Sobre el autor

De espíritu inquieto, busco retos para no ahogarme en lo cotidiano. Mis dos pasiones son los deportes de aventura y los entornos naturales inhóspitos


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